Chaymanta Huayñuy

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Chaymanta Huayñuy
de Abraham Valdelomar



Donde se explica cómo el amor puede conducir al pecado; cómo la mujer incita al amor; cuánta tragedia existe en dos cuencas vacías y cuán noble es el Dolor aún en los más caídos. Y por qué no debe lucharse contra la palabra y el designio inexorable de los dioses.


Por la falda del cerro, bajo un moribundo cielo gris, al lado del abismo donde el río se debate, extiende su curva el gran camino del reino. Abajo, el valle exuberante pugna por ascender, y la policromía de los Andes floridos ciñe la morada solidez del cerro. Un viento de presagio, tempestuoso y frío, doblega los retoños del valle en oleadas viscosas. Los dos cerros se unen en el norte y sus faldas se juntan para dar paso al camino. Por aquel gran camino, que atraviesa abras y cimas, que bordea montes y que circunda valles, bajo la sombra amena y fresca de los molles, se va desde el Cuzco hasta Quito, donde los Scyris dominan aún. Aqueste camino recorre los más ricos y poderosos estados. Va a Huánuco, la ciudad de piedra, y atraviesa los encantados lagos. Sigue hasta Cajamarca, el fecundo valle predilecto de los Incas, cuando van a visitar el reino; desciende un poco y desde él se mira las portentosas maravillas del Chimú, luego va a perderse en las calurosas tierras del Norte, donde las mujeres son hermosas y esbeltas y tienen cutis blancos. Los mejores tambos están a su paso. Y las casas de reposo de los Incas, con sus adoratorios y sus fuentes tibias. Y en él se cruzan los chasquis y los pastores. Por él desfilaban de tiempo en tiempo, entristecidos y graves, los grandes pueblos mitimaes. Sobre su plana superficie los numerosos grupos de llamas desfilaron muchas veces y detrás de ellos el pastor taciturno y melancólico. Puentes de mimbre lo cruzan de trecho en trecho, y bajo el leve tejido, los ríos rugen amenazadoramente. Aqueste camino sale desde la Intipampa de la Ciudad Sagrada y termina en los alrededores de Quito.

Allí entre los dos cerros que se unen para dar paso al camino del Norte, aparece, manchando el horizonte, la figura de Ñausa Soncco, el ciego. Su errante miseria tiene la suprema y noble majestad de una vida nómade y trunca en peregrinar sin fin. La diestra levantada sostiene el báculo y las cuencas de sus ojos siempre parecen dirigirse a un punto misterioso de la Eternidad, bajo las tenebrosas nubes que galopan hacia él. Por el lado opuesto, al Sur del camino, aparecen Callpa-Sapa y Saucapayac, los dos pastores. Se detienen al verle y entonces se oye, en el solemne silencio del crepúsculo:

CALLPA-SAPA

–El ciego se acerca. El hombre maldito del Sol. ¡Silencio!...

SAUCAPAYAC
grita entre las palmeras cóncavas de sus manos:

–¡Ñausa! ¡Sobre las piedras está el agua! ¡Sobre la tierra está el maíz!

Disponen sobre unas piedras del camino un cántaro de su menester, lleno de agua, y cerca, en el suelo, sobre unas hojas, una porción de cancha. Ñausa eleva su cayado a lo alto, extendiendo ambos brazos hacia ellos; y dice con voz ronca, donde se oye la desolación infinita de un alma convencida de su mal irremediable:

ÑAUSA SONCCO

–No os acerquéis! ¡No os acerquéis! ¡Soy el chaymanta yuyaymanak! ¡El blasfemo, el hombre maldito! No os acerquéis, si sois sencillos pastores, o ancianos venerables, o soldados del Inca. Yo he blasfemado contra el Sol y mi aliento mancha y agosta. ¡No toquéis mis vestidos, no piséis donde he pisado, ni digáis que me encontrásteis! Borrad mis huellas al paso, pero escuchadme para que el Sol no os castigue. Si no me escucháis, el aire helado secará vuestro sembrío, la roña destruirá vuestra era, helará en vuestros campos y se llenarán de gusanos vuestros graneros! ¿Dónde estáis dónde estáis ahora?...

