Cosas de don Paco

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Tú le conoces, lector.

Cien veces le has encontrado en el paseo, en el teatro, en las reuniones que frecuentas, en el café, en misa y hasta en los entierros.

Es de baja estatura; gordo y rollizo como un flamenco; dos ojos pequeñitos y alegres; boca risueña; dos hoyitos en las mejillas, blancas y sonrosadas como las de una dama; un par de chuletas negras y rizadas; el pelo, corto y áspero, pero muy cuidado y recogido hacia el cogote; la frente, angosta; el tórax y el abdomen, como los de un bolsista, anchos y prominentes; el chaleco, muy abierto; la camisa, muy blanca; las solapas del gabán, hacia la espalda. Siempre tiene la misma edad; nunca pasa de los treinta y cinco años; nadie le ha conocido de niño y todos son contemporáneos suyos.

Hasta los perros le tratan con intimidad, y, sin embargo, se ignora de dónde viene y adónde va.

No se le conocen rentas, ni oficio ni beneficio; pero de todo goza y en todas partes es bien recibido.

Es el oráculo de las mamás, el confidente de las jamonas, el tormento de los amantes, el juez de las polluelas, la pesadilla de los tipos, el solaz de las babiecas, el mentor de los calaveras de afición y el desprecio del sentido común.

Él solo goza de más derechos sociales que treinta ciudadanos juntos.

Su palabra no reconoce tasa; sus manos tienen pasaporte para todo.

Lo que a un hombre vulgar, como él llama a los que no se le parecen, le produce un desaire, a él le vale un triunfo.

«Cosas de don Paco». He aquí la frase sacramental que le pone al abrigo de toda responsabilidad.

Entra en tu casa cuando aún estás en la cama durmiendo, rocía tu cara con el agua que quedó en la palangana la noche anterior, y, al despertar furioso, tienes que exclamar, viéndole a tu lado: «¡Qué cosas tiene este don Paco!».

Vas a vestirte, temblando de frío, y hallas que la camisa está mitad al derecho y mitad al revés; tardas un cuarto de hora en arreglarla, y entre tanto coges un constipado. Paquito está sentado a tu frente1, riéndose a carcajadas de tus apuros; tú también te ríes enseguida, porque son «cosas de don Paco».

Te pones a almorzar, y él siempre a tu lado te echa pimienta en el dulce y azúcar en las ostras. Es una bromita que te cuesta el almuerzo; pero tienes que celebrarla porque «don Paco es el diablo».

Después que se ha despedido de ti te echas a la calle y encuentras a tu futura suegra ante la cual estás haciendo méritos. La saludas muy galante, y cuando tienes una mano entre las tuyas, sientes que el sombrero se te cuela hasta los hombros. Perdida la seriedad y abochornado, al sacar la cabeza al aire libre, ves a don Paco, que te saluda desde la acera de enfrente. Reniegas de la broma, pero tienes que decir a tu suegra: «Dispense usted, señora, que son cosas de don Paco».

Un día se te antoja ir de campo con tus amigos. Paco tiene que ir también; habéis mandado preparar con anticipación la comida. En el camino notáis la desaparición de aquél, y cuando llegáis al punto deseado, don Paco está concluyendo los postres, en compañía del ventero que puso la comida y a quien dijo que ya habías suspendido el proyecto. En ocho leguas a la redonda no hay provisiones, y te vuelves a tu casa cansado y muerto de hambre, con la obligación de decir a todo el mundo que te divertiste mucho con «las cosas de don Paco».

Si se entabla una discusión sobre cualquier punto, cuando más formalizado estás en el uso de la palabra, don Paquito ha de soltar alguna «gracia» que arranque un aplauso a todos los oyentes, dejándote corrido y derrotado, sin que te sea lícito tomar venganza.

Tus dichos y observaciones, por sesudos que sean, no pasan más allá del auditorio; «las oportunidades de don Paco» tienen cien famas, cuyas trompetas se las publican por todas partes.

