De las piedras preciosas entre los romanos

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
El Museo Universal (1869)
De las piedras preciosas entre los romanos
 de J. F. y V.


DE LAS PIEDRAS PRECIOSAS ENTRE LOS ROMANOS.


El gusto por los espléndidos trages, los ricos adornos, y de consiguiente por las piedras preciosas, fue importado del Asia á la Grecia y de ésta á Roma. Los griegos, como los mas próximos vecinos del Asia, fueron los mas sujetos al contagio del lujo, sirena engañadora que civilizó á los romanos para después precipitar su imperio, opinión que, admitida por todos los historiadores, se verá confirmada en la interesante monografía que ofremos á nuestros lectores.

La gola de Alejandro cubierta de piedras preciosas, y su manto bordado de oro y prendido de joyas, nos demuestran que también el héroe macedonio participó de la flaqueza afeminada de los persas. Entre los romanos el lujo dató, en realidad, de la conquista de Macedonia por Paulo Emilio.

El país, cuna de las artes, sometido por las victoriosas armas de los romanos, refinó el gusto y pulió las costumbres de sus invasores. El oro, la plata, las sedas, los perfumes, las perlas, las piedras preciosas y la púrpura y escarlata de las voluptuosas regiones del Oriente, de la zona tórrida africana, y aun del aterido Norte, reunidos dentro de sus muros por la industrustriosa Cartago, provocaron en los austeros romanos nuevos gustos, nuevos placeres, nuevas necesidades, y despertaron en ellos aquella insaciable sed de riqueza, comparable sólo á la de dominación y de gloria que les abrasaba.

Las subsiguientes presas que Ponpeyo y Lúculo hicieron, llenaron á Roma, á la vuelta de sus ejércitos, de tantas modas de lujo y costumbres orientales, que para muchos autores data de aquella época el origen de la suntuosidad de los romanos, quienes muy luego escedieron en exageración, sino en buen gusto, á las naciones de donde tomaron aquellas novedades. La pasión por las piedras preciosas, especialmente, les condujo á las mas desatentadas estravagancias.

Una colección de joyas tenia en Roma el nombre de dactylotheca. Scauro, yerno de Sila fue el que poseyó la primera, formada probablemente de los despojos hechos por su suegro. Durante mucho tiempo no existió ninguna otra, hasta que Pompeyo, eI Grande, entre otras ofrendas, consagró en el Capitolio la que había pertenecido á Mitrídates, y que aventajaba en mucho á la de Scauro. Además de rubíes, topacios, diamantes, esmeraldas, ópalos, ónices y otras joyas, notables por su brillo y magnitud, aquella dactylotheca, la más rica y lujosa de los príncipes vencidos por los romanos, contenia un gran número de anillos, sellos, brazaletes y cadenas de oro de un esquisito trabajo.

Esta grandiosa esposicion quedó, sin embargo, oscurecida al lado de las maravillas de arte y de ia naturaleza que se vieron en el tiempo de Pompeyo, entre las cuales eran las más importantes las siguientes: —Un juego de ajedrez con todas sus piezas de oro engastadas de pedrería; treinta y tres coronas de perlas; la lamosa parra de oro de Aristóbulo, apreciada por el historiador Josefo en 500 talentos (9.120,000 reales); el trono, y cetro de Mitrídates; su carro resplandeciente de oro y pedrería, que había pertenecido a Dario. El emperador mismo compareció con un manto tardado de oro y joyas, que se dijo ser el que bahía pertenecido á Alejandro. Después que estas maravillas hubieron deslumhrado al pueblo romano, se pusieron en parada las armas de Mitrídates, cuyo esplendor eclipsó todo cuanto se había visto hasta entonces. La diadema y funda de la espada del vencido monarca, ambas totalmente cuajadas de magnífica pedrería, no aparecieron en la procesión por haber sido robadas: la funda sola costó (7.640,000 reales) 400 talentos.

César, siguiendo el ejemplo de Pompeyo, consagró á Venus Genitrix seis dartylathecas, y una Marcelo, hijo de Olimpia, á Apolo Palatino. Augusto presentó en un sólo dia en el templo de Júpiter Capitalino 16,000 libras de oro en barras, y piedras preciosas por valor de 10.000,000 de sextercios.

La descripción que hace Lucano en la Farsalia del salón en que Cleopatra dió un banquete en honor de César, nos parecería una invención poética, si tan portentosa suntuosidad no se viera confirmada por el testimonio de la severa historia. Columnas de pórfirio, pórticos de marfil, pavimentos de ónix, umbrales de concha con una esmeralda engastada en cada una de sus manchas; muebles incrustados de jaspe amarillo, divanes adornados de pedrería, encantaron los ojos del laureado romano, mientras que su corazón y su entendimiento se sintieron subyugados por la belleza de su regía huésped, cuyas gracias realzaban ricos despojos del Mar rojo, y en cuya frente brillaba un tesoro de joyas de una gran serie de Faraones. Con tal conjunto y entourage, no es maravilla que la Circe oriental obtuviese tan fácil triunfo sobre César y Antonino, grandes maestros en el arte de la guerra, pero semibárbaros comparados con los suntuosos hijos de aquel pais de refinada voluptuosidad.