SAUCAPAYAC

–¡Junto al sembrío, en el maizal que va hacia el río! ...

ÑAUSA SONCCO

–¡Ah, ingenuos pastorcillos!... Alejáos más, a un tiro de honda, para que el mismo aire no nos toque y la misma nube no nos cubra!... Luego, con los brazos extendidos que dominaban el valle extendido a sus pies, dorado por el Sol moribundo, dijo, con su voz honda y húmeda, mientras el viento desplegaba trágicamente sus cabellos y sus vestidos:


KARCHIS, EL DE LOS HERMOSOS OJOS Y SU REBELION CONTRA EL SOL...


El padre Sol venía todos los días a la tierra, calentaba el surco, coloreaba el campo, hacía germinar hinchada la semilla, sazonaba el fruto y doraba la jugosa mies... En el alma de los hombres ponía la alegría en la mañana, el cansancio al medio día, la tristeza en la tarde y el amor y el deseo siempre. Mis ojos eran los más grandes del Curacazgo. Y en el Curacazgo, lo más hermoso era Munanaya, a quien yo miré un día. Una tarde abandonó su ayllu para venir a besarme cuando yo apacentaba los rebaños del Sol. Entre ella y mi rebaño, los días se iban deslizando y yo sólo esperaba que el Inca me la diese por esposa. Yo la llevaba lana de las alpacas de mi grey y ella la tejía para mi regazo. ¡Ah! ¡Cuántas horas pasábamos juntos, al borde de la acequia que sombreaban las alegres floripondios, cuyas flores, como vasos de nieve, derramaban invertidos su perfume! A veces, ella por coger una flor, desnudos los pies, entraba hasta la mitad del arroyo murmurante, donde su cuerpo acurrucábase de frío, y reía, reía, y su risa iba mezclada del perfume sobre las ondas fugaces y breves... Otras veces, íbamos juntos, por entre el caudal del arroyo, y subíamos contra la corriente, bajo la bóveda espesa y oscura del ramaje de árboles abrazados, por entre cuyas hojas de trecho en trecho, se colaba un poco de luz. Entre ellas, los nidos se distinguían como manchas y, de vez en cuando, piaban en ellos los pichíus débiles, o se aventuraban a volar cerca del nido. Así, con ella a mi lado, estrechamente unidos, caminábamos largamente. Yo le cogía las flores que había al paso y ella iba colocándoselas en redor de la cabeza, a manera de mascaipacha. Luego nos sentábamos en el borde de algún islote, que formaban las aguas, y allí esperábamos al caer de la tarde para volver a la ciudad... ¡Ah! Munanaya era la más bella mujer...

Un día, cuando se preparaban en la Ciudad Imperial las fiestas de Raymi, fuimos juntos por la ciudad. Pasábamos por delante de los viejos palacios, al caer de la tarde. Los transeúntes se recogían a sus hogares, y apenas pasaban soldados hacia la fortaleza de Sacsayhuamán. En la Intipampa, unos cuantos sacerdotes viejos platicaban a jóvenes que debían armarse caballeros. Aquel día era triste y oscuro. Llegamos juntos a la puerta del Coricancha y ella, después que nos hubimos descalzado para cruzar ante el templo, me dijo:

–Yo he estado un día en el Coricancha, y yo no me he olvidado nunca de la casa del Sol... En la puerta hay una esmeralda, y jamás he visto otra esmeralda más grande y más verde, y he soñado con ella muchas noches seguidas y soñaba que la tenía, que tú me la traías... Y recuerdo que en el templo había sobre la cornisa de oro una pluma rara que no he vuelto a ver nunca... Y recuerdo que había sobre el altar del Coricancha una tela celeste cuyos tejidos sólo pudieron hacer las vírgenes del Sol... ¡Ah, quién tuviera esas tres cosas! ¡Ah, quién olvidara esas tres admirables cosas!...

Y largamente se quedó pensando.

