Contra la marea: 10

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Capítulo X
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Contra la marea Alberto del Solar


Lo primero que hizo Rodolfo la mañana de su llegada, después de tomar posesión de su alojamiento fue dirigirse a la rambla, ancha y dilatada plataforma a la orilla del mar.

Rodolfo amaba el mar con locura, habiendo tenido ocasión de contemplarlo de cerca muchas veces durante su vida. Lo amaba, además, por instinto, por herencia y tradición, como lo había amado su padre, como lo había amado su abuelo, el viejo marino mercante. En sus trabajos literarios hubiera podido descubrirse esta circunstancia: la entonación más llevada y la nota más simpática hallábase siempre allí donde el autor había debido abordar temas que admitiesen en su desarrollo la introducción de grandiosos y risueños paisajes marítimos. Si alguna vez describía algo con pasión, con entusiasmo verdadero, era en los casos en que entraban como materiales para su cuadro olas y marejadas; brisas y musgos marinos; algas e islotes salvajes...

Había leído con pasión a Byron, siguiéndolo, fervoroso, al través de tormentas y bonanzas, con don Juan, el Corsario, y Childe-Harotd. Para él, el mar tenía también vida, tenía voz y voluntad y lo admiraba cuando bramaba airado bajo el soplo del huracán, como cuando, manso, sereno, en las tardes de calma mecía apenas sobre sus ondas al barco de vela inerte.

El Océano estaba tranquilo en esos momentos.

A no larga distancia veíase fondeada una corbeta de guerra. Secaba al sol su velamen, manteniéndole descolgado a medio trapo en la enhiesta arboladura. Las vergas, así guardas, atravesadas en cruz, se perfilaban sobre el azul del cielo, semejantes a las alas abiertas, inmóviles, de un inmenso albatros que flotara suspendido en el espacio.

Varios pescadores de faz tostada por el hálito del mar se disponían, entre tanto, a arrojar a agua sus aventureras balandras. Colocábanlas sobre postes rodantes de madera que deslizaban lentamente sobre la superficie húmeda y lustrosa de la arena endurecida. Hacíanlas llegar así, poco a poco, hasta la milla misma, donde, después de detenerse un segundo a tomar aliento, todos a la vez, inclinados, uniendo en un común esfuerzo el empuje de sus nervudos y vellosos brazos, las lanzaban de repente, mar adentro, sobre la cresta de una ola que se alejaba con ellas a la par huía e iba a morir deshecha y sepultada en el torbellino de otra ola rumorosa que le salía al encuentro...

Media hora permaneció Rodolfo allí, paseándose, absorto en la contemplación de lo que veía.

Los huéspedes de Ribera-Bella comenzaban a bajar. En un momento la rambla cubriose de paseantes.

La hora del almuerzo se aproximaba.

Volvíase ya Rodolfo hacia su hospedaje, cuando vio aproximarse a Jorge, que, recién levantado, se encaminaba a gozar de su acostumbrado paseo matinal.

La sorpresa de éste al encontrarse con su amigo fue indecible.

-¡Tú aquí! -le dijo con acento que más que de admiración parecía de espanto...

-Como lo ves -contestó Rodolfo,

-Luego ¿has resuelto, por fin, civilizarte?

-Es posible.

-Y ¿te hospedas?

-En el Hotel Vigía.

-¡Es claro! ¡Ya me lo imaginaba yo! Hospedarse en el Sea-Side fuera obrar lógicamente. ¿Y cómo has de demostrarte lógico tú siquiera una vez en tu villa?

-¿Quieres almorzar conmigo? -fue la única contestación de Montiano a esta amistosa impertinencia.

-¡No faltaría más! ¿En el Vigía?

-En el Vigía.

-Y ¿por qué no, mejor, en alguna de las fondas napolitanas de la estación?

-Porque se hallan muy distantes -replicó Rodolfo, sonriendo complacientemente. Y, luego, deseo presentar cuanto antes mis respetos a doña Mercedes y a Lucía. No me has dado tiempo aún de preguntarte por ellas.

-Si deseas verlas, razón de más para que me acompañes a almorzar en el Sea-Side.

-Cedo ante tal razón.

Y, esto diciendo, encamináronse al alojamiento de Rodolfo, donde, después de charlar un rato alegremente sobre Ribera-Bella, sus bañistas y sus costumbres; pasaron juntos al reputado hotel.


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