Una vez introducido en Roma, el lujo hizo rápidos progresos. Pieles de Scitía y tapices de Babilonia; ámbar de las riberas del Báltico al Danubio, y piedras preciosas; sedas v aromas del Oriente, eran importadas á cambio dé la plata y el oro, del imperio. La pérdida anual en este comercio se computó en 80.000,000 de reales, y sin embargo el producto de las minas suplía abundantemente las demandas del comercio. [1]

No obstante los edictos con que trató de reprimir la locura de los demás, César era un infatigable colector de piedras preciosas, vasos cincelados, estatuas, pinturas, etc., especialmente de las obras de antiguos y famosos artistas. La cantidad de joyas de que César debió de disponer, no hay duda que pudo ser enorme. Calígula construyo barcos enteramente de cedro con las popas incrustadas de piedras preciosas: estas debieron, ser piedras finas, Liles como el ónix. El manto del emperador estaba cargado de piedras preciosas y bordados de oro, é Incitatus, su caballo favorito, salía cubierto de mantillas de púrpura y llevaba un collar de perlas.

En la casa de oro de Nerón, los entrepaños eran de nácar incrustado de oro y piedras preciosas. En los grandes juegos instituidos por este emperador, se arrojaban diariamente al pueblo como cosa de mil billetes de una lotería, cuyos premios consistían en gran número de pájaros, vasos de varias clases, trigo, oro, plata, trajes, perlas, piedras preciosas y pinturas; y en los últimos tiempos llegó á haberlas de buques, casas y tierras. Pero en el reinado de Antonino fue cuando el lujo llegó á su más alto grado de exageración. El lujo en edificios, jardines, muebles, banquetes y vestidos, halló historiadores que lo ensalzaron ó ridiculizaron desde los tiempos de Augusto; pero Plinio fue el primero que habló de las piedras preciosas.

Cuando el furor por las joyas llegó á su apogeo, ya no bastó á satisfacer la vanidad de aquellos dueños del mundo que sus aderezos fuesen apreciados en razón del trabajo artístico y belleza de las piedras preciosas, sino que era menester la jactancia de poseer esta 6 aquella, de tal ó cual ilustre origen. Un anillo, un vaso, Una sarta de perlas ó un camafeo, era preciso que por su genealogía ascendiesen hasta Cleopatra, Antonino ó algún otro insigne personaje. Esta vanidad dió á Marcial materia para un epigrama. Los hombres y las mujeres competían en su pasión por las joyas. Plínio refiere indignado que las mujeres, no contentas con usar adornos de oro en la cabeza, brazos, trenzas, dedos, orejas y cintura; llevaban collares de perlas en su seno y dormían con ellos, como para no separarse nunca de sus queridas joyas.

Se lamenta además de que llevasen adornos de oro en los pies, estableciendo asi una especie de orden ecuestre entre la estola de la matrona y la túnica de la plebeya. Esto, sin embargo, era una éstravagancia de poca monta al lado del antojo de la emperatriz Popea, que mandó poner á sus mulas herraduras de oro.

No podía, en verdad, esperarse moderación alguna de parte de las mujeres de aquellos patricios, que habiendo sometido imperios y hecho tributarios a los reyes, reinaban como soberanos en vastos dominios arrancados de diferentes naciones para engrandecimiento de Roma. «He visto, dice Plinio, á Lolia Paulina, mujer del emperador Calígula, cubierta de perlas y esmeraldas colocadas alternativamente para duplicar su brillo en su cabeza, garganta, manos, brazos y cintura, por valor de 40,000 sextercios (33.600,000 reales) cuyo coste podía justificar en el acto con los correspondientes documentos; y sin embargo, no era aquella ocasión la de una fiesta á ceremonias solemnes, sino simplemente una boda de las mas humildes. Aquellas perlas, no, las debía á la prodigalidad de su imperial esposo, sino que procedían de los despojos hechos en los países sometidos á Roma. Marco Lolio, su abuelo, dejó en el Oriente la fama más odiosa á causa de sus exacciones á los reyes, de lo que Tiberio lomó pretesto para degradarlo y condenarlo á muerte, á fin de que su nieta pudiese presentarse en público resplandeciente de joyas y alhajas.»

El crítico naturalista nos dice que era más fácil ver en la calle á un cónsul sin sus haces, que á una dama romana sin sus alhajas.

