Conferencias sobre higiene pública: 03

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


Conferencia N. º XXVI

Influencia de los bosques sobre el régimen de las lluvias. Importancia económica de esta cuestión. Acción del vegetal sobre la humedad y la materia orgánica del terreno. Lozanía de la vegetación á expensas de estos elementos. Calor vegetal. Temperaturas extremas en las tierras incultas. Plantaciones de árboles en las ciudades. Los coníferos y la electricidad atmosférica. Ventilación y limpieza de los bosques.

La vegetación, en sus relaciones con los componentes de la atmósfera, es uno de los puntos que debe llamar mas vivamente la atención del higienista.

Ya hemos dicho, en una de nuestras lecciones anteriores, cual es la influencia que los árboles ejercen sobre el vapor de agua atmosférico.

Agregaremos algunas consideraciones más.

Las lluvias no dejan de producirse por la ausencia de bosques.

El hecho solo del encuentro de las corrientes que van del ecuador al polo, cargadas de vapor de agua, con las capas atmosféricas de menor temperatura, basta para producir la lluvia. Pero este fenómeno se verificaría de una manera muy irregular, en relación á la superficie terrestre, si los árboles, con su poder de atracción, no esparciesen el agua convenientemente para la agricultura y para la higiene.

Cuéntase que Federico Guillermo, rey de Prusia (38 años há), necesitando dinero para llevar á cabo una operación militar, fué aconsejado por uno de sus ministros en el sentido de explotar los bosques existentes en una isla de sus dominios, situada en las inmediaciones del mar Báltico. Pareció muy buena la idea al rey Federico, y obtuvo de su realización el dinero deseado; pero ¿cuáles fueron las consecuencias naturales de la destrucción de los bosques? La desproporcionalidad en las lluvias, y, consiguientemente, las inundaciones.

Los estragos higiénicos y económicos de este estado de cosas llegaron á tal punto que, en la actualidad, se ha suscitado vivamente, en el Parlamento Alemán, la idea de convertir la isla, de que hemos hablado, á sus condiciones primitivas.

No es, por cierto, este pedazo de tierra alemana el único, en el globo, que haya dado margen al fenómeno mencionado. Muchos otros lugares han sido igualmente influenciados por la destrucción de árboles, como el valle del Mississipi en América, algunos de la Francia, etc.

El célebre naturalista Alejandro de Humboldt, en su viaje al Nuevo Mundo por el año 1800, observó que el lago Tacarigua, en la Nueva Valencia (República de Venezuela), había disminuido, en extensión y en profundidad, por el corte de los árboles circunvecinos. Igual observación fué hecha, más tarde (1822) y en el mismo sitio, por el Sr. Boussingault.

Cuando hablábamos, en una de nuestras lecciones anteriores, sobre esta importantísima cuestión, dijimos, que durante los últimos diez meses de seca sufridos por Buenos Aires, habían muerto en nuestra campaña 1.200.000 cabezas de ganado. Conversando posteriormente con dos personas que conocen bien este asunto, nos han dicho, que las pérdidas de animales suben á la cifra de 4.000.000, y que, calculando por lo bajo, importan una disminución de renta igual á 12.000.000 de pesos fuertes.

Es esta, pues, una cuestión seria, digna de llamar la atención de todos. Los estragos de la irregularidad en las lluvias son muy elocuentes; el remedio, sencillo y fácil como es, debe generalizarse. Las leyes, á este respecto, se hacen altamente deseables y su ejecución requiere toda la energía de los gobiernos humanitarios y progresistas.

La planta, el árbol, tienen una acción fisiológica muy importante sobre el agua con la cual se encuentren en relación.

Absorben del suelo, por medio de sus raíces, la humedad que en él pueda naturalmente existir. Esta absorción fisiológica del vegetal conduce el líquido al través de las raíces, tallo, ramas, hasta llegar á las hojas, en donde se evapora.

