Contra el profesionalismo político. La significación fascista y el anhelo español

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Contra el profesionalismo político. La significación fascista y el anhelo español de el Duque de G.
Nota: «Contra el profesionalismo político. La significación fascista y el anhelo español» (30 de octubre de 1922) La Acción n.º 2.183.


Contra el profesionalismo político

La significación fascista y el anhelo español


E

i yo tuviera las condiciones de agitador y de tribuno del jefe fascista italiano Mussolini, a estas horas estarían en las calles madrileñas las escuadras asaltando ministerios y oficinas, y no me remordería la conciencia por haber impulsado el movimiento.

 Me importan poco los orígenes impuros del fascismo, que tal vez no sean tan condenables como las apariencias nos dicen; me interesa su orientación revolucionaria de ahora, que Mussolini ha condensado en su arenga de Nápoles: «¡Príncipes, triarios, camisas negras de toda Italia!... Yo os digo con toda la solemnidad que el momento impone: o nos dan el gobierno, o lo cogeremos cayendo sobre Roma.»

 ¡Para qué quieren los fascistas apoderarse del gobierno y cómo quieren llegar a él! Mussolini completa su arenga con las siguientes frases: «Es necesario para la acción, que deberá ser simultánea y que deberá en toda Italia COGER POR EL CUELLO A LA MISERABLE CLASE POLÍTICA DOMINANTE, que volváis rápidamente a vuestras residencias, que las órdenes se os darán.»

 Esta no es una revolución demoledora que quiera derribar un régimen y sustituirlo; es una revolución adecentadora y reconstructiva, que pretende cambiar un sistema, cogiendo por el cuello a la miserable clase política dominante», a los políticos de profesión, que en España, como en Italia, se comen al país, desmoralizándolo y arruinándolo.

 Eso no tiene nada que ver con el régimen. Suponerlo no se le ocurre más que a nuestros revolucionarios de opereta, que sólo han pensado en destronar al Rey para darse postín por las galerías de Palacio. ¡Más presumidos que una mona!

 Mussolini y los fascistas discurren de modo más positivo y racional. «El Parlamento y todo el tinglado democrático —dicen— no tienen nada que ver ton la Monarquía.» Y así, dispuesto a respetar la Monarquía y a no dejar con cabeza a un solo profesional de la política, avanza el fascismo por las poblaciones de Italia, promueve una honda crisis y hace tambalearse el sistema político, viejo y desacreditado, inmoral y dilapidador.

 ¿No os parece una revolución a la medida para España? ¿Y no os recuerda aquel noble y alentador conato de las Juventudes mauristas, que con sus garrotas y sus bastones se adueñaron de las calles, donde hasta entonces dominaban las patrullas motineras, que hablan llegado a adquirir también carácter profesionalista?

 Si el maurismo callejero hubiera avanzado un poco más en su obra de agitación y de estruendo, preconizada humorísticamente por aquel famoso «Don Feliz del Mamporro», como en una traducción popular de soberanos ideales redentores, ¿no estaríamos ahora recogiendo los frutos de una verdadera revolución dentro del régimen?

 El maurismo nació con mayor pureza que el fascismo. Además, nació vertebrado y conformado, con cerebro y corazón, con un ideal y con unas soluciones concretas y determinadas para cada problema. Tenía un hombre que podía iluminar loa horizontes desde las cumbres del Poder, y tenía un credo, un cuerpo de doctrina sabia y honesta.

 Pero para llegar al triunfo era necesario barrer el campo de la política profesional, «coger por el cuello—según la frase de Mussolini—a toda la miserable clase política dominante». Y eso no se podía hacer más que de dos maneras: con la revolución desde arriba, que procla^ mó Maura, inspirándose en un delicado sentido gubernamental de hombre que había jurado sobre los Santos Evangelios guardar la Constitución, o con la revolución callejera que iniciaron las Juventudes mauristas, y en la que el fascismo avanza, colándose por asalto en las guaridas del ruin politiqueo.

