De la Poesía Tradicional en Portugal y Asturias, I-IV

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La Ilustración Española y Americana, 1870
De la Poesía Tradicional en Portugal y Asturias
 de José Amador de los Ríos

Nota: se ha conservado la ortografía original

DE LA POESIA TRADICIONAL
EN PORTUGAL Y ASTURIAS.
ROMANCERO INÉDITO ASTURIANO.
I.

Bajo el título de Reina y cautiva ha publicado un periódico ilustrado de esta capital una traduccion española del precioso romance, que el renombrado vizconde Almeyda Garrett, uno de los principales ornamentos de las letras portuguesas en muestros dias, incluyó en su interesante Romanceiro (t. II, pág. 189) con el mismo epígrafe. Fiel el traductor á la memoria del distinguido crítico que levantó en el expresado Romanceiro un verdadero monumento de gloria á la civilizacion y á la lengua portuguesa, intenta autorizar la peregrina tradicion, que sirve de asunto al romance, vertiendo igualmente al español la nota con que lo dió á luz el docto Almeyda. «Ni en las colecciones españolas, ni en escritor alguno (habia dicho el ilustre y vizconde) se halla mencion siquiera de este lindo romance Reina y cautiva, que anda en boca del pueblo y se repite con escasas variantes desde Extremadura á Tras-os-Montes, y aun, segun mis noticias, yen las provincias transtagamas.—Por sus alusiones á Galicia, al señorío de moros que estaba allí cerca, y á la tierra de Santa María, que como todos saben y es el distrito entre Duero y Vonga, llamado en la actualidad Tierra de Feira, se ve que este poemita y su asunto son de los primeros tiempos de la monarquía.»

Tal era el juicio de Almeyda Garrett sobre esta popular tradicion, fiada á la más espontánea de las formas poéticas en la Peninsula Ibérica, y tal parece ser la opinion del traductor, que sigue copiando las palabras del crítico portugués en esta forma: «El romance tiene toda la sencillez homérica, todo el tono de la poesía primitiva. Cautivos y renegados cristianos, volviendo á sus tierras despues de robar á los mismos moros que los habian cautivado, se encuentran en muchas tradiciones; pero esa madre que bautiza á su hija con las lágrimas de sus ojos, es una creacion tan bella como los más grandes poemas de la antigüedad.»—Admitimos nosotros tambien el juicio del simpático cuanto infatigable colector del Romanceiro, no sólo en el concepto histórico, sino tambien en el concepto estético: para mosotros, el romance que Almeyda Garrett designó con el indicado título de Reina y cautiva, sobre revelar una antigüedad respetable, bien que no tal acaso como él mismo pretende, entraña todo un mundo de sentimiento y de poesía; pero nosotros no podemos admitir, como el traductor, que esta bellísima tradicion popular se limite al suelo portugués, como de las afirmaciones del malogrado Almeyda se desprende, sin que por esto pretendamos deslustrar en modo alguno la gloria por el último conquistada, al coleccionar su muy estimable y estimado Romanceiro.

Del romance Reina y cautiva podemos en efecto asegurar, lo mismo que de la mayor parte de las tradiciones orales consagradas por la poesía en Portugal. y recogidas con ilustrada diligencia por el celebrado autor del Fray Luis de Sousa. Garrett, movido de noble sentimiento patriótico y dominado irresistiblemente de los nativos encantos y de los rasgos de palpitante localidad, si es lícito decirlo así, que supo descubrir y saborear en aquellos cantares, sorprendidos por él en los labios de la muchedumbre, dejóse llevar más de una vez á muy absolutas afirmaciones, ocasionadas siempre á error y más peligrosas todavía, tratándose de una materia no trabajada y aun puede decirse vírgen, cuando en 1851 publicó su Romanceiro. Porque en verdad, sin que esto sea agravio á nuestros eruditos, si lograron éstos formar sucesivamente con los romances impresos en pliegos sueltos, durant todo el siglo XVI, copiosas colecciones, tarea á que puso no há muchos años digna corona nuestro sábio amigo D. Agustin Durán, ninguno hasta aquella fecha había buscado inmediatamente en la boca del vulgo esos tesoros inestimables de nacional poesía, cuyos veneros van por desgracia cegando á toda prisa los mismos plausibles progresos de la edad presente. Así que, si áun esplotada con afortunado ahinco la riquísima mina de las tradiciones populares, fuera siempre aventurado el concluir negando á una comarca limítrofe y hermana lo que de otra se supone original y privativo, mayor será el riesgo entrando por vez primera en campo jamás cultivado, ó mejor diciendo, trazando las primeras zanjas á una esplotacion por extremo vaga y fortuita.