El agua que las plantas absorben por sus raíces, no es pura, sino que lleva, en disolución, materias orgánicas existentes en el suelo.

Según un distinguido naturalista, cada hoja que pese 9 granos y 3/10 evapora 4 granos de agua en 24 horas. Calcúlese, según esto, cuál será el enorme poder de desecación que tendrán un árbol, una arboleda, un bosque.

El vapor de agua atmosférico, en contacto con la superficie de las hojas de los árboles, se condensa, en virtud de la baja temperatura que en ellas se encuentra, y se precipita bajo la forma de rocío ó de lluvia.

De lo dicho puede ya vislumbrarse cuál será la influencia que los árboles ejerzan sobre la salubrificación de las ciudades.

Hánse reconocido universalmente como beneméritos (si puede decirse) para la Higiene Pública, todos aquellos elementos naturales ó artificiales, que obren en sentido contrario á ese agente destructor de la salud y de la vida que se denomina materia orgánica.

Cuando hemos hablado del aire atmosférico, del oxígeno, del ozono, etc., hemos hecho resaltar sus virtudes á este respecto.

Decíamos, entretanto, que las plantas privan, por absorción, al terreno en donde se encuentran situadas, de la materia orgánica en él existente. Ahora bien, el terreno de una ciudad, por más aseada que ella sea, tiene su abono constante producido por las exhalaciones y secreciones orgánicas de los individuos que la habitan, y para quienes los efluvios de esta materia en descomposición, ocupando las regiones respirables de la atmósfera, constituyen una amenaza á sus funciones fisiológicas.

Deben, pues, hacerse en las ciudades plantaciones de árboles, destinadas á combatir la existencia de la materia orgánica en el subsuelo, tan funesta á la salud pública.

Es un hecho indudable, por otra parte, el gran partido que la vegetación deduce de un terreno abonado por materia orgánica; constatando su lozanía y crecimiento que el organismo vegetal, lejos de permanecer indiferente á estas sustancias relacionadas con sus raíces, se las asimila, descomponiéndolas.

Entre nosotros, es por demás elocuente el testimonio que, sobre el particular, ofrecen las plazas del Parque y Libertad, primitivos depósitos de basuras é inmundicias. En cambio da compasión el raquitismo y la pobreza de los árboles que rodean á la plaza de la Victoria.

Bajo el punto de vista de la acción química que, como sabemos, el vegetal ejerce sobre el ácido carbónico atmosférico, los sabios modernos están de acuerdo en pensar que las plantaciones urbanas no son notoriamente útiles, pues, para verificar la descomposición del ácido carbónico exhalado por un solo individuo, se necesita una cantidad de árboles que ocupe la considerable extensión superficial de 5.000 metros cuadrados!

Los árboles, como los individuos de la especie humana, como los seres animales de cualquier especie, tienen un calor propio que debe considerarse como el producto de sus funciones fisiológicas.

El calor animal, que en el organismo humano es de 37º centígrados, permanece inalterable, fisiológicamente hablando, en todas las latitudes y á todas las alturas, y esto porque las fuerzas vitales, en lucha con las leyes del equilibrio térmico, salen victoriosas.

Hemos dicho que los árboles ó los vegetales tienen también su calor fisiológico. A más, la experiencia ha constatado que el calor vegetal (12º centígrados), es, como el animal, sensiblemente invariable en zonas de diversa latitud ó elevación.

Esta doctrina del calor vegetal ha de servir para explicarnos algunos fenómenos muy interesantes.

¿Porqué, hallándonos debajo de los árboles, sentimos fresco en el verano y calor en el invierno?

Muchos creen, y en parte es verdad, que en el primer caso, el ramaje sirve de quitasol, impidiendo que los ardorosos rayos penetren hasta la proximidad del suelo y lo calienten á él y á su atmósfera; que en el segundo caso, las ramas y las hojas sirven de escudo para impedir la entrada de las corrientes de aire frío. Pero, la principal fuente de estos beneficios, ofrecidos por los árboles en ambas estaciones, se halla en el calor que estos irradian ó absorben de la atmósfera circunvecina.

