Cinco kilos de maní

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Tata, cuéntenos un cuento.

-¡Oh! ya no sé cuentos, yo; ¡todos los días un cuento! no tengo más.

-Sí, sí que tienes. Siempre tienes cuentos; busca bien.

-Mejor será que se vayan a dormir, de una vez.

-Después, tata; después del cuento.

-¡Muchachos fastidiosos! Bueno; les voy a contar la historia de Pepito y de sus cinco kilos de maní.

-¡Ah! ¿cómo es? ¡a ver! ¡chito!

-Había una vez una familia muy pobre de italianos que, en su tierra, vivía con mucha dificultad, a pesar de trabajar mucho. Acabaron por embarcarse como emigrantes y se vinieron a la Argentina. El padre, en Buenos Aires, se conchabó de albañil, la madre se puso de lavandera, la hija mayor, que ya sabía leer, mujercita de trece años, cocinaba para todos y José, chiquilín de diez años, iba a la escuela del Gobierno.

Y la vida se les hizo tan fácil que no podían sino bendecir esa tierra hospitalaria, que no sólo los hacía felices, sino que también daba a sus hijos gratuitamente la instrucción.

El pequeño Giuseppe, que al llegar había cambiado su nombre por el de José, pronto fue conocido por Pepito, en el conventillo donde con sus padres vivía y en la escuela donde estudiaba y Pepito por su buen genio, su viveza y su amabilidad, se había hecho querer tanto de todos que, lo mismo en el conventillo que en la escuela, gozaba de verdadera popularidad En la escuela, trabajaba con ahínco, deseoso de aprovechar todo lo que le podían enseñar, y sus progresos eran grandes; sus maestros lo querían y lo apreciaban, pues era estudioso, tranquilo, serio y ordenado.

El padre, de vez en cuando, para recompensarlo de sus buenas notas, le regalaba un cobre. Dos centavos, para muchachos acostumbrados, como ustedes, a manejar billetes de Banco o por lo menos muchas monedas de níquel, no representan más que una cantidad despreciable, casi negativa; pero un muchacho pobre, con ese mínimum de fortuna, encuentra medio de proporcionarse goces que por modestos que sean, no dejan de hacerle pasar momentos deliciosos. Hay caramelos de 0.02; hay galletitas, pasas, pastillas y hasta, creo, cigarros de chocolate; también hay cartuchitos llenos de maní tostado que venden en la calle, por 0.02, bastante grandes, y ésta era la golosina preferida de Pepito... quizá por lo nutritiva.

Durante dos o tres años, no pensó en aprovechar en otra forma los centavos que le regalaba su padre. Pero, a medida que crecía y se hacía hombrecito, empezaba a pensar que ya que todos, alrededor suyo, ganaban plata, bien podría él también ganar algo. De vez en cuando, las mujeres del conventillo lo ocupaban en changuitas: llevar una ropa, o entregar costuras, o ir al mercado a comprar alguna cosa y siempre le daban cobres. El no era exigente, por supuesto, y con cualquier cosa se conformaba. Pero, como no podía comer tanto maní, pronto hubo amontonado en el fondo de un bolsillo un peso enterito: ¡un capital! Y le vino una idea.

Se había hecho muy amigo con un dependiente del almacén de la esquina y por él supo que un kilo de maní tostado valía treinta centavos. Tuvo la curiosidad de hacer pesar uno de los cartuchos que compraba en la calle por $ 0.02 y vio que sólo contenía veinte gramos. Sus conocimientos en aritmética inmediatamente puestos en práctica le demostraron que de cada kilo sacaba el hombre cincuenta paquetes de a 0,02, es decir, un peso y que, por consiguiente, ganaba setenta centavos en cada kilo de maní, y ese cálculo le abrió horizontes sin límite.

Se le ocurrió preguntar al almacenero cuánto le cobraría si le comprase en una sola vez cinco kilos de maní.

-«Pero, te vas a empachar, muchacho -le dijo el hombre. -Mira que es muy indigesto».

-«¡Oh!, no es para comer».

-«¿Y para qué, entonces?».

-«Para vender».

-«¿Te vas a poner de vendedor de maní?».

-«Tengo ganas; se debe ganar mucha plata».

