Chaymanta Huayñuy (Más allá de la muerte)

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Chaymanta Huayñuy (Más allá de la muerte)
de Abraham Valdelomar



I


Agonizaba el día. El Sol, circundado de nubes cenicientas, besaba el horizonte. Por el sendero del norte, que en la mañana recorriera, ágil y jovial, la comitiva, volvían ahora, taciturnos y graves, con su noble jefe a la cabeza, los soldados de Sumaj Majta. Chasca, desde el mismo peñón que dominaba el río, los vio acercarse. El príncipe descendió de su silla y se acercó al anciano guerrero:

–Sumaj Majta, ¿dónde está el puma que profanó los rebaños del Sol y en cuyo acecho iban tus gloriosas huestes?...

–No lo hemos hallado, Chasca, respondió gravemente el príncipe. Al penetrar en el bosque, una víbora cruzó ante mí, se deslizó y huyó a la selva. Hice detener mi comitiva, ordené que se hiciera una fogata para cazarla, pero fue inútil. Arde todavía la selva pero ella no ha sido cogida. Ordené entonces suspender la cacería. Cazamos un cóndor, y lo ofreceré esta noche, en sacrificio sobre la pira.

–¿A quién lo ofreces?

–A Mama Quilla. La Luna está ofendida. Ofreceré el sacrificio en el palacio de Yucay, ante los Huillac Umas y los Humiuká; es fuerza, pues, general, que asistas al sacrificio...

–Cuando la Luna bese los muros de tu castillo, llegaré, Sumaj Majta.

La comitiva se alejó en silencio, solemne, siniestra. Nadie que no fuera el Inca, se habría atrevido a romper la silenciosidad de aquel desfile de guerreros, que, como un ejército de vencidos, se perdía en los caminos oscuros donde la sombra era fría. El temor se reflejaba en los rostros, abría desmesuradamente los ojos, hacía palidecer las teces y hería las pupilas cálidas que avivaba el extraño fulgor de los presentimientos.


II


El castillo de Sumaj Majta, en Yucay, se elevaba sobre un montículo, a unos pasos del río. Ancha muralla de granito defendíalo, formando círculo alrededor de su base. Larga escalinata de piedra daba cómodo acceso al edificio, en cuyas puertas los soldados vigilaban, severos los rostros, y en las manos fuertes, mazas con agudas puntas de piedra y de cobre. En una habitación alta, por cuya estrecha y trapezoidal ventana veíase el valle feraz, había una docena de huallahuizas, soldados sin graduación, cuyas armas consistían en flechas de dardos emponzoñados. Fuera de los muros el valle extendíase, verde y oleoso, hasta ascender en las faldas de los cerros morados. Por las tardes, cuando el sol empezaba a declinar, mucho antes de que comenzaran las plegarias del pueblo, gustaba a Sumaj Majta contemplar el campo desde la elevada terraza de su palacio. Placíale ver ondeando la brisa, las enormes hojas frágiles y rumorosas de sus maizales pródigos, mientras las aves cantaban. Y entonces llamaba al arabecu familiar y se hacía recitar leyendas de los primeros emperadores.

Más que las leyendas guerreras, gustábanle las sentimentales: se extasiaba su fantasía con aquellos cuentos donde el amor, la sangre y la muerte se fundían en una sola coloración inefable. Hacíase narrar siempre aquella doliente historia del Llajtan Naj, el músico errante, sobre el cual, cada cacicazgo y hasta cada ayllo se había hecho una leyenda. Él habría querido ser como aquel artista que recorría el Imperio por gracia del Inca, cruzando solo con su quena las montañas impenetrables, que según decían, había ido por países desconocidos, donde los hombres tenían otros dioses, practicaban otros ritos, habían otras costumbres, hablaban otro idioma; y cuyas mujeres eran blancas como las chachapoyas. Así se adormecía el noble señor, hasta que, llegado el crepúsculo, entregaba su alma al loor del Sol.

Aquel día, después de la siniestra excursión, Sumaj Majta había penetrado mudo, en su castillo. Inquill, su esposa, lo había esperado rodeada de sus servidoras, cantando dulces canciones melancólicas de su pueblo lejano. Inquill era triste. Hija de un mitimae, su padre había sido uno de aquellos guerreros huanucuyos a quienes la gracia imperial había ordenado que se guardaran todas las altas preeminencias de un cacique transportado al Cuzco; pero el soberbio cacique no pudo sobrevivir a su derrota y en la Ciudad Imperial sentíase prisionero. Quiso el Inca casar a la hija del valiente mitimae con uno de los más nobles militares de la familia imperial y eligió para esposo de Inquill a Majta Sumaj. El cacique murió en una tarde gris, pronunciando el nombre de su pueblo y encargando su hija al desolado Sumaj Majta.

