Cartas a mi prima - En el fondo

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Cartas a mi prima - En el fondo de Isidoro Fernández Flórez
MADRID

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CARTAS A MI PRIMA

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EN EL FONDO

(Escrito bajo el seudónimo de Fernanflor)

 AL dar principio con esta carta á la serie que prometí escribirte, me parece bien, como tributo á los sentimientos de tu corazón, no hablar de Madrid en los términos que otras veces he hablado y que tú me censuraste.— No parece, me decias, sino que en Madrid todos las mujeres y los hombres son malos, que sólo es el centro de la vanidad. de la ambición, del egoismo; una ciudad grandiosa, pero despreciable. ¿Nada bueno hay en Madrid? ¿No hay corazones para sentir; manos para socorrer, acciones dignas de elogio? ¿Así como es lo peor de lo malo, no es por ventura, también lo mejor de lo bueno?

Recordando estas interrogaciones tuyas he pensado que leerías con placer algunas líneas mías, consagradas á declarar que, en efecto, en Madrid la virtud da frutos, aunque mezclada — entre la hojarasca espinosa de las espléndidas flores del vicio; —y que si nosotros la desconocemos y la ignoramos, consiste en que ella no es ruidosa, sino callada; en que no es altiva, sino humilde; en que busca la soledad y no el tumulto. Pero alguna vez, cuando se bulle sin cesar entre los escándalos que las pasiones dominantes del siglo alzan en Madrid; se da con ella; y entonces, sin querer, se detiene uno á contemplarla, la reconoce y la saluda.

Tienes razón; en Madrid hay muchas personas buenas, y se hace mucho bien; y son de admirar quienes le hacen, porque á la verdad no siempre la gratitud acompaña al beneficio; efecto de que aquí el bien visible suele dispensarse colectiva. no individualmente; y que los espíritus cristianos, bondadosos, tiernos, fraternales, buscan pronto en la asociación la manera de aumentar la caridad, el socorro... Los que son naturalmente benéficos, gustan de socorrer á los verdaderamente necesitados; y no esparcen los beneficios como Dios la lluvia, sobre los terrenos fecundos, como sobre los peñascos... Por esto necesitan informarse de las necesidades del que pide; de los orígenes de la pobreza que sufre; de la condición moral de los necesitados; porque si bien todo el que es pobre necesita, y todo el que es desdichado siente; interesa menos el criminal que el mártir... Y después, ni yo, ni nadie conoce ni puede enumerar los bienhechores particulares, desperdigados entre la masa general que no da un céntimo. ni pronuncia una palabra de consuelo ni procura el alivio de una enfermedad ni de una desesperación; son tantos como las gotas que caen del cielo; pero sólo se advierte la grandeza de la lluvia cuando, empapada la tierra, forma el sobrante largos arroyos, ancho remanso y ríos, al fin, y mares. Así el beneficio dispensado al pobre de la casa, queda ignorado sin salir de ella, y sólo aquellos que constituyen núcleo, asociación, son los que dan idea, por su magnitud visible, del Madrid benéfico.

Para formar opinión respecto de este punto, conviene interesarse por algún maltratado de la fortuna, y querer buscarle pan, asilo y consuelo. Entonces es, cuando preguntando á unos, importunando á otros; siendo rechazado por éstos acogido por aquellos, caemos en la cuenta de que no todos en Madrid envidian á los dichosos, sino que otros se angustian con las penas ajenas; y sólo envidian á los que tienen fortuna para calmar el dolor ajeno... Muchas veces habrás oído recordar al buen señor que se murió de sentimiento porque á un amigo suyo le sacaron el chaleco corto... Más inverosímil encontrarán muchos, que haya quien sienta minada su existencia, y consuma su corazón en el fuego de la caridad; pensando en las aflicciones y escaseces de algún ser, que ni es su amigo, ni tiene más afinidad con él que la de prójimo.

Y hay mujeres y áun hombres á los cuales el palacio les trae, en oposición, la guardilla; y el enguatado gabán, la blusa de algodón; y el pan, la mesilla desierta; el doctor que llega, la falta de asistencia y medicina; y el dorado féretro y la carroza de caballos empenachados, las andas de pino pintado del pobre de la parroquia; mujeres y hombres que ven á través del corazón y no á través del cerebro.

