Cartas a Lucilio - Carta 20

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Carta XX Inconstancia de los hombres (Séneca comienza la Carta con una riña a Lucilio y su manera de ser) Si estás bien de salud y, si te crees digno de ser tuyo algún día, yo no estoy contento, pues gloria mía será si te llego a salir de oleaje en el que fluctúas sin ninguna esperanza de conseguirlo. Lo que te ruego, querido Lucilio, lo que te exhorto, es que te penetres de la filosofía hasta lo más profundo del alma, y saques la prueba de tu mejoramiento, no de las palabras ni de los escritos, sino de la firmeza del espíritu y de la disminución de los miedos; por los hechos prueba las palabras. Otro es el propósito de los declamadores, que no buscan sino el aplauso de la turba, o de aquellos que regalan los oídos de los jóvenes y de los ociosos con la variedad y volubilidad de sus discursos. La filosofía enseña a hacer, no de hablar, y exige que todos vivan de conformidad a su ley, que la vida no desdiga de la palabra, ni haya discordancia entre los diversos actos de la vida, antes que presenten un mismo color. El deber más grande de la sabiduría, y por ello su mejor indicio, es la concordancia entre las obras y las palabras, la constante igualdad del hombre consigo mismo. (Séneca hace coincidir la filosofía de entonces con la sabiduría) <<Esto ¿Quién lo hará?>> Poco, pero asimismo algunos. Es ciertamente difícil, y yo no digo que el sabio irá siempre al mismo ritmo, pero sí por un mismo camino. Vigila, pues; mira si tu vestido no se adapta con tu casa, si eres generoso para contigo mismo y ganador para los otros, si eres frugal en la mesa y edificas suntuosamente. Adopta de una vez una regla para acomodar tu vida e igualarla toda ella. Algunos ahorran en su casa, pero fuera se inflan con toda ostentación, viciosa desigualdad, síntoma de un alma vacilante, que aún no ha encontrado su tenor de vida. Aún te diré de donde viene esta inconstancia y desigualdad en los actos y las intenciones, y es que ninguno hace el propósito de lo que ha de querer, ni persevera si hace el propósito, sino que lo sobrepasa, y no para cambiar, sino para volver a lo mismo que había abandonado y maldecido. Dejando, pues, de un lado las antiguas definiciones de la sabiduría, y para acoger todo el sistema dela vida humana, me puedo contentar diciéndote: ¿Qué es la sabiduría?. Querer siempre lo mismo, rehusar siempre de lo mismo. (Nota: idénticamente que lo dice Salustio (Gayo Salustio Crispo (87-35 a JC, de origen plebeyo , aunque de familia acomodada y luchó por hacer carrera, de la amistad, en Catilina, 20,4). Puedes excusarte de añadir aquella breve condición, que sea correcto lo que quieras, pero no es posible que la misma guste siempre al mismo hombre, sino lo correcto. No saben los hombres lo que quieren, sino en el momento en que lo quieren; en total, ninguno ha decidido querer o no querer. Cada día se cambia el juicio, y se cambia en sentido contrario., y la gran mayoría toman la vida como un juego. Permanece, pues, en lo que comenzaste, y quizá te levantarás hasta la cima de la sabiduría, o por lo menos, hasta tal punto, que solo tú conocerás que no es todavía la cima. ¿Qué será, dices, de ese conjunto de familiares sin el patrimonio? Este conjunto, cuando dejará de serlo por ti, se conjuntará él solo; y aquello que por ti mismo no aclararías nunca, te lo aclarará la pobreza, pues ella te conservará los amigos verdaderos y seguros, y hará alejar los que eran por otra cosa que por ti mismo; ¿No es cierto que la pobreza es estimable por eso solo, de hacerte ver quiénes son los que te aprecian? Oh, cuando llegará el día en que nadie mentirá por hacerte honor! Aquí, pues, han de dirigirse tus pensamientos, aquí han de ir tus afanes y tus deseos, dedicando a los dioses todos los otros (la frase latina dice <<omnia alia uota deo remissurus>>), a estar contento contigo mismo con los bienes que nacen de ti mismo. ¿Cuál felicidad más a mano que esta? Redúcete a un grado humilde, del cual no puedas caerte, y a poderte hacer más voluntarioso, va el tributo de esta carta que te entrego. Aunque te lo tomes a mal, también hoy (finalizará la entrega por mi ) Epicuro: <<Muchos más (contarán), créeme tus palabras, si las pronuncias en una cama, o vestido de muchas telas, pues no serán solo las palabras, sino pruebas>> Yo, así mismo, de otra manera escucho lo que dice nuestro Demetrio (Demetrio de Sunion, filósofo cínico muy admirado) cuando lo he visto desnudo y yaciendo sobre mucho menos que un colchón; él no es solo preceptor, antes que testimonio de la verdad. ¿Pues qué? ¿No puede uno menospreciar las riquezas, poseyéndolas? ¿Por qué no? Antes aquél es el hombre de alma egregia que, viéndolas alrededor suyo, después de admirarse mucho y por largo tiempo que hayan vuelto a él, se ríe, y oye decir más que no percibe que sean suyas, gran hombre es quien es pobre, en medio de las riquezas. ¿No sé, dice, como soportará este la pobreza, si es que cae? Yo tampoco sé si aquél pobre, émulo de Epicuro, despreciará las riquezas, si es que cae (en ellas) Así que es que en uno y el otro es el alma la que ha de ser apreciada, y mirar bien si aquél se complace en la pobreza, o si este no se complace en las riquezas; no obstante , la cama o los “parracs” son argumentos débiles de la buena voluntad, a menos que se vea que no es por necesidad si alguien soporta aquellas cosas, si no por libre preferencia. Otra cosa es, que es propio de un carácter no afanarse en estas cosas, como mejores, , sino prepararse como cosas fáciles. Y fáciles son, querido Lucilio,; y cuando de acercarás habiéndolas meditado mucho, incluso agradables, pues contienen sin que nada es agradable, esto es, la seguridad. Tengo, pues, por necesario aquello que te escribí que hacían los grandes hombres: tomarse unos cuantos días en los que por una pobreza imaginada nos preparamos para ella. Lo cual hemos de hacer tanto más, , cuando estamos embebidos de delicias y todas las cosas las juzgamos duras y difíciles. Bien pronto hemos de despertar nuestra alma del sueño, y incitarlas, y advertir cuan pequeñas son las necesidades que nos impone la naturaleza. Nadie nace rico; todo el que sale a la luz es obligado a contentarse con la leche y en la cuna. Y habiendo comenzado así, que estrechos son los reinos. ¿Podríamos simplificar diciendo que las riquezas son apetecibles, pero no son indispensables=)