De tejas arriba: 04

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IV
Peripecia
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De tejas arriba Ramón de Mesonero Romanos


Una noche... ¡qué noche!... llovía a cántaros y los vientos desencadenados amenazaban arrancar la miserable techumbre de la buhardilla de madre Claudia; rodaban las tejas y caían a la calle con estrépito, envueltas en torrentes de agua; por los ángulos del desván aparecían goteras interminables, cansadas, que llenaban las jofainas, los barreños, las artesas, y prometían inundar aquel miserable recinto, disolviendo su mecánico artificio; y de vez en cuando un brillante relámpago venía a iluminar todo el horror de aquella escena, y una prolongada detonación concluía por hacerla más terrible e imponente.

Rezaba la vieja, y pasaba de dos en dos las cuentas de su rosario, puesta de hinojos delante de una estampa de Santa Bárbara, pegada con pan mascado en el comedio de la pared. De tiempo en tiempo entreabría cuidadosa el ventanillo, por ver si serenaba la tormenta, y volvía a rezar y a darse golpes de pecho, y se asustaba de ver al gato que saltaba por las paredes, y temblaba creyendo haber oído andar en la puerta, y retrocedía al mirar su sombra, viendo en ella temblar su espantable figura, a las trémulas ondulaciones del candil.

En esto un trueno horrísono estalló, y el gato dio un brinco hacia la chimenea, y cayó la luz, y todo quedó en la más profunda oscuridad... La vieja despavorida corre a la puerta, a tiempo que ésta se abre por sí misma, y al fulgor de otro relámpago se ve entrar con precaución a un bulto negro embozado, que alarga la mano y cierra la puerta detrás de él.

-¡Jesús mil veces! -grita la vieja, y cae en el suelo sin voz ni esfuerzo para decir más.

-Nada tema usted, madre Claudia... soy yo... ¿no se acuerda usted de lo que me prometió para esta noche?...

-En el nombre sea de Dios, señorito; el Señor le perdone a usía el susto que me ha dado, pues pienso que en tres semanas no me lo han de sacar del ánima.

-Vaya, buena madre, álcese del suelo y encienda una luz, que nos veamos las caras, y pueda yo colgar la capa, que la traigo como sopa de rancho.

-¡Ay, señor! pero con esta noche que parece que va el cielo a juntarse con la tierra... mas cuenta que como estoy toda azorada, ni sé qué me hago, ni dónde puse la pajuela.

-A bien que aquí traigo yo el fósforo, y...

-Alabado sea el Señor, Dios nos dé luz en el alma y en el cuerpo; traiga, traiga, aquí, y endiñaré el candil... pero ¿qué es esto? ¿usía tiembla también? -Y así era la verdad, que el osado mancebo al alargar la luz a la vieja, y mirar su lívida faz y desencajada, no pudo menos de hacer un movimiento de retroceso.

Encendido ya el candil, restablecida la calma, y serenado por fin el ruido de la tormenta, pudo entablarse un diálogo misterioso entre la vieja y el señorito, en que éste porfiaba, y la vieja se hacía de rogar, y aquél juraba, y ésta se reía; y luego sacaba aquél un bolsillo: y ésta se ponía a discurrir.

-¿Pero no ve usía, señorito, que me pide un imposible? Yo no diré que ella no le quiera a usía y mucho, que a mis años y a mi experiencia no lo ha podido ocultar; pero al fin usía es usía, y ella es una pobre muchacha, hija de un tendero de bien, que se mira en ella como en las niñas de sus ojos, y aunque pobre, también tiene su aquél, y si él llegara a sospechar la intención con que por usía he venido a esta casa... ¡Dios nos libre!

-Todo eso está bien, replicó el caballero, pero es lo cierto que ella me quiere, porque yo lo sé, porque ella no me lo ha disimulado, y luego tú me prometiste convencerla...

-Y mucho, que varias veces la he tanteado sobre el particular; pero, amiguito, una cosa es apuntar y otra caer el gorrión; que no se ganó Zamora en una hora, y para el hierro ablandar, machacar y machacar... No si no aguarda la breva en enero y verás si cae.

-¡Maldita seas con tus refranes y con tu eterno charlar! ¿Pues no me dijiste, vieja del diablo, que esta noche?...

-No es esto decirle a usía que yo no ponga de mío hasta donde se me alcance al magín, que Dios deja obrar las segundas y aun las terceras causas, y por falta de voluntad ni aun de memoria no me ha de pedir cuenta el Señor; pero nunca la pude reducir a bondad, y eso que la conté el oro y el moro, y la pinté, como quien dice, pajaritas en el aire; pero así es el mundo; para unas no basta el só, ni para otras el arre, y muchas conozco yo que no se harían tan remolonas.

-No me vayas a hablar de otras, como sueles, bruja maldita... Yo no he venido aquí a escuchar tus graznidos, ni por todas tus protegidas hubiera subido un solo escalón de esta escalera infernal... Vengo sólo a que me cumplas tu promesa... y ya tú sabes que yo no tengo cara de que se me hagan en balde.

