Cristóbal Colón, Parte 2

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El Museo universal (1858)
Cristóbal Colón, Parte II.
 de Felipe Picatoste.

Nota: se han modernizado los acentos.


CRISTÓBAL COLÓN. [1]
II

De la capitulación entre Cristóbal Colón y los Reyes Católicos se ha hablado por todos. En esta capitulación firmada entre unos reyes poderosos y un humilde vasallo se estipuló que Colón sería almirante de todo el mar y tierra que descubriese, conservando este título para sus hijos y sucesores; que sería virrey y gobernador de las islas o tierra firme a que abordase, y tendría derecho para proponer al rey tres personas para los cargos de gobernadores de las nuevas provincias, eligiendo uno de ellos la corona; que se reservaría el diezmo del oro y piedras preciosas que encontrase; que sería el único juez en los litigios que ocasionara el nuevo comercio, y por último, que contribuiría a todos los gastos con la octava parte, recibiendo también un octavo del beneficio.

Desde entonces solo se pensó en la nueva expedición a los mares desconocidos; los reyes designaron el puerto de Palos de Moguer para la partida; pero en vano se buscó en esta población quien quisiera prestar sus buques para una empresa que se creía de todo punto imposible. Para salvar este inconveniente se mandó por un decreto real que los magistrados se apoderasen de los buques que creyeran convenientes y obligasen a su tripulación a darse a la vela con el descubridor: pero solo hubo necesidad de poner en ejecución esta orden despótica para uno de los buques llamado la Pinta. Los otros dos que componían la expedición los proporcionó Martín Alonso Pinzón, rico navegante, que según algunos, prestó a Colón el dinero suficiente para cumplir la última condición de su tratado con la corona.

Llamábanse estos otros dos buques Santa María y la Niña. Eran todas pequeñas embarcaciones llamadas carabelas, y descubiertas a excepción de una de ellas. Dispuesto ya todo para la partida, se despidió Colón de su hijo y de los buenos frailes de la Rábida, y se dio a la vela el viernes 3 de agosto de 1492, en medio de las lágrimas de los habitantes que creían perdidos para siempre a los marineros. Solo Colón permaneció sereno en aquella tierna despedida; porque solo él veía más allá de los mares riquezas inmensas. Lo que para otros era causa de temor, le infundía más esperanzas. Por fin podía penetrar en aquel inmenso Océano objeto de sus desesperanzadas miradas y de las ilusiones de toda su vida.

Su incansable fe había vencido ya todos los obstáculos; su fe que basta por sí sola para desmentir el ridículo cuento que refieren algunos extranjeros, de que un portugués que murió en su casa en la isla de Madera le había comunicado el descubrimiento del Nuevo Mundo.

Al tercer día de viaje se descompuso la Pinta que mandaba Martín Pinzón, lo cual fue causa de que la escuadrilla parase tres semanas componiéndola en las Canarias. Continuaron después el viaje yendo en aumento la desesperación de los marineros que veían una muerte segura al fin de aquella loca expedición, hasta 13 de setiembre en que el futuro almirante descubrió la desviación de la aguja. Turbóse algo con este descubrimiento inesperado y sobrenatural según se creía, y lo quiso ocultar a la tripulación; pero ya esta lo había observado y daba rienda suelta a sus temores. Y en efecto, no parecía sino que un poder desconocido variaba allí las leyes de la naturaleza; la profundidad del mar cada vez mayor hacía creer a los marineros que caminaban hacia un punto en que no habría fondo; la serenidad y falta de movimiento que se observa en aquellas aguas comunicaba tristeza y desanimación a sus almas; la desviación de la aguja les hacía perder la única esperanza de volver a su patria.

Colón les animó algún tanto dándoles una explicación de este fenómeno, sino verdadera, ingeniosa, y continuó navegando hasta el 1.° de octubre en que volvió la tripulación a manifestar ya abiertamente su descontento: llevaban andadas más de setecientas leguas, según el diario de Colón. Los marineros no sabían la verdadera distancia que les separaba de su casa porque el Almirante rebajaba diariamente algunas leguas para no alarmarlos; pero era ya tal su desesperación que Colón lo hubiera pasado muy mal a no haberse presentado en los días siguientes señales inequívocas de tierra.