En los terrenos desprovistos de vegetación, como hay muchos en Buenos Aires, sobre todo al Sud y al Oeste, las temperaturas del día y de la noche son extremas, porque la tierra inculta recibe y emite el calor con muchísima facilidad; sucediendo lo contrario en los parajes donde la vegetación existe convenientemente esparcida, porque el vegetal, sirviendo de medio, hace lenta la absorción y la emisión calorífico. En el África, los terrenos áridos tienen una temperatura de 60º durante el día y de 2º bajo cero durante la noche.

Por todas estas razones, á saber: la influencia que el vegetal ejerce, por medio de sus raíces, sobre la humedad é infección del terreno, la acción sobre la temperatura ambiente, y otras circunstancias que más adelante señalaremos, es de la más elevada utilidad pública la plantación de árboles en las ciudades.

Los lugares aparentes para efectuar este precepto higiénico, son las plazas públicas y las calles espaciosas.

Inútil es pensar en la plantación de árboles en calles de 10 á 12 metros de ancho, como la mayor parte de las nuestras, y solo pueden tener aplicación estos preceptos en aquellas pocas calles que tengan de 20 á 25 metros de latitud. El mínimum de la latitud que una calle necesita tener para que puedan en ella plantarse árboles, es de 18 metros, según el modo de pensar de la mayor parte de los higienistas.

Respecto á la clase de árboles que debe elegirse, señalaremos el eucaliptos, el ciprés, la acacia, el álamo, etc., los cuales serán colocados en un orden alterno y guardando entre sí una distancia moderada.

Por lo que hace á la forma, esta debe tenerse muy en cuenta, á causa de la acción sobre la electricidad atmosférica. Los coníferos, como los que anteriormente hemos señalado, tienen, por las puntas que presentan, una acción física sobre la electricidad atmosférica, á la que atraen y reducen.

El granizo, que es debido á la influencia de la electricidad de la atmósfera sobre el vapor de agua de la misma, disminuye ó es suprimido totalmente en aquellos parajes donde abunda una vegetación conífera.

Los árboles coníferos tienen, pues, la gran ventaja de servir de para-rayos, suprimiendo consiguientemente el granizo y los truenos. A este título, merecen la preferencia, cuando se trata de plantaciones con fines higiénicos.

Para terminar y puesto que venimos tratando de la vegetación, diremos algunas palabras sobre un punto importante de higiene que se relaciona con los bosques.

Quien haya visitado uno de estos grupos naturales de árboles, habrá tenido ocasión de observar la alfombra de hojas que el viento arranca y deposita en el suelo; hojas que la humedad y el calor descomponen, enviando á la atmósfera los miasmas eminentemente nocivos para la respiración humana.

Últimamente hemos oído á un médico amigo nuestro la relación de algunos fenómenos mórbidos observados por él en las fronteras de la provincia de Salta, en donde se hallaba de paseo no há mucho tiempo.

Llamóle la atención encontrarse con una mortalidad asombrosa en un paraje que al parecer se encontraba en condiciones vírgenes respecto á su salubridad. La fiebre intermitente hacía estragos; y, buscada la causa, se encontró que su foco existía en un bosque inmediato al lugar de que hablamos. Las hojas que cubrían el suelo, suministraban á la atmósfera, mediante la humedad y el calor, los elementos nocivos que ocasionaban las fiebres.

Es, pues, necesario practicar en los bosques naturales ó artificiales grandes calles para dar amplia entrada al aire y al oxígeno, con el objeto de que la oxidación de los miasmas se verifique, y estos no alcancen á afectar la salud pública.

Conviene muchísimo, á este respecto, que se limpien las calles, de los jardines y paseos donde haya árboles, haciendo atención no solo á la estética sino también á la higiene.