Contrastes: 08

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El cofrade
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Contrastes Ramón de Mesonero Romanos


Las cofradías religiosas eran en lo antiguo lo que las sociedades políticas y literarias en lo moderno. Reuníanse en ellas los hombres bajo los auspicios de un santo, como en las políticas suelen reunirse hoy bajo las banderas de un santón; -discutían allí sobre las fiestas religiosas e indulgencias, y se disputaban los cargos sacramentales con el mismo fervor con que en las de hoy se crean las reputaciones, se entablan los certámenes y se hace la oposición; -y finalmente hasta en muchas de ellas y con reglamentos sabios y filantrópicos se atendía al socorro de los cofrades necesitados, como en los mutuos auxilios trazados hoy por las sociedades aseguradoras. -El estudio, pues, de aquellos religiosos institutos, no es por lo tanto una cosa indiferente, y los grandes servicios que prestaron a la civilización no merecen por cierto el desdén del filósofo; y si el tiempo y la relajación de las costumbres causaron en ellos, como en toda cosa humana, ciertos abusos, no por eso hemos de negar su grande y benéfica influencia para extender el espíritu de asociación y el instinto de caridad.

Pero dejando a un lado (por no ser hoy de nuestro propósito) la parte filosófica y sublime de estas asociaciones, y limitados a trazar el tipo especial del individuo cofrade (que por ampliación abusiva se apellida generalmente el Sacramental), hallarémosle en el cancel de la iglesia, donde se celebra la función del Santo patrono, sentado tras una mesa cubierta de damasco encarnado, sobre la cual se ven varios atadillos de ordenanzas, sumarios, cartas de hermandad y listas, estampas del Santo y escapularios benditos, y una bandeja de plata para recibir las limosnas de cobre.

El Sacramental es hombre como de medio siglo, pequeño, rollizo y sonrosado: su traje es serio, o como él dice, de militar negro; zapato de oreja, pantalón holgado y sin trabas, y en los días de solemnidad calzón corto con charreteras, casaca de moda en 1812, chaleco de paño de seda, y corbata blanca con lazo de rosetón. -Su profesión en el siglo es la de escribano o alguacil, comadrón o menestral. -El celo que le anima por la hermandad le hace muchas veces descuidar sus lucrativas ocupaciones por entregarse a la asistencia a juntas, preparativos de la fiesta, procesiones y sufragios. En aquéllas el Cofrade autorizado lleva el pendón o el estandarte, no con escaso trabajo para sostenerlo contra el ímpetu del viento, que al paso que lo sacude y bambolea, levanta también y encrespa los cuatro mechones de pelo caídos con sumo cuidado desde la nuca para encubrir la falta superior. En las juntas su voz es decisiva para todos los negocios arduos, y muy luego se ve condecorado con las sucesivas investiduras de vice-secretario, secretario, contador, tesorero, consiliario y vice-hermano mayor. (El hermano mayor suele ser un príncipe o magnate que no sabe que existe tal cofradía.) No satisfecho nuestro cofrade-modelo con todos estos trabajos, con traer la bolsa de la demanda, con repartir las velas o adornar con flores el altar, se entrega con ardor a la propaganda, y trata de catequizar, para entrar en la hermandad, a todo prójimo que encuentra al paso, haciéndole una pintura bíblica de la beatitud que le espera en cuanto se asiente en los libros matrices y pague la limosna de costumbre. Y como esto de irse un hombre al cielo por tan poco dinero, no es cosa de echar en saco roto, no hay necesidad de decir que el Sacramental hace próvida cosecha.

Ni es (por desgracia) sólo el ardor espiritual el que suele andar en ello; también el pícaro interés mundano acierta a veces a salir al paso, que tal es y puede llamarse el deseo de buscar relaciones y figurar, aunque en los humildes bancos de una cofradía, y el instinto provincial para auxiliarse mutuamente; porque conviene a saber que muchas de aquéllas son formadas exclusivamente por gallegos o castellanos, aragoneses o navarros, los cuales a la sombra de Santiago o Santo Toribio, Nuestra Señora o San Fermín, tratan de buscar entre los cofrades, litigios si son abogados; enfermos, si son médicos; y obras de su oficio si honrados menestrales. -Además de esto, la cofradía suele tener algunos fondillos de que disponer; algunos créditos que percibir; algunas casas que administrar; y sin perjuicio de entrar a la parte en las indulgencias, no hay tampoco inconveniente en cobrar el tanto por ciento de comisión, o vivir de balde en la casa sacramental.

Por último, el bello ideal del Cofrade es pensar que cuando fallezca, asistirán a su entierro quince o veinte estandartes, le vestirán diez o doce mortajas, y rellenarán su caja con una resma de bulas y ordenanzas, con cuyo seguro pasaporte confía que pasarán allá arriba sus travesurillas mundanas y su mística especulación.



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