Diálogos de mi tierra

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Diálogos de mi tierra


-Ay Curruco, ay Curruco de mi corazón, y en qué mala horita jeché yo al mundo a ese charrán de mi Pepe que arrastrao se vea y a quien un divé le dé sarna que rascar jasta que yo alevante el deo.

-Pero chavó, comadre, ¿qué nueva chanaíta es la que le ha jugao a usté ese querubín apóstata? -preguntóle a la vieja el no más joven señor Toño el Curruquero, uno de los más caracterizados patriarcas de los de pelo en pecho del distrito.

-¿Qué quiée usté que me haiga jecho? A mí na, a mí no me ha jecho na cuasi; pero, en cambio, le ha dao la pesaumbre a Toñuelo el Garabato.

-¿Al Garabato? ¿Y qué le ha jecho al Garabato?

-Pos cuasi na, cortarle el hipo de una puñalá trapera de las que están pidiendo a voces el Santolio.

-Pero qué está usté diciendo, comadre; si el Pepe y el Toñuelo estaban cuasi injertaos por la voluntá que se tenían, si cuando dambos tenían tos bastaba con que uno cualisquiera de ellos tomara el jarabe y sudara el costipao.

-Pos ahí verá usté, a pesar de eso de la tos y del jarabe, el uno va ya cuasi caminito de la Audencia, y el otro cuasi caminito del Camposanto.

-Pero con ésta y con la otra entoavía no me ha dicho usté por mo de quién ha sío el enganche.

-¡Por mo de quién quiere usté que haiga sío! sino por mo de la Candelaria.

-¿Por mo de la Candelaria?

Y con tal expresión de extrañeza hubo de decir esto el Curruquero, que hízole exclamar a la anciana con acento irónico:

-¡Pus por mo de quién pensaba usté que había sío! ¿Por mo del Zaragozano?

-Yo nunca he creío que sea por mo del de los almanaques, pero es que yo creía que la Candelaria seguía en la corte pa estar allí cuando se abriera el Congreso de los Diputaos.

-Sí que se fue a la corte. ¡Por cierto que yo no sé como no lo dijeron los periódicos!

-¿Y por qué fue el venirse de nuevo ese cepillo de ánimas?

-Por qué querría usté que fuera; porque al llegar se encontró con que por estar mu ocupaos y ocupáas no fueron a recibirla los del cuerpo de alabarderos ni las señoras de las cofradías, y..., naturalmente, la pobretica se ofendió y le gorvió la caera a la tierra de las purmonías furminantes y se vino otra vez a la de los boquerones algunas veces baratos.

-Pero ¿eso qué tiée que ver con el derrote de Pepe al Toñuelo?

-Hombre de Dios, y qué duro es usté de mollera pa comprender las cosas y las razones. ¿No sabe usté que esa mala gachí es la domaora de mi tigre? Pos como es su domaora, y ella se sabe de memoria que siendo suyo, el cobre es oro pa mi Pepe, pos apenitas gorvió de la corte y se enteró de que mi Pepe estaba cuasi dando dineros a ganancias, pos entonces mi niño ganaba catorce riales de jornal; pos se jizo la encontraiza con él y se gorvieron a tomar de pico y na, lo que pasa, compadre, lo que pasa, que los quereles se lañan y ellos lañaron los suyos y como si na, como si tal cosa, como si ella no se hubiera dío antes juyendo de él a la tierra de los marqueses y los vizcondeses.

-Pero to eso ¿qué tiée que ver con el enganche del Pepe con el Garabato?

-¡Vaya si tiée que ver! Usté ya sabe, compadre, que la Candelaria es más peor entoavía que un banderín de enganche.

-¡Ya lo creo que lo sé! Como que jasta pa mí tiée sus salías esa mala siquirillera; como que la otra tarde me dijo la mu señora de bien que tenía ganas de saber cómo roía yo los coscorrones.

-¿Y usté qué le dijo?

-Pos yo na, porque me atorrullé de la vergüenza que me dio.

-Pos eso salió usté ganando, que le diera a usté lo que usté nunca ha tenío.

-Como que mi madre que Dios tenga en su santa gloria la tomó a usté por modelo.

-¿Por mo... qué?

-Por mo... na.

