Cartas a Lucilio - Carta 37

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Carta XXXVII El juramento de ser bueno Con la carga más fuerte de la virtud te has comprometido a ser perfecto: has hecho juramento. Se burlaría de ti el que dijese que es blanda y fácil la milicia: no quiero que te engañes. La misma fórmula es la de tu compromiso que la del más vil de todos: <<ser quemado, atado, matado al hierro>> (se refiere al juramento de los gladiadores) De aquellos que alquilan sus brazos para la arena, y comen y beben para devolverlo en sangre, se toma garantía que han de sufrirlo incluso contra su voluntad; de ti, que lo padeces de buen grado. A aquellos les es posible entregar las armas y tentar la piedad del pueblo; tu, ni entregarás las armas, ni pedirás la vida: de pié e invicto has de morir. ¿De qué sirve el beneficio de pocos años o de pocos días? Nacemos en una milicia donde no hay licencia. <<¿Cómo me liberaré? >> dices. No puedes evitar las necesidades, pero las puedes vencer. <<El esfuerzo abre el camino?>> Y este camino de lo dará la filosofía. Date a ella, si quieres la salvación, la seguridad, el bienestar, en fín, si quieres aquello que es más que todo, la libertad; otro camino no hay para conseguirlo. Cosa baja es la estulticia (era para los estoicos lo contrario a la sabiduría) cosa abyecta, sórdida, servil, sometida a un conjunto de pasiones, y de pasiones crueles. Estos tiranos tan pesados, que hacen sentir su dominio a veces alternativamente, a veces de inmediato, te los despachará la sabiduría, que es la única libertad. Un solo camino lleva, una vía derecha; no es posible que te desvíes. Ves con paso firme, y si quieres sujetar a tu criterio todas las cosas, sujétate tú a la razón. Muchos hombres gobernarás, si la razón te gobierna; de ella aprenderás que es lo que has de emprender y como, para no tropezar en las cosas. No me enseñarás a ninguno que sepa como comenzar a querer lo que quiere; no fue llevado por la reflexión, sino que se lanzó de un empujón. La fortuna topa en nosotros tan a menudo como nosotros en ella. Cosa inadecuada es de no ir, sino ser llevado y, de un golpe, pisado en medio del torbellino. Preguntar ¿Yo, aquí, como he llegado?