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Cerdeada

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Cerdeada

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A cualquiera que no sepa, le parecerá cosa fácil el cortar la cerda de un animal yeguarizo. Claro: si es un caballo manso, no es grande el trabajo. Con tener el animal del cabestro, le puede uno pasar por la clin, con toda tranquilidad, una tijera de esquilar y despuntarle la cerda, haciéndole con la mayor prolijidad, dibujitos y cortes de fantasía que lo dejen lo más gauchito, con tal que los sepan hacer. Despuntarle la cola, tampoco es difícil y es operación sin peligro; basta agarrar la punta, bien apretada, y con el cuchillo afilado como navaja, cortarla de un tajo. El mancarrón ni caso le hace, pero sí el muchacho que está espiando los gestos del padre; pues con la poca cerda así sacada de algunos caballos, correrá en su petizo a la esquina, se trepará hasta llegar a la altura del mostrador y cambiará su cosecha por medio kilo de confites o de galletitas, de pasas o de nueces.

Si el menor puñado de cerda representa un valor, se comprende que, para el estanciero, no sea despreciable el producto que de ella se pueda sacar en un número crecido de animales. Lo que sí, es otra tarea cerdear una manada de yeguas ariscas y de potros, que de peluquear un mancarrón. Ahí no se trata de hacer obra de arte, sino de pelar, lo más cerca posible del cuero, la cerda de la clin y de la cola; y para esto, es preciso enlazar y voltear los animales, impidiendo por medios enérgicos que puedan despedir a patadas al oficial con sus tijeras.

Llegó marzo, con sus días frescos; las yeguas tienen todavía por delante muchos meses que esperar el aumento de su familia, y los golpes inevitables les serán menos funestos. El mayordomo cuidadoso evitará que se pialen los animales; se voltearán lo más suavemente posible, y hasta se tendrá la delicadeza de dejarles un mechoncito largo en la punta de la cola, para que puedan seguir con ella espantando los mosquitos. Que queden así muy bonitas, las yeguas harían mal en creerlo, y en volverse presumidas por lo bien tuzadas. A los potros, sólo se les acorta la clin y la cola, para que tengan íntegros sus adornos naturales cuando venga el momento de domarlos.

Pero ¿podrá siempre el estanciero contar con el producto de la cerdeada y tener la seguridad de que el trabajo se hará con las precauciones debidas? ¡Oh! no; pues la cerda no tiene marca. Cualquier gaucho posee algunos yeguarizos, y el derecho de tuzarlos; y una vez embolsados los mazos de cerda ¿quién se atreverá a asegurar que pertenecen a don Nemesio, hacendado rico, más bien que al paisano Gregorio? ¡Hombre! justamente acaba este también de cerdear sus yeguas. ¡Qué casualidad!

El domingo, a la tarde, llovió gente al puesto de Gregorio. Vinieron los tres Ponce, el hijo de Agüero, el rubio Florentino y su hermano Máximo, otros más, todos con lazo y boleadoras; y era para ayudar a Gregorio a cerdear sus yeguas. Los pobres, amigo, se tienen que ayudar entre sí. ¿Dónde iríamos a parar si para tuzar cuatro yeguas, hubiera que conchabar peones por día? Que lo haga don Nemesio, está bien; pero Gregorio no puede, y tiene que ser de convite el trabajo, en su casa.

Y así fue. La noche del domingo pasó, según dicen, muy tranquila: descansando, seguramente, pues era como si no hubiera habido nadie en el rancho; y al día siguiente, llevaron a lo de los Ponce, que tenían un corralito, las yeguas de su huésped. Entre todos, y como jugando, por supuesto, pues eran, sin excepción, buenos enlazadores, las iban tuzando con prolijidad, sin estropearlas y dejándoles, como es de regla, el mechoncito para los mosquitos.

Don Nemesio quiso aprovechar esa reunión de trabajadores hábiles para hacer tuzar, él también -pagando- las yeguas de su establecimiento; y se dirigía a casa de Gregorio para tratar del asunto, cuando se encontró con una manada de su marca, tuzada ya. Y ¡qué tuzada! por poco le sacan con la cerda, el pellejo. ¿Mechones, para qué? si las yeguas eran ajenas. Venía también un animal quebrado de una pata, otro medio deseogotado y faltaba un potrillo rosillo, el más lindo de la manada. Lo habían degollado para surtirse de lonja, tan necesaria para coser huascas.

Don Nemesio se paró, contempló el desastre, y en un arranque de legítima rabia, arrolló la manada y se la llevó por delante, hasta lo del alcalde. Pero cuando llegó allá, se encontró con el mismo representante de la autoridad abismado, aniquilado, derrumbado, en su corralito, mirando con ojos húmedos y labios temblorosos, no una vulgar manada de yeguas, sino su propia tropilla de caballos, señor ¡sus caballos! sin clin ni cola, pelados hasta el cuero, y meneando sus rabitos del modo más ridículo.

Al ver en tan deplorable estado los famosos lobunos de don Servando, don Nemesio no tuvo valor para quejarse. Consuelo de tonto, dirán; pero, con todo, consuelo sentía, y entre las arrugas de su cara enojada, ya se iba esbozando como un sonrisa.