De gemidos quejumbrosos

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               I


De gemidos quejumbrosos,  
de suspiros lastimeros,  
vago suena en el espacio  
melancólico concierto...  
Son las campanas que tocan...  
¡Tocan por los que murieron!  
Plañidero el metal vibra,  
las regiones recorriendo  
de los valles solitarios,  
de los tristes cementerios,  
y también allá en la hondura  
de las almas sin consuelo.  
¡Vasto páramo es la mía,  
como abrasado desierto,  
como mar que no se acaba,  
y en ella un sepulcro tengo  
más profundo que un abismo,  
más ancho que el firmamento,  
y al eco de las campanas  
que en él se va repitiendo,  
los esqueletos se rompen,  
de mis pálidos recuerdos!  
¿Será cierto que pasaron,  
y para siempre murieron?  
¿Es verdad que cuanto toco,  
cuanto miro y cuanto quiero  
todo ilusión me parece,  
todo me parece un cuento?...  
Y que tuve un tiempo madre  
y que ora ya no la tengo...  
También un sueño parece,  
¡pero qué terrible sueño!  


Ayer en sueños te vi...  
Que triste cosa es soñar,  
y que triste es despertar  
de un triste sueño... ¡ay de mí!  
   
Te vi... la triste mirada,  
lánguida hacia mí volvías,  
bañada en lágrimas frías,  
hijas de la tumba helada.  
   
Y parece que al mirarme,  
con tu mirada serena,  
todo el raudal de mi pena  
se alzaba para matarme.  
   
Y también me parecía  
que tu acento desolado,  
llegando hasta mí pausado:  
«¡Ya estoy muerta!», repetía.  
   
Y al repetirlo, gimiendo  
el eco en el hondo abismo  
de mi pecho, iba así mismo  
«¡ya estoy muerta!», repitiendo.  
   
Y qué terror... qué quebranto  
aquel eco me causaba...  
Llegué a pensar que me hallaba,  
en la región del espanto.  
   
Y aunque era mi madre aquélla,  
que en sueños a ver tornaba,  
ni yo amante la buscaba,  
mi me acariciaba ella.  
   
Allí estaba sola y triste,  
con su enlutado vestido,  
diciendo con manso ruido:  
«Te he perdido y me perdiste»  
   
Y llorábamos... ¡qué horror!  
Llorábamos de tal suerte;  
ella lágrimas de muerte,  
yo lágrimas de dolor.  
   
Todo en hosco apartamiento,  
como si una extraña fuera,  
o cual si herirme pudiera,  
con el soplo de su aliento.  
   
Y es que el sepulcro insondable,  
con sus vapores infectos,  
mediaba entre ambos afectos,  
de un origen entrañable.  
   
Aun en sueños, tan sombría,  
la contemplé en su ternura,  
que el alma con saña dura,  
la amaba y la repelía.  
   
¡A la dulce, a la sin par  
madre que me llevó el cielo!  
¡Ah! ¡Qué amargo desconsuelo  
debe su tumba llenar!  
   
¡Aquélla a quien dio la vida,  
tener miedo de su sombra!  
¡Es ingratitud que asombra,  
la que en el hombre se anida!  
   
Mas tú que tanto has amado,  
tú que tanto has padecido,  
tú que nunca has ofendido,  
y que siempre has perdonado,  
   
a la que nació en tu seno  
sé que no guardas rencores;  
tú toda mieles y amores,  
aun de la tumba en el cieno.  
   
Ruega, ruega a Dios por mí,  
desde tu lecho de espinas,  
por donde al cielo caminas  
al alejarte de aquí.  
   
Y cuando al Dios de ternura,  
llegues de gracia cubierta,  
dile no cierre su puerta  
a esta humilde criatura,  
   
porque en santa paz unidas,  
donde no hay penas ni olvido,  
gocemos en blando nido,  
las glorias desconocidas.  


Como en un tiempo dichoso  
fui al campo por la mañana,  
que estaba hermosa y risueña,  
que fresca y galana estaba;  
fuime al romper de la aurora,  
cuando tocaban al alba,  
cuando aún los hombres dormían  
y los jilgueros cantaban,  
saltando de rosa en rosa,  
volando de rama en rama.  
   
Con su murmurio apacible,  
solita la fuente estaba,  
bajo el castaño frondoso  
que tiernamente la guarda.  
Y estaba la verde yerba  
toda cubierta de escarcha.  
Las tenues lejanas nieblas,  
cual vaporosos fantasmas,  
vagaban tristes y errantes  
sobre las altas montañas.  
   
El lejano campanario  
sobre las nieblas se alzaba,  
con sus graciosos festones,  
con su armoniosa campana.  
Y en torno al humilde templo,  
bajo su sombra guardadas,  
veíanse humildes chozas,  
aun más que la nieve blancas.  
   
¡Cuánta pureza en la atmósfera!  
¡Cuánta dulcísima calma,  
del cielo azul descendiendo,  
en torno se respiraba!  
Mas yo vestida de luto  
y aun más enlutada el alma,  
bajo las ramas del bosque  
bajo las ramas paseaba,  
soñando en sueños de muerte  
que nos rasgan las entrañas.  
Paseaba yo silenciosa,  
paseaba yo solitaria,  
mientras las aguas del río  
camino del mar rodaban.  
En vano, en vano buscando  
al ángel de mi esperanza  
que con sus alas ligeras,  
hacia los cielos tornara.  
¡Pobre ángel! pobre ángel mío...  
¡Cuánto en la tierra te amaba!  
¡Mas cómo no amarte cuando  
tus alas me cobijaban,  
si fueron ellas mi cuna,  
la cuna en que me arrullabas.  
Si fueron mi dulce aliento  
y el paño, ay, Dios, de mis lágrimas!  
Hora corren hilo a hilo.  
Hora mis mejillas bañan,  
bañan la tierra que piso  
y en su amargura me empapan,  
mas nadie viene, ángel mío,  
¡ay!, nadie viene a enjugarlas.  


. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


Ya el sol bañaba las cumbres  
de las risueñas montañas,  
ya disiparan las nieblas,  
las brisas de la mañana;  
ya despertaran los hombres,  
ya no tocaban al alba,  
cuando torné de los campos,  
paso tras paso a mi casa.  
Dejárala silenciosa  
cuando salí a la mañana,  
y silenciosa a mi vuelta,  
más que las tumbas estaba.  
En la solitaria puerta  
no hay nadie... ¡nadie me aguarda!  
ni el menor paso se siente  
en las desiertas estancias.  
Mas hay un lugar vacío  
tras la cerrada ventana,  
y un enlutado vestido  
que cual desgajada rama  
pende en la muda pared  
cubierto de blancas gasas.  
No está mi casa desierta,  
no está desierta mi estancia...  
Madre mía... madre mía,  
¡ay!, la que yo tanto amaba,  
que aunque no estás a mi lado  
y aunque tu voz no me llama,  
tu sombra sí, sí... tu sombra,  
¡tu sombra siempre me aguarda!  


Muchos lloran y lloran y se quejan,  
y entre quejas y llantos y suspiros,  
que hijos son del dolor,  
la ruda fuerza del dolor mitigan,  
cantando al son de lira cariñosa  
con plañidera voz.  
Yo ni lloro, ni canto, ni me quejo,  
mas en mi seno recogida guardo  
la hiel del corazón;  
y por eso, vivir, vivo muriendo,  
que sentir nadie sin morir pudiera,  
¡ay, lo que siento yo!  


        Rosalía Castro de Murguía.


De este folleto no se tiraron mas que cincuenta ejemplares, que van numerados y con el nombre de la persona á quien se destina cada uno.