Desolación (Castro)

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Desolación (Castro)
de Rosalía de Castro



 Del luto de mi noche                     
 mi ángel funesto  
 tejió un velo pesado,  
 tupido y denso  
 más que las sombras  
 que en los hondos abismos  
 eternas moran.  
    
 Negóme desde entonces  
 el sol su brillo,  
 ¡ay!, negóme la luna  
 su fulgor tímido,  
 y la esperanza  
 no alumbró más el yermo  
 de mis entrañas.  
    
 Por eso todo, todo...  
 para mí ha muerto.  
 Mudas pasan mis horas  
 tal como espectros...  
 Cabe mi oído  
 sólo se agita el soplo  
 de los olvidos.  


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 Hiende el rayo al peñasco en el monte,  
 a la nave en el mar la tormenta,  
 en el aire, el halcón prende al pájaro.  
 Y en el mar, en el aire, en la tierra,  
 todos prenden y acosan al hombre  
 de desgracia acusado y pobreza.  


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 Es obligado tema de sensibles cantores  
 el amor y sus penas, el beso o la mirada  
 del dulce ser querido, la dicha malograda  
 o la esperada dicha con sus vagos temores.  
    
 Después vienen los pájaros, el mar o el arroyuelo,  
 la tempestad que brama o la brisa sonora  
 que hace hablar al follaje mientras nace la aurora  
 o alza la mariposa el inconstante vuelo.  


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 Mas ¿qué nube es aquella que, elevada,  
 llena de luz, por el oriente asoma,  
 virgen que viene en su pudor velada,  
 temprana flor con su primer aroma?  
 ¿Quién la que en tronos de zafir sentada,  
 blanca, pura y sin hiel, dulce paloma,  
 desciende hacia la tierra en raudo vuelo,  
 abandonando por la tierra el cielo?  
    
 ¡Es ella! ¡Una mujer! Fuente de vida,  
 diosa inmortal de pensamiento altivo,  
 del seno de los ángeles venida  
 para librar mi corazón cautivo:  
 es fruto de verdad, fuente querida  
 de quien mi libre inspiración recibo;  
 es la que, madre de las madres, lleva,  
 ¡nombre de bendición!, el nombre de Eva.  
    
 Como las auras del abril, liviana;  
 como la luz del sol, fuerte y hermosa,  
 es ella de quien dicen flor temprana,  
 fuente sellada, estrella misteriosa:  
 su rostro del color de la mañana,  
 suelta la blanda cabellera undosa,  
 la palabra suave, el paso leve  
 que a su ligero andar las flores mueve.  
    
 Mas hay en su mirada una tristeza  
 de inefable amantísimo delirio,  
 que aumenta el resplandor de su belleza,  
 la llama santa de un feliz martirio,  
 ¡oh pura fuente de inmortal limpieza,  
 sobre las ondas desmayado lirio!  
 ¡Oh cuán amada por tus penas eres,  
 mujer en quien esperan las mujeres!  


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 En medio del silencio, allá en la noche,  
 madre de los misterios,  
 llenaban el espacio ecos suavísimos,  
 armónico concierto  
 de entrecortadas frases y caricias,  
 de suspiros, de quejas y de besos.  
    
 ¡Ay! Eran él y ella.  
 Espíritus de fuego,  
 almas que envueltas en ardiente llama  
 devoraban placeres y deseos.  
    
 -La vida es breve... Amémonos -decían.  
 -¡Tan veloz corre el tiempo!...  
 Y en su ansia loca, y en su afán ardiente  
 más que el viento esta vez corrieron ellos.  
    
 Tras de las largas misteriosas noches  
 un sol primaveral brilló sereno,  
 y uno al otro en silencio se miraron  
 con espanto y con miedo...  
    
 -Pero si ésta es la vida,  
 -murmuraron después- ¿a qué ir más lejos?  
 Y cual duerme un cadáver en su tumba  
 uno en brazos del otro se durmieron.