Y que esto era inevitable, dadas las referidas afirmaciones por demás absolutas, lo han venido á demostrar los primeros ensayos hechos sobre el terreno de nuestras más antiguas provincias, en órden á los mismos romances tan celebrados por el doctor Almeyda. — En 1860 hicimos al suelo de Astúrias un largo y detenido viaje, para estudiar los monumentos arquitectónicos de la primitiva monarquía pelagiana; y al atravesar aquellos fértiles valles y encrespadas montañas, enriquecidos y consagrados por las más venerables tradiciones históricas de los primeros dias de la Reconquista, ocurríónos felizmente la idea de interrogar la memoria de sus moradores, por si vivia aún en ella el recuerdo de la antigua musa popular asturiana. Fué el éxito que obtuvimos muy su perior, en verdad, á cuanto podia lisonjear nuestra esperanza; y pocos meses despues, primero la Revista de la literatura neo-latina é inglesa, dada á luz en Berlin por el doctísimo Wolf y despues la Revista Ibérica, publicada en Madrid, dieron á conocer al mundo sábio el resultado de muestras investigaciones. –El pequeño ramillete de romances asturianos, que dimos entónces á luz, despertó la atencion de los más señalados críticos de Francia, de Alemania y áun de Italia, apresurándose algunos á incluirlo en más numerosas colecciones, como lo hizo el diligentísimo conde de Puygmaigre en sus Chants populaires recaeillis dans le pays messin, no sin establecer importantes relaciones generales con las poesías de igual género debidas á otras naciones de Europa.

No olvidó el erudito conde á Portugal, vislumbrando por los romances publicados mayores y más estrechas analogías en los que declarábamos poseer; y no se equivocaba por cierto. Figuraban realmente en la Coleccion de cantares, recogidos por nosotros en el centro de las montañas de Oviedo, crecido múmero de romances fundados en las mismas tradiciones del antiguo reino lusitano, que formaban sin duda la mayor y más gramada parte del Cancioneiro de Almeyda Garrett; y este simple hecho nos daba motivo, no ya sólo para comprender cuán aventuradamente procedió al resolver una y otra vez que eran aquellas exclusivas de la cultura portuguesa y formuladas por su musa popular, mas tambien para levantarnos á más altas consideraciones críticas, no sospechadas siquiera por investigador tan afortunado como diligente.

Comparando, en efecto, la Coleccion de romances asturianos por mosotros allegada en el indicado viaje arqueológico, con el citado Romanceiro, obteníamos el resultado, harto significativo, de que precisamente aquellos mismos cantares que Almeyda Garrett desigmaba como únicos, y en que descubria mayores rasgos de originalidad, atribuyéndoles antigüedad más respetable, vivian todos en la tradicion oral de las montañas de Astúrias. Tal sucedia con los designados bajo los títulos de: 0 captivo, la Infetcada, Sylvaninha, A Romeira, la Bella Infanta, Helena, doña Ausenda, don Duardos y el conde Yanno, que corresponden, con extremada exactitud, á los que en muestra Coleccion hemos señalado con los epígrafes de: Los cautivos, el Caballero burlado, Delgadina, el Honor vengado, La esposa fiel, Arbola, la Princesa Aleacendra, la Infanta y la Infantina. Y de todas estas nuevejoyas de poesía popular é ingénua, —exceptuada sólo la última, que tuvo sin embargo por más antigua, y otra puramente castellana, explanacion en su sentir de la portuguesa, —afirmaba, sin vacilar, Almeyda Garrett que eran genuinamente lusitanas, sin hallar correspondencia ni ménos reproduccion en otra alguna comarca de la Península Ibérica.

II.