Así pasaron varios días. Mi amada estaba triste. Ya no nos mirábamos de frente. En nuestros espíritus germinaba una idea funesta. Pero nuestros labios no se atrevían a musitarla. Ya no hablábamos de nuestro futuro. Ya no me hablaba de casamos, de ir por el largo y florido camino del norte, hacia la luz de los países nuevos, ya no deseaba oír de la boca del Oráculo, en el templo, las palabras del Destino, ya no hacía planes sobre las fiestas. Una tristeza muda invadía su rostro amarillo. ¿Qué había cambiado la felicidad de nuestra vida?... ¿Qué podía hacer yo para volver a la paz transparente de los días de amor?... Una tarde, en que su tristeza se desparramaba en la selva, hacía callar al arroyo y entristecía el cielo, yo, sin decirla nada, la dejé un instante. Aquel día era el día de recibir en el templo la semilla sagrada. Yo fui. Terminada la fiesta, me retrasé un poco y cuando el salón estuvo solo, me deslicé por sus muros y robé. Sí; robé al Sol. ¡Al Sol!

Volví donde ella estaba y le entregué envueltos en una tela los objetos.

–¿Qué es eso, Karchis? –me dijo con desgano, soñando en las cosas que creía inaccesibles.

–La esmeralda, el llauto, la pluma del templo del Sol...

Me miró despavorida, como volviendo de un sueño, como viendo realizarse lo imposible y huyó como loca, al bosque.

–¡No me toques! ¡No me toques, Karchis! ... ¡No me mires!... ¡No me hables!... ¡No te acerques a mí!... ¡Has robado al Sol!...

Entonces no sé lo que ocurrió. Yo perdí la noción de las cosas que me rodeaban; corría tras ella, pero no sentía la tierra bajo mis pies. La seguía, pero no sabía con qué objeto. Y ahora que yo estaba perdido, ella me abandonaba. Un afán de venganza se apoderó de mí. Yo no podía perderla. ¡Era tan hermosa! Sus carnes eran oscuramente rosadas, como la arcilla cocida; sus formas redondas y suaves, como la carne de un niño. La noche había hecho negra su cabellera y había encendido en su rostro un resplandor de lejana hoguera. ¡Y la vincha de plata que ceñía su frente, y los cordones que caían sobre sus senos móviles! Pero ella huía como poseída de Supay. Perdióse en los matorrales y las peñas, y me dejó solo con el Sol. Cuando iba a cogerla, se ocultaba nuevamente, hasta que salió a un escarpado lugar que da hacia el río, donde las piedras son hirientes. Yo quería cogerla y no sabía si matarla o si amarla y besarla y tenerla para mí y morir luego. Iba febril, saltando de peña en peña y profiriendo espantosos gritos que me desgarraban el alma, dejando trozos de su vestido entre los zarzales. Sus manos ensangrentadas y sus flancos rojos de sangre tenían perfume de amor. La seguía jadeante y por fin la vi que desfallecía. Yo mismo me había destrozado el cuerpo entre los espinales, hasta que la vi caer desfallecida sobre una enorme piedra, cerca del río. Entonces le grité con furia:

–No huyas, ya no puedes huir. Vas a ser mía. Y cuando haya puesto en tu piel mis manos, y hayas recibido mi aliento, perdida como yo estarás para siempre. Cómplice mía incitadora del horrible crimen, ¡espérame! ...

Fui hacia ella. Iba ya a tomarla entre mis brazos, pero tuvo un impulso repentino: dio una vuelta y resbalándose en la piedra, cayó al río. Su cuerpo fue a dar en la profundidad sobre una roca saliente que bañó en sangre. El agua hizo una enorme corona al recibirla, y desapareció para siempre. Una mancha rosada y espumosa se deslizó en las aguas hacia la orilla opuesta...

Entonces la ira invadió todo mi ser y me sentí poseído de Supay. Quería luchar con algo, con alguien. La había perdido. Mis manos querían destrozar la peña dura, y mis uñas debatíanse vanamente sobre la roca fría. Mis dientes se clavaban en la corteza de los troncos. Entonces no quedaba en la tierra sino el Sol y yo. El Sol que se vengaba. Y le dije: –¡Cruel!... ¡Cruel!... Yo la amaba como nadie ha amado nunca. Teniéndola a ella, tus riquezas nada valían para mí. Tus esmeraldas y tus plumas eran descoloridas ante tu belleza. Ella era lo más hermoso que tú alumbraste sobre el mundo. Mis ojos eran más bellos que tu luz, y de mí tenías envidia. Me la has robado, pero yo me vengaré de ti... profanaré la nieve de los montes, sacrificaré tus ovejas, y con la sangre de tus llamas yo mancharé la nieve sagrada. ¡Yo me vengaré!...