-Güeno, pos siga usté su cuento, comadre.

-Pos bien: como la Candelaria es como es y el Garabato tiée sangre de garañón y si rispeta a la luna es porque no la alcanza manque se remonte en globo, pos a fuerza de verse se gustaron, y como se gustaron se entendieron y como mi Pepe tiée aprobá toas las asirnaturas y ve mas dormío que otros despierto, pos se comió la partía, y como el gachó es más súpito que un rayo, apenitas se la comió, trincó al Toñuelo, le dio dos copas en ca del Ventolina y endispués se lo llevó a la Plaza del Callao y allí le dijo que tirara del jierro y él metió mano a su cachicuerna, y como mi niño es una pantera cuando se le sube la temperatura, pues el chavó quebró al Garabato como los propios ángeles y le atiró tina de las de chipé, de las de pronóstico reservao.

-Y qué, ¿parmará del acosón el Toñuelo?

-Yo creo que no, manque los méicos dicen que sí, que puée pasar eso, pero yo creo que eso lo dicen por tirria que nos tieen porque nunca los llamamos.

-Pudiera ser eso, pero tamién pudiera ocurrir que el derrote haiga sío de los que debieran pensionar las funerarias.

-Si no puée ser eso, campadre, si es que no puée ser, si es que mi Pepe cuando da una puñalá la dibuja pa que la pena no pase de algunos meses y algunos días; si es que coge el jierro cuasi por la punta pa graduar el metío.

-Es que a cualisquiera se le escurren los dátiles en esa faena, por más que no es fácil, porque lo que es el niño sabe más que Lepe.

-¡Que si sabe! Dígamelo usté a mí, que lo eché al mundo.

-De casta le viene al galgo...

-Diga usté que sí, que de casta le viene al galgo.

-Sí que le viene de casta, que por algo dicía toíto er mundo que mi hombre, al que Dios haiga recogío en su seno, tenía en ca articulación un catedrático.

-¡Sí que es verdad, que era to un hombre el difunto!

-¡Vaya si lo era! ¡Probetico mío de mi corazón, qué hombre más cabal, y qué pico de oro el suyo y qué manos que tenía!

-¿Qué manos? ¿Pos no era manco de la zurda, comadre?

-Sí que lo era, pero na más que con el zoquetillo de la mano que le faltaba sabía jacer él más primores que usté con dambas suyas y con las de cualisquier amigo.

-¡Qué fenómeno de hombre, comadre, qué fenómeno de hombre!

-¿Es eso quéa, compadre?

-Qué ha de ser quéa, comadre. Yo soy mu formal, que pa formal me echó a mí mi madre al mundo.

-A usté lo echó su madre al mundo pa que si le dan a usté un zamarreón mos enterremos en bellotas; pa eso lo echó a usté su madre al mundo; pa eso y pa pendón y pa lo que no quiero dicir por no dicir más verdaes.

-¿Y eso de pendón lo ha dicho usté por mí, comadre?

-¿Por usté? Ca, compadre, por él.

Miaú miauú, mirrimimiau

Y la señá Pepa remedó de modo maravilloso al más humilde de los felinos.

-¡Zape! -gritó en tono de zumba el anciano, y después continuó con acento irónico-: Ay, comadre de mi corazón, y cómo se conoce que fue una gata morisca aquella por mo de la cual jechó usté el ancla en esta badía.

-Ay, compadre de mis entrañas, no se meta usté con mi madre, que la probetica mía no aguantó a naide más que a mi padre tan y mientras que la de usté aguantó más acosones que una trinchera carlista.

Y de un modo tan agresivo hubieron de mirarse los dos viejos, que comprendiendo yo que en breve íbamos a tener que tocar el pito de carretilla, dejé el burlaero desde el cual sin ser visto acababa de oír el pintoresco diálogo, y colocándome entre ambos respetables contendientes, exclamé con voz la más ronca de mi reducido repertorio:

-Vamos a ver si tenemos una miajita de quinqué y otra miajita de miramiento y otra miajita de lo que Dios manda y reparte.

Y gracias a mis buenos oficios pude impedir que pasaran las cosas a mayores entre aquellos envejecidos representantes de las buenas mozas y los buenos mozos de antaño.