-Pues a eso voy, señor; ¡cáspita! y qué vivos de genio son estos boquirrubios, y que...

-Perdona, buena Claudia, pero mi impaciencia...

-Después que una se desvive por servirlos, haciéndose (como quien dice) piedra de molino, para que ellos coman la harina.

-Pero...

-Ande usted de aquí para allí como un zarandillo, por la gracia del Señor, cuando a él le convenga; deje usted su cuarto de la calle de las Huertas, que bien me estaba yo en él sin estos trampantojos; súbase usted a las nubes como el gavilán, y póngase desde allí en acecho de la paloma... y todo ¿para qué?...

-Tienes razón, Claudia, tienes razón; pero como tú me dijiste...

-Y ya se ve que dije y no me vuelvo atrás, que bien sé lo que me tengo que hacer, pero...

-Mira, toma lo que llevo conmigo, y esto será nada más que principio de mi eterno agradecimiento; pero por tu vida que hagas porque yo la vea esta noche, aquí mismo, en tu casa, y... su padre está de guardia, ya ves tú que mejor ocasión...

-¿Y por quién sabe usía todo eso sino por mí?

-Es verdad, dices bien, mucho tengo que agradecerte.

-Quiera Dios que dure y que a lo mejor no me muestre las uñas.

-No temas, amiga Claudia, mi protectora; mi esperanza; ahora baja, que se va haciendo tarde, y me pesan los momentos que dilate al mirarla en mi presencia.

-Vaya, ya bajo, y para la subida me encomiendo a Dios; pero sobre todo, señorito, me encomiendo a su prudencia y... ¡Ah! mejor será que os escondáis tras de la puerta, porque el susto de veros no la incline a volver atrás.

-Bien, bien, como queráis, madre mía.

Y la vieja se santiguó, y ayudada de su cerilla comenzó a bajar pausadamente la escalera, y llegada a la tienda, entabló un diálogo, al parecer indiferente, con la inocente criatura, que, como hemos sabido, estaba sola con un hermanito de pocos años; y como se quejase de dolores en las sienes a causa de la tormenta, luego la brindó la vieja con que subiese a su buhardilla, donde la pondría unos parches de alcanfor que la remediasen, con que la prometió que la había de dar las gracias; y la inocente creyó al pie de la letra el consejo de aquel maligno reptil y luego emprendió con ella la subida de la escalera, encargando de paso a su hermanito el cuidado de la tienda.

Llegadas que fueron arriba, abre Claudia la puerta cuidando de cubrir con ella a su cómplice; vuelve entonces a cerrar, y éste ya descubierto se arroja precipitado a los pies de la joven, y la renueva con los más vivos colores sus juramentos y sus deseos. La sorpresa y la indignación privaron por un momento a la niña del uso de la voz; después lanzó una mirada suplicante a la vieja, la cual con su diabólica sonrisa la dio a conocer lo que podía esperar de ella; entonces aquella alma pura recobró toda la energía propia de la virtud; en vano la vieja y el galán quieren detenerla; en vano son los juramentos, las promesas, las amenazas; arráncase violentamente de sus manos, corre desalada a la puerta, hace saltar los cerrojos, y aparece en lo alto de la escalera gritando: «Favor, vecinos, favor...»

En el mismo punto se abren simultáneamente las puertas de las demás habitaciones, y mientras los más próximos acuden a preguntar a la niña, se oye acercar un estrepitoso ruido de un hombre armado de pies a cabeza que subía los escalones cuatro a cuatro, gritando desaforadamente...

-«¡Mi hija... mi hija... ¿quién me la ofende?...»

A esta pregunta contestan el memorialista y el alguacil trayendo de las orejas a madre Claudia hasta plantarla de rodillas a sus pies, en tanto que el galán anónimo había tenido por conveniente escapar por el tejado...

El zapatero, que subía a este tiempo la escalera en amor y compañía con la valencianita, mira escapar a su esposa de la buhardilla del químico, y se enfurece de veras, sin reparar que él también tenía por qué callar; en tanto los chicos del cesante gritan que en el callejón de las esteras hay tres bultos escondidos que sin duda deben de ser los facciosos; y súbito el alguacil y el memorialista, y el tendero y el cesante, corren a verificar su captura, a tiempo que las niñas de la viuda salen despavoridas gritando que no los maten que no son los facciosos, sino sus novios, que a falta de otro sitio estaban hablando con ellas en el callejón.

El químico, que desde su chiscón observaba aquel embrollado caos, no halla otro medio para poner término a semejante escena, que reunir multitud de mistos de salitre y plata fulminante, con que produce un estampido semejante al de un tiro de cañón, y a su horrísono impulso ruedan por la escalera todos los interlocutores de aquel drama; el tendero con su hija; el memorialista y el cesante con los chicos; éstos agarrados de la vieja; las niñas de sus galanes; el zapatero de la viuda; la ribeteadora del químico; y el alguacil de la valenciana; gritando: «Favor a la justicia, dejadme a esta pecorilla que es el cuerpo del delito...»



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De tejas arriba de Ramón de Mesonero Romanos

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