De la ira: Libro segundo

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

De la ira
Libro segundo
de Séneca


I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII
XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII XXXIV - XXXV - XXXVI

I[editar]

Fecunda materia tuve en el primer libro, oh Novato, porque es cosa fácil seguir al vicio en su rápida pendiente: ahora debemos tratar cuestiones más delicadas. Hemos de investigar si la ira es producto del juicio o del ímpetu; es decir, si se mueve espontáneamente, o si, como casi todos nuestros impulsos, brota del interior sin consentimiento nuestro. En esto debernos fijar primeramente la discusión, para elevarse en seguida a mayor altura. En nuestro cuerpo, los huesos, los nervios, las articulaciones que forman la base del conjunto, y los órganos vitales tan poco gratos a la vista, se coordinan primeramente; en seguida viene lo que forma el encanto del semblante y aspecto, y cuando la obra está completa, aparece en último lugar la coloración, tan agradable a los ojos. No hay duda de que la apariencia sola de la injuria subleve la ira; pero ¿sigue en el acto a esta apariencia, y se lanza sin intervención del ánimo? Esto es lo que investigamos. Por nuestra parte sostenemos que nada intenta por sí misma y sin aprobación del alma. Porque apreciar la aparición de la injuria, desear la venganza y reunir estas dos ideas, que no debemos ser ofendidos y que debe castigarse la ofensa, no es propio del impulso que obra en nosotros sin intervención de la voluntad. El movimiento físico es sencillo; el del alma es complejo y consta de muchos elementos. Comprendió algo, se indignó, condenó, se vengó, y nada de esto puede hacerse si el ánimo no se asocia a la impresión de los sentidos.


II[editar]

¿Qué objeto tiene esta cuestión? dirás. -El de averiguar qué sea la ira. Porque si brota a pesar nuestro, nunca obedecerá a la razón. Todas las impresiones que no dependen de nuestra voluntad son invencibles e inevitables, como el estremecimiento que produce la aspersión con agua fría, o el contacto de ciertos cuerpos: los cabellos se erizan cuando recibimos malas noticias, el rubor cubre nuestra frente ante palabras malsonantes, y el vértigo nos domina si miramos al precipicio. No dependiendo de nosotros estas impresiones, no pueden contenerlas las persuasiones de la razón. Pero los consejos triunfan de la ira. Luego es voluntario vicio del alma, y no una de esas disposiciones que dependen de las condiciones de la naturaleza humana, y se encuentran, por tanto, hasta en los más sabios, entre las cuales debemos colocar esas primeras emociones del alma que nos agitan a la idea de una injuria. Estas emociones despiertan hasta en el espectáculo de las fábulas de la escena y en la lectura de las historias de la antigüedad. Algunas veces experimentamos manera de cólera contra Clodio, que desterró a Cicerón, contra Antonio, que le mató. ¿Quién no se subleva contra las victorias de Mario, contra las proscripciones de Sila? ¿Quién no se irrita contra Theodoto y Achillas, y hasta contra aquel niño que por medio del crimen se hace superior a la infancia? Algunas veces nos excitan los cánticos y animados acentos. Conmuévese nuestro ánimo al sonido de las trompas bélicas, ante sangrienta descripción y al triste aparato de los suplicios más merecidos. Por esta razón reímos con los que ríen, nos entristecemos con la multitud que llora, y nos exaltarnos ante ajeno combáte: todas estas emociones son ficticias, y estas iras no son más reales que nuestro dolor cuando fruncimos el ceño en la representación teatral de un naufragio, o el miedo que invade el ánimo del lector cuando sigue a Aníbal bajo nuestras murallas después de la batalla de Cannas. Estas impresiones conmueven el alma a pesar suyo, pero no son pasiones, sino principios y preludios de pasiones. Por esto el varón militar, en medio de la paz y bajo la toga, se estremece al sonido de la trompeta, y el caballo de batalla se alza al ruido de las armas. Dícese que Alejandro, al escuchar el canto de Xenofonte, puso mano a la espada.


III[editar]

No debe llamarse pasión a ninguna de estas impresiones fortuitas que conmueven el ánimo, porque éste antes las soporta que las agita. La pasión consiste no en ser conmovido por la apariencia de los objetos exteriores, sino en abandonarse a ella y continuar la sensación accidental. Engáñase quien crea que la palidez, las lágrimas, la excitación de deseos impuros, un suspiro profundo, el repentino brillo de los ojos u otra cualquiera emoción parecida, son indicios de pasión o manifestación del ánimo, no comprendiendo que no pasan de impulsos corporales. Así es que muchas veces el hombre más valeroso palidece al empuñar las armas, y ante la señal del combate el soldado más audaz ha experimentado temblor en las rodillas: al general más grande puede palpitar el corazón antes del choque de dos ejércitos; y el orador más elocuente, cuando se dispone a hablar siente erizársele el cabello. Pero la ira no debe conmoverse solamente, sino lanzarse adelante, porque es un impulso. Ahora bien: no existe impulso sin el consentimiento del ánimo, y no es posible que se trate de venganza y de castigo sin conocimiento del alma. Júzgase alguno ofendido, quiere vengarse; una causa cualquiera le disuade, y en el acto se detiene. A esto no lo llamo ira, sino movimiento del ánimo que obedece a la razón. Ira es lo que sobrepuja a la razón y la arrastra con ella. Luego esa primera turbación del ánimo que produce la apariencia de la injuria, no es más ira que la misma apariencia de la injuria; pero el arrebato ulterior, que no solamente recibió la apariencia que la admitió, este es la ira, la sublevación del ánimo, que, con voluntad y reflexión, se encamina a la venganza. ¿Puede dudarse que el miedo impulsa a huir y la ira a avanzar? No creas, pues, que pueda buscarse o evitarse algo sin consentimiento de la mente.


IV[editar]

Para que sepas cómo nacen las pasiones, crecen y se desarrollan, te diré que el primer impulso es involuntario, siendo como preparación de la pasión y a manera de empuje: el segundo se realiza con voluntad fácil de corregir, como cuando pienso que necesito vengarme porque he sido ofendido, o que debe castigarse a alguno porque ha cometido un crimen: el tercero es tiránico ya; quiere vengarse, no porque sea necesario, sino aunque no lo sea, y éste vence a la razón. No podemos evitar por medio de la razón la primera impresión del ánimo, ni más ni menos que esas impresiones del cuerpo de que ya hemos hablado, como bostezar cuando se ve bostezar a los demás, y cerrar los ojos cuando bruscamente nos acercan a ellos la mano. Estos movimientos no puede impedirlos la razón; tal vez el hábito y constante vigilancia atenuarán los efectos. El segundo movimiento, que nace de la reflexión, por la reflexión se domina...(2)


V[editar]

Ahora hemos de examinar si los que tienen hábito de crueldad, que se complacen en derramar sangre, se encuentran dominados por la ira cuando matan a aquellos de quienes no han recibido injurias ni creen haberlas recibido: como fue Apollodoro, como fue Phalaris. Esto no es ira, es ferocidad: no dada por haber recibido injuria, y hasta se encuentra dispuesta a recibirla con tal de dañar, y hiere y desgarra, no por venganza, sino por placer. Pues bien, el origen de estos crímenes es la ira: a fuerza de ejercerse y abrevarse, llega al olvido de la clemencia, borra del ánimo todo pacto humano, y al fin se trasforma en crueldad. Así es que los crueles por pasatiempo ríen y se complacen, se embriagan en profunda delicia y su semblante está muy lejos de expresar ira. Dícese que Aníbal, al ver un foro lleno de sangre humana, exclamó: «¡Hermoso espectáculo!» ¡Cuánto más hermoso le pareciera si la sangre hubiese llenado un río o un lago! ¿Cómo extrañar que tal espectáculo te agrade, cuando naciste en la sangre y desde la infancia te educaron en la matanza? Durante veinte años la fortuna de tu crueldad te acompañará con sus favores, y por todas partes ofrecerá a tus ojos tan dulce espectáculo; contemplarasle alrededor del Trasimeno y de Cannas, y después en torno de tu Cartago. En otro tiempo, bajo el divino Augusto, Voleso, procónsul del Asia, después de hacer perecer bajo el hacha en un solo día trescientas personas, paseando regocijado en medio de los cadáveres, como si hubiese realizado algo grande y notable, exclamó en griego: «¡Oh regia acción!» ¿Qué hubiese hecho siendo rey? No fue aquello ira, sino un mal mayor y más incurable...