Por fin la noche del 11 de octubre un marinero llamado Bermejo dio el grito de Tierra! El cañón de la Pinta resonó por primera vez en aquellas apartadas regiones; y desde aquel momento no se puso el sol en los dominios de la corona de España. La efusión de alegría que debió sentir Colón en aquel instante no puede expresarla la pluma. Figúresela el que pueda.

A la mañana siguiente descubrió una isla llana y muy fértil a que puso por nombre San Salvador. Los naturales la llamaban Guanahani. Colón bajó a tierra, la besó respetuosamente; plantó en ella el estandarte de Castilla, y puesto de rodillas dio gracias en una ferviente oración al Todopoderoso.

Había derrotado a los doctores y teólogos que se burlaban de él: su orgullo por tan extraordinario triunfo, toda su venganza la expresó en las siguientes palabras: « Bendito sea Dios que da la victoria y el triunfo al que sigue sus caminos.»

En esta como en otras muchas ocasiones nada es capaz de dar mejor idea de Colón que sus mismas palabras. A su salida de España principió un diario en que se retrata su alma en el estilo claro, sencillo, lleno de nobleza y dignidad; cuando habla de si propio lo hace con modestia y sin presunción alguna; sus descripciones no tienen artificio, no son más que las gratas impresiones que causaban en él el mar sosegado, la vegetación primitiva y el clima tan apacible de las nuevas islas. Para ponderar lo hermoso de una isla dice solo; quisiera vivir en ella eternamente; no sé cómo salir de aquí. Créese enviado por Dios para la propagación de la fe católica, y sufre con resignación los trabajos solo con la esperanza de que con ellos ha de producir grandes bienes a la Iglesia. Sus desgracias, según se desprende de sus palabras, no las siente por si mismo porque es deudor de su vida al Sumo Criador y porque otras muchas veces se ha hallado tan reciño a la muerte que el menor paso era el último que se estaba para padecerla, sino por la gente que llevaba esperando un próspero suceso, y que por él abandonó sus hijos y mujeres.

Los habitantes de Guanahani repuestos de su primer sorpresa, le agasajaron con pedazos de oro que llevaban colgados de varias partes de su cuerpo. Estos obsequios inflamaron la imaginación del Almirante que creia haber descubierto las islas de Marco Polo, y que más allá encontraría la de Cipango y el rico Catay.

Detúvose allí Colón tres días y salió a recorrer el archipiélago de Bahama, descubriendo las islas de la Concepción, Fernandina (Exuma), Isabel (Isla larga), y por último, el 28 de octubre la de Cuba, que creyó era la deseada Cipango, y que después hasta su muerte tuvo por tierra firme. El 5 de diciembre descubrió la Española (Haití) y el 24 naufragó una de las carabelas, quedándose solo con la Niña, pues Pinzón con la Pinta había desertado días antes.

Erigió Colón una fortaleza, que llamó de la Navidad en la Española y dejando allí una pequeña colonia, salió para España el 2 de enero de 1493. Su viaje fue desgraciadísimo por las furiosas tempestades y viento contrario que le persiguieron, tanto que creyéndose perdido, arrojó al mar encerrados en barriles, algunos escritos en que daba cuenta de sus descubrimientos. Tres siglos después se ha encontrado alguno de estos barriles.

Desembarcó, por fin, en las Azores, de donde habiendo sido hecha prisionera por los portugueses, llenos de envidia, la mitad de la tripulación, salió por temor de que le causasen algún perjuicio. Tal fue el primer recibimiento que tuvo el descubridor de un mundo entre los hombres civilizados. — De allí fué a Lisboa y el 5 de marzo entró en Palos.

Difícil es dar idea de la alegría que recibió este puerto y toda España, con su feliz arribo. Los reyes le llamaron a Barcelona, y le recibieron en público en un trono preparado al efecto. Presentóse Colón a caballo rodeado de toda la corte, de los indios que había traído consigo, y de.criados que llevaban el oro, algodón, producciones y animales del Nuevo-Mundo. Los reyes le recibieron amistosamente, haciéndole sentar a su lado y escuchando atentamente la relación de su viaje.

