Con el gran mal que me sobra...

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
​Con el gran mal que me sobra...​ de Jorge Manrique


I

	   Con el gran mal que me sobra 		
	y el gran bien que me fallece, 		
	en comenzando algún obra. 		
	la tristeza que me cobra 		
	todas mis ganas empece; 		
	   y en queriendo ya callar, 		
	se levantan mil suspiros 		
	y gemidos a la par, 		
	que no me dejan estar 		
	ni me muestran qué deciros. 		


II

	   No que mi decir se esconda, 		
	mas no hallo que aproveche, 		
	que puesto que me responda 		
	vuestra vela o vuestra ronda, 		
	responderá que yo peche; 		
	   dirá luego: -¿Quién te puso 		
	en contienda ni cuestión? 		
	Yo, aunque bien no me escuso 		
	ni rehúso ser confuso, 		
	contaré la ocasión. 		



III

	   Y diré que me llamaron 		
	por los primeros mensajes, 		
	cien mil que os alabaron 		
	y alabando no negaron 		
	recibidos mil ultrajes; 		
	   mas es tal vuestra beldad, 		
	vuestras gracias y valer, 		
	que Razón y Voluntad 		
	os dieron su libertad 		
	sin poderse defender. 		


IV

	   Emprendí, pues, noramala 		
	ya de veros por mi mal, 		
	y en subiendo por la escala, 		
	no sé cuál pie me resbala, 		
	no curé de la señal; 		
	   y en llegando a la presencia 		
	de bienes tan remontados, 		
	mis Deseos y Cuidados 		
	todos se vieron lanzados 		
	delante vuestra excelencia. 		


V

	   Allí fue la gran cuestión 		
	entre Querer y Temor; 		
	cada cual con su razón 		

	esforzando la pasión 		
	y alterando la color; 		
	   y aunque estaba apercibido 		
	y artero de escarmentado, 		
	cuando hubieron concluido, 		
	el temeroso partido 		
	se rindió al esforzado. 		


VI

	   Y como tardé en me dar 		
	esperando toda afrenta, 		
	después no pude sacar 		
	partido para quedar 		
	con alguna fuerza exenta; 		
	   antes me di tan entero 		
	a vos sola de quien soy, 		
	que merced de otra no espero, 		
	sino de vos, por quien muero, 		
	y aunque muera, más me doy. 		


VII

	   Y en hallándome cautivo 		
	y alegre de tal prisión, 		
	ni me fue el placer esquivo 		
	ni el pensar me dio motivo 		
	de sentir mi perdición; 		
	   antes fui acrecentando 		
	las fuerzas de mis prisiones 		
	y mis pasos acortando, 		
	sintiendo, yendo, mirando 		
	vuestras obras y razones. 		



VIII

	   Y aunque todos mis sentidos 		
	de sus fines no gozaron, 		
	los ojos embebecidos 		
	fueron tan bien acogidos, 		
	que del todo me alegraron; 		
	   mas mi dicha -no hadada 		
	a consentirme tal gozo- 		
	se volvió tan presto airada, 		
	que mi bien fue todo nada 		
	y mi gozo fue en el pozo. 		


IX

	   Robome una niebla oscura 		
	esta gloria de mis ojos, 		
	la cual, por mi desventura, 		
	fue ocasión de mi tristura, 		
	y aun la fin de mis enojos; 		
	   cual quedé, pues, yo quedando, 		
	ya no hay mano que lo escriba, 		
	que si yo lo voy pintando, 		
	mis ojos lo van borrando 		
	con gotas de sangre viva. 		


X

	   La crudeza de mis males 		
	más se calla en la decir, 		
	pues mis dichos no son tales 		
	que igualen las desiguales 		
	congojas de mi vivir; 		

	   mas después de atormentado 		
	con cien mil agrios martirios, 		
	diré cual amortajado 		
	queda muerto y no enterrado, 		
	a oscuras, sin luz ni cirios. 		


XI

	   Cual aquel cuerpo sagrado 		
	de San Vicente bendito, 		
	después de martirizado, 		
	a las fieras fue lanzado 		
	por cruel mando maldito; 		
	   mas otro mando mayor 		
	de Dios, por quien padeció, 		
	le envió por defensor 		
	un lobo muy sin temor 		
	y un cuervo que lo ayudó. 		


XII

FIN

	   Así aguardan mi persona, 		
	por milagro, desque he muerto, 		
	un león con su corona 		
	y un cuervo que no abandona 		
	mi ser hasta ser despierto. 		
	   Venga, pues, vuestra venida 		
	en fin de toda mi cuenta; 		
	venga ya y verá mi vida 		
	que se fue con vuestra ida, 		
	mas debe quedar contenta.