Diario Militar de José Miguel Carrera: Capítulo IX. 13 de Mayo de 1814 - 22 de Julio de 1814

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IX. Reencuentro con el ejército. Apreciaciones políticas. Diversas opiniones y diferencias con el gobierno de Francisco de la Lastra. Preparativos del tercer golpe de Estado.


Mayo 13 de 1814. Al amanecer pasamos a Coronci, y el mayordomo nos dio para [como] guía [a] un famoso ladrón, a quién por sobrenombre llamaban Chingue. Ofrecimos a éste 100 pesos porque [para que] nos pusiese en Talca por los caminos más ocultos; lo ejecutó muy a nuestra satisfacción.

Gaínza ofició a O’Higgins, avisándole [de] nuestra fuga. Véase el [documento Nº 93]. Dentro de este oficio le escribió una esquelita que se copia a continuación; es muy graciosa y reducida a arrancarle una proclama para pu­blicarla en la provincia de Concepción. Veía el muy pillo que aquellos pueblos, creídos en las capitulacio­nes, procuraban acreditarse con los patriotas y que a él lo abandonaban y vendían. No era tiempo de declararles que no habían de cumplirse los tratados; a no contenerlos de algún modo, podían muy bien haberlo obligado a reembarcarse, y hasta las mismas tropas oficiales no distaban de separárseles. ¿Qué me­jor arbitrio ni más sabio pudo haber probado Gaínza? O’Higgins proclamó a los pueblos, y las cosas cam­biaron de aspecto. No es extraño en O’Higgins este procedimiento, cuando tuvo decisión para [de]volver a Gaínza algunos soldados que del ejército real se pasaron al nuestro. Si O’Higgins no procede tan bestial­mente, pudo haber acabado de todos modos a Gaínza, y amarrarlo por sus mismos oficiales y tropa [1] .

Con fecha de ayer escribió, desde Longaví, Gaínza a O’Higgins dándole las gracias por unas mulas que le mandó de auxilio con el Alférez Silva. Recomienda también a Mariano Ginorés, español europeo, para que siguiese en su empleo de carcelero en Talca.

Dormimos en un cerro boscoso para descansar los caballos.

Mayo 14 de 1814. Llegamos a Talca a las ocho de la noche; nos presentamos a O’Higgins, que no se sorprendió poco. Un estrecho abrazo fue su mayor expresión, pero su semblante decía su pecado. Todos los oficiales que le acompañaban procuraban halagarnos, y casi todos de buena gana. Cuando nos despedi­mos, se empeñó fuertemente en que nos alojásemos en su casa, y como conociese la intención con que lo hacía, accedí para no tenerlo cuidadoso.

A poco rato empezaron los secretos, y los señores Urízar, Vega y Valdés se presentaron ocultamente a O’Higgins para que se nos pusiese presos y remitiese escoltados a Santiago. O’Higgins lo deseaba más que ellos, pero nos escudaba nuestra inocencia y nuestros sacrificios por la libertad; temió el ingrato insultar­nos a la presencia de un ejército cuya mayor parte era adicta a la justicia.

Mayo 15 de 1814. No me había levantado de la cama cuando se presentó el Mayor General, don Francisco Calderón, a pedirnos amistosamente que no saliese [saliésemos] a la calle porque la oficialidad estaba incómo­da y recelosa; contesté que no saldría si me sujetaban con bayonetas. A presencia del Capitán don Nicolás García y de otros varios oficiales que nos visitaron, me quejé altamente de la conducta de mis paisanos, ha­ciendo una corta relación de nuestros sacrificios y la infamia con que nos correspondían. Protesté que cuanto había dicho a O’Higgins en Concepción la noche [en] que seis tunantes fingieron representación del pueblo, lo repetía en aquel momento y que no tenía dificultad de gritarlo en la plaza. Luego que me levan­té me dijo O’Higgins: “Deba a usted, mi amigo, entre tantos favores que me ha dispensado, el de no salir usted ni su hermano a la calle; los oficiales enemigos de usted pueden cometer algún atentado, porque con la venida de ustedes están medio locos”. Le respondí: “Amigo, no haré jamás favores que me degraden; si me mantengo en casa de usted creerán, con justicia, que tengo motivos para ocultarme, y mis amigos extrañarán que no los visite. Si es indispensable mi sujeción, sea por un arresto o por las bayonetas: los ofi­ciales enemigos que quieran ofendernos corren de cuenta nuestra”. O’Higgins se calló y después de comer nos fuimos a visitar a nuestros amigos. Estando en casa de los Serranos supimos que las tropas estaban sobre las armas por recelo a nosotros, y que desde la mañana se había ordenado a los oficiales que no salie­sen de sus cuarteles, para impedir de este modo que nos visitasen los amigos. Inmediatamente fue Luis [Carrera] a [reunirse con] O’Higgins, ofreciéndose y ofreciéndome a sus órdenes si, como era de creer, había peligro de enemigos. Contestó lleno de rubor que no era cosa de cuidado.

