Crónica General del No. 26, 1880

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La Ilustración Española y Americana (1880)
Crónica General del No. 26, 1880
 de José Fernández Bremón

Nota: Se han modernizado algunos acentos.

CRÓNICA GENERAL

15 de Julio 1880

MIENTRAS los católicos belgas lamentan la ruptura de relaciones entre el Gobierno de su país y el Vaticano, se preparan los enemigos de la Iglesia a sacar argumentos contra su política del examen de los documentos y negociaciones que han producido tan lamentable resultado. El buen sentido, sin embargo, reconociendo en Su Santidad prudencia Suma, merced a la cual va salvando la difícil situación en que se vió colocado a su advenimiento al pontificado, le absuelve de toda sospecha de haber promovido el rompimiento, que no se produce en las tramitaciones cancillerescas sin graves antecedentes y motivos: es indudable que las amonestaciones de León XIII templaron la resistencia del episcopado belga a las leyes de enseñanza: el actual Pontífice, que residió en Bruselas mucho tiempo, no deseaba seguramente romper los lazos que contribuyó a que se guardasen durante épocas largas: si el hecho se ha realizado, creemos firmemente que no podía menos ya de suceder. El espíritu hostil a la Iglesia ha vencido en los consejos de Bélgica; pero el espíritu de concordia triunfará.

Los resultados de las últimas conferencias de Berlín deben preocupar a los Gobiernos que han arreglado las fronteras de Grecia, sobre el mapa, sin considerar que esas líneas son tan irregulares en las cartas, porque no las traza una mano elegante y amiga de la simetría, sino el esfuerzo, la conveniencia y las pasiones de los pueblos.

Ello es que la cuestión de Grecia estaba arreglada en el papel, y la negativa de Turquía a conformarse arroja un borrón sobre los planos. ¿Se armarán las potencias para defender esa raya imaginaria? En tal caso, debe señalarse con lápiz rojo en los futuros mapas, para indicar que se trazó como se trazan esas líneas fronterizas sobre el terreno, es decir, con sangre humana. Hoy los albaneses decapitan montenegrinos; mañana degollarán griegos. Las lindes de una y otra frontera van a ser marcadas con cabezas; es la señal que más puede dividir a dos pueblos limítrofes.

No sería la primera vez que la diplomacia, reuniéndose para consolidar un tratado de paz, haya promovido una guerra innecesaria.

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Mientras en España se desborda el río Jalón, con un desbordamiento ministerial, es decir, sin que alarme al Gobierno, según dicen los periódicos, también se desbordan por Francia los comunalistas indultados, siendo recibidos en las capitales con júbilo y aclamaciones.

¿Qué pensar de estos aplausos?

O el pueblo que se los tributa los cree inocentes de los crímenes por que fueron sentenciados, ó aprueba con sus vítores los incendios y delitos que según los procesos cometieron. En honra de la humanidad, nos inclinamos a la primera interpretación de los aplausos.

No somos sospechosos de simpatizar con esas gentes, pero debemos confesar ingenuamente que los procesos políticos nos espantan; la Commune cometió delitos horribles; pero la ligereza francesa, el odio y la pasión de los vencedores, ¿no produjo errores jurídicos en aquellos montones de personas condenadas a morir precipitadamente, ó sentenciadas a presidio en procesos excesivamente rápidos?

El perdón y el olvido son los únicos que pueden disipar esas nieblas de la conciencia y resolver tales conflictos. Pero los aplausos tienen un carácter que hiela el corazón.

Si la muerte de Isaac Pereire ha hecho bajar en la Bolsa de París las acciones del Crédito Moviliario, creemos que esos aplausos disminuirán en Francia el valor de la propiedad.

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La conmemoración de la ocupación y demolición de la Bastilla es de gran oportunidad en el estado actual de Francia.

El pueblo destruyó aquella prisión feudal, que era cárcel a la vez que fortaleza; pero el último progreso penitenciario ha dado la razon al régimen antiguo, que practicaba el sistema celular.

Navegar felizmente y naufragar tocando al puerto debe ser desgracia terrible por lo inesperada. No se pueden leer con serenidad los detalles de la explosión de la caldera en el vapor Cuba Española. Más de ochenta hombres en la flor de su edad, pereciendo abrasados en una oleada de agua hirviente y arrostrando en el mar los dientes de los tiburones para templar el ardor de sus cuerpos escaldados. La cubierta del buque convertida en hospital. Gritos, maldiciones y rezos. ¡Cuadro desgarrador!

Como si la muerte fuera poca desgracia cuando parece que hay mucha vida por delante, toma a veces formas muy crueles: la relación de ese desastre es de tal género que la pluma se resiste a referirlo.

