De las reformas: Ultrajes al Ejército y al honor nacional

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De las reformas
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Ultrajes al Ejército y al honor nacional



 Sigamos con las reformas de Cuba. Aunque las cosas, según los partes oficiales, no van, por desgracia, muy bien allá; aunque el mismo Gobierno vuelve á ejercer de Pilatos, lavándose las manos en cuanto á los éxitos ó fracasos de los generales, ello es que las reformas están hechas, que está preparado el decreto para implantarlas, y que de ese decreto se espera la paz de Cuba.

 Era una intencionada caricatura explica ayer Gedeón el origen de las reformas. El dictador Cánovas está escribiéndola al dictado, según le indican los Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, y no sabemos cuántas potencias más.

 Las reformas, pues, salen del Gobierno español bajo la presión del extranjero, y van á parar á Cuba como una donación de la diplomacia.

 La diplomacia ha metido la cabeza en la guerra; la acción diplomática entra ahí con el fin de arrebatar á los soldados los éxitos que les corresponden, para atribuirse la pacificación de Cuba, si se logra.

 Qué se logrará con ella, ya lo diremos en otro artículo, en que pensamos examinar la acción diplomática por el lado del provecho. Hoy nos toca verla por el lado del honor... Porque en la guerra de Cuba podemos españoles atender á dos aspectos: al honor de nuestra bandera, á la dignidad nacional, ó al provecho nacional, al positivismo. Sean, pues, estas líneas de hoy para el honor de España.

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 Que las reformas afectan al honor nacional es cosa indudable. Que son una humillación vergonzosísima de la patria ante sus hijos rebeldes, y ante los Estados pérfidos que nos las imponen, no hay que demostrarlo.

 El gobierno liberal, revolucionario y masonizante, que quitó los fueros navarros después de la primera guerra carlista, y suprimió los vascongados después de la secunda, no tiene reparo en dar fueros á los cubanos, como premio de su desastrosa rebeldía, y no contra una dinastía ni contra una forma de gobierno, sino contra la santa integridad de la patria.

 Eso es verdaderamente indigno. Realmente necesita reformas la administración cubana, las necesita, sobre todo, en punto á moralidad y justicia, ya que, según la exactísima frase de Carlos VII, el problema de Cuba es ante todo y sobre todo un problema de moralidad. Hasta no negamos que en la parte política hacen falta reformas, y seguramente los carlistas reformaríamos mucho de lo actual, en armonía con nuestro programa, que es el de la tradición de las Leyes de Indias.

 Pero ahora la concesión de las reformas tiene otro carácter y otra índole. Es una tajada que se suelta á los perros filibusteros á ver si dejan de mordernos, un memorial que se echa á Máximo Gómez y á Calixto García, á Estrada Palma y á Betancour para que por amor de Dios cesen de hacernos Sierra y no nos arruinen ni nos desesperen. Las reformas concedidas en tiempo de paz ó después de abogada con las armas la rebelión separatista, serían buenas ó malas, según su naturaleza, que no discutimos ahora, pero en nada afectarían al decoro de la Patria. Concedidas hoy, cuando los rebeldes campan por sus respetos, cuando Cuba está sin someter todavía, significan que España pone de rodillas á los pies de los Cubados, confesando su impotencia para dominarlos y pidiéndoles humilde y llorosa gracia y piedad para nosotros. Eso valen las reformas que el Sr. Cánovas prepara; y que valen eso, lo comprende todo el mundo, empezando por el mismo Cánovas, que lo confesaba en otros tiempos, en el Discurso de la Corona, cuando se negaba á hablar de ello mientras nuestras armas no hubiesen acabado con los rebeldes.

 Y siendo así, maravilla grande es cómo en España hay vergüenza para otorgarlas ó para consentir que se otorguen...

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 Son además, las reformas, un ultraje al ejército. La pobre bandera española que en Cuba está mantenida y defendida por soldados 250.000, que dan la vida por ella, que por ella emulan á los héroes de las leyendas, y en ella quieren, como en sudario bendito, envolver sus cuerpos cuando caen bajo las traidoras balas enemigas, esa bandera roja y amarilla, que preside á los combates y alegra el corazón de los hijos de esta nación amada, de la que es símbolo y enseña, esa bandera cuajada de recuerdos de gloria, de membranzas de grandeza y heroísmo, se declara inservible, y se la sustituye con el trapo sucio de la política y la diplomacia.

 ¡Bandera desdichada! Ha servido en otros tiempos para dominar un mundo, para tremolar en todo el continente americano, para someter á media Europa al poder de España, y hoy oficialmente se la deshonra suponiéndola impotente para hacerse obedecer de una mesnada de 30.000 incendiarios, y bandidos.

 ¡Ejército gloriosísimo! Los más grandes generales de la historia se fiaron de tí para acometer empresas de titanes, para arrancar palmas y laureles en todas las partes del mundo, para hacerte la admiración de las naciones y el orgullo de la patria, y hoy no se fían de tu valor estos politiquillos menguados que ponen en tu camino glorioso, para arrebatarte el mérito de tu obra, menudencias políticas y triquiñuelas diplomáticas.

 Contigo no temió jamás la vieja monarquía emprender conquistas, vencer obstáculos, ponerse al frente de Europa entera, si trataba de afrentar nuestro nombre y nuestro linaje; y estos estadistas apocados y pusilánimes temen que no puedas acabar con una rebelión de negros que huyen siempre como las fieras á lo espeso de las montañas!

 Pero ¿qué es, que significan el honor nacional, la dignidad de España, la honra del ejército, la altivez de esta patria, que si sufrió desdichas no sufrió menguas ni desprecios... qué significa todo eso ante la tranquilidad del Gobierno y la vida de las instituciones levantadas en Sagunto?

 ¡El honor! Ya hablarémos en otro artículo de lo que vale, de lo que representa en la vida de los pueblos y de los pueblos caballerescos como España.

 Pero valga lo que valiere, ¿no es lógico y justo que estos gobiernos relajados sacrifiquen el honor, sacrifiquen al ejército sacrifiquen la historia entera en aras de un ídolo, de uno sólo, del régimen odioso y odiado, á cuya sombra medran turbas de hambrientos, de busca-vidas, de gentes inmorales y envilecidos?...

  Eneas.


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