Como en la imaginación privilegiada de Colón todo era grande, volvió a hablar a los reyes de un proyecto que va les había indicado antes de su salida, y que era, si cabe, tan magnífico como el descubrimiento. Volver al poder de los cristianos el Santo Sepulcro. Los reyes se rieron al oir esta proposición por primera vez. « VV. MM. se rieron de mí cuando lo dije:» dice él mismo en una de sus cartas. Y en efecto que era cosa de risa ver a aquel hombre mal vestido y casi hambriento, querer llevar a cabo una empresa en que no se atreverían a pensar muchos reyes.

Este fue uno de los objetos que llevaron a Colón al Nuevo-Mundo, porque creía que con las riquezas que de él sacara se hallaría en pocos años en disposición de armar por si solo un ejército.

Con el deseo de llevar a cabo cuanto antes sus gigantescos proyectos, aceleró cuanto pudo los preparativos para su segundo viaje, dándose por fin a la vela el 25 de setiembre, al frente de diez y siete buques, con unas mil quinientas personas.

Cuando esta segunda expedición llegó a la Española, no encontró vestigio alguno de los españoles que en ella había dejado Colón; nadie salió a recibirle; nadie contestó a los cañonazos de los buques La fortaleza estaba arruinada, quemada y llena de restos de ropas españolas, y al escavar un poco las cercanías, se encontraron los cuerpos de once soldados asesinados. Los nuevos colonos privados de jefe habían abusado del trato amistoso de los indios, olvidando los preceptos de Colón, y estos les habían dado muerte.

Desde aquel momento principió a eclipsarse la fortuna que por tan poco tiempo había protegido a Colón: aquel desastre abrió la puerta a todas sus desgracias. Fundó allí una ciudad a que puso por nombre Isabela, y poco después salió a recorrer las islas cercanas, descubriendo una porción, entre ellas las de los jardines de la Reina y la de Jamaica; costeó también la isla de Cuba y hubiera continuado su viaje a no habérselo impedido una grave enfermedad.

Mientras tanto los españoles divididos y buscando ansiosos el oro, estaban en continua lucha con los naturales, que principiaban a mirarles no ya como iguales, sino como seres inferiores a ellos por sus vicios, y a negarles la comida y el precioso metal que tanto ambicionaban. En esta situación, desesperados, porque eran un engaño las inmensas riquezas prometidas, volvían los ojos a su patria y maldecían al ambicioso genovés que los había llevado a aquella ingrata tierra. Colón no ignoraba nada de esto, pero contemporizaba con los descontentos, y creía suficiente ir evitando con la mayor prudencia los motivos que les impulsasen a una abierta rebelión. En los últimos buques que habían llegado a la Española había ido su hermano Bartolomé, única persona quizá de quien allí podía fiarse, y a quien nombró adelantado, dando con esto motivo a nuevas quejas.

La envidia crecía cada vez mas: los españoles se negaban a trabajar y querían obligar a ello a los indios; les arrebataban sus mujeres e hijas; los trataban cruelmente, y se quejaban de que les traían poco oro. Quejábanse también de que Colón era duro con ellos, avariento, orgulloso; y varias veces estuvieron dispuestos a apoderarse de los bajeles y volverá España. Y no faltaron hombres fanáticos que vieran en la amabilidad de Colón para con los indios una transacción con la idolatría, ni ingratos a quienes había colmado de beneficios el Almirante y que inventaban en contra suya infames calumnias, que eran oídas con gusto por ser un extranjero el difamado.

Llegaron estas quejas a la corona, que nombró para averiguar la verdad a Juan Aguado, hombre que había sido protegido y recomendado por Colón, y que ensoberbecido de orgullo llegó a la Española, y sin enterarse de nada censuró todos los actos de Colón, le insultó y declaró nulos todos sus nombramientos. El Almirante se sometió a las órdenes reales y vino a España en junio de 1496 con Aguado. Los reyes le recibieron muy bien deshaciendo gran parte de los desaciertos de Aguado; pero en la corte y en el pueblo principió a decaer completamente el crédito del genovés, viéndose acusado de orgullo y de que era muy poco el provecho que se sacaba de su expedición, que no bastaba ni aun para resarcir los gastos.

