De la Europa enferma. Los venenos de la guerra

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​De la Europa enferma. Los venenos de la guerra​ de Eduardo Gómez de Baquero
Nota: «De la Europa enferma. Los venenos de la guerra» (4 de noviembre de 1922) El Sol n.º 1.635.
DE LA EUROPA ENFERMA

Los venenos de la guerra


E

on su aparato teatral, en que se amasan elementos de opereta con elementos de tragedia—calaveras bordadas y homicidios de veras—, el fascismo ha ascendido a la categoría de signo de los tiempos, sin perjuicio de hacernos pensar en lo que decía Nietzsche del genio escénico de los griegos. Gaziel, el cronista de La Vanguardia, que ha heredado el elegante y pulcro estilo de Miguel de los Santos Oliver, con una visión, acaso más flexible y moderna de la realidad, le considera como una de las figuras del horóscopo de los tiempos nuevos que nos aguardan.

 Gaziel opina que el siglo XIX, comenzado en realidad con la Revolución francesa, terminó en 1914 con la gran guerra. Estamos en el dintel de un nuevo período. En el siglo XIX , el hombre, cansado de perseguir las verdades absolutas, se había acogido a un sistema de verdades relativas, que coexistían bajo un compromiso de tolerancia. Ha vuelto a surgir la sed de verdades absolutas, y por todas partes se observa un movimiento de reacción contra el espíritu de libertad y tolerancia característico del siglo XIX. Lenin, Carlos Maurras y Mussolini, son para Gaziel tres figuras representativas de este movimiento de reacción que conduce a conclusiones dictatoriales. Dos de ellos están ya en el Poder. El tercero tiene una considerable influencia espiritual.

 La tesis de Gaziel es de las que estimulan a la meditación y al comentario. En vano se proclama el fracaso de la filosofía de la historia. Filosofar sobre los hechos históricos, inquirir sus causas y perseguir sus consecuencias es una inclinación natural del pensamiento. en cuanto se eleva sobre el nivel primitivo de la curiosidad. Hay en estas interpretaciones el margen de error y de aventura de todas las hipótesis, pero también sus posibilidades creadoras. Sin el vuelo de la hipótesis, caminando paso a paso sobre el terreno firme de los hechos, poco hubiera adelantado el conocimiento humano.

 El momento actual es muy estimulante para esta elaboración de hipótesis, mas los materiales que nos ofrece son inseguros y engañosos. Europa está aún enferma de la guerra, y hay que discernir los síntomas patológicos de los indicios de una evolución normal. La situación de Europa es la de un enfermo que acaba de sufrir una peligrosa operación quirúrgica y está todavía bajo la acción de los anestésicos, sin los cuales no hubiera podido soportar el dolor de aquella cruenta prueba. Estos anestésicos fueron la exaltación de las pasiones del hombre de tribu, y un régimen de restricciones y de medidas dictatoriales. Gracias a ellos, el combatiente permaneció en las trincheras, en los aeroplanos y en los submarinos.

 Así como el paciente recién operado sigue bajo los efectos de un envenenamiento transitorio, y siente náuseas y perturbaciones hasta que logra eliminar el veneno del anestésico, Europa se encuentra aún envenenada por sus narcóticos de guerra. Del mismo modo que se daba éter y alcohol a las tropas de choque para que desplegasen el máximo de energía, le dieron a ella altas dosis de nacionalismo, de autoritarismo, de culto a la violencia. Se la descivilizó para que pelease hasta la muerte, y está muy reciente la anestesia de su humanismo para que podamos tomar sus náuseas y estremecimientos como signos normales de una nueva edad.

 Recordemos que estamos en 1922, y que la guerra terminó en 1918. Recordemos también los trastornos que siguieron a las grandes guerras de Napoleón; la generación de neuróticos engendrada por los hombres que habían mirado tantas veces a la muerte cara a cara, las convulsiones políticas, las sociedades secretas, las exaltaciones del romanticismo...

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 Es muy posible que los hombres que nos hemos formado en el siglo XIX estemos obsesionados por las imágenes y los ídolos de nuestro tiempo. A medida que avanzamos en la vida, vamos quedando prisioneros de nuestras ideas y nuestros hábitos, y es empresa heroica romper ese cerco. De ahí la falta de comprensión de los hombres de una generación frente a las auroras nuevas. Pero descartando este elemento de error, no es de creer que predomine el espejismo de las verdades absolutas, a menos que naufrague la civilización. En lo humano, de tejas abajo, no hay verdades absolutas. La civilización es coexistencia, cooperación y por consiguiente tolerancia. Exige el respeto de las verdades relativas y de una cierta independencia y espontaneidad de los individuos y de los elementos sociales, sin la cual desaparece la originalidad, y no hay más que imperios de Incas o de Aztecas, a merced de un puñado de individualidades fuertes y aventureras.

 ¿Y cuáles son las verdades absolutas de las tres personalidades típicas que cita Gaziel? Las de Mussolini son difíciles de descubrir por la indigencia da la ideología del fascismo. Su sistema parece ser el de pan y palo, sistema esencialmente oportunista que no es de principios sino de práctica. Probablemente, el Gobierno fascista será una serie de capitulaciones con la realidad, una aventura de garibaldismo negro, como las blusas de ahora, y cuyo peligro está en que las pretensas águilas de Roma quieran extender las alas más allá de las fronteras.

 Cuanto a Lenin hay que observar que en todo el siglo XIX, Rusia no ha sobrepasado el siglo XVIII de la gran Catalina, y muchas veces ha retrocedido. Políticamente, Rusia no ha conocido el siglo XIX, aunque en literatura, y relativamente en ciencia, estuviese empapada de él, cuanto lo permitía su levadura asiática. Ahora se encuentra en una situación parecida a la de Francia bajo el terror jacobino, aunque el régimen de los Soviets no parece asistido de las dotes de organización que mostró la Francia revolucionaria en sus peores momentos, y que eran debidas a la sanidad y equilibrio espiritual de su raza. Tampoco se perciben las verdades absolutas de Lenin. Su comunismo, que es un régimen inferior de sociedad primitiva, o de imperio incásico, ha conocido ya demasiadas capitulaciones.

 Únicamente en Maurras podrían vislumbrarse luces de verdades absolutas. Maurras representa la tradición católica y monárquica de la vieja Francia, el legitimismo adornado con un airón de literatura y modernidad. Mas, a pesar de la influencia, principalmente literaria y patriótica, de Maurras, no se ve que las doradas carrozas que estuvieron a punto de conducir a Versalles a Enrique V, cuando él hizo fracasar el viaje obstinándose en no renunciar a la blanca bandera flordelisada, estén en disposición de volverse a poner en camino, conduciendo a un descendiente de Felipe Igualdad... Esperemos...; esperemos que Europa vaya eliminando los venenos del anestésico.

     E. GOMEZ DE BAQUERO