Al almacenero le gustó la ocurrencia, y le vendió por un peso los cinco kilos de maní, fiándole por veinte centavos un buen lío de papel de estraza para hacer los cartuchos. Cuando llegó a su casa con lo que había comprado, tuvo que explicar a sus padres lo que pensaba hacer con todo aquello, y, como buen negociante, para quien la mercadería es cosa sagrada, ni probó siquiera él mismo un solo maní, ni permitió que nadie sacase de la bolsa. Le parecía que hubiese semejante atentado falseado la contabilidad de su negocio naciente.

Consintió, sin embargo, en pagar con algunos cartuchos la ayuda que le prestó su hermana para preparar el maní para la venta, pues esto ya era otra cosa, y todo negocio tiene sus gastos generales.

Quedaba por resolver un grave problema. Necesitaba una canasta grande, y no le alcanzaban los fondos para comprarla: pero la mujer de un verdulero que vivía en el conventillo, le prestó una que tenía de sobra. Antes de salir para la escuela, preparó la canasta, llenándola bien con cartuchos; y, al salir de clase, corrió hacia su casa, que quedaba a una cuadra apenas, dejó los libros y, con la canasta al brazo volvió a situarse frente a la puerta de la escuela de donde iban saliendo despacio los muchachos.

Y con todas sus ganas pegó un gran grito: -«¡Maní tostado, a dos centavos!». Los niños creyeron que era una broma y acercándosele, quisieron algunos aprovechar la bolada y comer maní de arriba. ¡Pepito era tan bueno! Sí, Pepito, muchas veces, cuando compraba un cartucho, menos maní comía del que regalaba; pero Pepito comerciante era un tigre; y de un manotón enérgico rechazó las manos atrevidas que querían, sin soltar los centavos, agarrar el maní. Y como tenía hecha su fama tanto de fortacho como de bueno, pronto renunciaron todos a comerle maní sin pagar.

Volvió con la canasta vacía y dos pesos en el bolsillo. El día siguiente aumentó la venta; y cada día creció, pues entre los muchachos había entrado la moda de comprar maní a Pepito. Tanto que todos los padres se veían asediados por los niños que pedían, antes de salir para la escuela: «Dos centavos, tata, para comprar maní a Pepito».

Vino el día en que el muchacho calculó que con los pesitos que ya tenía le haría más cuenta comprar, lo mismo que el almacenero, una bolsa entera de maní crudo y una resma entera de papel de estraza; pero, para llegar a realizar tan importante operación, los recursos materiales eran lo de menos; pues era preciso también atreverse a entrar en uno de esos grandes y suntuosos almacenes, donde cargan y descargan continuamente carros inmensos, numerosos peones de imponente corpulencia, haciendo rodar por la acera esas barricas tan amenazadoras para las piernas de los transeúntes, o llevando al hombro bolsas pesadas y cajones de todo tamaño. A Pepito, más que todo, lo intimidaba la gran balanza reluciente a ras del suelo, con sus columnas de bronce, y su cuadrante que parecía una cara, puesta frente a la puerta como guardián vigilante, para no dejar entrar ni salir nada ni nadie, sin tomar apunte.

-«Como la de tu almacén, tata» -interrumpió uno de los niños.

-«Justamente» -contestó el padre; y prosiguió: -Transcurrieron unos días sin que Pepito osara traspasar el umbral de un almacén situado no muy lejos de su casa, al cual había echado los puntos. Siempre estaba en la puerta un señor, algo grueso, muy barbudo, rubio, con el lápiz en la mano, apuntando las mercaderías que entraban y salían; y más de una vez, tanto él como los peones, le habían gritado a Pepito que se retirara.

-«¡Quítate de ahí, estorbo!»

-«¿Qué haces ahí, como un poste?».

Y mil otras cosas, a veces no tan suaves, únicas invitaciones a entrar que recibiera. Hasta que un día, latió su corazón al ver que descargaban varios carros de maní. Las bolsas eran grandes y había muchas; el señor rubio ahí estaba apuntando. Se atrevió Pepito.

-«Véndame una bolsa de maní, señor».

El hombre lo miró y dejando vagar una sonrisa por la espesura de su barba, le dijo:

-«Anda, compra un cartucho».

