Cinco semanas: Capítulo XI

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Llegada a Zanzíbar. - El cónsul inglés. -
Mala disposición de los habitantes. - La isla de Kumbeni.
-Los hacedores de lluvia. - Hinchan el globo. - Partida del 18 de abril. - último adiós. - El Victoria


Un viento constantemente favorable había acelerado la marcha del Resolute hacia el lugar de su destino. La navegación del canal de Mozambique fue particularmente apacible. La travesía marítima era un buen presagio de la aérea. Todos deseaban llegar pronto y ayudar al doctor Fergusson en sus últimos preparativos.

El buque avistó por fin la ciudad de Zanzíbar, situada en la isla del mismo nombre, y el 15 de abril, a las once de la mañana, ancló en el puerto.

La isla de Zanzíbar pertenece al imán de Mascate, aliado de Francia y de Inglaterra, y es indudablemente la más bella de sus colonias. El puerto recibe muchos buques de los países vecinos.

La isla está separada de la costa africana por un canal, cuya anchura mayor no pasa de treinta millas.

Existe un gran comercio de caucho, marfil y, sobre todo, ébano, porque Zanzíbar es el gran mercado de esclavos. Allí se concentra todo el botín conquistado en las batallas que los jefes del interior libran incesantemente. El tráfico se extiende por toda la costa oriental, e incluso en las latitudes del Nilo, y G. Lejean ha visto allí tratar abiertamente bajo pabellón francés.

Apenas llegó el Resolute, el cónsul inglés de Zanzíbar subió a bordo y se puso a disposición del doctor, de cuyos proyectos le habían tenido al corriente desde hacía un mes los periódicos de Europa. Pero hasta entonces había formado parte de la numerosa falange de los incrédulos.

-Dudaba -dijo, tendiéndole la mano a Samuel Fergusson-, pero ahora ya no dudo.

Ofreció su propia casa al doctor, a Dick Kennedy y, naturalmente, al bravo Joe.

Por el cónsul tuvo el doctor conocimiento de varias cartas que había recibido del capitán Speke. El capitán y sus compañeros habían tenido que pasar mucha hambre y muchos contratiempos antes de llegar al país de Ugogo. No avanzaban sino con una gran dificultad y no pensaban poder dar noticias inmediatas de su situación y paradero.

-He aquí peligros y privaciones que nosotros podremos evitar -dijo el doctor.

El equipaje de los tres viajeros fue trasladado a la casa del cónsul. Se disponían a desembarcar el globo en la playa de Zanzíbar, pues cerca del asta de las banderas de señalización había un sitio favorable, junto a una enorme construcción que lo hubiera puesto a cubierto de los vientos del este. Aquella gran torre, semejante a un tonel inmenso junto al cual la cuba de Heidelberg habría parecido un insignificante barril, servía de fuerte, y en su plataforma vigilaban unos beluchíes, armados con lanzas, especie de soldados haraganes y vocingleros.

Sin embargo, durante el desembarco del aeróstato, el cónsul recibió aviso de que la población de la isla se opondría a ello por la fuerza. No hay nada tan ciego como el apasionamiento fanático. La noticia de la llegada de un cristiano que iba a elevarse por los aires fue recibida con indignación, y los negros, más conmocionados que los árabes, vieron en este proyecto intenciones hostiles a su religión, figurándose que se dirigía contra el Sol y la Luna, que son objeto de veneración para las tribus africanas. Así pues, resolvieron oponerse a expedición tan sacrílega.

El cónsul conferenció acerca del particular con el doctor Fergusson y el comandante Pennet. Éste no quería retroceder ante las amenazas; pero su amigo le hizo entrar en razón.

-Ya sé -le dijo- que acabaremos metiéndonos a esa gente en el bolsillo, y en caso necesario los propios soldados del imán nos prestarán auxilio; pero, mi querido comandante, un accidente sobreviene en el momento menos pensado, y bastaría un golpe cualquiera para causar al globo una avería irreparable que comprometiera el viaje irremisiblemente. Es, pues, preciso, que andemos con pies de plomo.

-¿Qué haremos, pues? Si desembarcamos en la costa de África, tropezaremos con las mismas dificultades. ¿Qué podemos hacer?

-Es muy sencillo -respondió el cónsul-. ¿Ven aquellas islas situadas más allá del puerto? Desembarquen en una de ellas el aeróstato, apuesten a los marineros formando un cinturón de protección, y no correrán ningún peligro.

-Perfectamente -dijo el doctor-. Y allí podremos con toda libertad concluir nuestros preparativos.

El comandante aprobó el consejo y el Resolute se acercó a la isla de Kumbeni. Durante la madrugada del 16 de abril, el globo fue puesto a buen recaudo en medio de un claro, entre los extensos bosques que cubrían aquella tierra.

Clavaron en el suelo dos palos de 80 pies de alto, situados a una distancia similar uno de otro; un juego de poleas sujeto a su extremo permitió levantar el aeróstato por medio de un cable transversal. El globo estaba entonces enteramente deshinchado. El globo interior se hallaba unido al vértice del exterior, de modo que subían los dos a un mismo tiempo.

En el apéndice inferior de uno y otro, se fijaron los dos tubos de introducción del hidrógeno.

El día 17 se invirtió en disponer el aparato destinado a producir el gas; se componía de 30 toneles, en los que se verificaba la descomposición del agua por medio de pedazos de hierro viejo y ácido sulfúrico sumergidos en una gran cantidad de agua. El hidrógeno pasaba a un gran tonel central tras haber sido lavado, y desde allí subía por los tubos de introducción a los dos aeróstatos. De esta manera, ambos recibían una cantidad de gas perfectamente determinada.