Yo he conocido alguien de esta feliz naturaleza, —y la llamo feliz por tener algo de la de los ángeles;—una señora conozco cuya vida está constantemente amargada por la noticia de los suicidios, de los asesinatos, de las catástrofes, de los presagios de inundaciones, guerras, epidemias y hambres; no disfrutando de tranquilidad un punto. porque ella no puede encontrar remedio á todo esto ni Dios quiere dárselo. Hoy mismo he pensado en ella; porque al atravesar la Puerta del Sol, he oído alboroto en un grupo de gente:—¿Que ocurre?—he preguntado— ¡Que ahora mismo se acaba de pegar un tiro junto á á la Administración de la Lotería un desgraciado!—¡Habría creído ser rico y la desilusión le ha vuelto loco!—repuso no sé quién.—-Pues estoy seguro que la tiernísima señora de quien hablo, sabrá esta. noche la noticia; y no cerrará los ojos... ¡Ah!—dirá,—¡si yo lo hubiese sabido, yo hubiese ido á socorrer su necesidad con dinero, á confortar su ánimo, á recordarle sus obligaciones morales... si tiene familia! ¡Que desgraciado seria ese infeliz, y que desgraciada soy yo, y somos todos, que ni puedo ni podemos evitar tanta y tanta desventura!—Será si quieres,—prima mía,—especie de locura la de esta buena señora... —En verdad que á veces da risa... pero en Madrid donde el egoísmo tiene tantos héroes, bueno es que la caridad tenga alguna caricatura simpática...

No hace mucho tiempo quise Socorrer á una pobre; socorrerla de modo permanente, que tuviese pan, que tuviese techo, que viese llegar en paz los últimos días; fui á consultar con el alma caritativa de quien hablo, y ella se encargó de mi desvalida. Charlé con ella y salí encantado porque hablaba de hacer el bien con un fuego, con un entusiasmo... La encontraremos todo eso,—decía,— ó yo no he de ser quien soy... Y gesticulaba y accionaba como quien va á tomar un castillo por asalto. Entonces empezó á enumerarme todos aquellos asilos y sociedades, y personas á cuyas puertas llamaría. Eran tantos, que la verdad, no se cómo todavía quedan sobres...—Y, nada,—añadía,—venga V. con todas las peticiones que quiera. Madrid tiene para todo. Mire V., yo tengo vara alta en la Hermandad del Refugio, donde costeamos la lactancia de los niños pobres y tenemos hostería para que los pobres puedan pasar la noche; si bien los ponemos de patitas en la calle por la mañana; y visitamos á domicilio y facilitamos baños. ¡Y de esta misma índole, hay otras sociedades aquí! Sé que tiene V. pocas simpatías,—añadió,—¡dejaría V. de ser liberal!—por la de San Vicente de Paul; pero también visitan sus socios y socorren. En la Junta de Damas de Honor y Mérito,—lo mejorcito de Madrid, ya ve usted, pagan ciento veinte reales al año, conozco muchas señoras,—y en la Asociación de Beneficencia Domiciliaria,—todas son titulos ó poco menos,— también conozco muchas; pues en la Congregación de Esclavos del Dulcísimo Nombre de María Santísima, que ha venido muy á menos, siempre me reservan una plaza que dar para la comida siendo rechazado por estos; para la comida en honor de la Virgen;—por San Isidro Labrador llevo á vestir un par de niños á la Congregación de Seglares naturales de Madrid;—en la Congregación de Nuestra Señora de la Misericordia y Buena Dicha, me socorren á varios enfermos do la parroquia que tengo recomendados;—la Novena de Santa Rita es para mi un diluvio de bonos;—este año en la parroquia de Santiago, la Congregación de la Beata Mariana de Jesús, me vistió á una niña que logró fuese en la procesión;—pues, ya forma parte de las decenas del Patronato de los Diez, que fundó mi incomparable amiga Concepción Arenal, y llevo el bien á muchas familias;—y en otras congregaciones como la de Nuestra Señora de los Desamparados también me dan bonos-Y aquí la buena señora empezó á enumerar Memorias, Patronatos y Obras Pías de madrileños antiguos y modernos, y de provincianos en obsequio de los naturales de sus provincias que viviesen y padeciesen en Madrid... y aquello era. el cuento de nunca acabar.—Pero,-—la dije,—entonces, ¿es difícil morirse de hambre ó por falta de asistencia?—Sí: en Madrid mueren de eso, —me contestó,—los pobres que no tienen recomendaciones.

