Cruzadas

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El ingenio de la mujer en asuntos de adorno es inagotable. Ella, buscando siempre nuevos atractivos que lucir, se ha puesto las botas polacas, el dormán húngaro, la blusa garibaldina, la chaquetilla torera, el sombrero andaluz, la casaca militar, el casquete griego, la redecilla de Costillares, el piqué morisco... y qué sé yo cuántas cosas más.

Líbreme Dios de poner en duda que, por lo que respecta a las bellas santanderienses, no ha sido cada uno de estos objetos de adorno un arma mortífera que ha diezmado las filas del bando patilludo.

Negar esto sería negar la verdad. Por lo que a mí respecta, confieso mi resistencia, que en la mujer, cuando la considero desde el punto de vista puramente estético (y adviértase bien esta salvedad, por lo que pueda tronar), me gustan todos sus caprichos de adorno, hasta el de los retorcidos cuernos que tanto han excitado las iras gacetilleras, iras que nunca he comprendido, pues mientras ellas los lleven, ¿qué diablos perdemos nosotros? Si los papeles se trocasen, la cuestión sería distinta.

Vuelvo a la inagotabilidad del ingenio femenil en el ramo de adornos.

Recientemente, después de haber recorrido todo el orbe en busca de moda, los de trajes y objetos raros que colgarse, y después de haber colgádoselos todos, la mujer se ha echado la cruz a cuestas.

Con este motivo, el teatro de Santander es un Calvario días ha, y cada garganta de una mujer, una estación.

El pobre público, que es el crucificado, anda cayendo aquí y descansando allá y errando siempre de cruz en cruz, buscando con los ojos la en que ha de sucumbir.

Desde que se ha descubierto esta cruzada de nuevo género, los pollos no saben a qué santo encomendarse ni cómo tornar el signo de nuestra redención desde que le ven por semejantes alturas. Algunos dicen que puede perderse la devoción a este signo venerando prodigándole en los espectáculos profanos. Yo creo todo lo contrario; si las que le llevan consintiesen el culto público, no habría un solo hijo de Adán que, a trueque de besar la cruz, no pagase una limosna.

Afánanse algunos observadores en buscar la significación emblemática de semejante adorno.

Yo quiero suponer que la mujer se le colgó como se cuelgan los pendientes, sin otro objeto que el de parecer bien.

Por consiguiente, la cruz sobre su pecho no significa hoy más que lo que a la imaginación del observador se le antoja. Hablo en la inteligencia de que las cruces no lleven lema, lo cual ignoro, pues nunca he tenido la suerte de verlas de cerca.

¿Y de qué me servirá el lema, ahora que me acuerdo? Las cruces de ese Calvario no tienen a mis ojos otra significación que la que les presta la mujer que las arrastra. Así, por ejemplo, sobre el pecho de una morena de mirada firme y continente grave, me parece hallar el lema de Constantino: In hoc signo vinces.

Sobre la inquieta rubia de mirada sutil y risueña boca, ¿quién no lee en sus brazos (los de la cruz) el popular proverbio: «Tras de la cruz, el diablo»?

Jamás he visto este adorno sobre el pecho de una pálida, de mirada firme, delgados labios y cabellera lánguida, que no se venga a las mientes la inscripción famosa de más de un apartado y lóbrego desfiladero:

Aquí mataron a un hombre;
rogad al Cielo por él.

Bajo un rostro diáfano y sereno, sombreado de rubios ondulantes cabellos, de la cruz, una cruz quiere decir: «Aquí está la caridad; ten, pasajero, fe y esperanza...».

Y basta de ejemplos, que los citados sobran para explicar mi modo de ver en este asunto, asunto delicado por demás, que abandono temeroso de que, en fuerza de andar revolviendo cruces, salga al fin crucificado.

NOTA. -Si me dejan escogerla a mi gusto, acepto, desde luego, el suplicio de la cruz.



(De La Abeja Montañesa.)

15 de diciembre de 1864.