Cuando Sumaj entró a su castillo, hubo inusitada agitación entre sus siervos. Se hizo llamar al Huillac Uma, y el cóndor del sacrificio pasó entre los corredores, en los brazos de cuatro pares de huminkas, hacia la primera sala donde se quemaron, para perfumar sus alas, polvos penetrantes y resinas de árboles aromáticos. Había entrado la noche. Sumaj quiso ostentar todas sus insignias y trofeos. Era preciso desagraviar a la Luna, por ser la época de las sequías y podían perderse las cosechas y helarse los sembríos. Trajéronse hierbas olorosas de los jardines del castillo para cubrir con ellas las escalinatas y los lugares de paso para los sacerdotes y los guerreros. Perfumáronse todas las salas con polvos de ánades secos, que se quemaron en tazas de oro. Sacóse de los graneros seis mazorcas de maíz sagrado y de las alacenas grandes jarrones ventrudos con chicha de la cosecha del Inti Raymi. En otros jarrones decorados por los artistas de Nazca, púsose chicha de jora, maní, mote y papas, para que bebieran, según sus regiones, los generales que habían de asistir. Distribuyóse flores raras de las lejanas comarcas, que crecían en los invernaderos del palacio: floripondios blancos como huesos, perfumaban en vasos esbeltos de plata; la cantuta, flor del Inca, ofrecía la púrpura de sus pétalos, en un delicado vaso de oro incrustado de esmeraldas, en el centro de la gran sala; y las plantabandas se decoraban con diversas flores. Pequeños racimos de capulíes, azahares de chirimoyo, grandes ñorbos del trópico aclimatados en el jardín, racimillos rojos de molle, orquídeas en formas de mariposas y de aves raras, blancas, lilas, celestes y rojas; claveles de Huánuco distribuidos en profusión, perfumaban el ambiente. Rompiendo a trechos la monótona severidad de los muros de granito, las puertas cubiertas de cortinas de lana, y finísimas telas de alpaca tejidas por femeninas manos castas, dejaban caer sus pliegues solemnes. Todas las habitaciones daban hacia un patio grande y destechado, en cuyo centro elevábase la piedra cuadrangular del sacrificio.

Sumaj vestía el traje de gran sacerdote y sólo un distintivo acusaba en su indumentaria la insignia de general del Imperio; la unju tradicional y la faja del huaro chico, aquella de vicuña recamada de pequeños discos de oro pulido, y estaba bordada con plumas de huacamayo. Sobre el duro pecho, dominando los cordones de huesecillos y dientes de puma, y opacando la rara belleza de la piedra illa, aquella que sólo se criaba en el vientre de las llamas y que servía en polvos para ahuyentar los males y la melancolía, sobre el busto de Majta brillaba el trágico collar de las cabezas reducidas, aquel magnífico presente que le hiciera su padre en el lecho de muerte. Era éste un collar en el cual se veían, ensartadas, las cabezas de los jefes vencidos, reducidas al tamaño de un puño de infante, reducción singular obtenida por métodos muy especiales y misteriosos. Entre estas cabezas reducidas estaban las de Raurac Simi y Raurachiska. Ningún otro collar era más admirado ni infundía mayor respeto que éste, que tenía las cabezas de aquellos reyes legendarios. Tenía en la frente, el Príncipe, una vincha de plata con piedras incrustadas, de la cual pendían discos de oro con los dibujos e insignias de su noble posición. Sus enormes orejas perforaban los carretes de palma negra con concha perla y caían casi sobre los hombros, acariciados por el cabello abundante y seco. Llevaba en los pies, a manera de sandalias, las usutas de cuero de chinchilla sobre los cuales se dibujaban dos cabezas de pumas.

Sumaj Majta había ordenado que se le diese aviso cuando alguien se acercaba al castillo, en tanto él esperaba en la sala de los trofeos. Poco a poco fueron llegando los invitados desde el Cuzco, cargados de arcos y de insignias. Hospedábanse en los salones, donde la servidumbre ofrecía la chicha del reposo, y en fuentes de plata grabadas con dioses lares, verdes hojas de coca, maíz tostado, sal; pero todo ello se hacía en silencio. De pronto percibió Sumaj el tañer de una pinculla, flauta de aviso. Era la señal convenida para anunciar a Majta la llegada al castillo del general Chasca, que entró a poco sin ceremonia ostensible, escoltado hasta la sala del noble. Los soldados esperaban a distancia y éste les dijo:

–Quedaos a la puerta, vigilad -y en el idioma de la nobleza agregó a Chasca:

–Bienvenido, compañero de mi padre.