Ahora bien: si todas estas poesías tradicionales tuvieron en la estimacion de crítico tan ilustre alta significacion é importancia, mostrándose él grandemente pagado y un tanto orgulloso de que pertenecieran á la musa nacional portuguesa, ¿qué no podremos decir nosotros, al hallarlas arraigadas en los apartados valles de Astúrias, viviendo sólo en la memoria de venerables ancianas pobres, sencillas é ignorantes, ó confiadas á la tierna inteligencia de niñas, no más ilustradas por cierto?... ¿Qué, al oirlas entonar con aquella especial canturía, que sólo resuena ya en las montañas de Córao y de Abamía, del Infiesto y de Covadonga, de Cangas y de Lena?... Sabemos en verdad que lo mísmo en el suelo lusitano que en las demás regiones de la Peninsula Ibérica, sometidas al yugo del Islam, sobrevivióá la gran ruina de Guadalete la raza hispano-latina, señalada desde aquella gran catástrofe con nombre de mozárabe: no desconocemos que tanto Almeyda Garrett, como el prestantísimo Alejandro Herculano, cifran en esta raza la mayor gloria portuguesa, aun reconocidos todos los elementos que entran sucesivamente á componer la poblacion de aquellas comarcas occidentales de la Península: no olvidamos por último que al llevar sus armas victoriosas á las regiones Oceánicas, hallaron en ellas un Fernando I y un Alfonso VI copioso número de habitantes cristianos, quienes no sólo los saludaban como salvadores, sino que les daban muy eficaz ayuda en sus empresas. Todo esto sabemos, y tenemos presente, al ver la insistencia con que el muy entendido colector del Romanceiro procura descubrir en los citados cantares el vigoroso sello de los sentimientos y de las creencias, que animaron á la grey mozárabe, pensando hallar en ellos la base de cierta nacionalidad poética.

Mas considerados todos estos hechos y quilatada debidamente su importancia ¿qué hubiera dicho el docto Almeyda Garrett al reconocer la existencia de los cantos populares de Astúrias, tan libres, tan espontáneos, tan ingénuos como han llegado á muestros dias? ¿Qué, al notar en ellos, con aquella perspícua mirada que distingue su crítica, mayor entereza y energía, más decidida inclinacion á los sentimientos y á las situaciones severamente trágicas, más aire, en fin, de montaña?. Para nosotros no es dudable que el raro ingenio y la ciencia histórica del colector del Romainceiro le hubieran preservado de la injustificada pretension de suponer que los moradores de Astúrias, — encerrados en sus montañas, desde que Ordoño II pone en Leon la córte de la creciente monarquia de Pelayo, á tal punto que parecen disociarse del movimiento general de la cultura, que entrega en breve su cetro á las Castillas, —habian de pedir á Portugal sus más espontáneas inspiraciones. Cuando Portugal comienza á tener alguna significacion, como pueblo, merced al valor, la emergía y la fortuna de Alfonso Enriquez, Astúrias cuenta ya cuatro largos siglos y medio de independencia, y á tal grado ha subido la obra de la Reconquista, bajo las enseñas de los Césares castellanos, que á pesar de repetirse por aquellos dias los más desesperados esfuerzos del Africa entera para tornar su temida pujanza al imperio del Islam, no logran ya infundir el antiguo terror al pueblo cristiano, como no alcanzan tampoco á hacerle retroceder un solo paso en su inmortal empresa. ¿Cómo habia de olvidar todo esto el ilustre Almeyda?...

Cuando nada sospechaba en órden á la existencia de los Cantos populares asturianos, y tantas y de tal bulto eran á sus ojos las típicas dotes que avaloraban á los portugueses, léjos de ser repugnante, matural y muy óbvio parecia que los conceptuase nacidos exclusivamente en aquel suelo y amasados, por decirlo así, con sangre lusitana. Mas descubiertos ya los asturianos, fuera agravio de su discrecion el no conceptuarle con independencia y vigor de espíritu suficientes para levantarse á más alta y general esfera, buscamdo no ya en el estrecho recinto de Portugal, sino en el más ancho y dilatado de la Península entera, las leyes superiores de esa paridad y armonía en las manifestaciones de la musa popular, no más espontánea en la Estremadura lusitana y en la provincia des-Trás-os-Montes que en los valles de Astúrias, si habia de merecer conjusticia aquel nombre. Privilegio es muchas veces de esta musa el buscar las fuentes de su inspiracion en tales esferas, que no es dado á la más esquisita diligencia ni á la más aguda penetracion el descubrírlas: ley ineludible es, no obstante, para ella el revestirlas y exhornarlas con tan conocido traje y librea que á nadie, sin ser ciego, es dado desconocer su cuna y su naturaleza.

III.