Iniciada por el Sr. Galdo la conveniencia de conmemorar el segundo centenario de la muerte de D. Pedro Calderón de la Barca, el Sr. Vidart propuso a la Sociedad de Escritores y Artistas el nombramiento de una Comisión encargada de exponer los medios de realizar el pensamiento, lo cual se efectuó, siendo elegidos los Sres. D. Melitón Martín, D. Manuel María José de Galdo, D. Luis Vidart, Ossorio y Bernard, Laso de la Vega, Pando y Valle y el autor de estos apuntes. Los estudios de la Comisión,que tenemos a la vista, son en breve resumen lo siguiente:

Celebrando ya todos los países estos centenarios, y expuesta la idea del que se refiere a Calderón, no hacerlo sería un desaire a su memoria. La significación y altura del poeta exige una gran solemnidad. Para ello se necesita el auxilio oficial y la cooperación de todas las clases, en especial la de la prensa, a quien corresponde el principal papel de promover el entusiasmo, sin el cual no puede realizarse el programa.

Habiendo sido Calderón natural de Madrid, estudiante, militar, sacerdote, noble, santiaguista y poeta, todas las clases a que perteneció deben ser invitadas a la conmemoración de su ilustre compañero, así como todas las demás corporaciones, que no pueden menos de tener interés en un caso de honra nacional.

El comercio y la industria, que prosperando en estos movimientos de la vida moderna, simpatizan siempre con la actividad, contribuirían a esa fiesta, que es al fin y al cabo la de un hombre laborioso, que honró a su patria con el glorioso trabajo de su pluma.

Si el entusiasmo se consigue y allega el concurso indispensable, entonces sería invitada a enviar representantes, al par de la prensa nacional, la de la América española, que fue en vida de Calderón compatriota del poeta, y que habla su mismo idioma y continúa siendo compatriota en lo más noble del hombre: en el lenguaje. La prensa portuguesa, de ese pedazo de España, separado sólo de nosotros por la ley. De Alemania, el pueblo que más ha estudiado, estima y comprende nuestro teatro, y la de cuantos países cultos quieran conmemorar al gran dramático.

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La fiesta comenzaría por un acto de caridad y un acto de justicia: distribución de limosnas en nombre de D. Pedro Calderón; colocación popular de ramos y coronas en su estatua.

Concursos, certámenes y justas literarias y artísticas, entre las cuales debe citarse una academia poética, en que hiciesen de jueces poetas ilustres, e improvisasen y desarrollasen temas, como en tiempo de Calderón, los que quisieran ser mantenedores.

Un concierto con música del siglo XVII, sagrada, profana y teatral, que sirviese de estudio y de recreo.

Un auto sacramental de Calderón representado en público como en vida del poeta.

Una cabalgata de la sociedad del siglo XVII, con propiedad artística, en que las clases a que perteneció Calderón vistiesen como en aquel tiempo ó adoptasen los trajes de época a voluntad, y en cuya comitiva entrasen cuantos quisieran honrar la memoria del autor, formando agrupaciones. Separando éstas habría carros alegóricos con el busto de los dramáticos más ilustres de su siglo, siendo el último el de Calderón, y el primero el del gran Lope de Vega. Cerrarían la comitiva comisiones del Ejército y Armada, con las insignias, armamento y trajes de los institutos militares de aquel tiempo.

Por último, una magia de Calderón puesta en escena de noche en el Estanque del Retiro, elegida entre las que escribió para aquel mismo lugar y se representaron en sus aguas con gran aparato. Se permitiría disfrutar del espectáculo en barcas iluminadas a los que las construyeran para aquel objeto, y colocar tablados alrededor a los que quisieran especular en esa industria; pero la primera noche sólo se dejaría ver la representación a las comisiones extranjeras y a los que tomasen parte en la cabalgata, y cuyos trajes darían al Estanque el aspecto que tendría hace dos siglos y medio.

Las grandes alamedas del Retiro, iluminadas con luz eléctrica: y con las luces de las tiendas, instalaciones, bailes, rifas, cafés, fondas, puestos de flores y de objetos colocados con arte, que contribuirían a los gastos con sólo la obligación de iluminar sus respectivos trozos de terreno; Exposiciones de flores, como la que celebra anualmente la Sociedad Protectora de las Plantas, de horticultura, de vinos, en las cuales harían un efecto mágico de día, y de noche, con el sol y la electricidad, bóvedas y columnas de cristales de colores formadas de botellas, a lo largo de una calle de árboles ó en torno de una fuente; cuantas ideas sugiera al arte y a la especulación, la emulación y el gusto, harían del Retiro un lugar amenísimo, trasladando a sus alamedas, y dando carácter artístico a la feria, y sufragándose una parte del gasto por la iniciativa popular.

