Cartas a Lucilio - Carta 39

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Carta XXXIX Ventajas de la mediocridad Los apuntes que deseas, ordenados con todo cuidado y reducidos a poco espacio, ya los compondré; pero veas que no sea demasiado provechoso el sistema usual que no éste que ahora se denomina “breviario”, y antiguamente, cuando hablábamos en latín, “sumario”. El primer sistema va más bien para quien aprende, el segundo para quien sabe, pues aquél enseña y éste recuerda. (el primer sistema era la lectura metódica de los filósofos; el segundo, un extracto de sus doctrinas o principales afirmaciones y sentencias. Lucilio pedía a Séneca el segundo sistema) Yo te los proporcionaré los dos; pero tú no me exijas el autor de esto o de aquello, ya que quien da un fiador de sus palabras, es que es un desconocido. Te escribiré lo que quieres, per a mi usanza; entre tanto, tienes bastantes autores, los escritos de los cuales no sé si están bien ordenados. Toma en la mano el catálogo de los filósofos; esto solo te hará despertar, cuando verás cuanto han trabajado por ti. Desearás tú ser uno de ellos, pues el alma noble tiene esta cualidad de apasionar por las cosas honestas. Ningún hombre de genio elevado no se deleita en cosas bajas e innobles: solo el aspecto de las cosas grandes le atrae y exalta. Así como la fama se eleva en línea recta, sin poderla abatir ni deprimir, como tampoco mantenerla quieta, así nuestra alma está siempre en movimiento, tanto más vellugadiza y activa, cuanto más vigorosa. Feliz aquél que ha tomado empuje hacia el mejor de los bienes, pues de colocará fuera de la jurisdicción y del dominio de la fortuna, atemperará los acontecimientos prósperos, romperá con los adversos, y menospreciará los que para otros son admirables. Propio de un alma grande es menospreciar las cosas grandes y preferir la suerte mediana a la excesiva La medianía es útil y hacedora para la vida del hombre, pero el exceso de bienes daña por su superficialidad. Las espigas demasiado llenas se doblan, las ramas se rompen por el peso de los frutos, y no llega a madurar la fecundidad excesiva. Esto mismo se produce en las almas sobrecargadas por una prosperidad desmesurada, pues no les sirve sino para perjuicio de otro, e incluso de ellas mismas. ¿Qué enemigo fue nunca tan insolente con nadie como son con algunos de sus admiradores? Su incontinencia e insana picazón otra compasión no merecen sino por lo que toca al resultado de aquello que hicieren. Y no es sin razón que les perjudica esta furia, pues un deseo que traspasa la medida natural no puede menos que tener exigencias ilimitadas. La medida natural tiene su límite, los deseos quiméricos, nacidos de la pasión, sobrepasan todo límite. La necesidad se mide por su utilidad; la superfluidad ¿hasta donde la reducirías? Así es que se niegan en los placeres, de los cuales, una vez acostumbrados, ya no pueden resistirse, convertidos en miserables por haber llegado a tener por necesarias aquellas cosas que al principio les eran superfluas. Son servidores y no proporcionadores de las complacencias sensuales y, esto que es que el último de los males, así como sus malas consecuencias. Y ciertamente, el colmo de la infelicidad es no solamente delectarse en las cosas vergonzosas, antes incluso gustosas para el corazón.; cuando aquello que fue vicio deviene en costumbre, ya ningún remedio es posible.