 La revolución desde arriba — generoso ideal de redentor que juzga a los demás hombres por sí mismo — es punto menos que imposible realizarla. Se opone el sistema, la dificulta el ambiente, le corta el paso la enorme maraña de los intereses egoístas. La pureza del sufragio, las grandes transformaciones administrativas, el adecentamiento de las costumbres, la austeridad en los procedimientos, todo con fervorosa asistencia ciudadana, son factores indispensables para que se traduzca en hecho el ideal de la revolución desde arriba. Y nuestros políticos, mientras los haya del calibre de ahora, falsearán los resultados electorales, entorpecerán el esfuerzo legislativo indispensable para el cambio radical del sistema de administración, pondrán obstáculos a todo intento gubernativo que tienda a limpiar, a barrer, a oxigenar las covachuelas, y en esa actitud podrán resistir años enteros, porque la opinión, mientras los vea arriba dominantes y amenazadores, estimará ineficaz, aunque no lo sea, el concurso que se le pida.

 Es necesitarlo desalojar de las fortalezas en que se defienden a las fuertes hordas caciquiles, poderosas concentraciones de un feudalismo bárbaro, que hacen imposible todo avance renovador. A eso va el fascismo, «que deberá en toda Italia coger por el cuello a la miserable clase política dominante», y ese era el sentido, aunque tuviera más delicada expresión, de aquellas exteriorizaciones callejeras del maurismo.

 Late ahora con mayor fuerza la necesidad de hacerlo así. Estoy seguro de que se ha centuplicado el número de españoles que sienten la asfixia de los miasmas deletéreos del muladar político. No habrá español que refrene los deseos de actuar como hombre digno cuando advierte la podre administrativa que se desborda por el reventón de Larache, sin que nadie se preocupe de poner remedio al generalizado mal; ni que viva tranquilo contribuyendo a las simulaciones económicas; ni que asienta silencioso a los engaños de una política orgiástica, desaprensiva, de escandalosos aprovechamientos, criminales despilfarros e irritantes injusticias.

 Cada día, cada hora, nos tropezamos con una demostración de que es imposible seguir viviendo así. Y eso hasta en los detalles más insignificantes. La crónica del excelente y gubernamental escritor «Andrenio», en que descubre cómo de Marzo de 1921 a hoy se han gastado 920.000 pesetas en comprar autos cuyo sostenimiento importa 4.316.000 pesetas al año, para que se paseen gratuitamente los personajes, las familias de los personajes y hasta las amas de los niños de los personajes, es una nueva invitación... al fascismo.

 Pues, ¿y el bonito final que ha de tener el expediente Picasso ? Ya lo anuncié yo y lo confirma La Época. «Sólo cabe —dice el órgano del Gobierno—una gran fogata parlamentaria, y todo el mundo prepara su haz de leña, cuando no su espuertilla de virutas.» No, amigo, que también se prepara un procesamiento, el único resonante, el de aquel digno y valeroso general al que todos, apestando a miedo, le encendíamos velas cuando los moros se acercaban a Melilla y les veíamos navegando con rumbo a Málaga... ¡Qué asco!

 ¿No justifica todo esto lo que el fascismo—ejército de gentes civiles casi militarizadas, gentes de distintos ideales y de diversas procedencias, unidas por el deseo de adecentar la vida de su país— intenta hacer en Italia enarbolando los bastones?

 ¡Ea, muchachos, hombres inteligentes y patriotas, ricos que no medráis en la política, pobres que sentís las bofetadas de los vividores ostentosos, labriegos explotados, industriales estrujados; es decir, príncipes, triarlos, camisas negras, arriba las garrotas, ya que las súplicas, los consejos y las advertencias son inútiles en el propósito de limpiar el pudridero político! Y a ver si usted, mi general, procesado y todo, nos da unas lecciones de estrategia para que, con las menores pérdidas posibles, lleguemos, dentro de la Monarquía, a cumplir el objetivo de Mussolini: «Coger por el cuello en toda España a la miserable clase política dominante.» Será preparar el campo para que entidades y hombres sesudos, sabios y austeros, verdaderas representaciones del país, acometan la obra reconstructiva.

      EL DUQUE DE G.