VI[editar]

«Dícese que así como la virtud es propicia a las acciones honestas, así también debe irritarse contra las vergonzosas». ¿Por qué no añaden que la virtud debe ser a la vez baja y sublime? Esto es precisamente lo que dice el que quiere ensalzarla y rebajarla al mismo tiempo; porque el placer de contemplar una buena acción tiene algo de grande y levantado, y la ira por delito ajeno arranca de corazón bajo y estrecho. Nunca descenderá la virtud hasta imitar los vicios que combate: esforzárase principalmente en reprimir la ira, que nunca es mejor, y con frecuencia es peor, que los vicios que la irritan. Propias y naturales son de la virtud la alegría y satisfacción; la ira es inferior a su dignidad, de la misma manera que la tristeza, y la tristeza es compañera de la ira, y en ella cae, sea después del arrepentimiento sea después del fracaso. Si es propio del sabio irritarse contra las faltas, tanto más se irritará cuanto mayores sean, y se irritará con frecuencia; de lo que se sigue que el sabio será no solamente un hombre irritado, sino irascible. Y si no creemos que en el ánimo del sabio deba encontrar acceso ira profunda ni ira frecuente, ¿por qué no librarle completamente de esta pasión? porque, lo repito, no puede tener límite alguno si ha de irritarse por los actos de cada cual. El sabio habrá de ser injusto si se irrita igualmente con delitos desiguales, o muy irascible sí se irrita cada que un crimen merezca su ira. Ahora bien: ¿qué cosa más indigna que hacer depender de la malicia ajena los sentimientos del sabio? Ni Sócrates podrá volver a casa con el mismo semblante que salió.


VII[editar]

Además, si el sabio debiera irritarse contra las acciones vergonzosas, si debiera conmoverse y entristecerse por todas las maldades, nada habría más amargo que la sabiduría: toda su vida pasaría entre la ira y la tristeza. ¿Habrá algún momento en que el sabio no vea cosas censurables? Siempre que salga de su casa tendrá que atravesar entre multitud de malvados, avaros, pródigo libertinos, contentos todos con sus vicios: en ningún parte fijará los ojos sin encontrar algo que les indigne. No podrá bastar él solo si ha de ejercitar su ira siempre que las circunstancias lo exijan. Esos millares de litigantes que desde el amanecer corren al Foro, ¿qué infames procesos promueven, y por medio de qué abogados más infames aún? Uno acusa los rigores paternales como si no fuese bastante haberlos merecido; otro pleitea contra su madre; éste se hace delator de un crimen de que públicamente le acusan; aquél, elegido por juez, condena los delitos que acaba de cometer, y simpatiza la multitud con la mala causa, merced a las bellas palabras de un orador. Pero ¿a qué descender a detalles? Cuando hayas visto el Foro ocupado por la multitud, inundado el recinto del Campo de Marte por muchedumbre de ciudadanos, y el Circo donde se aglomera la mayor parte del pueblo, ten presente que allí hay tantos vicios como hombres. No hay paz en medio de aquellas togas, y por mínimo interés uno está dispuesto a sacrificar al otro.


VIII[editar]

Nadie gana sino con daño de otro: se detesta a los felices y se desprecia a los desgraciados; los humillados por los grandes humillan a los pequeños; a todos animan diferentes pasiones, y todo lo destruirían por leve placer o ligero provecho. Esta es vida de gladiadores que habitan en común para pelear unos con otros. Esta es sociedad de fieras, exceptuando que las fieras son mansas entre sí y se abstienen de desgarrar a sus semejantes, mientras el hombre quiere la sangre del hombre. En una cosa sola se distingue de los animales: en que estos deponen su furor ante el que les lleva el pasto, mientras que la rabia del hombre devora a los que le alimentan. Nunca cesará de irritarse el sabio si una vez comienza. Lleno está todo de crímenes y vicios, y se cometen muchos más de los que pueden corregirse con la coerción. Trabada esta empeñada lucha de maldad, diariamente aumenta el apetito del mal y va siendo menor la vergüenza. Desterrando todo respeto de lo honesto y lo justo, la pasión se precipita a su capricho, y ya no se ocultan los crímenes en la sombra, sino que caminan a la vista: la depravación se ha hecho tan común, y de tal manera domina en los corazones, que la inocencia no es escasa ya sino nula. ¿Acaso son pocos y raros los que violan la ley? Por todas partes, y como a señal dada, precipítanse todos para confundir el bien y el mal.

.....Non hospes ab hospite tutus,
Non socer a genero; fratrum quoque gratia rara est.
Imminet exitio vir conjugis, illa mariti.
Lurida terribiles miscent aconita novercæ.
Filius ante diem patrios inquirit in annos.

Esta es pequeña parte de los crímenes, porque no describe un Pueblo dividido en dos campos enemigos, los padres y los hijos ligados por juramentos diferentes, la patria entregada a las llamas por la mano de un ciudadano, y la caballería registrando con rabia por todas partes para descubrir el refugio de los proscritos, y las fuentes públicas emponzoñadas, y la peste propagada con la mano, y los fosos abiertos por nosotros mismos en derredor de nuestros padres sitiados, llenas las cárceles, y el incendio devorando ciudades enteras y dominaciones funestas, y las ruinas de los estados y de los reinos tramadas en secretos consejos, y la gloria atribuida a acciones que son crímenes cuando se las puede reprimir; los raptos y violaciones, y el libertinaje que ni siquiera exceptúa la boca.


IX[editar]

Añade ahora los perjurios públicos de las naciones, las violaciones de tratados, la fuerza haciendo presa de todo lo que no puede resistirla, las captaciones, robos, fraudes, negaciones de depósitos, para cuyos delitos no bastan nuestros tres Foros. Si pretendes que el sabio se encolerice en proporción de la enormidad de los crímenes, no habrá de experimentar ira, sino demencia. Pero mejor es que creas que no deben irritar los errores: ¿que dirías si se encolerizaren contra aquellos que marchan con paso vacilante en las tinieblas, contra los sordos que no oyen una orden, contra el esclavo que descuida el cumplimiento de sus deberes para contemplar los juegos y necios divertimientos de sus iguales? ¿qué dirías si se irritasen contra los enfermos viejos o extenuados? Debe colocarse entre las demás enfermedades de los mortales la oscuridad de la mente, y no solo existe necesidad de errar, sino también amor al error. Para no irritarte contra algunos, has de perdonarlos a todos; necesario es conceder indulgencia al género humano. Si te irritas contra los jóvenes y los ancianos porque delinquen, debes irritarte contra los niños porque han de delinquir. ¿Y existe alguien que se irrite contra los niños cuya edad no puede discernir nada aún? pues la excusa es más fuerte y más justa para el hombre que para el niño. Condición de nuestro nacimiento es estar expuestos a tantas enfermedades de alma como de cuerpo, no por debilidad o lentitud de inteligencia, sino por el mal uso de su penetración, viniendo a ser unos para otros ejemplos de vicio. Cada cual sigue al que le precede en el mal sendero; ¿cómo no excusar al que se extravía en camino público?


