Conversión de San Agustín

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Conversión de San Agustín


 Por las orillas del mar,    
 según lo afirman diversos,    
 se paseaba Agustín,    
 confuso su entendimiento,    
 por la disputa de Ambrosio,  
 sostenida en aquel tiempo.    
     
 Va imaginando entre sí,    
 y estas palabras diciendo:    
 «¿Es posible el creer yo,    
 »es posible creer esto:  
 »Tres personas, sólo un Dios,    
 »sólo uno, y verdadero?    
 »Que así lo diga mi madre    
 »no me maravillo de eso,    
 »que palabras de mujer  
 »las más se las lleva el viento.    
 »Pero que lo diga Ambrosio,    
 »hombre de tanto talento,    
 »eso causa admiración    
 »y en gran confusión me ha puesto». 
 
 Estando en estas razones,    
 vio cerca a un niño muy bello,    
 el que con una conchita    
 sacaba del mar soberbio    
 agua, con la que llenaba  
 un hoyito que había hecho.    

 «¡Cómo te estás regalando    
 »y te estás entreteniendo!    
 »¡Quién fuera como tú eres!    
 »¡Quién de tu edad y tu tiempo! 
 »¡Qué pensamientos me angustian    
 »y turban mi entendimiento!    
 »Di, niño, ¿qué hacer pretendes?»    

 -Agotar el mar pretendo-    
 respondió el niño.    
 «Muy arduo  
 »es, hijo mío, tu empeño.    
 »Mas te disculpa la edad,    
 »y no es mucho digas eso.    
 »Pero, niño, no te canses,    
 »es el hoyo muy pequeño,  
 »las aguas del mar son muchas,    
 »y no lograrás tu intento».    

 Entonces respondió el niño:    
 «Más fácil es encerrarlas    
 »en aqueste hoyito estrecho,  
 »que no de Dios las grandezas    
 »en humano entendimiento».    
 Y aquel niño se ausentó    
 tales palabras diciendo.    

 Entonces San Agustín:  
 «No te vayas, niño bello,    
 »que me salvas con lo dicho,    
 »que basta para el discreto».