No otra enseñanza nos ministra el exámen de los Cantos populares de Astúrias y de Portugal, tan semejantes en su fondo como distintos en sus formas, por más que á veces nos ofrezcan hasta las mismas asonancias. Más varios, sin duda, que los portugueses, por el múltiple órden de ideas y de sentimientos que revelan é interpretan, abarcan los asturianos más ancha esfera, y teniendo su raiz en la vida real, aliméntanse de la piedad y de la devocion de la muchodumbre, que, eligiendo por su intercesora á la Madre de Jesús, hacíala constante objeto de su amor y de su esperanza. Muchos, muy delicados y por extremo sencillos, son en las montañas de Oviedo los romances inspirados por tan verdadera y pura adhesion, de los cuales puede decirse con entera propiedad, como el poeta de las mieles híbleas, que redolent fragantía thimo. Entre los que nosotros hemos logrado recoger en muestra Coleccion y forman la mayor parte de la seccion religiosa de la misma, figuran, por su nativa sencillez y frescura, la Pastorcica, la Peregrina, la Romera, la Prediccion, la Vuelta de Nazareth, etc., siendo de notarse que el tema de la romera y de la romería, como tan favorito de la época y de la montaña, se reproduce una y otra vez bajo multiplicadas relaciones, todas piadosas por extremo, y animadas las más de sorprendentes peripecias, en que hace siempre el principal oficio la dulce Abogada de los que lloran.

De este órden de sentimiento y de ideas, en que se reflejan y pintan de un modo candoroso é ingénuo, no ya sólo las creencias, sino tambien las prácticas reales de la vida, traducidas en escenas pastoriles, hospitalarias y religiosas de inimitable peregrinidad y belleza, pasa la musa popular asturiana á la contemplacion de la vida en cierto modo histórica; esfera dentro de la cual, por uma larga série de imevitables peripecias, habia llegado el pueblo de Pelayo á constituirse en cierta manera de excepcional apartamiento. Mas si este significativo hecho, poco estudiado y acaso no advertido por los historiadores de la Edad Media, y no más tenido en cuenta por los modernos, pudiera parecer un tanto estraño é inverosímil, bastaria, sin duda, á desvanecer esta repugnancia, por lo que á la manifestacion poética atañe, el corto número de cantos populares, que tienen en aquellos valles y montañas por asunto de su inspiracion la historia nacional española. Á la verdad halla dificilísima explicacion este singular fenómeno, y no fué pequeña la admiracion que en esta parte produjo en nosotros el resultado de nuestras investigaciones. Sólo han dejado huellas en aquellas agruras las fratricidas luchas que, al mediar el siglo XIV, escandalizaron y llenaron al par de luto todas las regiones del imperio castellano; pero huellas terribles y sangrientas que viene á hacer más profundas la poderosa y rica fantasía de la musa montañesa.

La alevosa muerte de don Fadrique, en el alcázar de Sevilla, habia, por ejemplo, llevado de uno á otro confin de España el terror del rey don Pedro y el ódio de doña María de Padilla: el cantor popular de Astúrias imagina que en la mañana del dia de Reyes acuden todas las damas y doncellas de la córte castellana á pedir al rey don Pedro aguinaldo: entre ellas aparece doña María; y mientras todas demandan á don Pedro sedas, brocados y otras mercedes personales para sus amantes, pidele ella la cabeza del maestre de Santiago. Concédela don Pedro: el desventurado maestre, pagado de sus riquezas y orgulloso por su gran poderío, desoye el previsor aviso de sus parciales; pero apenas penetra en el alcázar, cuando rueda su cabeza por el suelo. Don Pedro, á quien la presentan en rica batea, mamda que la lleven á doña María; recibela ésta , mo sin asombro, dado el fratricidio, y desahogando su ira en la faz ensangrentada de don Fadrique, cólmala de injurias y denuestos, arrojándola despues á los perros. Un alano del maestre le reconoce en aquel horrible despojo, y apoderándose de la cabeza, la lleva á lugar sagrado, enterrándola allí, mientras que el rey don Pedro presencia esta singular escena desde su palacio. Al saber que el alamo habia sido de don Fadrique, caen en su corazon terribles remordimientos, exclamando:

¡Ay triste de mí, é mezquino!...
¡ay triste de mí, é cuitado!...
Si el alano faz aquello,
¿qué ha de facer el hermano?...

El insomnio le aflige: en medio de la noche escucha la voz del maestre, y aparece éste ante sus ojos «sin cabeza en su caballo;» vision espantosa y sangrienta que la amenaza y condena como fratricida. Despues le llama la misma doña María, mostrándose á su vista con la cruenta cabeza de don Fadrique prendida por los cabellos; y perdiéndose en los aires, déjale hundido en desesperado pavor, mientras lleva ella trás sí la reprobacion eterna de Dios y del diablo.