Para esta operación fue preciso echar mano de mil ochocientos sesenta y seis galones de ácido sulfúrico, dieciséis mil cincuenta libras de hierro y novecientos sesenta y seis galones de agua. Esta operación empezó aproximadamente a las tres de la mañana del día siguiente y duró casi ocho horas. Al otro día, el aeróstato, cubierto con su red, se balanceaba graciosamente sobre la barquilla, sostenido por un gran número de sacos llenos de tierra. Se montó con el mayor cuidado el aparato de dilatación, y los tubos que salían del aeróstato fueron adaptados a la caja cilíndrica. Las anclas, las cuerdas, los instrumentos, las mantas de viaje, la tienda, los víveres y las armas ocuparon en la barquilla el puesto que tenían asignado; la aguada se hizo en Zanzíbar. Las doscientas libras de lastre se distribuyeron entre cincuenta sacos colocados en el fondo de la barquilla, pero al alcance de la mano.

Hacia las cinco de la tarde finalizaban estos preparativos. Unos centinelas montaban guardia alrededor de la isla, y las embarcaciones del Resolute surcaban el canal.

Los negros seguían manifestando su cólera con gritos, muecas y contorsiones. Los hechiceros recorrían los grupos irritados y acababan de exasperar los ánimos; algunos fanáticos trataron de ganar la isla a nado, pero se les rechazó fácilmente.

Entonces empezaron los sortilegios y los encantamientos; los hacedores de lluvia, que pretendían tener poder sobre las nubes, llamaron en su auxilio a los huracanes y a las "lluvias de piedra"; cogieron hojas de todas las especies de árboles del país y las cocieron a fuego lento, mientras mataban un cordero clavándole una larga aguja en el corazón. Pero, a pesar de todas sus ceremonias, el cielo permaneció sereno y puro.

Entonces los negros se entregaron a furiosas orgías embriagándose con tembo, aguardiente que se extrae del cocotero, o con una cerveza sumamente fuerte llamada togwa. Sus cantos, sin melodía apreciable, pero con un ritmo muy exacto, duraron hasta muy entrada la noche.

Hacia las seis, una última comida reunió a los viajeros alrededor de la mesa del comandante y de sus oficiales. Kennedy, a quien nadie dirigía pregunta alguna, murmuraba en voz baja palabras incomprensibles, con la mirada fija en el doctor Fergusson. La comida fue triste. La aproximación del momento supremo inspiraba a todos penosas reflexiones. ¿Qué reservaba el destino a aquellos audaces viajeros? ¿Volverían a hallarse entre sus amigos, a sentarse junto al fuego del hogar? Si les llegaban a faltar los medios de transporte, ¿que seria de ellos en el seno de tribus feroces, en aquellas comarcas inexploradas, en medio de desiertos inmensos?

Estas ideas, vagas hasta entonces y a las que todos se inclinaban poco, en aquel momento asaltaban las imaginaciones sobreexcitadas. El doctor Fergusson, tan frío e impasible como siempre, habló de varias cosas para disipar aquella tristeza comunicativa, pero sus esfuerzos fueron vanos.

Como se temía alguna demostración contra la persona del doctor y de sus compañeros, los tres se quedaron a dormir a bordo del Resolute. A las seis de la mañana salieron de su camarote y se trasladaron de nuevo a la isla de Kumbeni.

El globo se balanceaba ligeramente, mecido por el viento del este. Los sacos de tierra que lo retenían habían sido reemplazados por veinte marineros. El comandante Pennet y sus oficiales asistían a aquella solemne marcha.

En aquel momento Kennedy se dirigió al doctor, le cogió la mano y le dijo:

-¿Es cosa decidida tu marcha, Samuel?

-Muy decidida, mi querido Dick.

-¿He hecho yo cuanto de mí dependía para impedir este viaje?

-Todo.

-Entonces tengo sobre el particular la conciencia tranquila y te acompaño.

-Ya lo sabía -respondió el doctor, dejando que aflorase a su semblante una furtiva emoción.

Se acercaba el instante de los últimos adioses. El comandante y los oficiales abrazaron con efusión a sus intrépidos amigos, sin exceptuar al digno Joe, que estaba muy contento y satisfecho. Todos quisieron que el doctor Fergusson les diese un apretón de manos. A las nueve, los tres compañeros de viaje ocuparon su puesto en la barquilla. El doctor encendió el soplete y avivó la llama de modo que produjese un calor rápido. El globo, que se mantenía junto al suelo en perfecto equilibrio, empezó a levantarse a los pocos minutos. Los marineros tuvieron que aflojar un poco las cuerdas que lo retenían. La barquilla se elevó unos veinte pies.

-¡Amigos míos -exclamó el doctor, puesto en pie entre sus dos compañeros y quitándose el sombrero-, pongámosle a nuestro buque aéreo un nombre que le dé suerte! ¡Llamémosle Victoria!

Resonó un hurra formidable.

-¡Viva la reina! ¡Viva Inglaterra!

En aquel momento la fuerza ascensional del aeróstato aumentó prodigiosamente. Fergusson, Kennedy y Joe dirigieron un último adiós a sus amigos.

-¡Suelten las cuerdas! -exclamó el doctor.

Y el Victoria se elevó por los aires rápidamente, mientras las cuatro piezas de artillería del Resolute atronaban el espacio en su honor.