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Seríamos prolijos si nos ocupásemos de la organización de los trabajos enormes que requieren estas fiestas. Una Comisión central formada por delegados de cada corporación,y de gran autoridad, dirigiría todas las tareas, y cada delegado sería el presidente de la Comisión formada en su propia corporación para promover los festejos; estas Comisiones se subdividiarían, teniendo todas libertad de acción y vida propia dentro de la unidad, administrándose los recursos que se procurasen en aquello que debían realizar. La Junta central nombraría comisiones inspectoras, artística, económica, teatral, según las necesidades, administrando los recursos generales solamente, con gran formalidad; gestionaría cerca del Gobierno, y sus actos serían puramente directivos.

Se impetraría para los gastos del centenario el auxilio de las Cortes y de las corporaciones oficiales, entre ellas la Diputación y el Ayuntamiento de Madrid: se acudiría a una suscripción nacional y voluntaria: a un periódico especial: a una rifa de objetos regalados para que todas las papeletas resultasen premiadas a ser posible; a beneficios y unciones, y a cuantos medios se creyeran eficaces.

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Éste es, reducido una gran síntesis, el pensamiento de la Comisión. ¿Es una quimera? ¿Es practicable? La memoria de Calderón merecería aun mucho más: para celebrarla dignamente, si no hay calor, los mejores propósitos se malograrán seguramente. Si hay entusiasmo... entonces hasta los sueños pueden realizarse.

Nos parece haber dicho el año anterior que la verbena del Cármen es la más triste de todas las verbenas, por recordar el cólera y el asesinato de los frailes.

Conocemos a un cochero que no es de nuestra opinión, porque todos los años se alega en esa noche.

— Por qué tiene V. esa costumbre? le dijimos.

—Porque hace años estuve a pique de ahogame en la víspera del Carmen, —contestó—. Sólo bebo vino en esa noche, por horror al agua.

El desdichado no cuenta con el agua que mezclan en el vino los taberneros de Madrid, y la víspera del Carmen, creyendo beber vino, traga más agua que hubiera tragado en el naufragio.

Un lavandero muy borracho me decía con tristeza:

—Para aclarar en Madrid la ropa blanca, no hay sistema mejor que lavarla en vino tinto.

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El que esto firma tenía un protegido. ¡Cuán mísera sería su posición cuando no tenía en el mundo otro protector! No sabía aquél escribir, y entraba en su casa haciendo eses.

Fue necesario reprenderle su afición a la bebida, y se disculpó de esta manera:

—Ustedes los ricos salen a tomar aguas fuera de Madrid. Yo voy a la taberna a tomar aguas.

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Los lectores extrañarán verme clasificado entre los ricos. El pueblo de Madrid considera como tales a los que visten de levita. Hay un pobre que toca la flauta en las esquinas, y lleva sombrero de copa y una levitilla. Es sin duda un rico vergonzante.

Aparte de esto, circuló hace poco entre mis amigos la estupenda noticia de que había yo prestado cuarenta mil duros al Gobierno en el empréstito cubano. Para entregar esa cantidad hubiera necesitado pedir lo menos mil billetes, y sólo había pedido quince por encargo de un amigo.

Hay personas que viven del crédito; no lo entiendo; la única vez de mi vida en que he sido rico, imaginariamente, me ha producido el efecto contrario, como lo prueba la siguiente carta:

«Querido amigo: he dispuesto de los quinientos reales que debía entregarle, porque me hacen falta y a V. no. »

Calcule el lector lo que es un déficit en época de baños. ¡Protesto!

Ayer querían regalarme un cigarro puro.

—¿Es habano? —pregunté.

—Es filipino.

—No le admito; podría creer algun amigo que estoy interesado en la cuestión de los tabacos.

Y a propósito de baños. Estamos en plena emigración. Ayer se quejaba un caballero de las pocas casas de baños que hay en Madrid.

—¿Qué ha de haber—respondió otro—si los habitantes de Madrid se bañan en provincias?

—¿Y los que se quedan ?

—A esos los bañan tres veces al día los mangueros de la villa.

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Ayer fui a la Estación del Norte; ¡qué movimiento! icuánto viajero! Mirando hacia el interior de un sombrero de señora, que parecía un sombrero de teja colocado del revés, me pareció ver en el fondo la cara de una amiga.

—¿Es V. Juanita?

—Yo soy—contestó con voz lejana.

—¿Cuándo ha caído V. en ese sombrero, señorita? ¿Quiere V. que la eche una soga para salir?

No pude oír la contestación: la distancia ahogó la voz de mi amiguita.

José FERNÁNDEZ BREMÓN.