Cuadros del país

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El concejo de mi lugar

Un salón inmenso. Frente a la puerta de entrada hay una mesa enorme, ocupada por los concejales. Preside la sesión el ALCALDE a cuya derecha está colocado el MAESTRO de escuela en propiedad, sacristán honorario, ex dómine de toda la comarca y a la sazón Secretario. En pie, y separado algunos pasos a la izquierda de la mesa, está el Ministro alguacil con un garrote en la mano. El pueblo fuma, o habla por lo bajo, sentado alrededor de la sala. Nadie tiene la cabeza descubierta mientras no se halle en el uso de la palabra.


ALCALDE.- (Poniéndose en pie.) Señores..., atención. (Pega un garrotazo sobre la mesa.) He mandado tocar a concejo porque me parece regular que cuanto antes nos entendamos. Reunida la reunión de todos los vecinos de la vecindad del pueblo..., creo que no falta naide, ¿no es verdad?

ALGUACIL.- Sí, señor; todos están al aquel de la lista.

ALCALDE.- Corriente... Es que el que falte hoy afloja real y medio, sin que se lo quite el Sursum incorda.

MAESTRO.- (Por lo bajo, y a canto llano.) Habemos a dómine.

ALCALDE.- Digo, señores, que después de todo lo que ha pasado, como ustedes saben, sobre si a, o sobre b; el uno que arre, el otro que ticha, como dice la mi Gloria, que es más lista, Jesús María, que la pimienta, y que lo mismo sirve pa un fregao que pa un barrio, lléveme el gato al agua y atrápeme la vara, jin y cómo se relamberán algunos que yo conozco, y que no están muy lejos de aquí, de pura envidia y de coraje...

MAESTRO.- (Al oído.) Nada de personalidades, señor; tesis, tesis, mucha tesis, energía y precisión.

ALCALDE.- Energía..., procesión..., sépanlo ustedes: esto es lo que se necesita por de pronto para el escumienzo de la justicia.

MAESTRO.- (Aparte.) Santa Virgo Virginum. ¡Qué desafinación!

ALCALDE.- Digo, señores, que no hay mucho de qué tratar, y antes es preciso que me dé a conocer, porque, como dice la mi Gloria, lo primero es que te respeten, después harás lo que te dé la gana...

UN VECINO.- Pido la palabra...

ALCALDE.- En acabando yo. (Continuando.) Seis años hace que fui otra vez Alcalde; desde entonces acá, aunque me esté mal el decirlo, no ha habido justicia en el pueblo, ni orden, ni concierto...

EL EX ALCALDE.- Pido la palabra.

ALCALDE.- Silencio... ¡Hola!, te pica, ¿eh? Pues aguanta, hermano, que también aguanté yo; hoy por ti y mañana por mí; cosas del mundo..., y no digo más.

MAESTRO.- (En tono melifluo.) Señores, reclamo por breves instantes la atención del Concejo... Muchas veces sucede que por una falsa interpretación, a consecuencia de un error gramatical, originado por la inspiración del Momento, el entusiasmo..., la pasión..., el raciocinio, se confunden, y la síntesis en..., pues, como dice el orador romano: «Ratio enim...». Pero prosigo. El señor Alcalde, al tomar sobre sus hombros el rudo peso de la administración municipal, ha querido, exponer sin futurar ideas (imperfecto de indicativo), en un breve discurso, cuyo exordio (y no pasemos a la peroración, porque no llego a ella) no ha podido destacarse con toda claridad a causa del entusiasmo y efervescencia oratoria, y con motivo del... y la... Como dice Quintiliano... Zape, y cómo hace divagar la erudición. La erudición, señores, es un poquito comprometida: es preciso saberla manejar, a fin de no incurrir a cada paso en malsonantes cacofonías, en redundancias de mal gusto o en círculos viciosos...

UN VECINO.- Señor Alcalde, ¿se puede saber a qué hemos venido?

ALCALDE.- No interrumpa usted al orador. Adelante, Maestro, que va muy bien... Yo no lo entiendo; pero eso no importa.

MAESTRO.- No, señor. Renuncio al uso de la palabra. Veo que no hago efecto. (Sentándose.) «Vox clamantis in deserto».