Esta fue una de las razones que más crédito hicieron perder al Almirante, porque se decía que con su ciega ambición italiana había comprometido a la corona de Castilla en inútiles gastos. Todas las personas que en su primer vuelta a España buscaban su amistad, o eran, ahora que había decaído algo en el favor real, enemigos suyos, o por lo menos no le hacían caso alguno.

Después de enojosas dilaciones por fin el 30 de mayo de 1498 se dio Colón a la vela en San Lucar de Barrameda, llevando a sus órdenes seis buques, y rodeado de gentes de la corte que le profesaban el mayor odio. Varió en este viaje un poco el rumbo acostumbrado, y antes de llegar a la Española descubrió la isla de la Trinidad y visitó el golfo de Paria. Creyéndose Colón en el Asia buscaba entonces la primitiva mansión del hombre en la tierra, que suponía no debía estar muy lejos. Pero también tuvo que interrumpir sus espiraciones y retirarse enfermo a la Española, a donde las cosas iban de mal en peor. La conspiración había cundido mucho en la ausencia del Almirante; un tal Roldán se había puesto a la cabeza de los descontentos y recorría las provincias exigiendo gruesos tributos y cometiendo toda clase de excesos; los caciques indios se habían retirado con sus vasallos a las montañas y desde allí incomodaban cuanto podían a los españoles. Colón y sus hermanos Bartolomé y Diego se veían continuamente insultados y tuvieron que atraer a los rebeldes firmando una capitulación no muy honrosa. Mas nada se consiguió; siguió la insubordmación y el Almirante tuvo que emplear, violentando su carácter, algunas medirlas de rigor.

Todos los que venían a España traían quejas del Almirante y de sus hermanos, y la corona nombró por segunda vez un comisionado que se informase de la verdad. Fue elegido para este cargo Francisco de Bobadilla, hombre iracundo, que aconsejado por los amigos de Roldán, apenas llegó a Española mandó poner presos a Colón y a sus hermanos y los envió a España cargados de cadenas.

Colón desembarcó, pues, en la península con esposas y grillos como el más vil malhechor, sufriendo aquel ingrato martirio con la calma de un santo y la resignación de un héroe. Las cadenas podían oprimir su cuerpo, pero no abatir su alma.—Cuando llegó esta noticia a oídos de la reina, mandó que inmediatamente le quitasen aquellas cadenas que él conservó siempre colgadas junto a su cama como recuerdo de sus sufrimientos.

Su vida iba acabándose ya y temía que concluyera antes de realizar su atrevido proyecto de rescatar el Santo Sepulcro. Con este motivo escribió una carta a los reyes pidiéndoles que armasen una cruzada a que él contribuiría con todos sus esfuerzos. La corte no respondió a esta petición; pero en cambio autorizó al Almirante para hacer un nuevo viaje de descubrimientos que empezó Colón dándose a la vela en mayo de 1502. Sus viajes eran cada vez más desgraciados, de modo, que en este que fue el último no le quedó humillación ni dolor por sufrir. Llegó a Santo Domingo, donde mandaba Ovando el sucesor de Bobadilla, y le pidió que le dejase penetrar en el puerto a componer sus bajeles averiados. La contestación de Ovando fue una negativa insolente. Colón tuvo que retirarse con los buques en muy mala disposición y amenazando una tempestad, que casi acabó de inutilizarlos.

Sucediéronse sin interrupción unos temporales como nunca vieron ojos humanos. Colón se veía en una situación apuradísima, perdido en aquella mar, sin esperanza de socorro alguno, con las naves podridas y la tripulación enferma. Entonces escribió a los reyes una carta pintando sus padecimientos en la que se encuentran estas palabras que hacen asomar las lágrimas a los ojos.

«El dolor del fijo que yo tenía allí me arrancaba el ánima, y más por verle de tan nueva edad de trece años en tanta fatiga y durar en ella tanto. Mi hermano estaba en el peor navío y más peligroso; gran dolor era el mío y mayor parque le traje contra su grado.»