X[editar]

La severidad del General se ejerce en los individuos; pero es necesaria la indulgencia cuando ha desertado todo el ejército. ¿Quién disipa la ira del sabio? la multitud de culpables, porque comprende cuán injusto y peligroso es irritarse contra el vicio público. Cuantas veces salía Heráclito y veía en derredor suyo tantos que vivían mal, o mejor dicho, que morían mal, lloraba y se compadecía de todos aquellos que encontraba felices y contentos; acción propia de espíritu sensible, pero demasiado débil, encontrándose él mismo en el número de los que merecían compasión. Demócrito, por el contrario, nunca se encontraba en público, según dicen, sin reír; tan lejos estaba de considerar grave lo que se trataba gravemente. ¿Qué objeto de ira existe aquí abajo? Necesario es reír o llorar por todo. No, el sabio no se irritará contra los delitos. ¿Por qué? porque sabe que nadie nace sabio, sino que se llega a serlo, y que un siglo entero produce muy pocos; porque tiene delante de los ojos la condición de la naturaleza humana, y ninguna mente sana se irrita contra la naturaleza. ¿Se asombrará de que no produzcan sabrosos frutos los matorrales silvestres? ¿Extrañará que no den productos útiles las espinas y abrojos? Nadie se irrita contra una imperfección que excusa la naturaleza. El sabio, pues, sereno y justo ante los errores, no es enemigo, sino corrector de los que delinquen; y diariamente se dice: «Encontraré muchos ebrios, muchos libertinos, muchos ingratos, muchos avaros y otros muchos agitados por las furias de la ambición»; y a todos los considerará con igual benevolencia que el médico considera a los enfermos. ¿El dueño de la nave cuya trabazón desunida hace agua por todas partes, se irrita contra los marineros o contra la nave? No, antes corre al encuentro del peligro, cerrando el paso al agua, arrojando la que ha penetrado, obstruyendo las aberturas visibles, combatiendo con trabajo continuo las filtraciones ocultas que insensiblemente van llenando la sentina, y no cesa porque el agua se renueva a medida que se la expulsa. Necesaria es perseverante asistencia contra los males continuos y fecundos, no para que desaparezcan, sino para que no triunfen.


XI[editar]

«La ira es útil, dicen, porque libra del desprecio, porque asusta a los malvados». En primer lugar, si la ira es tan potente como sus amenazas, por lo mismo que es terrible, es odiosa. Más peligroso es ser temido que ser despreciado. Pero si no es fuerte, se expone mucho más al desprecio y no evita la irrisión: ¿qué cosa más fría que la ira agitándose en el vacío? En segundo lugar, de que una cosa sea terrible, no se sigue que sea poderosa: y no quisiera que se diese al sabio un arma que pertenece también a la fiera, el terror. ¡Cómo! ¿no se teme la fiebre, la gota o una llaga cancerosa? ¿encuéntrase por esto algo bueno en estos males? Al contrario, ¿no inspiran repugnancia y horror precisamente porque se les teme? La ira por sí misma es deforme y poco temible, pero muchos la temen como teme el niño a las personas deformes. Y además ¿el temor no recae sobre aquel que lo inspira, no pudiendo nadie hacerse temer y quedar tranquilo? Recuerda aquel verso de Laberio, recitado en el teatro en plena guerra civil y que todo el pueblo recibió como expresión del sentimiento público:

Necesse est multos timeat, quem multi timent.

La naturaleza ha establecido que aquel que es grande por el temor de los demás no escape a sus propios temores. El corazón del león se estremece al ruido más ligero: una sombra, un sonido, un olor extraño turba a los animales más feroces. Todo lo que asusta tiembla a su vez. No existe, pues, razón para que el sabio desee que le teman.


XII[editar]

No ha de creerse que la ira sea algo grande porque infunda temor; pues también se teme a las cosas más viles, los venenos, las tortas mortíferas y la mordedura del reptil. No debe admirar que manadas de fieras queden detenidas y sean rechazadas hacia las trampas por un cordón de plumas de diferentes colores, llamado por el efecto que producen formido (espanto). Los seres irracionales se asustan irracionalmente. El movimiento de un carro, el cambiante aspecto de una rueda hace entrar al león en su jaula; el gruñido del cerdo asusta al elefante. Así también se teme la ira como el niño a las tinieblas, y las fieras a las plumas rojas: la ira no tiene en sí misma ninguna firmeza, ningún valor; pero intimida a los ánimos débiles. «Habrás de suprimir de la naturaleza la maldad, dicen, si quieres suprimir la ira; pero no puedes hacer lo uno ni lo otro». En primer lugar, podemos preservarnos del frío, aunque el invierno sea propio de la naturaleza, y del calor, aunque existen meses de verano; bien sea porque las condiciones del paraje pongan a cubierto de las inclemencias de la estación, bien sea que las costumbres del cuerpo triunfen de ambas sensaciones. En segundo lugar, invierte el argumento: necesario es suprimir la virtud del alma antes de dar entrada a la ira, porque los vicios no coexisten con las virtudes; tan imposible es que el mismo hombre sea a la vez iracundo y sabio, como enfermo y robusto. «Imposible es, dicen, suprimir completamente del alma la ira, no permitiéndolo la naturaleza del hombre». Nada hay tan difícil y penoso que la mente humana no pueda vencer, con lo que no pueda familiarizarla constante ejercicio; no hay pasión tan desenfrenada e indomable que no pueda doblegarse al peso de la disciplina. El ánimo obtiene todo lo que a sí mismo se manda. Algunos han conseguido no reír jamás; otros se han prohibido el vino; éstos las mujeres; aquéllos, en fin, todas las bebidas. Conténtase uno con breve sueño, y prolonga infatigables vigilias; otros han aprendido a subir corriendo por cuerdas estiradas, a elevar pesos enormes, casi superiores a las fuerzas humanas, a sumergirse a profundidades inmensas y a permanecer debajo del agua sin respirar.


XIII[editar]

Otras mil cosas existen en las que la perseverancia ha vencido todos los obstáculos, y prueban que nada es difícil cuando el alma se ha impuesto a sí misma la paciencia. En los hechos que acabo de mencionar, el premio era nulo o muy inferior a trabajo tan obstinado. En efecto, ¿qué cosa magnífica gana el que ha aprendido a correr por la cuerda tirante, a cargar sus hombros con enormes pesos, a no someter sus ojos al sueño, a penetrar en el fondo del mar? Y sin embargo, por escaso provecho, la perseverencia ha conseguido su objeto. ¿Y nosotros no invocaremos en nuestro auxilio la paciencia que tan hermosa recompensa nos reserva, la inalterable tranquilidad del alma feliz? ¿No es gran victoria libertarse de ese mal tan temible, la ira, y al mismo tiempo de la rabia, la violencia, la crueldad, el furor y demás pasiones que le acompañan? No debemos buscar patrocinio para nosotros mismos, ni derecho a excusarnos diciendo: o es útil o es inevitable; porque ¿qué vicio ha carecido nunca de abogado? No debe decirse que la ira no puede curarse: los males que nos afligen no son incurables, y la naturaleza misma que nos creó para el bien, nos ayuda, si queremos enmendarnos. Además, el camino de la virtud no es, como algunos han creído, áspero y difícil, sino que se marcha por él con planta segura. No vengo a referiros cosas vanas: fácil es el camino hacia la vida feliz; emprendedlo solamente bajo buenos auspicios y con favorable asistencia de los dioses. Mucho más difícil es hacer lo que hacéis: ¿qué hay más grato que la tranquilidad del ánimo? ¿qué más laborioso que la ira? ¿qué más tranquilo que la clemencia? ¿qué más atareado que crueldad? La castidad siempre está en calma, el libertinaje siempre ocupado, y todas las virtudes, en fin, se conservan fácilmente, manteniéndose los vicios con grandes trabajos. ¿Debe contrarrestarse la ira? Así lo confiesan en parte los que dicen que debe moderarse. Proscribámosla por completo, puesto que para nada puede servir. Sin ella, con más facilidad y seguridad se suprimirán los delitos, se castigará a los malvados y se les atraerá al bien.


XIV[editar]

Todo lo que el sabio debe hacer, lo hará sin el auxilio de cosa mala, y no apelará al uso de una pasión cuyos extravíos tendrá que vigilar con inquietud. Nunca, por lo tanto, debe admitirse la ira; podrá fingirse algunas veces cuando sea necesario despertar la atención de espíritus cansados, como se excita con el látigo o la antorcha a los caballos tardos para emprender la carrera. Necesario es a las veces que el temor obre en aquellos con quienes nada puede la razón. Pero irritarse no es más útil que afligirse o asustarse. «¡Cómo! ¿no sobrevienen ocasiones que provocan la ira?» Pues en estos casos principalmente se debe luchar contra ella: y no es difícil vencer el ánimo, cuando se ve al atleta, que solamente se ocupa de la parte más vil de sí mismo, soportar, sin embargo, los golpes y el dolor para agotar las fuerzas de su contrario, y no hiere cuando a ello le impulsa la ira, sino cuando encuentra ocasión propicia. Asegúrase que Pirro, aquel gran maestro de ejercicios gímnicos, acostumbraba encargar a sus discípulos que no se irritasen; porque la ira perjudica al arte y ve donde debe herir, pero no donde debe precaverse. Así es que muchas veces aconseja paciencia la razón, venganza la ira, y de un mal, que al principio podíamos evitar, caemos en otro mayor. Personas hay que, por no haber sabido soportar tranquilamente una palabra ultrajante, fueron desterradas; las hay que no queriendo pasar en silencio una injuria leve, tuvieron que soportar gravísimos males, y quienes, indignándose porque cercenaban pequeñísima parte a su plena libertad, se atrajeron el yugo servil.