ALCALDE.- Pues allá voy yo. Señores, después de lo que ha dicho el señor Maestro, nada me queda que añadir. Vamos al asunto de que quería tratar. El invierno está encima, en esto no cabe duda; las callejas están sin componer, porque desde que yo dejé la vara no ha habido para ellas un solo carro de piedra; hay que componerlas.

VARIOS VECINOS.- Corriente.

ALCALDE.- Pero es caso que hay que empezar por la más mala, que es la que va por delante de mi casa.

UN VECINO.- Mentira.

ALCALDE.- ¿Quién se atreverá a decir aquí más verdad que el Alcalde?

VECINO.- Yo, que creo que, no teniendo salida esa calleja más que a la taberna, debemos componer antes las que salen al camino real.

ALCALDE.- Al camino real... ¿Y para qué lo queréis ya con ese demontres de carru-ferril?

OTRO VECINO.- Pi... pi... ido la palabra.

ALCALDE.- Silencio.

VECINO. - No... o... o... o... o... ome da la gana..., ca... a... a... ana, ca... nario. Yo puedo hablar aquí co... o... omo el primero que e... ese... ese... presente, caa... anario.

OTRO VECINO.- Tiene razón.

MAESTRO.- Silencio, ciudadano.

VECINO.- Cuidao con poner motes, señor Maestro.

MAESTRO.- Yo no le he motejado a usted.

VECINO.- Usté me ha llamao ciudadano; y sepa usté que con mucha honra, por mar y por tierra, yo me llamo Juan Pandejo dende que nací.

MAESTRO.- Muy señor mío. (Aparte.) Esto es echar margaritas a puercos.

UN CONCEJAL.- A la calleja, señores, a la calleja.

ALCALDE.- Es verdad. A sortearla en seguida.

UN VECINO.- No hay sorteo que valga: esa calleja no se compone antes que las otras.

ALCALDE.- (Volviéndose a levantar.) Hombre..., ¿conque no se compone?...

VECINO.- No, señor.

ALCALDE.- ¿Conque no?

VECINO.- No, señor.

ALCALDE.- ¿Conque no, dices?

VECINO.- Que no, y requetenó.

ALCALDE.- Hombre... ¿y para eso debía ser yo Alcalde..., para eso había de haber gastado el dinero y la paciencia..., para que un pobre pelao se me subiera a las barbas? ¡Ay, si me oyera la mi Gloria, Virgen de la Encarnación! ¡Hombre, si usté no se quita de delante, hago una barbaridad!

MAESTRO.- (Al VECINO.) Huya usted, infeliz. «Henjugue eripe flamis».

UN CONCEJAL.- (Al MAESTRO.) No nos maree usted con su francés.

MAESTRO.- Seré una estatua marmórea... Sello mis labios. (Aparte.) Estoy de malas hoy... ¡Bárbaros!

VECINO.- (Contestando al ALCALDE.) Que me vaya yo del Concejo, pusupuesto... Antes he de cantar las verdades a alguno..., y puei que le pese.

ALCALDE.- Qué has de cantar tú, pelele.

VECINO.- Que, como siempre sucede, se quiere que trabajemos todos para el beneficio de uno solo; por eso al cabo del año todos salimos en cueros, menos el que sale gordo y bien vestido.

ALCALDE.- (Furioso.) Que coste quién sale gordo.

VECINO.- Usté, ya que quiere saberlo.

ALCALDE.- Yo..., conque yo... (Al ALGUACIL.) Menistro, al que se produzca como el señor, garrotazo y tente perro, que yo respondo de todo; ¡hola, hola!

VARIOS VECINOS.- Pobre de él y pobre de usté, si llega a levantar el palo.

ALCALDE.- Pues yo he de imponer orden.

UN VECINO.- Señores, o... o... opino que...

UN CONCEJAL.- Quítese usté la montera.

VECINO.- Caa... ana... anario. Noo... o... o... ome insulte usté, que sé más de co... o... o... o... os... oste... cortesía que usté y la perra que le parió. Canario. (Se quita la montera.)