¡Qué tímido es el delincuente!

Mayo 16 de 1814. Tuve con O’Higgins algunas conversaciones que me dieron mucha más idea que la que tenía de su mal carácter. Le rogué por último favor, favor que recompensaría cuantos yo pudiese haberle hecho y hacerle, que le pidiese a Gaínza la causa que me habían seguido en Chillán, y la remitiese al Director [Lastra]; me ofreció por su honor hacerlo así. El interés que yo tenía en que llegase a manos del Director la causa no era infundado. Ella manifestaba los documentos que Sánchez dijo al Gobierno en noviem­bre de 1813 tenía en su poder y que contenían planes para entregar el reino a los franceses; daba a cono­cer que la cercanía de mi muerte no me había hecho degradar mi carácter, ni mi empleo; que había sostenido con honor cuanto dije a los jefes enemigos en defensa de mi patria, en las diferentes sesiones y corres­pondencias que se ofrecieron durante mi mando, y cuando tenía las bayonetas. Últimamente, en la confe­sión de que debía resultar mi muerte dije, clara y enérgicamente, que había trabajado por mi voluntad para sostener una causa justa. Siento no poder presentar aquella causa, pero desafío a Gaínza y a todo el ejército real de Chile para que digan si falto en lo menor, y si no me oyeron varios jefes realistas, entre ellos don Luis Urrejola y don N. Carvallo, sostener en mi prisión, con descaro y constancia, lo que había hecho en tiempos de prosperidad. O’Higgins, que no ignoraba estas verdades por relación de Gaínza, no quiso pedir la causa, por no proporcionarme tan honroso documento. He traído a la memoria este aconte­cimiento porque algunos perversos corrieron la voz de que en mi prisión había jurado la ruina de Chile. Don Pedro María Trujillo y López, sobrino de don Antonio Alcázar, oyeron en el cuarto de mi prisión el día de su libertad, que dije a [una] porción de oficiales del ejército realista que proclamaban la unión y eter­na amistad: “Donde existan vasallos de Fernando [VII] y defensores de los españoles, allí emplearemos nues­tras espadas; nuestro odio a esas fieras es eterno”.

Salimos para Santiago en la tarde; no pude conseguir que O’Higgins me prestase un par de pistolas que le pedí, porque en el camino habían [sic] oficiales de los que en otra vez quisieron asesinarnos; pero me dio dos Dragones armados para que nos acompañasen. El Alférez de Dragones don Atanasio Yáñez fue comisio­nado para seguir nuestros pasos con disimulo. Dormimos en las Quechereguas, donde se hallaba la división que mandaba don Santiago Carrera; nos recibió este jefe atentamente, y el Comandante Cotapos y el ofi­cial don N. Mena procuraron obsequiarnos. Muñoz Bezanilla, Pérez y los dos Huici, que eran oficiales de la división, procuraron ocultarse en los cuartos interiores; al acostarme no dejé de acordarme de lo que eran capaces de hacer y dispuse mis pistolas.

Mayo 17 de 1814. Pasamos la noche en San Fernando, en casa de don Rafael Muñoz, quien, inalte­rable en su amistad, nos obsequió con todo interés.

Mayo 18 de 1814. Leímos algunas cartas de nuestra casa que conducía Araos a Chillán. Dormimos en Mostazal.

Mayo 19 de 1814. Llegamos a nuestra hacienda ([distante] doce leguas de Santiago), tuvimos el pesar de en­contrar a nuestro padre convaleciente de una grave enfermedad, y a nuestra hermana [Javiera] agonizante.

Enterado ya de las intenciones de nuestros enemigos no dudé que me darían que hacer. Oficié al Di­rector [Lastra], avisándole que habíamos llegado, y que no nos presentábamos porque estábamos enteramente des­nudos, pero que lo verificaríamos luego que se nos hiciese alguna ropa. En carta separada y amistosa le pe­dí que contuviese la persecución mientras se mejoraba mi hermana.

Mayo 20 de 1814. Contestó el Supremo Director [mediante] la carta N° 94 y aunque en ella dice que contes­taba el oficio, por su Secretario, no llegó tal respuesta.

Se me olvidaba que cuando llegamos a Curicó, supe por don José Antonio Mardones, que O’Higgins anticipaba un correo al Director, avisándole que íbamos en camino para que nos asegurasen. Procuramos por esta causa abreviar el camino todo lo posible. El Director, con fecha del 18 dirigió a O’Higgins el oficio reservado Nº 95. Comprueba este documento mis sospechas por la carta del 9 de este mes.

