Crónica local

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Yo no sé cuándo ni dónde; pero me consta que en alguna parte, y no hace mucho tiempo, dije que Santander, en el presente verano, había de estar hecho un Edén. La hermosura de su paisaje, su suave y delicioso clima; el mar, ese mar que a cada instante se presenta a nuestros ojos con un nuevo carácter y siempre bello y majestuoso; las saludables brisas de su costa, más las reformas tan notables que en poco tiempo ha sufrido, debían llamar mucho la atención de esa parte de la Península española donde el mes de junio es una epidemia para sus habitantes.

Cierto es que las tales mejoras ni han sido tantas ni tan completas como sería de apetecer en las actuales circunstancias; pero no por ello la profecía ha dejado de cumplirse. Santander, que no era mucho para los indígenas, tiene hoy en su recinto otro pueblo exótico...; pero ¡qué pueblo! Si Mahoma lo pudiera ver, seguramente ponía una fe de erratas al Corán, y allí donde dice Paraíso mandaría escribir:


«Santander, 9 de agosto de 1859».

Muchas son las provincias de España que en esta bella exposición humana se hallan representadas por alguna obra maestra; pero Castilla, la clásica Castilla, si por sus polvos famosos tenía un altar erigido en cada corazón de estos comerciantes, hoy resuena su nombre con el mismo entusiasmo hasta en el de los más profanos a la ciencia que, como dice Bretón de los Herreros, estriba en dos vocablos: daca y toma.

Decididamente, me reconcilio yo también con el país de los garbanzos, que no son ellos ni el trigo su fruto más precioso, ni la narcótica amapola la única flor que se atreve a levantarse sobre aquellas sabanas inmensas de calcinada tierra.

No quisiera herir en manera alguna la susceptibilidad del espíritu patrio de las lindas hijas del Pisuerga y del Ebro que a la sazón se encuentran con nosotros; pero creo ingenuamente que figuras tales necesitan más un fondo tan poético como el que ahora ocupan, que el árido y marchito sobre que nacieron.

Esta opinión tendrá de egoísta todo lo que se quiera, pero nada de mal gusto. Apelo, si no, al fallo de mis paisanos. Quizá alguno, separándose del común asentimiento, dijera que bien se está San Pedro en Roma y que, para pago de nuestras culpas, harto purgatorio tenemos por acá; pero esto nada significa: la causa más santa no se ha visto nunca libre de un detractor y hasta de un juez que la condene.

Para los que de un mes a esta parte no han tenido la dicha de vivir en este pueblo, quisiera yo poseer en mi pobre paleta de pintor de costumbres el colorido necesario, a fin de mostrarles con toda exactitud el ameno cuadro que esta sociedad representa; mas como no lo poseo, ni tampoco el arte de componerlo, vénganse ellos hasta aquí, si avaros son de lo bello; y si mi consejo les merece alguna atención, tórnenlo al pie de la letra: vénganse de noche y por el camino de Becedo.

Como mucho ha debiera haberse hecho, mientras el sol alumbra pertenece el territorio a los prosaicos arrastres del comercio; cuando el sol se pone, Mercurio pliega sus alas, y Venus, Flora y Diana..., y Vulcano y Marte, que no pueden faltar donde aquéllos estén, lo toman por su cuenta.

Al emprender esta innovación, ¿habrán cedido las mujeres a un simple capricho o a la rigurosa ley de la conveniencia? Yo creo que a la última; la opaca luz de los faroles se presta mejor que los fulgores vívidos de Febo a los cuadros de fantasmagoría.

Cuando en los espectáculos del mundo son los actores los hombres y las mujeres, la luz artificial es de necesidad. Es muy grande la Naturaleza y muy pequeña la Humanidad para exponerlas juntas sin que se descubra la tramoya.

Por otra parte, la mujer, sea por hábito o por natural contextura, desenvuelve por la noche ciertas cualidades que oculta durante el día.

A la luz de un reverbero es menos tímida o más expansiva; sobre todo, más parlamentaria.

La que apenas se digna saludaros al mediodía, os sonríe afable después de anochecido.

La que os saluda con el sol, os admite a su lado cuando se ha puesto.

La que en el primer caso os brinda con su amistad, no se escandaliza con vuestro amor en el segundo.

Y si a la hora de prima os da la mano, a la de nona consentirá que le piséis el pie.

Siguiendo este camino, es decir, esta teoría, se encuentra la razón del baile.

Todo lo cual puede explicarse de una manera muy sencilla.

Dominando en todos los actos de la mujer un principio pudibundo, son más osadas dentro de los radios de un farol de gas o de una bujía de esperma, por la confianza que tiene de hallar a muy pocos pasos, en un caso extremo, la égida de las tinieblas.

¡Cuánto se ha hecho en el mundo bajo este momento!

¡Cuánto sabría la humanidad si por un instante aplicara Apolo el vapor a su carroza y llegara al Oriente seis horas antes de lo convenido!

Pero mejor es que no llegue. Para descubrir ganzúas y moneda falsa, contrabandistas y, por ende, negocios de ilícito comercio, preferible es vivir ciegos. La vida es corta; conque, si matamos las pocas ilusiones que nos restan, será cosa de poner el cementerio dentro de la pila bautismal.

Dejemos inútil filosofía, no haga el diablo que tomen las unas como suyas las faltas que sólo son de los otros.

