Catulo Poemas 69-116

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Poemas 69-116
de Catulo


69

No quieras admirarte de por qué razón debajo de ti mujer ninguna
     Rufo, quiere su tierno muslo poner,
no si a ella la titubees con el regalo de un raro vestido
     o con las delicias de una perlucidilla piedra.
Te perjudica cierta mala hablilla en la que de ti se cuenta
     que bajo el valle de tus sobacos un bravo cabrío habita.
Él da miedo a todas, y no es admirable: pues mala de veras es
     una bestia, y no con que una bonita chica se acueste.
Por esta razón, o este cruel de las narices azote asesina,
     o de admirarte cesa de por qué huyen.

70

Con ninguno ella, dice la mujer mía, casarse preferiría
     que conmigo, no si Júpiter mismo se lo pida.
Dice: pero una mujer lo que dice a su deseoso amante,
     en el viento y en la arrebatadora agua escribir menester es.

71

Si a alguien, en ley buena, de sus sobacos le fue molesto su sagrado hirco,
     o si a alguien con mérito la tarda gota saja,
el émulo este tuyo, el que vuestro amor ejerce,
     milagrosamente, de ti, ha hallado uno y otro mal,
pues cuantas veces folla, tantas veces reciben castigo ambos:
     a ella la azota con su olor, él mismo perece de gota.

72

Decías una vez que solo tú conocías a Catulo,
     Lesbia, y no por delante de mí querías tener a Júpiter.
Te quise entonces a ti no tanto como la gente a su amiga,
     sino el padre como a sus nacidos quiere y a sus yernos.
Ahora te he conocido: por lo cual, aunque más costosamente me abraso
     mucho para mí en cambio eres más vil y más leve.
Cómo capaz eres, dices. Porque a un amante una injuria tal
     obliga a amar más, pero a bien querer menos.

73

Cesa de querer merecer bien de nadie nada,
     o de creer que alguien puede hacerse piadoso.
todo es ingrato, nada el haber actuado benignamente
     <beneficia>, hasta incluso hastía y obsta más;
como a mí, a quien nadie más grave y acerbamente acosa
     que el que ora a mí por solo y único amigo me tuvo.

74

Gelio había oído a su tío que censurar solía
     al que delicias dijera o hiciera.
Esto para que no a sí mismo acaeciera, de su tío toda se amasó a la propia
     mujer, y a su tío tornó en Harpócrates.
Lo que quería consiguió, pues aunque se haga mamar ahora
     de su propio tío, una palabra no dirá, su tío.

75

A tal ha sido la mente mía rebajada, Lesbia, por tu culpa,
     y aun de tal modo se ha perdido ella misma por su servicio,
que ya, ni bien quererte pueda a ti, si la mejor te volvieras,
     ni desistir de amarte, todo aunque hagas.

76

Si algún placer, para un hombre que recuerda sus buenas acciones
     previas, hay, cuando que él, considera, es bueno,
y la santa lealtad no ha violado, ni en pacto alguno
     del numen de los divinos ha abusado para engañar a los hombres,
muchos deparados te esperan, por largo tiempo, Catulo,
     de este ingrato amor, goces a ti.
Pues cuanto los hombres bien a alguien, o decir pueden,
     o hacer, esto por ti dicho y hecho ha sido:
todo lo cual se perdió, a una ingrata mente fiado.
     Por ello, ¿ya por qué más tiempo te crucificas?
¿Por qué tu ánimo no afirmas y de aquí te retornas,
     y, con los dioses contrarios, dejas de ser desgraciado?
Difícil es un largo amor de repente deponer,
     difícil es, pero, como quieras, consíguelo:
la única salud esta es. Esto has tú de vencer,
     esto haz, tanto si no se puede como si se puede.
Oh dioses, si vuestro es compadeceros, o si a alguien algún día
     una extrema ayuda ya en la misma muerte ofrecisteis,
a mí, triste, miradme y si mi vida puramente he llevado,
     arrebatadme esta peste y calamidad a mí,
que en mí reptando como una parálisis en mi organismo
     ha expulsado de todo mi pecho las alegrías.
No ya esto busco, que por contra a mí me quiera ella,
     o, lo que no posible es, que ser púdica quiera:
yo mismo tener salud deseo y esta tétrica enfermedad soltar,
     oh dioses, devolvedme a mí esto por la piedad mía.