La nueva persecución que se nos esperaba era más terrible que la del mismo Gaínza. Me informaron con datos positivos de que Hillyard había sido hablado por el Director, para conducirnos como reos y entregarnos al Embajador español en el [Río de] Janeiro. Hillyard dijo que franquearía gustoso su buque para nosotros si voluntariamente queríamos admitirlo. Para que no distase yo en creer que eran tales las intenciones del Di­rector, me mandó un amigo el Monitor [Araucano] del 6 de este mes; es todo él un manifiesto de don José Bernardo Gutiérrez, Comandante en jefe del ejército del norte de México, a los amigos de la causa patriótica y hom­bres libres de todas las naciones. Relata los grandes sucesos de sus armas, y seguramente es capaz de entu­siasmar al más indolente. El redactor de el Monitor [Araucano], Fray Camilo Henríquez, uno de los miembros del Senado chileno, estampó en su periódico el discurso siguiente: “Según las noticias contenidas en el precedente papel de México, y otras que tenemos, la revolución sigue allí con suceso vario, y apenas hay esperanzas que cese[n] la efusión de sangre y la devastación del país hasta que el Gobierno de España y revolucionarios de México animados de miras más pacíficas entren en tratados conciliatorios. Es de esperar que la próxima restitución del Rey a su trono, las ideas liberales que por todas partes respira la monarquía española, y, en fin, los gravísimos sucesos de Europa, que publicaré cuando haya oportunidad, restauren el orden y la paz en aquella región deliciosa. Entre tanto, Chile, protegido por la Providencia y dirigido por superior prudencia y moderación, está a cubierto de futuras calamidades”.

¿Quién, en vista de estas reflexiones, manifestadas en un papel ministerial y dictadas por un Senador, podría dudar por un momento de que el Gobierno era uno con Fernando [VII]? Cayito [2] y Terraza [3] se habían olvi­dado del lenguaje del Semanario [Republicano], y habían descubierto otro enteramente nuevo. Se irritaron tanto los bue­nos patriotas por estas reflexiones, que tomaron porción de los Monitores, y por sus manos los quemaron al pie de la horca.

Mayo 21 de 1814. Al amanecer nos avisaron que estaba a la vista y que avanzaba a toda prisa, una partida de fusileros; bastaba para saber que era para asegurarnos, y ejecutar en nuestras personas la orden de la carta de O’Higgins o para embarcarnos en cualquier buque. Huímos y nos escondimos en un monte inmediato en donde esperamos que los criados nos llevasen los caballos. Don Miguel Ureta nos llevó recado de don Pablo Vargas, quien quería hablar con nosotros para entregarnos un oficio del Director [Lastra]; le contesta­mos que fuese solo, y lo esperaríamos. Como Vargas, por esta contestación, comprendió que no estábamos distantes, mandó avanzar [a] su gente para rodear las casas; pero todo fue inútil, porque quitando nosotros los caballos a unos leñateros, nos pasamos a los montes de la hacienda de los Uretas. Vargas era aquel oficial chilote que tuvo parte en las revoluciones de Concepción, y el mismo a quien O’Higgins mandó arrestado a la capital con el honroso oficio Nº 81. Corrió durante cuatro días las casas de campo de todos mis parien­tes y amigos, y apresaba, quitaba caballos e insultaba a quien quería, y provocaba nuestra paciencia hasta el extremo. No era esta la primera visita que hacían a nuestras casas las tropas del Gobierno; antes que lle­gásemos de Chillán habían sido continuas, y no menos las prisiones de criados, etc., etc. Al Cónsul Poinsett lo quisieron prender estando en San Miguel, y de allí verificó su viaje a Mendoza por caminos ocultos.

Pasamos la noche en lo de Ureta, y Vargas se alojó en nuestra hacienda. Mi padre aprontaba todo lo necesario para que hiciésemos viaje a Mendoza.

Mayo 22 de 1814. En la noche nos acercamos a nuestra casa, para sacar lo que nos era preciso, y dormimos en el bosque.

Mayo 23 de 1814. Volvió la partida a buscarnos, pero sin provecho hacía el pobre [Vargas] sus viajecitos. Todos los vivientes de aquella campaña nos amaban y velaban por nuestra seguridad.

Determinamos emprender aquella noche nuestro viaje a Mendoza, y lo verificamos por el camino de Melipilla para pasar la cordillera por el [paso del] Planchón.

Escribí varias cartas despidiéndome de los amigos, y entre ellas, una a O’Higgins, pidiéndole no se olvidase de pedir a Gaínza mi causa.