Los joyeros griegos y romanos variaron hasta tal grado la forma y estilo de los aderezos, que según opinión de los arqueólogos, nuestros más hábiles artistas modernos son al lado de ellos meros copistas ó imitadores. Las obras que tratan de la joyería de los antiguos, ofrecen un repertorio inagotable á los que esploran su profundidad científica. Las diademas, collares, pendientes, brazaletes, anillos, alfileres, broches de todas formas y dimensiones, rematados con bustos, estatutos, animales, pájaros, insectos, flores, etc., eran alhajas indispensables á una dama romana, mas apreciadas por su mérito artístico que por la materia de que estaban compuestas. Las agujas para el pelo constituían un artículo importante de la toilet: estaban primorosamente trabajadas, y sus cabezas comunmente representaban figuras correctamente delineadas. Se sabe de una de estas agujas que costó 1.000,000 de reales. Entre las reliquias de Pompeya y Herculano que se hallan en el museo real de Nápoles, existe una aguja que perteneció á la emperatriz Sabina, que representa la diosa de la abundancia con el cuerno de Arquelao en una mano y acariciando á un delfín con la otra. Winkelman describe esta aguja en su carta sobre las antigüedades de Herculano.

Los collares solian ser de varias vueltas, cayendo la útima sobre el pecho, y con un magnífico camafeo por broche. Por las antiguas joyas que se conservan en algunas colecciones de Europa, puede juzgarse del esquisito trabajo y buen gusto de los antiguos en este ramo.

Brazaletes de tres ó cinco sartas de perlas y brazaletes de oro con pedrería adornaban los brazos de las bellas romanas; llevaban anillos en todos los dedos, y ricos cinturones en sus talles. Muchas de estas álhajas han llegado á hacerse históricas. Asi sabemos que el anillo de Faustina costó 200,000 duros, el de Dionisia 300,000 duros; el brazalete de Cesonia 400,000 duros; los zarcillos de Popea 600.000 duros, y el doble de esta suma los de Calpurnia, mujer de César. La diadema de Sabina, tan estimada por su trabajo como por su valor intrínseco, se evaluó en 1.200,000 duros.

Hasta las ligas de las damas romanas eran ricos joyeles en que el oro, la plata y las piedras preciosas se empleaban con verdadera prodigalidad. Sabina, la joven, poseía un par de ligas, valoradas en 100,000 duros : los riquísimos camafeos de que estaban formados sus broches. Las mujeres de los patricios gastaban una gran parte de sus fortunas en su loco frenesí de rivalidad en los adornos. Las ligas de aquellos tiempos no se empleaban para las medias, porque estas prendas no estaban en uso, sino para sujetar una especie de calzones de hilo fino. A veces se llevaban como mero adorno en las piernas desnudas.

Neron ofreció á Júpiter Capitolino los primeros mechones que cortó dè sus bárbas, en un vaso de oro ricamente engastado de perlas.

Heliogábalo usaba sandalias con piedras preciosas de gran valor, y nunca llevaba dos veces el mismo par. Los emperadores sucesivos trataron en vano de detener los escesos estravagantes de un lujo que amenazaba arruinar á todas las clases. Entre otros artículos hallamos que las joyas eran á veces objeto de una ley.

Julio César, cuando habia llegado al apogeo de su fama y poder, vió con dolor la relajacion que sucedió á las antiguas costumbres, y mandó publicar un edicto prohibiendo el uso de la púrpura y de las perlas á todas las personas que no perteneciesen á cierto rango; y aun las últimas no les eran permitidas sino para concurrir á las ceremonias públicas. Se prohibió á las solteras el uso de las joyas, y este terrible golpe contra el celibato promovió el afan por el matrimonio en todo el imperio hasta el punto de que muchas mujeres incurrian sin reparo en el más repugnante perjuro por salir de aquel estado.

El mismo edicto prohibió el uso de las literas, moda importada del Asia.

El emperador Leon, publicó el año 460 la última ley suntuaria, prescribiendo ciertas restricciones que prueban hasta qué punto habia llegado el desenfreno de sus súbditos. A todas las personas, de cualquiera calidad que fuesen, se les prohibió adornar con perlas, esmeraldas y jacintos, sus fajas y las bridas y sillas de los caballos. Se les permitia adornarlas con cualquiera otra clase de piedras, pero no se consentia ninguna en el bocado de los caballos. Los hombres podian usar broches de oro en sus mantos y túnicas, y apurar en su forma y labor todos los recursos del arte, pero les estaba prohibido todo otro ornamento precios.

En la ignorancia de los tiempos qué sucedieron á la ruina del imperio romano, las producciones y manufacturas del Oriente perdieron su estimacion, y el comercio de aquel pais que amenazaba devorar la riqueza de Occidente, se hundió al fin en la oscuridad más completa.

J. F. y V.


  1. Gibbon. Decline and fall of Rome.