–Estás armado. ¿Temes acaso?...

–Bien sabes que sólo temo al Sol y al Inca. Pero estoy armado porque yo mismo voy a sacrificar.

Chasca iba a responder, pero recorriendo con la mirada los trofeos del joven, se quedó paralizado. Verdosa palidez cubrió su rostro y su voz, antes clara y fuerte, salió ahora ronca y apagada desde el fondo de la garganta. Su mirada se posó fijamente en un punto del collar de Sumaj.

–¿Qué te pasa? Un viejo y heroico militar tiene miedo y se estremece ante las cabezas de sus vencidos.

–¡Ah, Sumaj Majta! No temo. Recuerdo. Ese es el trofeo de tu padre y en él hay una historia de amor y sangre... Allí está la cabeza de una mujer que fue reina y que me amaba... ¡Ah, Majta Sumaj, los jóvenes no saben... no saben!

–Y los ancianos no olvidan. Si estás herido de amor, toma unos polvos de huayruro que ahuyentan los tristes recuerdos y libran de los males del corazón. Pero cuéntame esa historia que logra aún conmoverte, a despecho de tus ochenta raymis...

–¡Ah, Sumaj!... Muéstrame la cabeza de la reina, no me la ocultes, deja que mis ojos la vean, que mis manos la acaricien y que la lleve sobre mi corazón un instante. El joven hizo correr sobre la cuerda varios cráneos y al fin sus dedos detuvieron uno cuya cabellera recortada como de un palmo, apartó y mostró a Chasca, diciéndole:

–Aquí está. Es ésta, indudablemente, la cabeza de una reina. Sus pobrecitas cuencas tienen los párpados cerrados, pero qué mirada tan imprecisa y extraña la suya. Cuéntame, Chasca, cuéntame tu historia de amor...

Y Chasca, comenzó:

–Fue en los gloriosos días de Túpac Yupanqui, hijo de Pachacútec y hermano y sucesor de Túpac Amaru. Yupanqui era el genio de la guerra. Él hizo grandes conquistas que después han consolidado sus sucesores. Había al sur, donde terminan los Andes, junto a Atacamay, una tribu bárbara y aguerrida que no pudo ser sometida junto con los atacamas por las huestes de Yupanqui. Recibido el tributo de los vencidos, Yupanqui volvió al Cuzco y nos encargó a tu padre y a mí el quedarnos para someter o exterminar a los rebeldes. Buenas huestes teníamos. Nuestro ejército regular no descendió a trabar luchas con ellos y, sólo con una reserva de montañeses, después de grandes trabajos, los vencimos. Fueron muertos los principales jefes, pero no los caciques de la tribu que eran Raurak Simi y Raurachiska su esposa. Eran blancos, de gran estatura, crueles, fieros, comían carne humana y peces crudos. Él era musculoso y bravo, ella, bella y pérfida. Él usaba armas poderosas y ella collares magníficos de perlas rosadas que hacían iris sobre su cuerpo desnudo y redondo. Decían ser el último rezago de un pueblo de gigantes que se extinguía.

Yupanqui me ofreció a la reina por mujer e hizo guardar al rey en las prisiones del Cuzco. Yo me enamoré de la reina y ella concibió vehemente pasión por mí. Un día se supo, en el Cuzco, que Raurak Simi se había escapado de la prisión y nadie supo más de él. Pero sin que yo me diera cuenta, ella, la reina colorada, sabía y se entendía con él, y juntos maquinaban la libertad y la venganza.

Raurachiska me dijo una mañana:

–Chasca, mi hombre bueno. Yo he sido fiel para contigo. Yo te amo y te deseo. Mi reino ya no existe. Yo puedo morir un día. Ya no lo veré nunca. Mis riquezas están ocultas y quiero que sean tuyas. Sígueme y te daré todas mis joyas.

Yo la seguí. Caminamos varias jornadas al sur. Apenas nos deteníamos en los caminos del Inca, bajo los molles florecidos, bajo la sombra fresca, y nos amábamos. Ella me hablaba de sus riquezas.