XV[editar]

«Para que te convenzas, dicen, de que la ira tiene en sí algo de generoso, verás libres los pueblos más irascibles, como los Germanos y los Scitas». Esto sucede porque las almas fuertes y naturalmente enérgicas, antes de ablandarlas la civilización, son propensas a la ira. Ciertos sentimientos solamente brotan en los espíritus mejores, como en terrenos fecundos, aunque incultos, crecen árboles robustos; pero son muy diferentes los productos de las tierras cultivadas. Así, pues, esos ánimos, naturalmente enérgicos, son iracundos; fogosos y viriles, nada mezquino y débil encierran; más esta energía es imperfecta, como todo lo que se desarrolla sin arte, por la fuerza sola de la naturaleza; y si no se les doma desde el principio, estos gérmenes del verdadero valor degeneran en audacia y temeridad. ¡Cómo! ¿no vemos unirse a la dulzura de carácter debilidades análogas, como la piedad, el amor, el pudor? Por esto te mostraré el buen carácter por sus mismas imperfecciones; pero no dejan por ello de ser defectos, aunque sean indicios de buen natural. Además, todos esos pueblos en su salvaje independencia, se parecen a los leones y a los lobos, que no pueden obedecer ni mandar. No existe en ellos la fuerza del carácter humano, sino la irritabilidad de las fieras, y nadie puede gobernar si no sabe gobernarse.


XVI[editar]

Por esta razón, casi siempre ha pertenecido el mando a los pueblos de las regiones templadas: el carácter de los que habitan los hielos del Septentrión, es salvaje, como dice el poeta:

....Suoque simillima cSlo.

«Considéranse, dicen, como más generosos los animales más iracundos». Es grave error presentar los animales como ejemplo del hombre, cuando en vez de razón, solamente tienen impulso; y el hombre, en vez de impulso, tiene razón. Y tampoco les mueve a todos el mismo impulso. Al león le ayuda la ira; al ciervo, el temor; al buitre, la impetuosidad; a la paloma, la fuga. ¿Y es cierto, por otra parte, que sean mejores los animales más iracundos? Concederé que las fieras, que viven de su presa, sean tanto más fuertes, cuanto más furiosas; pero alabaré en el buey la paciencia; en el caballo, la docilidad al freno. ¿Mas por qué rebajar al hombre a tan infelices ejemplos, cuando tienes delante de ti al universo y Dios, que siendo el único entre todos los animales que puede imitarlo, es el único que lo comprende? «A los iracundos, dicen, se les tiene por los más francos». Porque se les compara con los astutos y sutiles, y parecen francos porque se descubren: yo no les llamaría francos, sino incautos. Este es el nombre que damos a los necios, a. los libertinos, a los pródigos y demás viciosos poco reservados.


XVII[editar]

«Algunas veces, dicen, el orador que se arrebata es más elocuente». Di más bien que finge arrebato, porque los histriones, con su energía, conmueven al pueblo, no porque están irritados, sino porque imitan bien la ira. Así es que delante de los jueces, ante las asambleas populares y donde quiera que intentemos mover los ánimos a nuestro impulso, fingiremos en tanto ira, en tanto temor, en tanto compasión, para inspirarla a los demás; y frecuentemente, lo que no hubiera conseguido una emoción verdadera, lo conseguirá otra fingida. «El alma es débil, dicen, si carece de ira». Verdad es, si no hay nada más poderoso que la ira. No conviene ser ladrón, ni robado, ni compasivo, ni cruel; lo uno sería demasiada debilidad de ánimo, lo otro demasiada dureza. El sabio debe guardar el término medio; y si es necesario obrar con vigor, emplee la energía y no la ira.


XVIII[editar]

Habiendo tratado lo concerniente a la ira, pasemos a sus remedios. En mi opinión, son de dos clases: unos para no caer en ella, otros para preservarnos de sus faltas. Así como en la medicina del cuerpo hay remedios para conservar la salud y otros para restablecerla, así también no son iguales los medios para repeler la ira y para triunfar de ella. Algunos preceptos abrazarán la vida entera, y se dividirán entre la educación y las edades sucesivas. La educación exige especial cuidado, y sus frutos se recogen en lo porvenir; porque es cosa fácil amoldar los espíritus tiernos aún, y difícil extirpar los vicios que han crecido con nosotros. La naturaleza de los espíritus, vehementes es harto ocasionada a la ira; porque así como hay cuatro elementos, fuego, agua, aire y tierra, existen cuatro potencias correspondientes, frío, calor, humedad y sequía. De la mezcla de los elementos resulta la variedad de parajes, animales, cuerpos y costumbres, arrastrando a los espíritus diferentes inclinaciones, según la fuerza del elemento que en él domina. por esta razón decimos que tales regiones son húmedas o secas, frías o cálidas. Las mismas diferencias se encuentran entre los animales y entre los hombres.


XIX[editar]

Lo importante es en qué medida contiene cada cual el calor y la humedad; la proporción dominante de cada elemento determinará las inclinaciones. El elemento cálido producirá iracundos, porque el fuego es activo y persistente. El elemento frío hará tímidos, porque el frío embota y comprime. Por esta razón, algunos filósofos de los nuestros pretenden que la ira brota del pecho cuando la sangre hierve en derredor del corazón; y no hay otra razón para asignar con preferencia este asiento a la ira, sino que el pecho es la parte más caliente de todo el cuerpo. En los que domina el principio húmedo, la ira crece poco a poco, porque no está preparado en ellos el calor, sino que lo adquieren por el movimiento. Así es que la ira de las mujeres y de los niños antes es viva que profunda, siendo débil en su principio. en las edades secas, la ira es violenta y sostenida, pero sin aumento, progresando poco porque al calor, que ya declina, le reemplaza pronto el frío. Los ancianos son susceptibles y quisquillosos, como los enfermos y convalecientes y aquellos a quienes el cansancio o pérdida de sangre han agotado el calor. En igual condición se encuentran los atormentados por el hambre y la sed, los que tienen sangre pobre y los debilitados por mala alimentación. El vino inflama la ira, porque aumenta el calor, según el temperamento de cada cual.


XX[editar]

Algunos se enfurecen en la embriaguez, otros... heridos. Tampoco existe otra causa para que los iracundos tengan el cabello rojo y la tez encendida, poseyendo naturalmente el color que la ira da de ordinario a los demás, porque su sangre es muy movible y agitada. Pero de la misma manera que la naturaleza produce temperamentos dispuestos a la ira, así también muchas causas accidentales tienen el mismo poder que la naturaleza. Las enfermedades o padecimientos del cuerpo producen estos efectos; en otros el trabajo, continuas vigilias, noches inquietas, la ambición, el amor, en fin, toda causa que afecta al cuerpo y al alma, prepara la mente enferma a la irascibilidad. Pero estas cosas solamente son principios y causas, estribando todo en el hábito, que si es profundo, alimenta al vicio. Difícil es, sin duda, cambiar el carácter, y no es posible transformar los elementos una vez combinados en el que nace; pero conveniente es saber que a los espíritus fogosos se debe prohibir el vino. Platón cree que debe negarse a los niños, y prohíbe alimentar el fuego con el fuego. Tampoco se los debe sobrecargar de alimentos que dilatan el cuerpo, porque los espíritus se entumecen con ellos. El trabajo debe ejercitarles sin fatigarles, de manera que disminuya su calor sin extinguirse y su excesivo ardor arroje la espuma. También son útiles los juegos, porque moderados placeres aflojan y dulcifican los ánimos. Los temperamentos húmedos, secos y fríos no están expuestos a la ira, pero han de temer defectos más grandes, la cobardía, irresolución, abatimiento y desconfianza.


