Ceniza

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Al Conde de las Almenas



Ya se apaga confuso el vocerío
del pueblo que a la crápula se entrega:
como murmullo de profundo río,
ya a mis oídos indistinto llega
el lejano rumor de gran gentío.
¡Locura que horroriza!
¡aun no ha dos horas, turba tornadiza,
que, al pie de los altares prosternada,
sobre la frente de pavor helada,
temblando recibiste la ceniza!
«Recuerda que eres polvo, polvo vano»-
te dijo al extenderla el sacerdote-
«y en polvo pararás»,
¡Mortal liviano!
y ya, olvidando el anunciado azote,
tu licencioso carnaval renuevas
cubierto de careta fementida,
¡cual si no te bastara la que llevas
en el curso ordinario de la vida!
Deja tu mascarada escandalosa,
y ven a meditar donde te espero:
aquí, lejos del mundo vocinglero;
aquí donde, siniestra y misteriosa,
habla la muerte su lenguaje austero.
Aquí, contra esos fúnebres umbrales,
se estrellan las humanas saturnales;
con silencio profundo
callan, aquí las locas bacanales;
aquí se ve la pequeñez del mundo
al través de esas losas sepulcrales.
Aquí la frente erguida
que del fétido légamo nacida
tuvo en alto desprecio al ser humano,
hoy, en vil podredumbre convertida,
ya reconoce al polvo por hermano.
Aquí, donde en el fondo de la huesa
toda humana existencia se derrumba,
el inquieto gusano de la tumba
nunca en su destructor trabajo cesa.
Mal su afán con el ocio se concilia:
para él no hay fiesta, ayuno ni vigilia.
Todo, en servirlo, su eficacia emplea;
todo sucumbe a su poder insano:
cuando Dios Soberano
mundos y mundos de la nada crea;
su omnipotente mano
prepara el alimento del gusano
que voraz en las tumbas hormiguea.

Ven, pues: mi llamamiento no te asombre;
que al fin has de venir, mal que te cuadre,
donde vino tu padre,
¡donde vendrá el postrero de tu nombre!
¡Ven, que no has de esquivar el lecho duro,
ni el triste nicho oscuro,
ni la pesada lápida inclemente
que los abismos del sepulcro cierra,
¡ni el vil montón de tierra
con que el pisón oprimirá tu frente!
¡Verdad inolvidable y olvidada!
¿Ves esa loca turba enmascarada
que, en ciego torbellino,
cual agua de su cauce desbordada,
persiguiendo el placer corre sin tino?
Síguela en su carrera atropellada:
quizá de pronto la verás, curiosa,
en fantástico círculo apiñada
inquirir afanosa
algo que, al fin sabido, la anonada.
¿De qué nace su extraño desconcierto?
¿de qué su admiración? ¿de qué su espanto?
¿qué ocurre, en suma, para asombro tanto?-
caso imprevisto! ¡que un mortal... ha muerto!

¡Bebed! ¡reíd! ¡cantad! La alegre mesa
rebosa de manjares y de risa.
¡Bebed! ¡reíd al borde de la huesa!-
el gusano fatal no tiene prisa.
No lo olvides, ignaro libertino:
en el curso fatal de tu destino
será feliz o mísera tu suerte;
pero siempre hallarás en tu camino
segura una catástrofe: la muerte.
De tu fortuna, próspera o contraria,
no has de hallar quien el fin mude ni aplace:
la acción de la tragedia será varia,
pero siempre es igual el desenlace.
¡Necios magnates, de ambición beodos:
por más que la fortuna caprichosa
reparta su favor de varios modos,
hemos de ser, unidos en la fosa,
ante Dios una vez iguales todos!

¿Iguales?- No; que aun en la tumba helada,
poniendo a su locura el postrer sello,
la soberbia del hombre, desbocada,
con insolente alarde yergue el cuello.-
«Este -dice la losa blasonada-
es el grande, el magnánimo, el potente
a cuyo paso audaz temblaba el mundo;
éste el que al cielo levantó la frente,
de reyes descendiente,
gran soldado, político profundo;
éste el que, ardiendo en generoso anhelo,
al universo entero tuvo en guerra;
éste...»
-¡Necia jactancia! ¡mira al suelo!
¡estos son ¡ay! los siete pies de tierra
con que nuestras grandezas mide el cielo!
¡Oh mortal miserable!
por más que tu soberbia desatada
de tu prosapia y tu poder nos hable,
tu estirpe está de antiguo averiguada:
¡siempre serás, reptil abominable,
hijo del cieno y nieto de la nada!

Sarcófagos, sepulcros, panteones,
engendro del humano desvarío,
que en frisos y frontones
profanáis con hinchadas inscripciones
la austera palidez del mármol frío;
profundos hipogeos
so las altas pirámides cavados;
soberbios mausoleos,
bajo el peso de bélicos trofeos
y alabanzas pomposas agobiados;
sepulturas que, en forma artificiosa
disimulando el hueco de la tierra,
procuráis disfrazar la negra fosa,
boca insaciable que jamás se cierra;
cenotafios de lápida historiada
que fingís ocultar a humano ojos
los humanos despojos,
perdidos en las fauces de la nada;
mole desmesurada de Adriano,
aun firme en tus recónditos cimientos;
arrogante columna de Trajano,
desprecio de los siglos y los vientos,-
más bien que funerarios monumentos,
condensaciones del orgullo humano:
¡levantad vuestras cúpulas altivas!
¡levantad vuestros fustes esculpidos!
¡subid hasta las nubes fugitivas,
de regia pompa y vanidad henchidos!
¡subid! ¡subid! ¡subid hasta lo sumo
de la etérea región oscura y vana!
¡elévate sin fin, soberbia humana!-
¿cómo no has de elevarte si eres humo?