Pero Pepito insistió y preguntó cuánto valía una bolsa. Cuando supo que más o menos pesaba cincuenta kilos y valía alrededor de seis pesos, sacó del bolsillo doce pesos y los tendió al señor rubio para que le diese dos bolsas.

-«No vendemos menos de cinco bolsas» -contestó éste.

Contestación algo desalentadora, pero que marcaba para Pepito una etapa nueva hacia el éxito final. Sabía ahora que con treinta pesos podía asegurar un negocio en base sólida, y siguió con más empeño que nunca vendiendo y ahorrando. Poco tiempo después, se pudo presentar, y esta vez con todo aplomo, al señor rubio de los apuntes, a quien dijo, no sin cierto orgullo:

-«Vengo a comprar cinco bolsas de maní».

Estaba ahí, por casualidad, el mismo patrón de la casa, quien se informó con cierto interés de lo que pedía el muchacho. Y de pregunta en pregunta, pronto lo supo todo.

-«Está bien esto, muchacho -le dijo.- Sigue no más trabajando que te hemos de ayudar».

Pepito se fue algo hinchado por el éxito de su negociación, y pensando ya que en lugar de vender con mucho trabajo maní tostado por cartuchos de a 0,02 a los niños de la escuela, haría mejor en vender por bolsas maní crudo a los muchos ambulantes que empezaban, con sus carritos de locomotora, a hacer difícil la competencia. Y al primero que encontró le ofreció venderle una bolsa de 50 kilos por siete pesos y medio. El otro, que compraba en cualquier parte por veinte kilos a la vez, y pagaba, por supuesto, mucho más caro que lo pedido por Pepito, aceptó. Y éste siguió buscando clientes y pudo en todo el día -corriendo, es cierto, mucho, -realizar sus cinco bolsas de maní, y se ganó neto, dándole algo al carrero por el reparto, seis pesos.

Volvió al almacén a comprar otras cinco bolsas y las pagó. Pero antes que acabara el día, había vendido diez, formando su clientela de ambulantes de tal modo que a él solo querían comprar todos. El negociante, admirado de la actividad y de la habilidad del muchacho, puso a su disposición otras mercaderías a precios muy acomodados, sin exigirle dinero sino después de cobrarse, y no tardó Pepito en ser dueño de un capitalito bastante regular, ganado por su trabajo de cada día, de cada hora.

En el vaivén de los negocios de una gran ciudad como Buenos Aires nunca falta algún fracaso; y cuando Pepito estuvo ya en edad de trabajar por su cuenta, de ser negociante con firma registrada, fácilmente encontró cómo emplear su dinero, comprando con plata en mano, y por esto mismo, en muy ventajosas condiciones de precio, un almacén en estado de quiebra.

Desde ese día, los negocios de José Giavelli...

-«¿Se llamaba como usted, tata, Pepito? -interrumpió admirado el mayorcito de los niños».

-«Sí, hijito; una casualidad» -contestó el padre, sonriéndose; y siguió:

-Desde ese día sus negocios fueron aumentando sin cesar y rápidamente. Pronto ya no compró cinco kilos de maní para venderlos en cartuchos de a dos centavos, sino, muchas veces, quinientas bolsas de maní, o quinientas de arroz o de azúcar. Acabó por importar cargamentos enteros de todas clases de mercaderías de todos los países del orbe; a exportar por centenares de miles de pesos el trigo, la lana y los cueros. Ahora posee grandes estancias y si todavía sigue trabajando, es únicamente porque no le gusta el ocio.

Hace muchos años, como bien lo pueden creer, que su padre ha dejado de trabajar de albañil y su madre de lavandera, pero no por esto los hijos de José Giavelli -de Pepito,- despreciarán al obrero que, con penoso trabajo de sus manos, atiende las necesidades de su familia; y querrán a su patria, la Argentina, doblemente por haber sido para sus abuelos y sus padres de tan hospitalaria generosidad.

-«¿Ya se acabó?» -preguntó el más chico de los niños.

-«Ya» -dijo el padre.

-«¿Y quién es Pepito?» -preguntó el mayorcito lleno de ganas de averiguar una duda que tenía.

-«Pepito, no más -dijo el padre- ¡A ver a ver! ¡a dormir!»


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