Se refiere aquí a su segundo hijo Fernando, que después escribió la vida de su padre y a su hermano Bartolomé.

A pesar de su avanzada edad de sesenta y siete años, y ya débil y enfermizo, solo desesperó una vez. Oígamos sus palabras:

«Las barcas volvieron adentro por sal y agua; mi hermano y la otra gente estaban en un navío que quedó adentro; yo muy solo de fuera en tan brava costa con fuerte fiebre en tanta fatiga: la esperanza de escapar era ya muerta; subí así trabajando a lo más alto, llamando a voz temerosa, llorando y muy aprisa a los maestros de la guerra de V. A., a todos los cuatro vientos por socorro: más nunca respondieron. Cansado me adormecí gimiendo y una voz muy piadosa oí.»

Esta voz, efecto del delirio de la fiebre, y que Colón tuvo por una aparición celestial, le animó a sufrir sus trabajos con resignación mostrándole ejemplos de la Sagrada Escritura.

El tiempo por fin les fue un poco favorable y la expedición pudo llegar a Jamaica después de haber visitado la costa de Honduras, la de los Mosquitos, Costa rica y Veragua.

Nuevos disgustos esperaban a Colón al acercarse a la parte habitada por españoles. Agitóse nuevamente la sedición, y el Almirante tuvo que emplear las armas en defensa propia. El estado de los pobres indios era ya lastimoso y en vano quiso mejorarle Colón; porque un desorden seguía a otro y se veía poco fuerte para imponer su autoridad. Los disgustos que allí pasó aceleraron mucho los días de su vida. Por fin el 5 de setiembre de 1504 abandonó por última vez aquellas regiones en que tanto había padecido.

Llegó ya muy debilitado a Sevilla desde donde hizo a la corte varias representaciones que no fueron escuchadas porque la benéfica Isabel que tanto le había protegido, acababa de bajar al sepulcro. Colón solo pedía que los honores que los reyes le habían concedido se perpetuasen en su familia según había acordado con la corona. Nada pido para mí, decía en sus cartas, sino para mi pobre hijo. Nunca obtuvo más contestación que buenas palabras, lo cual le proporcionaba amarguras que por fin le llevaron de este mundo el 20 de mayo de 1506. Su cadáver fue depositado en San Francisco, enterrado después en 1513 en el monasterio de Cartujos, trasladado en 1536 a la Española, y por último, a la isla de Cuba, donde permanece hoy.

En su testamento dejó dispuesto que heredasen sus títulos y honores, primero su hijo mayor Diego y después los hijos de este y a falta de ellos su hijo natural Fernando, y después su hermano Bartolomé; que su heredero dedicase el diezmo de sus rentas a socorrer a parientes pobres y a familias desgraciadas; que se erigiese si era posible en la Española una iglesia y un hospital titulados de Santa María de la Concepción; que se destinase una suma suficiente para vivir con honradez a uno de sus parientes que habitase y formase familia en Génova; que si ocurriese algún cisma en la Iglesia católica, sus herederos se pusiesen a los pies del Santo Padre ayudándole con su persona y recursos; que si les era posible armasen una expedición para rescatar el Santo Sepulcro, y si algún rey trataba de hacerlo se pusiesen a su lado y le ayudasen con todas sus fuerzas; que su heredero no usase más armas que las que le concedieron las reyes Católicos con el lema

Por Castilla y por León
Nuevo Mundo halló Colón;

y que solo se firmase con el título de almirante, etc.

Éste documento es el resumen de todos los deseos de Colón durante su vida; deseos que ya que él no pudo realizar quiso que llevaran a cabo sus herederos.

Tal es el hombre que con su admirable constancia nos dio un mundo. La España y todos los que estuvieron a su lado fueron muy ingratos con él. Ni aun el continente que descubrió, conservó un recuerdo suyo en su nombre. El premio que recibió fue escaso; sus padecimientos muchos: su lealtad y resignación inimitables.

En la historia de la ciencia hay muchos nombres célebres; pero se puede asegurar que no hay ninguno tan libre de toda mancha como el de Colón.

Felipe Picatoste.

  1. Véase el número anterior.