Cuento de otoño

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ENRIQUE E. RIVAROLA



CUENTO


DE OTOÑO



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BUENOS AIRES
IMPRENTA DE PABLO E. CONI É HIJOS
680 — PERÚ — 680

M DCCC XCII
CUENTO DE OTOÑO


I

¿Habrás envejecido, inspiradora
radiante musa de la edad primera?
Perdida tu ilusión ¿serás ahora
alguna insoportable majadera?
¿Habrás, reverendísima señora,
muerto para los cantos? Si tal fuera,
no te acerques; te digo lo que siento:
de sobra están las musas en mi cuento.

II

¿O á mi vendrás, sencilla al par de hermosa,
fresca de juventud, rica en anhelos,
para envolver, con mano cariñosa,
la noche de mi frente en luz de cielos?
Entre perfumes de jazmín y rosa,
velada apenas por traidores velos,
¿á mi vendrás inspiración divina,
en adorable forma femenina?

III

Así en un tiempo de feliz memoria,
noche á noche en mi estancia te vela,
cantábamos los dos himnos de gloria
y en mis trémulos brazos te sentía.
Cuánta pasión! cuánta amorosa historia
al son del canto referir solía!
Ah! cuánta sacudida al pensamiento
para escalar los astros prestó aliento!

IV

Dejemos esas cosas, y al asunto.
De labios de mujer oí el suceso;
y si hoy en versos incoloros junto
la narración aquella, no por eso
desconozco que, á andar punto por punto,
seria preferible en tierno beso
simbolizar la historia. Oh, discreta
lectora, esto no es mucho en un poeta!

V

Era en el mes de abril. Amarilleando,
próximas á caer, las hojas muertas
gemían suavemente, al soplo blando,
en los tupidos cercos de las huertas.
El crepúsculo, rápido avanzando,
sombras tendía en calles ya desiertas;
y al lánguido reposo sucedía
de la noche la extraña algarabía.

VI

Aquí el grillo, con voz de tenorino,
cantaba el Trovador, junto á una rana
encerrada en un charco del camino;
y ella, perdida su ilusión temprana
por la ruda crudeza del destino,
asomaba del charco á la ventana,
y, con voz que á una legua se la oía,
á los cantos del grillo respondía.

VIII

Jilgueros y palomas transformaban
los árboles del monte en mundos chicos;
del durazno á los álamos saltaban
con gritos cortos y rumor de picos;
las alas inseguras agitaban
la pluma de sus blandos abanicos;
y parecía aquello un beneficio
de artistas á favor de algún hospicio.

VIII

Extraviado en el campo, — al paso lento
del corcel que, agitando la cabeza,
la humeante nariz dilata al viento, —
Jorge Morales á soñar empieza,
y siente que atraído el pensamiento
va al pasado feliz, — esa belleza
de los recuerdos, que á Musset encanta,
y en Dante los dolores agiganta.

IX

"Un recuerdo feliz quizá es más cierto
que la dicha", el cantor de Rolla exclama;
y el Gibelino, en el dolor experto,
inflamado en celeste y viva llama,
doliente el alma ante el pasado muerto,
dice, pensando en la Beatriz, que aun ama :
"No hay un dolor mayor que la memoria,
en tiempo cruel, de una feliz historia!"

X

Yo, de mí sé decir que no sé nada.
Los dos tienen razón: Musset y Dante.
En el fondo de un alma enamorada,
el recuerdo feliz de un pecho amante
es dicha dulcemente acariciada,
y es honda herida de dolor punzante.
No hay dicha sin dolor en este mundo,
y algo deleita en el dolor profundo.

XI

Cuando un imberbe adolescente inclina
la frente triste y á pensar se entrega,
de fijo una silueta femenina
en sus ensueños tentadora juega.
La mujer es la forma peregrina
del ideal, — y la Fortuna ciega
es mujer, y la Aurora, Venus, Ceres,
como son cosas lindas, son mujeres.

XII

Así Jorge, al pensar, piensa en su amada,—
un Pimpollo de rosa, en sus veinte años,
que en una venturosa temporada
de Mar del Plata conoció en los baños.
Su esperanza una ola alzó agitada,
otra ola llevó sus desengaños,
y al cabo de dos largas primaveras,
feliz mortal, se hizo querer de veras.

XIII

Se hizo querer. Difícil es, lectora,
decir cómo se quieren dos sugetos
cuando es ella vivaz y seductora,
de alegre sonreir, de ojos inquietos,
y él es un Juan Tenorio, que una hora
no pierde en la partida. En los secretos
de una pasión entremos sin embargo,
aunque parezca el cuento un poco largo.