MAESTRO.- (Interrumpiéndole.) Señores, seré muy breve, si por segunda vez me honráis con vuestra atención. Pretendo terciar entre tanta divergencia, a fin de que cada cual quede en su lugar sin perder su derecho y sin que sufra menoscabo su dignidad. Ardua es la cuestión propuesta, muy ardua. La calleja necesita componerse; pero la calleja pasa por delante de la casa del señor Alcalde. El pueblo se resiste a componerla porque cree que, obrando así, no resulta un beneficio general; teme, en una palabra, trabajar para que otro se recoja el fruto. Esta es la cuestión. Si conocierais los clásicos, señores, a fe que no os extrañara: «Ho sego versiculus feci: tulit alter honores. Sic vos non vobis midificatis aves»:

sic vos non vobis fertis asatra boves.


En los tiempos de Augusto se expresaba así Virgilio porque le habían robado la gloria de unos versos... En los tiempos de Augusto, señores..., ¿si será vieja la cuestión que nos ocupa? Pero aquí se trata, me diréis, de una calleja. Enhorabuena. El caso es diferente; pero en el fondo es igual. Bien pudiera echar mano de la lógica y hasta de la psicología, y haciendo una abstracción completa del yo moral, llegar, por una serie de razonamientos, a una conclusión irrefragable; o bien, por Medio de sofismas, envolverlos en una red sin fin, cual tela de Penélope...

ALCALDE.- Siéntese usté, señor Maestro, que, o yo soy muy bruto, o el Concejo se queda en ayunas.

MAESTRO.- Vuestra palabra es la ley, señor Alcalde. (Sentándose.) «Plus asinus negare poteste quam probare filosorus». (Alto.) Que otro talle.

ALCALDE.- Volvamos a la calleja. Sobre el particular de la calleja, dije y repito que es preciso componerla, y desde mañana.

UN PROCURADOR.- Protesto e interpongo apelación.

ALCALDE.- Pues proteste usté, que aquí no hay más autoridad que yo.

PROCURADOR.- Pero no atropelle usted a nadie.

ALCALDE.- Yo no atropello, que mando.

UN VECINO.- Que cante la ley.

ALCALDE.- Cantará.

VECINO.- Ahora mismo.

ALCALDE.- No me da la gana.

VECINO.- Pues a mí, sí.

ALCALDE.- Silencio, digo.

VECINO.- (Con ironía.) Porque usted lo mande...

ALCALDE.- Pues porque yo lo mando.

VECINO.- ¿Y quién es usted?

ALCALDE.- Más que usted.

VECINO.- ¿Más que yo?

ALCALDE.- Ahora lo verás... (Al ALGUACIL.) Dame ese palo... (Al VECINO.) Aguarda un poco. (En actitud de acometer.)

MAESTRO.- (Deteniéndole.) ¡Oh Dios de justicia! ¿Qué va usted a hacer?... ¿Va usted a entrar en pugilato con un subordinado?... ¡Oh, no en mis días! Representa usted una dignidad muy elevada para descender tan bajo. Esas cosas se contestan con la ley muda e inexorable. Considere usted que esta gente es muy estúpida y que sus palabras no pueden ofender a quien, como usted, lleva sobrepuesta al individuo la púrpura de los Césares, y en la mano, la balanza de Aestra. (Al público.) Señores incultos y selváticos, yo...

UN VECINO.- Que calle ese animal, o le largo una piña que le fundo seis costillas.

MAESTRO.- (Sentándose.) «Animalia ibant ete revertebantar majora».

VECINO.- Le digo a usted que no entiendo el inglés.

MAESTRO.- ¿Y entiende usted la lengua de Cervantes?

VECINO.- Lo que entiendo es echarle a usté por la ventana si le agarro por un faldón de la levosa.

MAESTRO.- «Numerus stultorum est infinitus». ¡Oh pueblo bárbaro, no te contesto porque no me comprendes. Tenga usted la bondad de no dirigirme otra vez la palabra.

VECINO.- Pues no se meta usted en camisa de once varas.

ALCALDE.- (Esgrimiendo el garrote.) ¡Silencio!

VECINO.- No me da el mal gusto.


(Le saca la lengua. El ALCALDE le tira con el palo. El pueblo se amotina y la sesión concluye... en la taberna, de donde salen todos más tarde dando tumbos y hablando en turco.)



13 de febrero de 1859.