–¿Qué son -me decía- tus armas de cobre y de chonta, ni tus puñales de chilliza, ni tus collares de esmeraldas? No conozco el Coricancha, pero he oído decir a unas mujeres que está cubierto de oro y piedras; sé que están presentes en sus sillas de oro los viejos emperadores y que la puerta está sembrada de piedras preciosas; que los Huillac Umus tienen trajes fastuosos y de los techos penden cortinajes transparentes como vagas nubes de verano bordadas por las recogidas vírgenes del templo y que allí, en él, se presenta el Inca y que los mejores tocadores del Imperio cantan himnos y alabanzas a la caída del Sol... Y bien, yo tengo riquezas mucho más grandes, con ellas tú serás tan rico como el más rico general del Imperio, ven sígueme...

Y así caminamos veinte lunas, fuera ya del camino del reino, por parajes desconocidos para mí, y llegamos por fin a un cerro donde quebrado a tajo, había un abismo profundo a más de cien tallas de hombre, a mil tal vez, un bosquecillo llegaba hasta la cúspide, casi, que ascendimos. Entonces ella se detuvo y me dijo:

–¿Ves esa piedra redonda? Levántala y entraremos por debajo de ella y serás feliz.

Me incliné para mover la piedra y sentí dos brazos fuertes que me derribaron. Levanté la cara y vi a Raurak Simi; el rey acudió a ella en ayuda del marido y entre ambos me ataron y llevaron hacia el borde del abismo, a cuyos pies, profundo el río extendíase como una culebrilla de plata. Oí entonces gritos de guerra y palabras quechuas; y a poco un grupo de soldados cuzqueños que se abalanzan y me libran. Habían sido mandados por tu padre con la consigna de seguirnos. La lucha fue sorda y difícil, porque salieron del bosque algunos de la tribu de Raurak Simi, y fueron al fin dominados por los soldados tahuantinsuyos. Por fin, quedó preso el rey y atados los servidores. Ella se detuvo muda. Los soldados ataron las manos del rey mientras le decían, la canción:


Traidorcillo
traidorcillo,
astuto como la zorra
caerás al río.


Entonces esperaron mis soldados. Les hice ahí muda indicación y procedieron. Despojáronle de las ropas, afilaron sus cuchillos de hueso blancos y agudos y mientras uno teníale la cabeza, los otros tres soldados le colocaron un puñalillo en la garganta, otro en el corazón y otro en el vientre, y suavemente, suavemente, lentamente, fueron hundiendo las armas. La piel no cedía, se hicieron cónicas hendiduras en el cuerpo, hasta que la carne cedió a la agudeza de los puñales, rasgóse al fin y tres chorros de sangre mancharon la blancura de los puñales quechuas. La reina, muda y pálida, inmóvil, contemplaba el sacrificio. De pronto tuvo un impulso violento y cogiéndose a mi cuello me llenó de caricias y me indujo al bosquecillo. Respiraba aún el rey mirándome con una mirada inexorable y fría, y viendo cómo nos acariciábamos y cómo nos perdíamos en el bosquecillo hacia el amor...

Cuando volvimos aún tenía esa espantosa mirada y sus ojos velados y viscosos conservaban aquella intensidad de odio de los pumas iracundos. Su ensangrentada cabeza me miraba aún. Su cuerpo había sido arrojado al abismo. Los soldados quechuas me miraban en silencio y volvieron a afilar sus cuchillos. ¡Ah, Majta Sumaj! Lo que sufrí en ese instante. En un momento pensé en huir con ella para salvarla del castigo inexorable, pensé en irme con mi reina salvaje a vivir entre las abruptas peñas, entre los carrizales espesos, en los valles tranquilos. Pero los soldados del Inca me miraban y creía leer en sus ojos un reproche a mis íntimos pensamientos. Ella estaba muda, colgada a mi cuello me llenaba de caricias ardientes. Entonces dudé. Pero luego pensé en el Inca, pensé que perdería mis honores, que mi descendencia sería maldita, mi casa arrasada, mis jardines cubiertos de sal y que mi cuerpo, una vez muerto, no podría jamás entrar en el palacio del Inti. Y dije con voz extraña:

–En nombre del Hijo del Sol, haced justicia soldados, a los enemigos del Imperio.

Ella me dijo:

–Chasca, ¡Chasca, Chasca! Ámame más, ámame una vez aún. Aunque después arrojes mi cuerpo al río o me dejes en la roca para que los cóndores se ceben, aunque cojas mis cabellos para tus trofeos y mi piel para tus tambores y mis dientes para tus amuletos, ámame, ámame una vez más, ámame más...