Siguiendo la conversación, vi que en Madrid hay un gran número de hospitales de que generalmente no se habla, porque aquí sólo se mencionan el General con sus mil quinientas ó dos mil camas, y el Clínico' de la facultad, para el estudio; y el de la Princesa y el del Buen Suceso y el de San Juan de Dios y el de Incurables de hombres, y algún otro;—pero ella me citó varios fundados y sostenidos por -la iniciativa particular. Si tiene V. la suerte,-me dijo,—-de tener alguna enferma por colocar, dígame V. su nombre, que haré enseguida un memorial para mi amigo el rector de La Latina. Y le advierto á V. que si quiere curarse por la homeopatía también la conseguirá asistencia; hay algunos enfermos que tienen este capricho, y es caridad satisfacerlo, porque al fin, si se mueren de su mal por lo menos no se mueren hechos una criba.

No necesito decirte, querida prima, que esta señora pertenece á varias Congregaciones ara asistir enfermos de lasque hay en esta corte, como la de las Siervas de María y la de Nuestra Señora de la Esperanza; y á otras para socorrer niños y niñas enfermos como la de Nuestra Señora de los Dolores. En fin, por hacer el bien en todas sus formas, contribuyó mucho al crecimiento de La Estrella de los Pobres, a fin de que estos pudiesen tener mortaja y ataúd y se les condujese al cementerio en carro fúnebre y se les costease la sepultura. Esta Asociación se sostenía con: una rifa: el premio,—ya lo-ves, prima,—era bien triste, ¡un ataúd, una lápida!

Llamé la atención de esta buena señora hacia el número creciente de pobres que hay en Madrid.—¡No sé de dónde salen,—exclamaba,— porque siempre han sido tantos que parece mentira que pudiese haber más! Algunos,— añadía,—sufren hambre porque ignoran que hay sitios donde dan comida; los Padres Escolapios de San Antón y San Fernando, las Religiosas del nuevo monasterio de las Salesas, en todos los cuarteles, reparten raciones, así como un número infinito de fondas, restoranes y casas de comida. En las casas particulares hay costumbre todavía de dar lo que queda al aguador ó al portero... ¿Será preciso organizar una sociedad para reunir todas las sobras de las cocinas de Madrid y repartirlas! ¡Pensaré en ello —Lo mismo digo,—prosiguió,—de alguno termos que no se curan por ignorar que medicación gratuita. En el Jardín del Botánico se dan plantas medicinales; el marqués de Mudela da pomada para curar los ojos; el duque de Fernán Núñez un bálsamo para las heridas; otros particulares..

Pude observar que esta señora tan benéfica extendía sus cuidados á otras enfermedades del cuerpo social: Visita las casas de Maternidad y la de las Desamparadas y las Recogidas y la de Nuestra Señora del Consuelo, que es de arrepentidas solteras, y otras donde la pobreza no es de pan ni de traje, sino de ilustración, o de fortaleza de alma.

Si, prima, sí, no diré yo que en Madrid haya muchos tipos como el de esta señora, cuya fortuna y existencia se consagre al dolor de los demás; pero es lo cierto que no todo en Madrid es ambición de goces; que Madrid no es tan sólo un hormiguero del placer, ni una brillante red de infamias. Pero allí vamos los hombros, como te dije al principio, donde la luz fulgura, — y la virtud es ruborosa y se refugia siempre en la oscuridad. La caridad semejante al rocío, cae sin ruido. Querida prima: Hecho ya desde mi primera carta cumplido elogio de la médula sana de este organismo complicado y gigantesco que se llama Madrid, espero que en las siguientes me permitas hablar mal de sus cosas y de sus hombres.

Adiós, pues.


  Fernanflor.



| En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la La Ilustración Ibérica: Tomo V.