Admitiendo como principio fundamental de la felicidad las ilusiones, o, lo que es lo mismo, mirando solamente por la propia comodidad, o viviendo al día, como los que nada tienen ni nada esperan, la vida social de Santander, en lo que llevamos de verano, no puede ser más oportuna para aproximar la tierra al cielo... de los placeres.

Vivimos a la intemperie y a la luna, como antes dijimos.

Pero lo que no hemos dicho aún es la manera de vivir..., ni lo diremos tampoco, porque, envueltos en una nube de gasas, de blondas y de flores, hemos sido arrastrados de paseo en paseo, de baile en baile, de espectáculo en espectáculo, por espacio de muchos días, sin que entre tanto movimiento y agitado remolino nos hayamos podido dar cuenta del menor incidente. Solamente, como el recuerdo de una pesadilla, conservamos algunas palabras vagas, y éstas porque las hemos oído muchas veces en la vida y siempre con igual repugnancia: «La teoría del amor por varios aficionados de menor edad».

Pero, señor, ¿no es cosa chocante que la flamante sociedad, basada precisamente en el sistema de innovaciones, no invente otro tecnicismo amoroso o dé otra forma a sus discursos?

¿Y no es muy notable también que las precoces mujeres de hoy no escarmienten en los ejemplos de sus inmediatas predecesoras, a propósito de babeos y de tiempo perdido?

¡Oh ficción!... Comprendo que un gastrónomo coma tronchos de repollo antes que dejar hambriento su estómago; pero no concibo que una mujer sin amor de ley apechugue con un pollo, como no concibo que una flor, por no tener un seno en que ostentarse, anhele los besos de un caracol o los mordiscos de una oruga.

Debe suponerse que lo que queda dicho se refiere puramente a la vida normal de la población, que ha sido el introito y nada más de los cinco últimos días, cuya historia, al escribirla con todos sus pelos y señales, no cabría en las columnas de La Abeja Montañesa.

Cinco días: cuatro bailes de campo, una tarde de regatas y de cucañas, una noche de fuegos artificiales y cuatro corridas de toros. ¿Puede hacerse más en menos tiempo?

Imposible. Hoy, que ya lo vemos desde la parte de acá, nos parece milagroso haber pasado por ello sin avería de consideración.

No era el asunto para menos.

El recinto de Santander ha sido manga de regadera, urbeta de trasiego.

En cada lugar del espectáculo caía la gente como un aguacero y siempre llovido del espectáculo anterior.

Y a fe que al caer se agarraban; baile hubo que no se deshizo ni a chubascazos.

Allá va un cuento:

Había, tiempo ha, un lego franciscano, tragón como un molino y gorrista como un lego, pero que, más diestro o menos desvergonzado que todos los de su laya, jamás se introducía en casa de su vecino sin una disculpa que lo autorizase. Esta disculpa era un par de morrillos que llevaba dentro de su insondable manga con el inocente y modesto designio de que se los guisasen para comer.

-Pero, padre -le decían-, ¿es posible que usted se alimente con tal sobriedad?

-Hijos míos -contestaba el padre con la mayor mansedumbre-, a todo se hace el hombre, aunque sea a comer piedras; y entiendan que, bien guisadas, buenas son.

-Pues sírvase su paternidad decirnos la receta, porque como nunca las hemos guisado...

-La receta, hijos míos, es muy sencilla. Primeramente, pondréis las piedras en salsa verde... o amarilla -que en esto de colores no reza nada el seráfico padre-; después lo revolveréis todo con media docena de huevos bien duritos...; algunos suelen añadir unas magritas de jamón, yo prefiero unos embuchaditos, y media libra de carne de puerco en albondiguillas...; un jarrito de buen blanco y, en fin, todo lo más sencillo que encontréis y que la santa caridad os dicte...

-Pero, reverendísimo, ¿y las piedras?

-Las piedras..., las piedras me servirán para cenar.

«¿Y a qué cuento viene aquí este ídem?», dirá muy oportunamente algún lector.

Sea, por un momento, la plaza de toros la piedra, la tajada fundamental; llamemos al público lego, y a los bailes de campo, regatas, cucañas..., y al aire libre, la salsa económica... Ahora, el que sepa matemáticas que me entienda.

El teatro, como temíamos, sufrió una cogida, y no murió de ella, a causa de haberlo tomado como lugar sagrado los que no cabían en otra parte.

Esto no es extraño. ¿Quién no cede a las tentaciones del baile? ¿Cómo preferir uno solo de luneta, bajo un techa no muy alto, a la frescura y refocilamiento que producen un par de piruetas a la intemperie?

Y con doble motivo estando el templo de Terpsicore a pocos pasos de la plaza de toros.

De ambos recintos os diera, lectores amabilísimos, minuciosos detalles; pero el tiempo es corto y la tirada apremia; otra vez será otra cosa.

Entre tanto, después de las recientes zambras y jaleos, ¿pensáis que Santander ha quedado como un campamento militar pasada la batalla, es decir, asolado?

Pues nada de eso; es un volcán apagado, pero que deja sentir en sus entrañas las señales de otra erupción.

Aun se habla de otra media corrida, aun faltan muchas romerías, aun restan muchos bailes, y por si esto es poco, dentro de cuatro o cinco días empezará Teodora Lamadrid a arrastrar al teatro a ese mismo público que hoy le abandona, porque... así le vendrá mejor...

Paredes



(De La Abeja Montañesa.)

Agosto de 1859.