XIV

Primero, una mirada que acaricia;
después, una mirada que pregunta;
luego, aparece la ocasión propicia,
y la palabra ardiente al labio apunta,
El, la campaña con tesón inicia;
trémulas manos el cariño junta;
y si el guardián celoso clava el pico,
se besan por detrás del abanico.

XV

Oh, júbilo! celeste arrobamiento,
dicha que el linde de las dichas toca,
las fuentes descubrir del sentimiento,
volcar el alma en una linda boca.
Tántalo redimido, en un momento
manantiales beber con ansia loca....
Pero, silencio! sin querer me abismo
en los obscuros antros del realismo.

XVI

Será, tal vez, más cuerdo dar un salto,
callando alguna escena que pondría
á la honesta lectora en sobresalto.
Es discreto callar. Majadería
fuera, en quien narra historias, no hacer alto
cuando el caso requiere; y á fé mia,
es duro de narrarse cuanto pasa
cuando se duerme el dueño de la casa.

XVII

Y era de este poema la heroína
tan limpia de conciencia como el cielo,
tan pura como el agua cristalina;
tierna paloma en inocente vuelo,
alma virgen en forma peregrina,
visión celeste en el terreno suelo....
¿Que amó? Será! Mas no hay libro sagrado
que diga que el amor es un pecado.

XVIII

Muy lejos de eso, Salomón el sabio
acerca, en el Cantar de los cantares,
llena la copa hasta el sediento labio;
y está puesta la Biblia en los altares
sin que á nadie le ocurra que hay agravio
para el Señor. Son cosas singulares
que demuestran que al cabo son hermanas
la divina pasión con las humanas.

XIX

Todas estas maduras picardías,
tan maduras que caen como el fruto
del árbol,— al hacer filosofías,
inclinada la frente, el rostro enjuto,
las piensa Jorge: luego no son mías,
ni son del fatigado y noble bruto,
que antes prefiere su modesto pienso
que en altares de amor quemar incienso.

XX

Prosigo el cuento. Aquel amor tranquilo,
la santa paz y la ventura aquella,
se oscurecieron en dolor. De un hilo
pende la dicha. Rápida la estrella
al horizonte marcha, y yo vacilo
entre dejar la fulgurante huella,
ó describir cómo se pone un astro
de alma de luz y carne de alabastro

XXI

Porque era un astro en marcha al horizonte
Silvia enferma, doliente, quejumbrosa;
era más, era el sol que tras el monte
esconde la cabeza perezosa.
No seré yo quien sin temor afronte
el caso de decir cómo una rosa
empalidece, á marchitar empieza,
y dobla sobre el tallo la cabeza.

XXII

Diré sencillamente y sin rodeos,
como cumple á lo grave de la historia,
que Silvia, entre adorables fantaseos,
perdida la razón, marchó á la gloria,
Murió como los ángeles. Deseos
del cielo la llamaron. Su memoria
quedó. Voló el perfume de la rosa,
y una flor más perdió la mariposa.

XXIII

Una tarde de abril es tarde triste;
una puesta de sol el alma apena;
oscuras sombras el espacio viste,
rumor de quejas en el aire suena;
sin brío y sin calor la luz resiste,
la sombra avanza, el infinito llena:
y, como lumbre y armonías quiere,
el hombre sufre si la tarde muere.

XXIV

Siente Jorge la herida más abierta,
más amargo el dolor, más duro el sino,
la suerte de la vida más incierta,
más escabroso y áspero el camino.
En la tarde de abril y en la desierta
soledad de los campos, peregrino,
es más cruel á su misera existencia
la injusta pena de la eterna ausencia.

XXV

Ausencia! Ausencia! Fuente de amargura,
lazo de flores que el dolor desata;
rayo de sol trocado en noche oscura;
nube que el viento sopla y arrebata;
martirio estéril; ley suprema y dura;
veneno que en el pecho filtra y mata;
porque es muerte la vida en quien no alcanza
á ver en otros ojos su esperanza.

XXVI

Y Dios que dió la ausencia, dió la mente
para evocar recuerdos del pasado
y dar vida ideal al ser ausente.
En sus hondas tristezas refugiado,
el corazón escucha, mira, siente
la voz, la forma del objeto amado:
labra una estatua, y con su propio aliento
le da vida, calor y pensamiento.

XXVII

Jorge, los ojos al alzar, veía
sobre las hierbas, entre el denso velo
que tiende al mundo el expirante día, —
como formada de un girón de cielo,
la dulce imagen que soñar solía
tenue flotar sobre el obscuro suelo, —
convertirse en mujer, gallarda alzarse,
de onda de luz en carne transformarse.

