Contrastes: 04

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El consejero de Castilla
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Contrastes Ramón de Mesonero Romanos



En los tiempos añejos y mal sonantes en que no se había inventado el periodista magnate ni las reputaciones fosfóricas, necesitábanse largos años para sentarse un hombre en sillón aterciopelado, dilatada carrera para regir la vara de la justicia, y un pulso tembloroso para llegar a firmar con Don. -El joven estudiante que salía pertrechado de fórmulas y argumentos de las célebres aulas complutenses o salmantinas, tomaba el camino de la corte, modestamente atravesado en un macho, y daba fondo en una de las posadas de la Gallega o del Dragón. Desde allí flechaba su anteojo hacia la sociedad en que aspiraba a brillar: hacía uso de sus recomendaciones y de sus prendas personales; frecuentaba antesalas; asistía a conferencias; escuchaba sermones; hacía la partida de tresillo a la señora esposa del camarista, a la vieja azafata, o al vetusto covachuelo, y a dos por tres entablaba una controversia lógica sobre los pases de Pepe-Hillo o las entradas del Mediator.

Por premio de todos estos servicios y en galardón de sus reconocidos méritos (impresos por Sancha en ampulosa relación) acertaba a pillar un primer lugar en la consulta para la vara de Móstoles o de Alcorcón; y si por dicha había acertado a captarse la benevolencia de alguna sobrina pasada del camarista o de una hermana fiambre del covachuelo, entonces la vara que le ponían era mejor. -Servía sus seis años, y con otros dos o tres de pretensión, ascendía a segundas; luego a terceras, de corregidor de Málaga o alcalde mayor de Alcaraz. -Aquí ya tenía la edad competente para pasado por agua, y acababa de encanecer en la audiencia del Cuzco o en el gobierno de Mechoacán. Regresado luego a la Península, entraba por premio de sus dilatados servicios en el Consejo de las Indias o en el de las Órdenes, y de allí ascendía por último al Supremo de Castilla, a la Cámara, y al favor real.

Esto nunca llegaba hasta bien sonados los setenta; pero como la vida entonces era más bonancible, aunque no tan dramática, el Consejero conservaba aún en sus altos años su modesta capacidad, su semblante sonrosado, su prosopopeya y coram-vobis. -Habitaba por lo regular un antiguo casarón de las calles del Sacramento o de Segovia, en cuyos interminables salones yacían arrumbados los sitiales de terciopelo, los armarios chinescos, los cuadros de cacerías, los altares y relicarios de cristal. Las señoras y las niñas hacían novenas y vestían imágenes en las monjas del Sacramento; los hijos andaban de colegiales en la Escuela Pía; los pajes y las criadas se hablaban a hurtadillas hasta llegar a matrimoniar.

El anciano magistrado madrugaba al alba, y hacía llamar al paje de bolsa para extender las consultas o extractar los apuntamientos; a las ocho recibía las esquelas y visitas de los pretendientes y litigantes; tomaba su chocolate, subía en el coche verdinegro, y a placer de sus provectas mulas se llegaba a misa a Santa María. -Entraba luego al Consejo, y escuchaba en sala de Gobierno los privilegios de feria, los permisos de caza, las emancipaciones de menores, las censuras de obras literarias, el precio, calidad y peso del pan. Pasaba después a la de Justicia, a escuchar pleitos de tenutas, despojos y moratorias. Asistía luego en pleno a los arduos negocios en que se interesaba la tranquilidad del Estado; pasaba los viernes a palacio a consulta personal con S. M.; y regresaba, en fin, a la Cámara a proponer obispos y magistrados, expedir cédulas y dirimir las contiendas del patrimonio real.

De vuelta a su casa, comía a las dos en punto; y levantados los manteles, echaba su siesta hasta las cinco, en que era de cajón el ir a San Felipe o a la Merced a buscar al R. Maestro Prudencio o al Excelentísimo P. General, para llevarlos consigo a paseo la vuelta del Retiro o a las alturas de Chamartín. -Allí se dejaba el coche, que les seguía a distancia respetuosa, y se hacía un ratito de ejercicio, amenizado con sendos polvos de exquisito sevillano. -Hablábase allí del rey y del presidente, del ministro y del provincial; se comentaba la última consulta o la próxima promoción: se leían recomendaciones de pretendientes; y hasta se entablaban los primeros tratos para la boda de la hija del camarista con el sobrino del Padre general.

Al anochecer era natural regresar al convento, donde en armonioso triunvirato se consumía el jicarón de rico chocolate de Torroba, con sendos bollos de los padres de Jesús; y vuelto a casa el magistrado, después de otra horita de audiencia o de despacho, se rezaba el rosario en familia y se entablaba un tresillo a ochavo el tanto con el secretario de la cámara y la viuda del relator, hasta que dadas las diez, cada cual tomaba el sombrero y dejaban a su Ilustrísima descansar.



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