77

Rufo, por mí creído en vano y para nada amigo:
     ¿en vano? Más bien con un alto precio, y malo.
¿Cómo es que así has reptado en mí, y aun mis entrañas abrasando,
     ay, triste de mí, me arrebataste todos nuestros bienes?
Me los arrebataste, ahay, cruel veneno de nuestra
     vida, ahay, peste de nuestra amistad.

78

Galo tiene unos hermanos, de los que es agraciadísima la esposa
     del uno, agraciado el hijo del otro.
Galo una persona es buena, pues dulces amores unce,
     para que con un buen chico una buena chica se acueste.
Galo una persona es necia, y no que él, ve, es marido,
     el que, siendo tío, de un tío muestra el adulterio.

78B

< Lesbio, no me quejaría de que tú sucias costumbres tienes,
     si a tus indecentes compañeros solamente mancillaras: >
Pero ahora de esto me duelo, de que, de una pura chica los puros,
     suaves besos, ha meado la puerca saliva tuya.
Pero esto no impunemente llevarás, pues a ti todos los siglos
     te conocerán y, quién seas, la fama dirá, vieja.

79

Lesbio es pulcro. Qué si no, a quien Lesbia prefiere
     que a ti con toda la gente, Catulo, tuya.
Pero aun así, que este Pulcro venda, con su gente, a Catulo,
     si tres suaves besos de sus conocidos encontrara.

80

Qué diga yo, Gelio, de por qué los róseos labiecillos esos,
     que la invernal nieve se hagan más cándidos,
de mañana de tu casa cuando sales, y cuando a ti la octava hora
     de tu descanso muelle te levanta, en el largo día.
No sé qué, de cierto, es: ¿o acaso con verdad la fama susurra
     que la grande parte tiesa tú devoras de la mitad de un hombre?
Así, de cierto, es: lo claman del pobre Víctor sus rotos
     lomos, y del ordeñado suero tus labios señalados.

81

¿Ninguna, en tan gran pueblo pudo haber, Juvencio,
     bella persona, a quien tú querer empezaras,
además de este huésped tuyo de la moribunda sede
     de Pisauro, más pálido que una sobredorada estatua,
que ahora en el corazón tienes, a quien anteponer a nos
     osas y no sabes qué fechoría haces?

82

Quintio, si a ti quieres que los ojos deba Catulo
     o si algo más caro hay que los ojos,
arrancarle a él no quieras lo que mucho más caro para él
     es que los ojos, o si algo más caro hay que los ojos.

83

Lesbia a mí, presente su marido, males muchísimos me dice:
     esto, para ese fatuo, la máxima alegría es.
Mulo, ¿nada notas? Si de nos, olvidada, callara,
     sana estaría: ahora, porque gañe y contra mí habla,
no solo me recuerda, sino la que mucho más acre es cosa,
     airada está. Esto es, se abrasa y habla.

84

‘Chomodidad’ decía, si alguna vez comodidad quisiera
     decir, y a las insidias, Arrio, ‘hinsidias’,
y entonces maravillosamente esperaba que él había hablado,
     cuando, cuanto podía, había dicho ‘hinsidias’.
Confío en que así su madre, así siempre el tío materno de él,
     así el materno abuelo había dicho, y su abuela.
Él mandado a Siria, les habían descansado a todos sus oídos:
     oían las mismas cosas estas lenemente y levemente,
y no se temían tras de aquello tales palabras,
     cuando de pronto les viene el anuncio horrible
de que los jonios oleajes, después de que allá Arrio fuese,
     ya no jonios eran, sino ‘hionios’.