¡Mas no esperes la gloria
de arrancar al olvido tu memoria!
Hombres sin religión, hombres impíos
que, impasibles y fríos,
con siniestra sonrisa desdeñosa
vais echando revueltos en la fosa
los rígidos cadáveres sombríos,
¿por ventura esperáis que, más piadosa,
conservará la suerte
vuestra memoria al siglo venidero?
¿pensáis, quizá, pensáis que es tierra inerte
lo que cubre ese asilo postrimero?
¡Olvido, negro olvido es lo que vierte
sobre el lívido rostro de la muerte
la pala del brutal sepulturero!
¡Oh mortal engreído!
En vano tu soberbia soñadora
resistir un instante ha presumido
a la acción de la Muerte destructora:
¡lo que el gusano inmundo no devora
lo devora el olvido!
Entra en Nínive, en Menfis, en Esparta;
revuelve sus arenas movedizas;
en su desolación los ojos harta,-
y busca de sus héroes las cenizas.
¡Ni aun en la piedra se salvó su historia!
¡todo al paso del tiempo se derrumba!
¡nada de ellos allí guarda memoria!
¡mudo el mármol! ¡anónima la tumba!
No preguntes qué fue de aquellos hombres:
¡sordos están sus huecos cenotafios;
y, borrados emblemas y epitafios,
ni el sepulcro se acuerda de sus nombres

Mas ¡ay! aunque tu afán colmado vieras
y tu fútil propósito cumplido;
aunque, de boca en boca repetido,
tu renombre a los siglos transmitieras,
¿qué es esa edad futura
de quien su fama tu soberbia fía?-
¡leve pavesa que un instante dura,
y al fin se apaga en la garganta oscura
de la siniestra eternidad sombría!
Vendrá, vendrá del mundo el postrer día,
y, el plazo al fin cumplido
y el lazo universal al fin disuelto,
cuanto fue de la nada redimido
a la nada otra vez será devuelto.
¡Necio afán infecundo!
¿Dónde irá entonces, di, la humana gloria,
cuando no haya ni mundo
ni tiempo en que se albergue su memoria!
¡Oh! ¡la nada! ¡la nada!
¡tal es, cuando se acerca la partida,
la fatídica imagen enlutada
que descubre, de horror sobrecogida,
el alma en el placer encenagada!
¡Vanidad! ¡vanidad! -¡oh! ¿qué es la vida?
¡Viento fugaz perdido en el espacio!
¡Viento es la choza! ¡Viento es el palacio!
¡Viento es la fama, en vano conseguida!
¡Todo en el mundo es viento!
¡Y de viento va henchida
la capucha del monje macilento!
Mas no: si a Dios tu espíritu se eleva
y en la esfera inmortal del bien se arroba,
no temas, no, la irremisible prueba:
la Muerte, hambrienta como hambrienta loba,
cuando en tu ser mortal el diente ceba
sólo la vil mortalidad te roba.
Si estás a recibirla prevenido,
no te asuste su aspecto misterioso:
ella ofrece la calma y el reposo
al triste pecho de dolor transido.
En sus dichas la execra el venturoso,
y en sus penas la invoca el afligido:
¡sus alas, que con pródigo derroche
dispersan cuanto Dios potente cría,
negras parecen a la luz del día,
y blancas en las sombras de la noche!
Ella en este lugar dice a tu oído:
«pobre mortal que, entre cuidados graves,
quizá en altos estudios abstraído,
la fugaz existencia has consumido,
si no sabes morir ¡necio! ¿qué sabes?»
Óyela; y por tu bien sin tregua mira;
quizá la hora fatal esté cercana:
¿sabes tú acaso si verás mañana
la luz de ese crepúsculo que expira?
¡Ah! ¡ven aquí, donde a morir se aprende!
¡ah! ¡ven aquí, donde entre tierra y cielo,
cual águila que audaz las alas tiende,
la mente gira con tranquilo vuelo!
Por eso vengo yo, triste y rendido,
a confortar el ánimo cobarde,
cuando, cubriendo al mundo adormecido,
su morado crespón tiende la tarde.
Aquí, donde al sepulcro sus despojos
rinde la humanidad, en triste calma
presentan a mi mente y a mis ojos
ceniza el cuerpo, y luz eterna el alma
Pero, aunque en este solitario asilo,
tan dulce, tan sereno, tan tranquilo,
con empeño constante
mi esperanza y mi fe buscan su centro
y la eterna verdad hallan delante,
siempre, en todo lugar, a cada instante
iguales espectáculos encuentro;
y, soñador inquieto y errabundo,
si busca luz mi oscura inteligencia,
miro a Dios cuando brilla en mi conciencia,
¡y, si busco ceniza, miro el mundo!