XXI[editar]

Estos caracteres necesitan blandura y dulzura, que les lleven a la alegría. Y como han de emplearse contra la ira diferentes remedios que contra la tristeza, y estos defectos exigen tratamientos no solamente diversos sino contrarios, combatiremos siempre al más saliente. Mucho importa, repito, que los niños reciban desde muy temprano saludable educación. Tarea difícil es esta, porque debemos atender a no alimentar en ellos la ira y a no embotar su ánimo. Este asunto reclama diligente observación. Tanto lo que conviene cultivar como lo que se necesita extinguir, se nutre de los mismos alimentos, y lo semejante con facilidad engaña hasta al más atento. El espíritu abusa de la licencia; se deprime en la servidumbre; los elogios le exaltan inspirándole noble confianza en sí mismo, pero al mismo tiempo engendran la insolencia y la irascibilidad. Necesario es, pues, mantener al niño igualmente alejado de ambos extremos, a fin de poder emplear unas veces el freno y otras el aguijón, y no se le imponga nada humillante ni servil. Que nunca necesite pedir suplicando, ni le aproveche la súplica; que nada se le dé sino por consideración de él mismo, de su conducta pasada o buenas promesas para el porvenir. En sus luchas con los compañeros, no se consienta que sea vencido ni que se encolerice; procuremos que sea amigo de aquellos con quienes acostumbra rivalizar, con objeto de que en los certámenes se acostumbre, no a herir, sino a vencer. Cuantas veces triunfe o haya realizado algo laudable, dejémosle que se gloríe, pero que no se aplauda con exceso, porque la alegría lleva a la embriaguez, la embriaguez al orgullo y a elevada idea de sí mismo. Concederémosle algún descanso, pero no le dejaremos ablandarse en la ociosidad y la pereza, y le mantendremos alejado del contacto de las voluptuosidades. Nada hace tan irritable como educación blanda y complaciente, y por esta razón cuanta más indulgencia se tiene con un hijo único, cuanto más se concede a un pupilo, más se corrompe su ánimo. No soportará una ofensa aquel a quien nunca se negó nada, aquel cuyas lágrimas enjugó siempre tierna madre, que constantemente tuvo razón contra su pedagogo. ¿No ves que las riquezas más grandes van acompañadas siempre de las iras mayores? Este vicio se muestra principalmente en los ricos, en los nobles, en los magistrados cuando la fortuna hincha y levanta todo lo que hay de vano y frívolo en el corazón. La prosperidad alimenta la cólera, cuando la muchedumbre de aduladores asalta los oídos del soberbio y le dice: No te mides por tu altura, voluntariamente te rebajas; y otras lisonjas a las que difícilmente resistiría un espíritu sano y sólidamente fundado desde antiguo. Necesario es, pues, alejar la infancia de toda adulación; que oiga la verdad; que algunas veces conozca el temor y siempre el respeto; que rinda homenaje a la ancianidad; que nada consiga por la ira. Ofrézcasele cuando esté tranquilo, aquello que se le negó cuando lloraba; que tenga en perspectiva y no en uso las riquezas paternas, y que se le repruebe toda mala acción.


XXII[editar]

Importante es para esto elegir preceptores y pedagogos de plácido carácter. Todo lo tierno se adhiere a lo inmediato y crece conformándose con ello: el adolescente reproduce muy pronto las costumbres de las nodrizas y pedagogos. Un niño educado en casa de Platón y llevado a la casa paterna, viendo irritarse a su padre gritando, dijo: «Nunca vi eso en casa de Platón». Pero no dudo que más bien imitaría a su padre que a Platón. Sea ante todo frugal la alimentación del niño, sin lujo sus trajes y semejantes a los de sus compañeros. No se irritará al verse comparado a los demás, si desde el principio le haces igual al mayor número. Pero todo esto se refiere solamente a nuestros hijos. En cuanto a nosotros, si la suerte del nacimiento y de la educación no deja lugar al vicio ni a los preceptos, habremos de ordenar los días que nos quedan. Debernos, pues, combatir contra las causas primeras. Causa de la ira es la idea de que se ha recibido una injuria; necesario es no creer en ello fácilmente, ni ceder ni aun a aquellas cosas que nos parecen evidentes, porque con frecuencia lo falso tiene las mismas apariencias que lo verdadero. Indispensable es conceder siempre un plazo; el tiempo descubre la verdad. No prestemos complaciente oído a los que acriminan: conozcamos bien y desconfiemos de este vicio de la naturaleza humana, por el cual creemos de buen grado lo que nos disgusta saber, y nos irritamos antes de juzgar.


XXIII[editar]

¿Qué sucederá si dejándonos arrastrar n solamente por falsos relatos, sino que también por sospechas, si interpretando en mal sentido el gesto, la sonrisa, nos irritamos contra inocentes? Necesario es, pues, que defendamos contra nosotros mismos la causa del ausente, y dejemos en suspenso nuestra ira. El castigo diferido puede cumplirse, pero, cumplido no puedo suspenderse ya. Conocido es aquel tiranicida que, sorprendido antes de haber consumado su obra, y atormentado por Hipias para que delatase a sus cómplices, nombró los amigos del tirano que estaban en derredor suyo, y que sabía apreciaban más su vida: cuando los hubo mandado a la muerte uno a uno, preguntándole si quedaba alguno más por nombrar: «A ti solo, contestó, porque no he dejado a nadie que te quiera». La ira hizo que el tirano ayudase al tiranicida e hiriese a sus defensores con su propia espada. ¡Cuánto más animoso fue Alejandro! Habiendo recibido una carta de su madre, en la que le prevenía que se precaviese del veneno del médico Filipo, bebió descuidadamente la poción que le propinaba. Confiando en sí mismo en cuanto a su amigo, digno fue de encontrarlo, y digno de hacerle inocente. Esto lo admiro tanto más en Alejandro, cuanto que nadie, fue más pronto a la ira, siendo más de aplaudir la moderación en los reyes cuanto más rara es. También lo hizo así C. César usando con suma clemencia de la victoria civil. Habiendo sorprendido carpetas que contenían cartas escritas a Pompeyo por aquellos que al parecer habían seguido el partido contrario o permanecido neutrales, las quemó, y aunque de ordinario era muy moderado en su ira, prefirió no tener ocasión para irritarse. Consideró que la manera más noble de perdonar es ignorar las ofensas de todos. Muchos males causa la credulidad, con frecuencia ni siquiera se le debe escuchar, porque en ciertas cosas mejor es ser engañado que desconfiado.


XXIV[editar]

Indispensable es desterrar del alma toda sospecha y conjetura ocasionada a injustas iras. Aquél me ha saludado con poca cortesía, aquel otro no correspondió cariñosamente a mi ósculo; éste ha interrumpido bruscamente una frase comenzada; aquél no me ha invitado a su banquete, y el semblante del otro no me ha parecido muy risueño. Nunca faltará pretexto a la sospecha: contemplemos con mayor sencillez las cosas, y juzguémoslas con más benignidad. Creamos solamente lo que hiera nuestros ojos, lo que sea evidente, y siempre que descubramos la falta de fundamento de nuestras sospechas, reprendamos nuestra credulidad. Este castigo nos acostumbrará a no creer fácilmente.


XXV[editar]

Síguese de esto que no debemos encolerizarnos por causas frívolas y despreciables. Mi esclavo es torpe, el agua está tibia, el lecho poco mullido, la mesa descuidadamente servida: locura es irritarse por esto; de enfermos es o de pobre salud el estremecerse al viento más ligero; de vista muy delicada deslumbrarse por la blancura de una toga; de enervado por la molicie sentir dolor de costado por el trabajo ajeno. Cuéntase que Mindyrides, de la ciudad de los Sibaritas, viendo un hombre que cavaba la tierra y alzaba bastante el azadón, se quejó de fatiga, y le prohibió continuar su trabajo en presencia suya. El mismo se lamentaba de tener una contusión por haberse acostado sobre hojas de rosa plegadas. Cuando las voluptuosidades han corrompido a la vez el cuerpo y el alma, todo parece insoportable, no por su dureza, sino por nuestra molicie. ¿De qué proceden en verdad esos accesos de ira por una tos o estornudo, por una mosca que no han espantado bastante pronto, por encontrar en nuestro camino un perro, por caer inadvertida mente una llave de la mano del esclavo? ¿Soportará con tranquilidad los gritos populares, los sarcasmos del Foro y de la curia, aquel cuyos oídos ofenden el ruido de una silla arrastrada? ¿Soportará el hambre y la sed en una guerra de estío el que se irrita contra el esclavo que ha disuelto mal la nieve en el vino?