Difícil es hallar un cuadro más original y terriblemente fantástico. Pero ya lo hemos indicado: inspiraciones de esta naturaleza, ó fueron muy peregrimas para la musa popular asturiana, ó no se vincularon en la memoria de aquellos montañeses, fiel depositaría de otros cantos en que la vida real se mostraba y traducia de un modo indirecto, arrimándoseles al paso y ganando el aplauso universal multitud de leyendas verdaderamente fantásticas, cuyo origen estaba por cierto muy distante de la vida actual y congenial a difícilmente con las tradiciones heróicas de la Península. Tal acontecia en particular con los cantares asturianos, que, segun dejamos dicho, se relacionan más íntimamente con los portugueses, coleccionados por el docto Almeyda Garrett en su Romanceiro, á pesar de que tan entendido crítico haya conceptuado como originarias, y áun macidas en el suelo de Portugal, las tradiciones en que se fundan.–El estudio comparativo de unos y otros nos ofrece luz bastante para discernir cómo no sólo hallaron esas fantásticas leyendas y esas nacionales narraciones entera correspondencia en Astúrias, sino que aquel dulce y enfático romance, empleado por el Rey Sábio en sus muy piadosas Cántigas, y primera fuente del habla lusitana, así como el catalan, el mallorquin y el valenciano, se prestaron tambien, como otros tantos dóciles instrumentos, á modularlas y enaltecerlas, revistiéndolas de las formas populares.

Persuádelo así con muy notables ejemplos el IRomancerillo catalan dado á luz ha ya tiempo por cl entendido profesor de Barcelona, don Manuel Milá y Fontanals, y más completa conviccion produciria la copiosa coleccion allegada en Cataluña y Mallorca por el bibliotecario don Mariano Aguiló, si á dicha se hubiera este resuelto por fin á darla al público. Como quiera, fijándonos por breves momentos en algunos de los cantares ya mencionados, abrigamos la esperanza de llevar este convencimiento al ánimo de nuestros lectores. Elijamos, pues, con este propósito los romances de Sylvaninha, Romeira, Helma y doña Ausenda, que, como sabemos, corresponden á los de Delgadina, El Honor Vengado, Arbola y La Princesa Alescendra en nuestra Coleccion ó Romancero asturiano.

IV.

Sostiene Almeyda Garrett, respecto de la leyenda del Sylvaninha, que sobre ser antiquísima en Portugal, nada tenia de castellana [1] ; y sin embargo, bajo el título de Delgadina, no solamente habia echado raices en el suelo astur, sino tambien en la Rioja, Aragon y Navarra, no sin que al fin cundiera á las comarcas andaluzas, principalmente á la Serranía de Ronda, donde anda todavía en boca de las ancianas y de las jóvenes.

Delgadina es en la más antigua version asturiana, como Sylvaninha en la portuguesa, la última de tres hijas que tenia un rey, quien enamorado de ella intenta gozar torpemente aquel amor incestuoso. Horrorizada la princesa, rechaza indignada tan infame demanda de su padre; mas irritado éste, enciérrala en muy oscura torre, donde la mortifican al par angustiosa sed y hambre devoradora. Ansiando consuelo, asómase la infelizá una ventana, y divisando desde ella á sus hermanos, pídeles agua para templar las ardorosas fatigas que la matan.—Pero en vano. Irritados aquellos, cárganla de insultos y maldiciones, que repiten sucesivamente sus hermanas y su madre, dejándola todos entregada á sus mortales angustias —A tal punto subían éstas, que la infeliz Delgadina se veia al cabo forzada á dirigir la misma súplica á su incestuoso padre. Juzgando ya logrados sus criminales deseos, ofrece el temerario anciano un reino al primero de sus pajes que suba á la estancia de Delgadina un jarro de agua. Al llegar el más afortunado, habia ya dejado de existir la princesa, y caido tambien el rey, su padre, como herido de un rayo. Pero justo castigo del cielo!... mientras el lecho de la mártir era rodeado de ángeles, apoderábamse del rey los espíritus del Averno.