Entonces fui en busca del rebaño del Sol. Yo mismo lo saqué de los canchones reales. Y yo mismo fui apacentándolos hacia las cumbres. Caminé largo tiempo hasta que ascendí al monte, donde la nieve es más blanca. Desde allí se dominaba la ciudad sagrada a la distancia, se veían los valles, los pueblos, las casas y los rebaños. Los pobres hijos del Sol me dieron pena. Ellos, infelices, ignoraban mi desgracia. Ellos jamás lucharían contra el Sol. Dispuse a mi rebaño. Había llevado seis aporucos para la fiesta de Cápac Raymi. Pero el Sol quiso defenderse y castigarme. Cuando me hallé en la cumbre, rodeado del blanco rebaño temeroso, saqué mi cuchillo de chilliza; pero he aquí que el Sol, cuando mis pies llegaron a pisar la nieve sagrada, oscurece el cielo. Densos nubarrones descienden hasta mi cabeza, y me envuelven con mi rebaño. Una nube negra de cóndores, mandada por él, hace enormes, círculos sobre mi cabeza, y a su presencia las llamas huyen como una bandada de palomas y se dispersan; yo trataba de detenerlas, pero ellas se desgranaban hacia el valle. Entonces me vi solo con la fatídica nube de cóndores que me derribaron con sus alas grandes y duras. Perdíme en la oscuridad de sus alas negras y fuertes. Sus picos agudos y sus garras afiladas comenzaron a herir mi piel, y a destrozarme. Entonces sentí miedo del Sol, creí en su castigo inexorable y le dije:

–¡Padre mío!... No me defenderé. Dejaré que me destrocen y que se ceben en mi carne, pero, ¡déjame que yo vuelva a ver a mi amada sobre la tierra! ... ¡Devuélvemela! ...

No pude más. La nube de cóndores se alejó un instante hacia el azul. Brilló extrañamente el Sol, y uno de los cóndores, descendiendo me picó un ojo y se llevó su luz, y otro me robó igualmente el último rayo de Sol. Sentí que los cóndores se alejaban, por el roce de sus alas, y que se llevaban mis ojos. El ruido de sus alas se extinguió tristemente. Sobre la tierra no quedaban ya sino el Sol indignado, a quien ya no veía y yo, a quien él no calentaba...

¡Buscad mis ojos, pastores, en la ruta del Inti! Ellos saben cuando la luna ilumina el mundo. Ellos no pueden brillar delante del Sol. Están junto al guerrero Chasca... Pero yo no sé, ¿cómo saberlo?, si mis ojos desde el cielo miran a la luna, si miran al río o si ven pasar mi cuerpo miserable, maldito y blasfemo, en medio de la eterna noche. Decidme pastores... ¿Visteis mis ojos en el azul?

CALLPA-SAPA

–¡Son muy hermosos y están junto a la luna!

ÑAUSA SONCCO

–¿Adónde miran? ¡Fijáos bien pastores, dónde miran!

SAUCAPAYAC

–¡Miran al río!...

ÑAUSA SONCCO

–En pos de ella van. Pasad, pasad ahora sin tocarme. Pasad lejos... Después borraréis mis huellas y diréis que me visteis... Pasad a un tiro de honda... ¡pasad!...

CALLPA-SAPA

–¡Ñausa! ¡Sobre las piedras está el agua!... ¡Sobre la tierra está el maíz!...

ÑAUSA SONCCO

–¿Dónde estáis ahora?...

SUCAPAYAC

–Junto al sembrío. ¡En el maizal que va hacia el río! ...

CALLPA-SAPA

–¿Adónde vas?

ÑAUSA SONCCO

–¡Hacia la noche! ¡Hacia la eterna noche! ...

EL ECO

–... hacia la eterna noche...

Y se alejan por lados opuestos del camino del reino.