XXVI[editar]

Así, pues, nada alimenta tanto la ira como las intemperancias e impaciencias de la molicie. Debemos tratar nuestra alma con dureza, para que no sienta los golpes si no son muy graves. Nos irritamos contra objetos de que no hemos podido recibir injuria, o contra aquellos de que hemos podido recibirla. Entre los primeros los hay inanimados, como el libro, que algunas veces arrojamos porque está escrito en caracteres muy pequeños o rasgamos porque le encontramos faltas; como los vestidos, que hacernos pedazos porque nos desagradan: ¿no es demencia irritarse contra cosas que no pueden merecer ni sentir nuestra cólera? «Pero nos ofenden los que las hicieron». En primer lugar, frecuentemente nos irritamos antes de hacer esta distinción, y además, tal vez los mismos artífices podrían alegar buenas excusas. Uno no pudo hacerlo mejor que lo hizo, y no es injurioso para ti si no sabe más; el otro no lo hizo por ofenderte. En último caso, ¿qué locura mayor que derramar sobre cosas la bilis excitada por hombres? Pero si es insensato irritarse contra objetos privados de sentimiento, no lo es menos irritarse contra animales que no pueden injuriarnos porque no pueden quererlo, porque no hay injuria si no parte de la intención. De la misma manera pueden perjudicarnos que un arma, una piedra, pero no pueden causarnos injuria. Sin embargo, personas hay que se creen ultrajadas si un caballo dócil con otro jinete no lo es con ellas; como si la reflexión y no la costumbre y ejercicios del arte fuese la que hiciese ciertas cosas más manejables a ciertos hombres.


XXVII[editar]

Ahora bien, si la ira en estos casos es ridícula, lo es también en cuanto a los niños y aquellos que no les superan mucho en prudencia. Ante juez equitativo, en todas las faltas, la imprevisión se considera inocencia. Otros seres existen que no pueden dañar, sino que tienen propiedad benéfica y saludable, como los dioses inmortales que no quieren ni pueden perjudicar, Dulce y tranquila es su naturaleza, y tan lejana de dañar a los otros como a sí misma. Solamente los insensatos y los que desconocen la verdad pueden imputarles los furores del mar, las lluvias excesivas, los rigores del invierno, cuando no se dirige especialmente a nosotros nada de lo que nos favorece o perjudica. A los ojos de la naturaleza, no somos nosotros causa de los periódicos regresos del invierno y del verano; esto depende de leyes con las que gobierna lo divino. Nos estimamos con exceso al creernos dignos de ser principio de tan maravillosos movimientos. Nada de esto se ha hecho en perjuicio nuestro; todo lo contrario, nada hay que no se haya hecho en nuestro favor. Hemos dicho que existen seres que no pueden dañar: otros hay que no quieren. Entre éstos se encuentran los magistrados buenos, los padres, preceptores y jueces, cuyos castigos han de considerarse como el escalpelo, la dieta y demás cosas que nos hacen daño para nuestro bien. ¿Sufrimos una pena? recordemos, no lo que sufrimos, sino lo que hemos hecho: examinemos nuestra conducta. Si queremos confesarnos la verdad, apreciaremos con mayor severidad nuestro delito. Si queremos ser jueces equitativos, convendremos ante todo en que ninguno de nosotros está exento de faltas. Nuestra mayor indignación nace de decirnos: Nada tengo que reprenderme; no he hecho nada; es decir, que no te confiesas nada. Nos sublevamos al vernos sometidos a alguna reprensión, a algún castigo; mientras que en el momento mismo delinquimos añadiendo a nuestras faltas la arrogancia y rebelión. ¿Quién podrá llamarse inocente ante todas las leyes? Y aun siendo así, ¡qué pobre inocencia no ser bueno más que según la ley! La regla de nuestros deberes es mucho más extensa que la de nuestro derecho. ¿Cuántas cosas nos mandan la piedad, la humanidad, la liberalidad, la justicia y la buena fe, que no están escritas en las tablas de la ley?


XXVIII[editar]

Pero ni siquiera podemos seguir esta estrechísima fórmula de inocencia. Hemos hecho unas cosas, otras las hemos meditado, deseado éstas y ayudado a aquéllas; en algunas somos inocentes porque no han tenido resultados. Pensando esto, seremos más indulgentes para con los que delinquen y más dóciles a las reprensiones: sobre todo no nos irritemos contra nosotros mismos (¿a quién perdonaremos si no nos perdonarnos?), y menos aún contra los dioses. Los disgustos que nos sobrevienen no los soportamos por su ley, sino por la de la humanidad. Nos asaltan enfermedades y dolores. De alguna manera hemos de salir de este domicilio de sórdido barro. Te dirán que alguno ha hablado mal de ti; medita si no has comenzado primero; investiga de cuántos has hablado tú. Consideremos, en fin, que unos no infieren injuria, sino que la devuelven; que otros la infieren inducidos a ellos, éstos obligados, aquéllos por ignorancia: hasta el que la infiere voluntariamente y con conocimiento, al ofendernos, no trata de hacerlo así. O cede al atractivo de un chiste, o hace algo, no por causarnos daño, sino porque no podía prosperar sin rechazarnos. Frecuentemente hiere la adulación al acariciar. Quien recuerde cuántas veces ha estado expuesto a falsas sospechas, cuántos favores le ha otorgado la fortuna bajo apariencias de daño, a cuántas personas ha amado después de haberlas odiado, no se irritará con tanta prontitud, sobre todo si a cada cosa que le ofende se dice secretamente: Yo también he hecho lo mismo. Pero ¿dónde encontrarás un juez tan equitativo? ¿Acaso en el que nunca ve la mujer ajena sin desearla, bastándole para justificar su amor que sea de otro, al mismo tiempo que no quiere que miren la suya? ¿Acaso en el hombre sin fe que exige inflexiblemente el cumplimiento de la promesa, en el perjuro que persigue la mentira, en el calumniador que está impaciente porque se le llame a juicio? No quiere que se atente al pudor de sus esclavos jóvenes el mismo que entrega el suyo. Tenemos delante de los ojos los vicios ajenos, y a la espalda los nuestros. Por esta razón reprende el padre los prolongados festines de un hijo menos desarreglado que él. El que nada niega a sus pasiones, no concede nada a las de los demás; el tirano se irrita contra el homicida, y el sacrílego castiga los robos. La mayoría de los hombres se irrita no contra el delito, sino contra el delincuente. El examen de nosotros mismos nos hará más indulgentes, si nos preguntamos: ¿No hemos hecho algo parecido? ¿No hemos errado de la misma manera? ¿Ganamos algo con condenar? El mejor remedio para la ira es el tiempo. No le pidas al principio que perdone, sino que juzgue; si espera, se disipa. No trates de comprimirla de un solo golpe; su primer arrebato es demasiado enérgico; pero se la vence por completo si se le ataca por partes.


XXIX[editar]

De las cosas que nos ofenden, unas nos las refieren, otras las oímos o vemos nosotros mismos. En cuanto a las que nos refieren, no debemos apresurarnos a creerlas. Muchos mienten para engañar, otros porque están engañados. Este acrimina para captarse benevolencia. y supone la injuria para mostrarnos interés; aquél, por desconfianza, intenta romper íntimas amistades, y no falta quien, por malicia, goza en contemplar desde lejos y sin peligro la lucha de los que llevó a la discordia. Si tuvieses que juzgar en un litigio sobre cantidades pequeñas, sin testigo, nada se te probaría; sin juramento el testigo no valdría; a las dos partes otorgarías dilación, concederías tiempo, oiríaslas más de una vez, porque la verdad brilla tanto más cuantas más veces nos ha pasado por las manos. ¿Y al amigo le condenas en el acto, sin oírle, sin interrogarle? ¿Antes de que pueda conocer su acusador o su delito, te irritas contra él? ¿Conoces en el acto la verdad? ¿Has oído lo que dirán el uno y el otro? El mismo que te lo refirió desistirá de ello si tiene que probarlo. -No me descubras, te dirá; si me nombras, lo negaré todo: nunca te diré ya nada. -Al mismo tiempo que te excita, se sustrae de la lucha y el combate. Quien solamente en secreto quiere hablarte, casi no habla. ¿Qué cosa más inicua que creer en secreto e irritarse en público?