Y se colgó a mi cuello y sonidos inarticulados y roncos salían de su garganta fuerte y sus labios quemaban y estaban secos y sus ojos ardían con una extraña llama. Yo cedí y otra vez nos perdimos en el bosquecillo. ¡Ah, Sumaj, ningún amor fue más fuerte que mi amor, que aquel amor! Nadie en el Imperio ha amado como yo amé a mi reina. Yo sabía que cuando la dejase su cuerpo sacrificado iría despeñándose desde lo alto hasta el río; sabía que su cabeza sería cortada y que sus duros senos se tornarían flácidos y serían devorados por los peces y los cóndores, y que nunca más volvería a sentir su aliento cálido cerca del rostro. Y ella jamás me amó como en aquella póstuma vez, con aquel amor de sangre y muerte, porque era salvaje, porque bebía sangre caliente, porque comía peces crudos, porque aquel era su último amor de reina y su último beso de mujer. Volvimos del bosque sin decir palabra y ella, tranquila, muy grave, desnudóse de sus atavíos y entregó su cuerpo a los soldados. Entonces los puñales blancos hincaron suavemente, voluptuosamente, sus agudas puntas en la piel dura y elástica como un momento antes lo hicieran mis manos convulsas de amor. Los tres puñales señalaron la garganta, el seno y el vientre y fueron hundiéndose, lenta y trágicamente sobre las carnes amadas, en tanto que ella me miraba con amor y me decía con vehemencia:

–Bien sé, Chasca, que te comerás mi carne. ¡Eres dichoso! Con qué placer me habría comido yo la carne de tu cuerpo. ¡Ah, tu carne musculosa, sabrosa, como la carne de los peces crudos! Tu sangre caliente y roja. Pero, ¡acuérdate de mí cuando te comas mis labios, mis senos, mis muslos! ¡Acuérdate, Chasca! ¡Acuérdate de mí cuando sientas el sabor de mi carne dura, que yo quisiera sentirme entre tus dientes, entre tu sangre, entre tu cuerpo, ser tuya para siempre!

Le separaron la cabeza del tronco y el cuerpo fue arrojado al río. La noche se iniciaba. Los servidores me escoltaron con los trofeos ensangrentados, con las cabezas reales, y nos perdimos en las sombras. Las dos cabezas fueron obsequiadas a tu padre por mí, ¡y hoy, a través del tiempo y la distancia, más allá de la vida y de la muerte, del amor y del olvido, las dos cabezas me miran aún, con su mirada inexorable!

Chasca cogió la cabeza de la reina y llevándola hasta la suya, le dijo:

–¡Reina, reina, reina! ¡Me amas todavía! ¿Recuerdas, reina?

Entonces dejó caer sin aliento la cabeza, que al chocar con el vestido de Sumaj, produjo ruido breve de cosa inanimada y deslizándose en el cordón, fue a juntarse con la cabeza del rey.

La luna caminaba en el cielo azul y diáfano. En la sala dialogaban, chisporroteando, los mecheros. En el mundo se sentía el silencio. Sumaj, impresionado, atrajo hacia sí a Chasca. El indio miraba como poseído la funesta cabeza evocadora que atisbaba imperturbable desde el cordón guerrero y Chasca musitaba entrecortadamente las palabras:

–Aunque arrojes mi cuerpo al río... Aunque tomes mi cabeza para tus trofeos y mis dientes para tus amuletos y mi piel para tus tambores y tus cuernos de caza... Ámame más, una vez más... Yo sé que te comerás mis labios, mis manos, mis músculos, y quisiera sentirme entre tus dientes, entre tu sangre, en tu cuerpo... Ámame, ámame más...

Un silbido se prolongó en la noche e hirió el silencio como un puñal. Los guardias se agitaron. Sintióse ruido de pasos y crujir de trajes en la habitación vecina. Hubo rozar de alas viriles. El noble y Chasca se pusieron de pie, y ante los guardias inclinados, entró el sacerdote con los brazos extendidos y dijo solemnemente:

–Noble general del Imperio, Sumaj Majta, hijo de Umac Umu, gran sacerdote del Sol y de la Luna, ha llegado la hora del sacrificio.

Tras él entraron los nobles y los parientes, los generales y los sacerdotes, los amautas y el arabeju familiar. Fue un desfile luminoso de colores, de piedras, de armas, de trajes y de plumas, el que pasó hacia el gran patio donde se elevaba el túmulo rodeado de guirnaldas que iba a recibir el sacrificio.

La luna estaba en el cenit, presidiendo los oficios, y a su luz, transparentes y verdosos, brillaban los ojos y los trajes en silencio. Y así se inició el rito, sin más ruido que el agitarse de las enormes alas del cóndor que se debatía, el chispotear de los mecheros olorosos y el eco lejano y manso del agua que lloraba desde el río, en el fondo del valle solitario.