85

Odio y amo. Por qué esto haga quizás inquieres.
     Lo ignoro, pero que sucede siento, y me crucifica.

86

Quintia hermosa es para muchos. Para mí cándida, larga,
     recta es: estas cosas yo así, una a una confieso.
El todo aquel que es hermosa, niego: pues ningún atractivo,
     ninguna en tan gran cuerpo hay miga de sal.
Lesbia hermosa es, la que, como pulcrísima toda es,
     tanto a todas, sola, hurtó todas las Venus.

87

Ninguna mujer puede tanto decirse amada
     en verdad, cuanto por mí la Lesbia mía amada es.
Ninguna lealtad en ningún pacto hubo nunca tan grande
     cuanta en el amor tuyo, por la parte mía, hallada es.

88

Qué comete éste, Gelio, que con su madre y su hermana
     se pica, y tiradas las túnicas, vela,
qué comete éste, que a su tío no deja ser marido.
     ¿Acaso sabes cuánto asume de abominación?
Asume, oh Gelio, cuanto no la última Tetís
     ni, padre de las Ninfas, lavó el Océano:
pues nada hay, ninguna abominación, que vaya más allá,
     no si bajando la cabeza, a sí mismo él se devore.

89

Gelio está delgado. Cómo no, a quien tan buena madre
     y tan saludable le vive, y tan atractiva hermana,
y tan buen tío, y tan todo lleno de chicas,
     sus parientes: ¿por qué cosa él deje de estar magro,
el que nada toque sino lo que lícito tocar no es?
     Cuanto quieras, por tal cosa, que esté magro, hallarás.

90

Nazca un mago del nefando, de Gelio y de su madre,
     matrimonio, y aprenda el pérsico aruspicio:
pues que un mago de la madre y su nacido sea engendrado propio es,
     si verdadera es de los persas la impía religión,
para que, grato a ellos, venere él con una acepta canción a los divinos,
     el omento pingüe en la llama cuando él licuezca.

91

No por ello, Gelio, esperaba que tú a mí fiel,
     en el mísero este nuestro, este perdido amor,
fueras, porque a ti te conociese bien o constante te creyera,
     o que pudieras de una indecente vergüenza tu mente inhibir,
sino porque ni la madre ni la germana tuya,
     veía yo, que era ésta, cuyo gran amor a mí me comía,
y aunque contigo estaba yo unido por mucho trato,
     no bastante tal, como causa, había confiado en que sería para ti.
Tú bastante tal creíste: tanto goce para ti en toda
     culpa hay, en la que haya algo de abominación.

92

Lesbia me dice siempre mal, y no calla nunca
     sobre mí: Lesbia a mí, que me muera si no me ama.
¿Por qué señal? Porque son otras tantas las mías: la impreco:
     asiduamente, pero, que me muera si no la amo.

93

Nada en demasía me afano, César, a ti en querer placerte,
     ni en saber si eres uno blanco, o un negro hombre.

94

Méntula adultera. ¿Adultera Méntula? De cierto.
     Esto es lo que dicen: la propia olla las hortalizas recoge.

95

La Esmirna de mi Cina, a la novena mies al fin después
     de empezada, ha sido, y después del noveno invierno, editada,
cuando quinientos, entre tanto, miles de versos, el Hatriense
     < pútrido en un solo año ha vomitado >
La Esmirna a las cavas ondas del Sátraco, a lo hondo, enviada será,
     a la Esmirna canos siglos, largo tiempo, la desenrollarán.
Mas de Volusio los Anales junto a Padua misma morirán
     y laxas túnicas a las caballas a menudo darán.
Los pequeños monumentos de mi <amigo> tenga yo en mi corazón,
     mas el pueblo se goce del henchido Antímaco.

96

Si algo a los mudos sepulcros grato y acepto
     acaecer, Calvo, de nuestro dolor puede,
por la nostalgia con que renovamos los viejos amores,
     y aun, otrora perdidas, lloramos las amistades,
ciertamente no tan gran dolor por su muerte inmadura tiene
     Quintilia, cuanto se goza del amor tuyo.