XXVIII

Vestía blanca saya, y en su pecho,—
que el cincel en la estatua de una diosa
perfilara, — las hojas del helecho
extendian su palma primorosa.
En cascadas finísimas deshecho
su cabello caía; y más hermosa
que á la luz de la vida fué despierta,
era la aparición de Silvia muerta.

XXIX

Ve, Jorge, con aspecto dolorido,
la visión acercarse. De la seda
del traje femenil siente el crujido;
perfume de mujer la brisa leda
lleva hasta él; y absorto, conmovido,
mudo y en actitud de asombro queda,
mientras el sol, en lánguido desmayo,
de los cielos retira el postrer rayo.

XXX

"Me amas aun?" pregunta con acento
dulce, como la música lejana
que en las tardes serenas trae el viento;
triste como el clamor de la campana
que vocea en la noche; hondo lamento,
voz vibrante en ternura sobrehumana;
arrullo de paloma tierna y casta;
voz de mujer enamorada, y basta.

XXXI

La voz de la visión de espanto hiela
á Jorge: vuelve rápido la brida,
con nervioso vigor clava la espuela,
y carrera veloz, despavorida
emprende por los campos; va que vuela
como el ave del buitre perseguida;
salva los fosos, los arroyos cruza,
y aterra á la noctámbula lechuza.

XXXII

No hay un hombre valiente y decidido
que, sin temblar ó extremecerse, aguante
que lleguen claramente hasta su oído
las voces de otro mundo; no hay gigante
que no sea en pigmeo reducido
si se ve con un muerto por delante,
y el muerto, desmintiendo los refranes,
alza la voz para explicar sus planes.

XXXIII

Esa es la condición misera y triste
de quien nace mortal, y en su pobreza,
á ultrapasar con ánimo resiste
la línea obscura en que la muerte empieza.
Blanca mortaja funeral reviste
de Silvia enamorada la belleza,
y es eso ¡Dios bendito! lo bastante
para llevarse el mundo por delante!

XXXIV

Pero, es en vano que huya el caballero
en fogoso corcel, y que del llano
busque el confin, y que el punzante acero
de las espuelas clave; es todo en vano!
De Silvia la visión, salto ligero
dió en los aires, tendió la blanca mano,
y de los hombros de su amante asida,
va en las ancas sentada y á él unida.

XXXV

La siente Jorge, vuelve la mirada,
y es más hondo el pavor que le domina
cuando ve la cabeza enamorada
que en sus doblados hombros Silvia inclina;
cuando la cabellera desflocada
de la visión celeste y peregrina
sacude el manto de oro, y, suavemente,
le toca con sus hilos en la frente.

XXXVI

Adelante! Adelante! A la aventura!
Alas más briosas no agitó el Pegaso!
Se extiende sin confines la llanura;
los horizontes se abren á su paso;
la noche lenta avanza; no fulgura
un solo resplandor del sol de ocaso,
y de los astros á la luz escasa,
evocación de infierno, el grupo pasa.

XXXVII

Y aun cruzarían la extensión desierta
el corcel desbocado, el caballero,
la enancada visión de Silvia muerta...
yo, que la historia de los tres refiero,
y tú, que hace una hora estás alerta
por saber en qué para el entrevero...
Pero, rodaron todos por el suelo,
y la visión de Silvia volvió al cielo

XXXVIII

No sé de qué pecados en castigo,
sin vida yace el cuerpo del amante,
tiene el espacio azul por manto amigo,
y por cirio una estrella fulgurante.
En tanto mudo, impávido testigo,
la luna llena asoma en el levante,
y tiende por los campos solitarios
rayos de plata en haces funerarios.

XXXIX

Y aquí el cuento acabó. ¿A qué ha venido?
No lo sé; me ocurrió matar las horas,
y el tiempo que se mata no es perdido.
Oh! musas de otros días! soñadoras
eternas! Si no sale entretenido
y digno de gustar á las señoras
este cuento, en el pecho se golpea
el poeta, y exclama: ¡culpa mea!

XL

Mea culpa! que al cabo da lo mismo.
Si consistiera todo mi pecado
en sentir por las musas fanatismo
y haber, para mi mal, versificado
desde la augusta pila del bautismo
hasta el sillón en que me ves sentado,
iría á la mansión que á Silvia encierra...
mas, como Jorge, quedaré en la tierra!


E. E. Rivarola.

 La Plata, Abril de 1892.