XXX[editar]

De algunas cosas somos testigos nosotros mismos. En este caso, examinemos el carácter e intención de los que las hacen. ¿Es un niño? se perdona a la edad; ignora, si hace daño. ¿Es un padre? o nos ha hecha bastante bien para adquirir derecho a una ofensa, o tal vez es un favor más el que tomamos por injuria. ¿Es una mujer? se engaña. ¿Es por mandato? ¿quién podría, sin injusticia irritarse contra la necesidad? ¿Es por represalia? no se te injuria si sufres lo que tú has hecho sufrir antes. ¿Es un juez? respeta más su sentencia que la tuya. ¿Es un rey? si te castiga culpable, cede a la justicia; si inocente, cede a la fortuna. ¿Es un animal irracional u otro ser parecido? te haces semejante a él irritándote. ¿Es una enfermedad, una calamidad? más pronto pasará si la soportas. ¿Es un dios? pierdes el trabajo irritándote contra él, lo mismo que al invocar su cólera contra otro. ¿Es un varón justo el que le ha injuriado? no lo creas. ¿Es un malvado? no te asombres; otro le castigará por lo que te ha hecho; y ya lo está por la falta misma que ha cometido. Dos circunstancias, como dije, excitan la ira: primera, si creemos que se nos ha injuriado: sobre ésta ya hemos dicho bastante; segunda, cuando nos parece que ha sido injustamente: de ésta vamos a ocuparnos. Los hombres consideran como injustas ciertas cosas que no merecen sufrir u otras que no esperaban. Consideramos inicuo lo improvisto; así es que lo que ocurre contra lo que esperábamos es lo que más subleva. No por otra razón nos ofenden en nuestra casa hasta las cosas más pequeñas, y consideramos injuria la negligencia del amigo.


XXXI[editar]

«¿Por qué, dicen, somos tan sensibles a los ultrajes de un enemigo?» Porque no los esperábamos, o porque exceden a lo que esperamos. Esto es efecto de excesivo amor propio: consideramos que debemos ser inviolables hasta para nuestros enemigos. Cada cual tiene en su interior pretensiones de rey, y quiere tener sobre los demás autoridad absoluta, sin conceder ninguna sobre él. Así, pues, la ignorancia de las cosas o la presunción es lo que nos hace irascibles. La ignorancia ¿puede extrañarse que los malvados realicen el mal? ¿Qué de particular tiene que un enemigo perjudique, que un amigo ofenda, que un hijo se extravíe, que un esclavo delinca? Fabio decía que era deplorable excusa para un general decir: No pensé en ello: por mi parte creo que es deplorable para todo hombre. Piensa en todo; prevelo todo: hasta en los caracteres mejores existen asperezas. La naturaleza humana produce amigos insidiosos, produce ingratos, produce codiciosos, produce impíos. En tus juicios acerca de las costumbres de uno solo, piensa en las costumbres públicas: cuando te felicitas más, debes temer más; cuando todo te parece tranquilo, no han desaparecido las tempestades, sino que están adormecidas: piensa que siempre existe algo que puede perjudicarte. El piloto no despliega nunca todas sus velas con seguridad tan completa, que no estén preparadas las jarcias para replegarlas. Recuerda sobre todo que la pasión de dañar es infame y odiosa, y completamente extraña a la índole del hombre, cuya bondad dulcifica hasta las naturalezas más agrestes. Contempla al elefante doblando la cabeza bajo el yugo, al toro dejando que impunemente monten en su lomo mujeres y niños, a las serpientes deslizándose entre nuestras copas y rodeando nuestros pechos con inocentes pliegues, y, en nuestras casas, leones y osos abriendo ante nuestras manos bocas pacíficas y prodigando caricias a sus amos: vergüenza sería haber cambiado con los animales las costumbres. Crimen es dañar la patria, por consecuencia también a un ciudadano, que es parte de la patria. Cuando el todo es sagrado, la parte tiene derecho al respeto; luego el hombre es sagrado, porque es tu conciudadano en la gran ciudad. ¿Qué sucedería si las manos quisiesen dañar a los pies y los ojos a las manos? Así como todos los miembros deben estar de acuerdo, porque a todos interesa la conservación de cada uno, así también los hombres deben socorrerse recíprocamente, porque han, nacido para vivir en común: y no puede salvarse la sociedad sin el amor y mutuo apoyo de cada una de sus partes. No aplastaríamos ni a las víboras y serpientes de agua, funestas por sus golpes y mordeduras, si pudiésemos domesticarlas como a los otros animales, e impedirles que fuesen dañosas para nosotros y para los demás. Así también no castigaremos al hombre porque pecó, sino para que no peque más; y en sus penas, la ley no atiende a lo pasado, sino a lo porvenir; porque no se irrita sino que prevé. Si se hubiese de castigar toda índole depravada y dispuesta al mal, la pena no exceptuaría a nadie.


XXXII[editar]

«Pero la cólera encierra cierto placer, y es dulce devolver el mal». De ninguna manera; porque si es bella cosa en los favores recompensar el bien con el bien, no lo es devolver injuria por injuria, en aquello es vergonzoso ser vencido; en esto, vencer. La venganza no es palabra humana (por lo que se la confunde con la justicia), y el talión solamente se diferencia de ella en que es ordenado. El que devuelve la injuria peca aunque con alguna excusa. Un hombre golpeó por equivocación en los baños públicos a M. Catón, a quien no conocía, ¿quién la, hubiese ofendido conociéndole? y excusándose en seguida, dijo Catón: «No recuerdo haber recibido golpes». Consideró mejor olvidar la injuria que castigarla. -¿No resultó algún mal, dices, de tanto exceso de insolencia? -Al contrario, mucho bien; aquel hombre aprendió a conocer a Catón. De grandes almas es despreciar las injurias: la venganza más humillante para el agresor es no parecer digno de provocar venganza. Muchos, al pedir reparación por injurias pequeñas, no han hecho más que agravarlas: grande y generoso es aquel que, imitando a las fieras nobles, oye sin conmoverse los impotentes ladridos de los gosquecillos. -Se nos despreciará menos si nos vengamos, dices. -Si llegarnos a la venganza como remedio, lleguemos a ella sin ira, y no porque la venganza sea dulce, sino porque sea útil. Pero frecuentemente mejor es disimular que vengarse.


XXXIII[editar]

Las injurias de los poderosos deben soportarse no solamente con paciencia, sino que también con risueño rostro, porque humillarán de nuevo si se persuaden de que han humillado. Lo más repugnante en la insolencia de los afortunados es odiar a aquellos a quienes ofendieron. Conocidísima es la frase de aquel que había envejecido sirviendo a reyes, cuando le preguntaban cómo había llegado a cosa tan rara en la corte, a la vejez: «Recibiendo injurias, contestó, y dando las gracias». Frecuentemente no es provechoso vengar las injurias, siéndolo por el contrario no reconocerlas. Disgustado C. César por la minuciosidad que afectaba en traje y peinado el hijo de Pastor, ilustre caballero romano, le hizo reducir a prisión, y rogándole el padre que perdonase a su hijo, cual si la súplica fuese sentencia de muerte, ordenó en el acto que le llevaran al suplicio. Mas para que no fuese todo inhumano en sus relaciones con el padre, le invitó a cenar aquella misma noche. Pastor acudió sin mostrar el menor disgusto en el semblante. Después de encargar que le vigilasen, César le brindó con una copa grande, y el desgraciado la vació completamente, aunque haciéndolo como si bebiese la sangre de su hijo. Mandole perfumes y coronas, con orden de observar si los aceptaba; los aceptó. El mismo día en que había enterrado al hijo, o mejor dicho, que no pudo enterrarlo, él, centenario, estaba reclinado en el lecho en el banquete de César, y el anciano gotoso hacia libaciones que apenas se permitían el día del nacimiento de un hijo. Durante todo el tiempo no derramó ni una lágrima, ni señal alguna reveló su dolor. Cenó como si hubiese obtenido el perdón de su hijo. ¿Me preguntas por qué? Porque tenía otro. ¿Qué hizo Príamo? ¿no disimuló su ira y abrazó las rodillas del Rey? A sus labios llevó aquella mano funesta, teñida con la sangre de su hijo, y ocupó su lugar en el banquete, pero sin perfumes, sin coronas; su cruel enemigo le instaba, a fuerza de consuelos tomar algún alimento, y a vaciar anchas copas bajo la vista de un vigilante escondido. Aquiles hubiese despreciado al padre troyano si hubiese temido por sí mismo, pero el amor paternal triunfó de la ira. Digno fue Príamo de que se le permitiese, al salir del festín, recoger los restos de su hijo. No permitió esto el joven tirano con su afable y benévolo aspecto; provocando al anciano con frecuentes brindis, le invitaba a desterrar sus penas, y éste, en recompensa, se mostraba regocijado e indiferente a lo que había pasado aquel día. El segundo hijo hubiese perecido, de no quedar el verdugo contento del convidado.


