Cartas a Lucilio - Carta 19

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Carta XIX Ventajas del descanso (Nota: esta Carta guarda relación con la Carta X titulada Utilidad del retiro) Salto de gozo cada vez que recibo carta tuya, pues ellas me llenan de buena esperanza, y me dan no ya promesas de ti, sin verdaderas garantías. Hazlo así: te lo ruego y te lo exhorto (¿qué mejor puedo rogar a un amigo que lo que le ruego es por su bien?): si puedes, sustráete de estos compromisos, y, sino arráncate (de ellos). Bastante hemos malgastado; empezamos, viejos que ya somos, a recoger el equipaje. ¿Es que haríamos envidia a ninguno? Hemos vivido (en el mar violento); morimos en el puerto. Pero tampoco te aconsejaría que te hicieses un (buen nombre) con tu ocio., que no has de (rumbear) ni esconder. Nunca en mi condenación de la locura del linaje humano, no te reduciré a hacerte un escondite y buscar el olvido.; haz de manera que tu ocio no sea ostentoso, sino nada más que visible. Aquellos que tienen la elección de hacerse sin compromiso contraído verán si quieren pasar la vida en la oscuridad; tu ya no tienes elección. A la vista de todos te ha puesto el valor de tu talento, la elegancia de los escritos, las ilustres y nobles amistades; ya te ha invadido la fama, y no que te hundas y te hagas casi invisible, siempre tus hechos anteriores te harán brillar. Ya no puedes envolverte en las tinieblas; una gran parte de la luz anterior te seguirá donde quiera que vayas; lo que puedes hacer es defender tu descanso sin molestia de nadie, sin ninguna pena ni remordimiento de tu alma. Pero ¿qué dejarás que puedas pensar que lo dejas a la fuerza? ¿Los clientes? No hay ninguno que te busque por ti mismo, todos buscan alguna cosa tuya. Antes se buscaba la amistas; ahora, la prisa. Si los viejos solitarios cambian el testamento, sus aduladores irán a llamar a otra puerta. Una cosa grande no puede salir a poco precio; hace falta que sospeses bien si prefieres abandonarte a ti mismo, o a algo de lo tuyo. Ojalá que te tocara envejecer en la modestia del tu nacimiento, y no te hubiera colocado tan alto la fortuna! Hasta donde ni pudieses ver una vida saludable te alejara una rápida prosperidad , y el gobierno de una provincia, y una intendencia y todo lo que éstos cargos comportan; cargos más importantes ocuparás más adelante, y acabados aquellos, otros. ¿Cuál será el resultado? ¿Por qué esperas que no te quede basa para desear? Nunca llegará la hora. Tal como decimos que es la serie de causas de las cuales se teje lo fastuoso, así también como la del deseo de conseguir: la una nace del final de la otra. Estás hundido en tal vida, que nunca pone fin a las miserias ni a la esclavitud. Levanta la cabeza del yugo que la maltrata; mas valdría que fuera cortada de un golpe, que oprimida siempre. Si te retraes al vivir privado, todos tus bienes serán más pequeños, pero te llenaran suficientemente, cosa que ahora no hacen bienes mayores que de todas partes fluyen. ¿Preferirás, pues, la pobreza que sacia, o la riqueza que se disipa? La prosperidad es anhelante y expuesta al anhelo de otro; mientras tu no encontrarás nada que rada que te baste, y tu no bastarás a los demás. <<Pero, ¿cómo salirme?>> dices. Por donde quieras. Piensa cuantas temeridades harías por el dinero, cuantos trabajos pasarás por los honores; bien procede que tientes alguna cosa por el ocio; además, entre los afanes de gobernar provincias y magistraturas ciudadanas, envejecerás dentro del tumulto y las agitaciones siempre renovadas, que de ninguna temperancia puede escapar, ni ninguna tranquilidad de vida. Porque ¿qué importa que tú quieras reposar? Tu fortuna no lo quiere. ¿Qué sucederá si aún le permites crecer? Cuanto más se acercarán los éxitos, más se acercarán los temores. Quiero referirte aquí un dicho de Mecenas, quien, en medio del tomento de la grandeza, dijo esta verdad: <<La misma altura hiere las cimas>> Si quieres saber en qué libro lo dijo, fue aquél que se titula Prometeo. Quiso decir que las cimas están expuestas a los rayos. ¿Es que hay en el mundo un poder tan valioso para hacerte tener una embriaguez de lenguaje? Hombre de genio fue Mecenas, que habría podido dar a Roma un gran modelo de elocuencia, a no haber sido elevado por la felicidad, al no haberlo castrado. Este resultado es el que te espera, si no recoges en seguida la vela, si no buscas la ribera, esto que él hizo demasiado tarde. Podía quedar en paz contigo esta sentencia de Mecenas, pero me plantearías razones, te conozco bien; no querrás recibir lo que te debo sino en moneda legítima y bien acuñada. Como que la cosa lo comporta, es Epicuro quien hará los que valdrá: <<Primero, dice, hace falta mirar qué comes o bebes, comer sin un amigo es vivir como los leones y los lobos.>> Esto no lo conseguirás sino retirándote, porque, además , tendrás comensales escogidos entre la turba e los aduladores por el padrón- Y se equivoca quien busca un amigo en el atrio y lo prueba en la mesa. El hombre absorbido por el trabajo y complicado por sus bienes no tiene un mal peor que el de creer amigos suyos aquellos de los que él no lo es, o pensarse que sus beneficios sirven para reconciliarse los corazones, allá donde algunos odian más cuando más deben. Una deuda leve hace un deudor; una de grave, un enemigo. ¿Pues, qué? ¿Los beneficios no procuran amistades? Los procuran, si se han podido escoger los favorecidos, si alguien los elige, no si los reparte. Así, mientras comienzas a pertenecerte a ti mismo, aprovéchate de éste consejo de los sabios, de conceder importancia a quien es favorecido que no es el favor.