No tan conformes como Silvaninha y Delgadina, de que poseemos hasta tres versiones distintas todas asturianas [2] , conciértanse, sin embargo, acusando una misma fuente, los romaces A Romeira y El Honor vengado, y áun insisten en la misma rima.-Una hermosa niña, que toma en el romance portugués oficio de romera, ricamente ataviada, bajaba sola por una montaña: al llegar al valle, salíale al encuentro un caballero, cuya presencia le infundia grandes temores. Asegurada por éste, mostrábale que iba á bodas de una su hermana, y llegados ambos á una fuente donde se detenian á beber, asaltaba al caballero el deseo impuro de gozarla. Con astucia pretendia primero lograrlo; mas rechazado noblemente, acudia al fin á la fuerza, escudado de la soledad que los rodea. La resistencia de la doncella era tan enérgica como afortunada; pues que habiéndosele caido, en medio de la lucha, la espada al caballero, apoderábase de ella y clavábasela, aunque temblando, con tal fuerza que le salia el hierro por la espalda. La sangre del caballero producia un efecto mágico en la doncella; y cuando sintiéndose morir, le rogaba aquél que no se alabase de haberle dado muerte con sus propias armas, prorumpía en amargo llanto, prometiéndole llevar su cadáver á la iglesia de San Juan, consagrándole sus piadosas preces. Así termina la version asturiana: en la portuguesa dirigese la romera á una cercana ermita, para implorar el auxilio del cenobita que la mora, á fin de dar tierra bendita al cadáver del caballero, mientras declara ella que su fin está muy cercano. Hé aquí cómo el romance acaba:

«Ermitao, per Deus vos peço
bom ermitao d'esta ermida,
tenhais dó d'essa ma alma,
que inda agora se partia:
dat terra benta á seu corpo;
que Deus lhe perdoaría.»

«Portugueza de nazenza» llamó Almeyda Garrett á la bella tradicion de Helena, mo descubriendo vestigio alguno de ella «en coleccao castelhana;» y sin embargo, los valles de Astúrias guardaban hasta dos versiones de esta patética historia, bajo el título de Arbola. Esta princesa, que como casi todas las que figuran en los cantos populares es hija de rey, espera en el pórtico (portal) de su palacio la vuelta del conde Alforgo, su esposo, que andaba á caza, cuando sintiéndose acometida de dolores de parto, muestra á la madre de aquél deseos de parir en el alcázar de su padre.—Dominada de torpe ojeriza y movida del feroz anhelo de la venganza, facilita la suegra el intento de Arbola. Mas no bien habia abandonado el hogar de su esposo, fiada en la lealtad de la madre, cuando torna Alforgo á su palacio, ya entrada la noche, rendido de las fatigas de la caza. Con solicitud de amante pregunta por su esposa; mas la malevolencia de aquella misma que debia labrar su dicha, enciende el corazon del conde con el fuego de ponzoñosa calumnia, y escitado á la venganza, parte para el Valledal, cuyo palacio, que era el del padre de Arbola, rodea siete veces, sin hallar quien le abra las puertas. Al cabo ve asomarse una doncella, la cual reconociéndole, le pide albricias, por haber dado á luz Arbola un «fijuelo muy galane.» Irritado más que nunca, replícale el conde, mandando á su esposa que inmediatamente le siga. Opónese al principio el rey, padre de Arbola; pero respetando los derechos de esposo, cede al fin a la cruel intimacion de Alforgo, no sin hacerle res. ponsable de la vida de su hija. Sin sospechar la tra. cion de que era víctima, y sumisa como siempre á la voz de su esposo, camima tras él en silencio la desdichada princesa por el espacio de siete leguas, llevando en sus brazos al recien nacido infante. El silencio de la desdichada madre llama al cabo la atencion del conde, quien exclama:

—¿Cómo non fablas, mi esposa,
qual me solías fabláre?
—¿Cómo hé de fablaros, conde,
si non puedo respirare?
Los campos, por do pasamos,
regados con sangre vane.

Indiferente al dolor de la desdichada Arbola, prosigue Alforgo su camino, hasta que llegados á una ermita, pide allí la desangrada madre confesion, ya de todo punto desfallecida. Pocos minutos despues espira, no sin espanto del endurecido conde, en cuyos oidos resuena con pavor la triste voz del recien nacido, para bendecir á su madre anunciándole la felicidad eterna, mientras dirigiéndose á Alforgo, le dice:

¡Ay, conde padre, tu dicha,
non sabemos quál seráe;
más yo ¡infelice de mí!...
que voy á la oscuridade!...

(Se concluirá.)


José AMADOR DE Los Ríos.

  1. (1) Romancero, t. II, pág. 101.
  2. Véase el cap. XXII de la segunda parte de nuestra Historia crítica de la literatura española, t. VII, página 445.