XXXIV[editar]

Necesario es abstenerse de la ira, sea contra el igual, sea contra el superior, sea contra el inferior. El resultado de la lucha con el igual es problemático; luchar con el superior es insensato, y vil con el inferior. Despreciable e infeliz es el que devuelve el mordisco: el ratón y la hormiga amenazan la mano que les coge: los seres débiles se creen ofendidos en cuanto se les toca. Nos calmará el recuerdo de los favores recibidos en otro tiempo de aquel contra quien nos irritamos, y el beneficio rescatará la ofensa. Recordemos también la reputación que nos formará nuestra fama de dulzura, y cuántos amigos útiles proporciona la clemencia. No tengamos ira contra los hijos de nuestros enemigos públicos y privados. Uno de los ejemplos de la crueldad de Sila fue haber expulsado de los cargos públicos a los hijos de los proscritos. Nada más injusto que hacer pasar a los hijos el odio que se tuvo a los padres. Preguntémonos, cuando nos cueste trabajo perdonar, si nos convendría que fuesen todos inexorables con nosotros. ¡Cuántas veces implora perdón el que lo negó! ¡Cuántas veces cae a los pies del que rechazó con los suyos! ¿Qué hay más noble que transformar la ira en amistad? ¿Qué aliados más fieles tuvo el pueblo romano que aquellos que por mucho tiempo fueron sus enemigos más encarnizados? ¿Qué sería hoy del Imperio si afortunada previsión no hubiese confundido vencidos y vencedores? ¿Se irrita alguno? atráele tú con beneficios. La lucha cesa en cuanto uno de los dos abandona el puesto: para combatir se necesitan dos. Si se traba pelea, mézclase la ira; triunfa aquel que retrocede primero; el vencedor es vencido. Te ha golpeado, retírate. Al devolverle los golpes, le proporcionarás ocasión de darte más y con excusa; ni podrás desembarazarte de él cuando quieras. ¿Quién querría herir con tal fuerza al enemigo que dejase la mano en la llaga sin poder retirarla? Arma de esta clase es la ira; difícilmente se retira.


XXXV[editar]

Elegimos armas convenientes, espada cómoda y fácil de manejar: ¿y no evitaremos las pasiones del alma, mucho más pesadas y que descargan golpes más furiosos e irrevocables? Aquella rapidez agrada en un caballo que se detiene a la voz, que no traspasa el término, que puede regirse a voluntad y reducirse de la carrera al paso. Sabemos que los nervios están enfermos cuando se agitan a pesar nuestro. Solamente los ancianos y los enfermos corren cuando quieren andar. Sanos y vigorosos son aquellos movimientos del alma que siguen nuestro impulso, no los arrastrados por el suyo. Nada, sin embargo, será tan útil como considerar primeramente la deformidad de la ira, y después sus peligros. Ninguna pasión tiene aspecto tan desordenado; afea los semblantes más bellos y descompone los rostros más tranquilos. El hombre irritado pierde toda dignidad, si su toga está plegada, según la costumbre, la dejará arrastrar y olvidará todo cuidada de su persona; si el arte y la naturaleza han dispuesto sus cabellos de manera conveniente, con la ira se erizarán; hincharanse sus venas; oprimida respiración agita su pecho; los furiosos esfuerzos de su voz le dilatan el cuello; estremécense sus miembros, tiemblan sus manos y agítase todo su cuerpo. ¿Qué piensas del estado interior de un alma cuya representación es tan repugnante? ¿Cuánto más terrible deben ser sus rasgos secretos, más ardiente su fermentación, y más vehementes sus arrebatos, fuego terrible que se devoraría a sí mismo si no estallase? Como los enemigos, como las bestias feroces corriendo a la matanza, o por la matanza repugnante, como los monstruos infernales que han imaginado los poetas, con su cinturón de serpientes y su aliento de fuego, las negras Furias del averno lanzándose para enardecer a los combatientes, para sembrar la discordia entre los pueblos y destruir la paz, así podemos representarnos la ira, centelleantes los ojos, aullado, silbando, rechinando y rugiendo, reproduciendo en el huracán los sonidos más siniestros, blandiendo puñales con ambas manos; porque no cuida de cubrirse; torva, ensangrentada, cubierta de cicatrices y lívida con sus propios golpes, con vacilante paso y la razón ofuscada bajo densas nubes, corre de un lado para otro; destruye y se encarniza en su víctima; encuéntrase abrumada con el odio de todos y principalmente con el suyo, y si no puede dañar de otra manera, invoca la destrucción de la tierra, de los mares y del cielo, maldiciendo ala vez que maldita:

Sanguineum quatiens dextra Bellena llagellum,
Aut seissa gaudens vadit iscordia palla;

o si es posible, imagínense rasgos más espantosos para esta repugnante pasión.


XXXVI[editar]

Algunos hay, dice Sextio, a quienes aprovechó mirarse al espejo estando irritados: asustados por aquella transformación, creyeron tener delante una realidad, y no se reconocieron. ¡Y cuán lejos está aún esta imagen reflejada por el espejo de su verdadera deformidad! Si el alma pudiera mostrarse a los ojos y reflejarse en cualquier superficie, nos confundiríamos al verla lívida y manchada, espumosa, convulsa e hinchada. Si actualmente vemos aparecer su deformidad a través de los huesos, de las carnes y de multitud de obstáculos, ¿qué sería si la contemplásemos desnuda? «Crees que nadie ha desistido de la ira ante un espejo». ¿Cómo no? correr al espejo para mirarse, es haber desistido ya. Nunca se encuentra más bella la ira que en su más espantosa fealdad, y tal como es quiere parecer. Pero mejor es considerar cuántas veces ha dañado por sí misma. Unos, en ciego arrebato, se cortaron las venas; otros vomitaron sangre por haber esforzado los gritos, y refluyendo con violencia el humor a los ojos, oscureció su limpidez, y los enfermos experimentaron aumento de dolores: nada lleva con más rapidez a la locura. Así, pues, en muchos la demencia no fue otra cosa que continuación de la ira, y una vez perdida la razón no la recuperaron jamás. La demencia impulsó a Ayax a la muerte, y la ira a la demencia. Invocan la muerte sobre sus hijos, sobre ellos la indigencia, la ruina sobre su casa; y estos furiosos niegan su ira, como niegan su locura. Enemigos de sus mejores amigos, peligrosos para aquellos a quienes más quieren, no conociendo de la ley más que los castigos, girando al soplo más ligero, son inaccesibles a las palabras como a los favores. Su único guía es la violencia, y tan dispuestos están a clavaros la espada como a arrojarse sobre ella. Les domina el mayor de todos los males, superior a todos los vicios. Los otros penetran en el alma poco a ; éste la invade desde el primer momento y por completo; domina, en fin, todas las demás pasiones, y vence al amor más ardiente. Así es que hay amantes que traspasan el pecho de la amada y abrazan locos a su víctima. La avaricia, ese mal inveterado, ese mal tan rebelde, resulta vencido también por la ira; arrástrala a disipar sus riquezas y a entregar a las llamas su casa y sus amontonados tesoros. ¡Cómo! ¿no ha rechazado el ambicioso las insignias que en tanto estima ba y repudiado los honores que le ofrecían? No existe pasión alguna a la que no se sobreponga la ira.


Filigrana.svg
◄ Parte anterior Título de esta parte Parte siguiente ►
Libro primero Libro segundo Libro tercero