Don Paco suele ser cobarde, y para sus empresas más arriesgadas se vale de los neófitos que siempre tiene a retaguardia.

Si se trata de tomar el pelo a algún tipo extranjero de incógnita paciencia, don Paco dirige la escena; pero el que le tira de los faldones de la casaca, o le cambia el cigarro al pedir la candela, o le pone el pie para hacerle caer, es un pollo que suele perder un par de muelas por la gracia. Don Paco se ríe entonces y le llama torpe; el otro dice que tiene razón y que en la primera será más diestro.

El día de los Inocentes te pide media onza y no te la devuelve. Para consuelo tuyo refiere el lance en medio de la Plaza, delante de ti, y mirándote con lástima, exclaman todos: «Es mucho don Paco».

Si en el café estás con él, pide el primero, pagas lo que toma y todo le disgusta, incluso el habano que le das. Si tu petaca es de manila, se la guarda en el bolsillo y te regala otra de paja de Italia.

En el teatro alborota, y cuando todos le miran se vuelve hacia ti, que estás a su lado, y muy serio te dice que guardes formalidad.

En un baile, se mete con su pareja, entre los demás; rompe a una el vestido, empuja a la otra, pisa a éste un callo, quita el arrebol a esta otra; y todo se convierte en ruido y algazara, y «¡Qué don Paco, tan malo y tan gracioso!», se oye por doquier, mientras que tú, empujado por él, deshiciste las guías del bigote de un elegante y tienes un lance al día siguiente.

Si eres casado, ves cómo pellizca el cuello de tu mujer y que ésta se ríe, diciéndole: «No sea usted malo, don Paco».

Si estás al lado de una joven, y después de una teoría capaz de conmover a una roca, te arriesgas en la práctica algo más de lo establecido por la ordenanza materna, oirás un «¡Caballero!», que te deja más frío que una estatua. Al mismo tiempo, don Paquito la sopla uno de retortijón en lo más gordo de la pantorrilla, recibiendo por su gracia una sonrisa angelical y una reconvención en estos términos: «¡Qué cosas tiene usted, don Paco!».

Otra vez le ves al lado de tu novia, contándole mil conquistas tuyas y prometiéndola cartas y documentos fehacientes.

Cuando te arrimas a ella eres tan bien recibido como el que entra en un palco2, capaz de seis personas, haciendo el número nueve.

En vano te proclamas inocente: lo dijo don Paco, y basta.

Aquella noche riñes con ella y con toda su familia, que da más crédito que a tus méritos de tres años a «las cosas de don Paco».

En una función de iglesia nunca falta alguno a quien llenar de cera; en un entierro, una peluca que torcer.

Imagínate la situación más crítica de la vida, la más excepcional, y allí estará don Paco ridiculizando algo; allí habrá una corte de entusiastas que le aclamarán «travieso y oportuno», siquiera se burle de lo más sagrado.

Un día, para concluir, comprometió tu delicadeza y expuso tu buen nombre; entonces, recordando que ningún derecho asiste a los necios para hacer juguete suyo a los que tienen sentido común, le rompiste el bautismo, creyendo que así dejaría de atravesarse en tu camino. Te equivocaste lastimosamente. A los pocos días le volviste a hallar más chistoso que nunca. Quizá no fuera el mismo; pero sí otro idéntico, y tanto monta. Decidido a vivir libre de sus gracias, emigraste, y en la primera población en que dormiste topó tu estrella con otro, y por dondequiera que dirigías tus pasos aparecía un don Paco con las mismas cosas y con iguales derechos... Y ¿sabes por qué? Porque esta familia se reproduce como los pólipos y los rabos de las lagartijas. Cuanto más se la persigue, más se multiplica.

Acostúmbrate a vivir entre ellos y convéncete de que están en el mundo para expiación de nuestras culpas, como las chinches, las moscas y las verrugas.

Paredes



(De La Abeja Montañesa.)

16 de enero de 1859.


Notas

1: «enfrente». (Corrección del autor.)

2: «ómnibus». (Corrección del autor.)