97

No –así los dioses me amen– que algo importaba, pensé,
     si la boca o el culo yo le oliera a Emilio.
Para nada más mondo esto, y en nada más inmundo aquello;
     de veras incluso el culo más mondo y mejor,
pues sin dientes, es. Ésta, dientes de pie y medio;
     las encías, en verdad, de un carromato viejo tiene,
demás de esto una comisura cual, escindido, en el verano,
     de una mula meando el coño tener suele.
¿Éste jode a muchas y se hace el que es atractivo,
     y no al molino es entregado y al asno?
A él si alguna lo toca, ¿no que ella podría, pensemos,
     de un enfermo verdugo el culo lamer?

98

Contra ti, si contra alguien, decirse puede, pútrido Victio,
     esto que de los palabreros se dice y de los fatuos.
Con esa lengua, si el caso te venga a ti, podrías
     culos y sandalias lamer campesinas.
Si a nosotros por entero quieres a todos perder, Victio,
     abre la boca: por entero lo que deseas lograrás.

99

Te he robado a ti, mientras juegas, Juvencio de miel,
     un suavecillo beso, que la dulce ambrosia más dulce.
Pero esto no impune lo he llevado, pues hace más de una hora
     que clavado en lo alto de una cruz yo, recuerdo, estoy,
mientras ante ti me purgo, y no puedo con llantos ningunos
     un tantito de vuestra crueldad sustraer.
Pues una vez que esto ocurrió, con muchas gotas diluiste
     tus labiecillos y los enjugaste con todos tus dedos,
para que nada contraído de nuestra boca te restara,
     como de la puerca saliva de una meada zorra.
Además al infesto Amor, pobre de mí, de entregarme
      no cesaste, y de todo modo de crucificarme,
tal que a mí, de ambrosia, mudado ya fuera aquel
     suavecillo beso, que el amargo eléboro más amargo.
Esta condena puesto que a mi triste amor propones,
     nunca ya después de ora, besos te robaré.

100

Celio a Aufileno y Quintio a Aufilena,
     la flor de los veronenses jóvenes, aman a morir,
éste al hermano, aquel a la hermana. Esto es lo que se dice aquella
     fraterna, verdaderamente dulce camaradería.
¿A quién alentaré, mejor? Celio, a ti, pues la tuya, por nos,
     contemplada desde mi fuego ha sido como única amistad,
cuando una vesana llama abrasaba mis medulas.
     Que seas feliz, Celio, que seas en el amor potente.

101

A través de muchos pueblos y a través de muchas superficies viajando,
     advengo a estos pobres, hermano, ritos fúnebres,
para a ti donarte con el postremo tributo de la muerte,
     y a tu muda ceniza para nada dirigirme,
puesto que la fortuna te me arrebató a ti,
     ay, pobre, indigno hermano, que arrancado me has sido.
Mas ahora, entre tanto, estas cosas que en la antigua costumbre de nuestros padres
     entregadas te son, en triste tributo a tus ritos fúnebres,
acógelas, éstas que mucho manan de fraterno llanto,
     y para la perpetuidad: te saludo, hermano, y me despido.

102

Si algo cometido fue por un callado, fiel amigo,
     del que sea hondamente conocida la fidelidad de su ánimo,
que yo estoy, encontrarás, de ellos por la ley consagrado,
     Cornelio, y que hecho yo estoy, cree, un Harpócrates.

103

O devuélveme, si riscas, los diez miles, Silón,
     después sé cuanto quieras salvaje e indómito,
o, si a ti las monedas te deleitan, deja, por favor,
     de alcahuete ser, y, tú mismo, salvaje e indómito.

104

¿Crees que yo pude mal decir de mi vida,
     que ambos ojos, para mí, la que más cara es?
No pude, y no, si pudiera, tan perdidamente la amaría:
     pero tú, con Tapón, todo monstruosidad lo haces.

105

Méntula se empeña en ascender el Pipleyo monte:
     las Musas con horquillas en picado lo arrojan.

106

Con un chico bonito a un pregonero quien ve que está,
     ¿qué crea, sino que él por venderse se desvive?

107

Si algo, a quien lo desea y pretende, ocurre alguna vez,
     a quien lo desespera, ello es grato al ánimo particularmente.
Por lo cual, ello es grato a nos, también más caro que el oro,
     el que tú te restituyes, Lesbia, a mí, que te deseo.
Te restituyes a quien te desea y te desespera, tú misma te devuelves, tú,
     a nos. Oh luz de la más brillante nota:
quién, que yo solo, vive más feliz, o, que más que esta vida
     él ha de pretender, decir quién podría.

108

Si, Cominio, del pueblo por el arbitrio, tu cana vejez,
     emporcada por tus impuras costumbres, pereciera,
no yo ciertamente dudo que primero, enemiga de los buenos,
     tu lengua segada a un ávido buitre sea dada,
tus excavados ojos devore con su negra garganta un cuervo,
     los intestinos los perros, los demás miembros los lobos.

109

Agradable, mi vida, me propones que el amor
     este nuestro entre nosotros y perpetuo será.
Dioses magnos, haced que verazmente prometer pueda
     y aun que esto sinceramente diga y de ánimo,
para que lícito sea a nosotros por toda la vida conducir,
     eterno, este pacto de santa amistad.

110

Aufilena, las buenas amigas siempre son alabadas:
     reciben el precio de lo que hacer estipulan.
Tú, porque lo que me prometiste mentido has, mi enemiga eres:
     porque no das y tomas muchas veces, haces mal.
O hacer de bien nacida es, o no prometer, de púdica,
     Aufilena, fuera: pero lo dado arrebatar
defraudando los servicios, más que de una meretriz avara,
     que a sí misma con todo el cuerpo se prostituye.

111

Aufilena, con un marido solo contenta vivir,
     de las casadas la alabanza es, de entre las alabanzas eximias.
Pero de cualquiera, cuanto quieras, mejor subyacer es,
     que madre hacerse de hermanos, del propio +padre+.

112

Mucho hombre eres, Nasón, y no mucho hombre es quien contigo
     desciende: Nasón mucho eres, y un bardaje.

113

Siendo cónsul Pompeyo la primera vez, dos, Cina, eran asiduos
     de Micila: hecho cónsul ahora de nuevo
continúan los dos, pero le crecieron mil a cada uno.
     Fecundo semen para el adulterio.

114

Por su firmano soto no en falso a Méntula por rico
     se tiene, que tantas cosas en sí tiene egregias:
coto de aves de todo género, peces, prados, labrantíos y fieras.
     Para nada: los frutos con los gastos supera.
Por lo cual, concedo que sea rico, mientras todo le falte.
     Su soto alabemos, sólo mientras él sea pobre.

115

Méntula tiene casi treinta yugadas de prado,
     cuarenta de labrantío: lo demás son mares.
¿Por qué no las riquezas de Creso de superar capaz sea,
     quien en un solo soto tantos bienes posea,
prados, labrantíos, ingentes espesuras y vastas lagunas
     sin fin hasta los hiperbóreos y hasta el mar Océano?
Todas cosas grandes éstas son, aun así, él mismo es más grande, más allá:
     no un humano, sino en verdad una méntula magna minaz.

116

A menudo, con el ardoroso ánimo del cazador, inquiriendo
     cómo canciones podría a ti enviarte del Batíada,
con que yo te calmara hacia nos, y no se me intentara
     enviar disparos hostiles sin fin a mi cabeza,
esta labor veo ahora que por mí en vano asumida fue,
     Gelio, ni nuestras preces aquí valieron.
Contra nos los disparos estos tuyos evitaremos [lanzados],
     mas, clavado tú por los nuestros, pagarás tu suplicio.

Filigrana.svg
◄ Parte anterior Título de esta parte Parte siguiente ►
Catulo Poemas 61-68 Catulo Poemas 69-116 Portada