Mayo 24 de 1814. Amanecimos al otro lado del río Maipú [Maipo], en la hacienda de Chocalán. Cerca de[l] amanecer llegamos a la hacienda de Valdebenito ([distante] veinticinco leguas de San Miguel). El día fue muy llu­vioso.

Mayo 25 de 1814. A las doce del día seguimos el camino, y dormimos en la hacienda de Cocalán en casa de un inquilino. Día de lluvia.

Mayo 26 de 1814. Llegamos a la hacienda de don Bernardo Cuevas (veintitrés leguas de [desde la hacienda de] Valdebe­nito). Día de fuerte lluvia. Hice un correo a Santiago con cartas para don Manuel Muñoz Urzúa, quien nos mandó dos baulitos con alguna ropa para pasar la cordillera. La gran nevada de todos aquellos días cerró los pasos de la cordillera, y no era posible pasarla. Nos manteníamos por los montes y pasamos unos días sobresaltados y penosos. Apareció un bando del Director [Lastra] para que se nos entregase bajo gravísimas penas; se nos trataba como a enemigos de la patria, y manifestaban en él, nuestros enemigos, todo el veneno de sus almas. Ya nos comprometían a trabajar por asegurar nuestras vidas, y, si hablo verdad, por salvar [a] la patria.

Mayo 30 de 1814. [Antonio José de] Irisarri, en carta amistosa, satisface a O’Higgins por no haber colocado aún al español europeo don Juan Noya, respecto a que sólo se contentaba con la administración de tabaco o igua­les empleos. Noya amenazaba al señor Intendente y a Lastra con pedir su pasaporte, y ambos lo detenían y ofrecían colocación. En la misma carta habla extensamente sobre establecer un Gobierno legítimo, para lo que explica el modo como debe elegirse. Me parece conveniente copiar esta carta en el [documento Nº 96], para cuando se trate de elegir un Gobierno legítimo y de mandar diputados a España.

Mayo 31 de 1814. [Francisco de la] Lastra temió que nuestro viaje al [paso del] Planchón fuese al [fuese para reunirnos con el] ejército, y lo avisó a O’Hig­gins con precisión. No sé a qué carta de O’Higgins se refería Lastra que concluía la suya así: “Me ha cau­sado asombro el proceder del jefe de la tercera división, don Santiago Carrera. Conozco muy bien que los ge­nios revoltosos, que residen aquí, se han valido de su carácter y credulidad, escribiéndole precisamente un tropel de mentiras, para ver si por medio de esto consiguen llevar adelante sus perversas intenciones y sus miras diabólicas. Cada día los hombres de bien están más contentos de la paz celebrada, y sólo los espíri­tus inquietos de uno y otro partido se resienten de ella, porque los unos fundan sus esperanzas en la revo­lución, y los otros quisieran degollarnos y sacrificarnos”. El sentido de esto es muy claro para los chilenos. Si los dos partidos eran malos para Lastra, el partido medio, que él dirigía, se componía de realistas.

El aviso de Lastra a O’Higgins, de que nos dirigíamos al ejército, fue bastante para que el muy infame publicase en las villas de Rancagua, San Fernando, Curicó y en Talca un bando el más temible y falso que se podía fraguar. O’Higgins ofrecía premios al que [a quien] nos entregase, muertos o vivos, y castigos imponentes al que nos ocultase. Fundaba esta persecución en que éramos traidores a la patria, y para irritar a los pueblos contra nosotros, decía, en el mismo bando, que era tan sangrienta la revolución que habíamos acordado, que, horrorizado nuestro mismo padre [4] , nos había delatado al Gobierno. Mi padre, poco menos que desesperado, no cesó hasta que pudo tener en sus manos uno de los bandos originales, para publicar un mani­fiesto contra el impostor e inicuo O’Higgins; no tuvo al fin efecto porque faltó tiempo y lo impidieron las circunstancias, pero no hay ningún chileno a quien no le conste que O’Higgins hizo publicar el bando, y que ni habíamos intentado tal revolución sangrienta, ni mi honrado padre nos delató. Muy claramente lo prueban los hechos que referiré posteriormente.

Junio 2 de 1814. [Juan] Mackenna dice en carta particular a O’Higgins: “Los dichosos Carreras parece que se dirigían al ejército, en vista de no tener ningún partido en la ciudad. Cuidado, cuidado con esos in­trigantes que están llegando de Concepción, mandadlos por acá”, etc., etc., etc. Dejando a Luis [Carrera] en Parral, pasé a San­tiago (veintiocho leguas). Cuando volví a la hacienda de Jara, al poco rato llegó Luis en mi busca. En la noche pasamos a San Miguel.

Algunos patriotas me visitaron, y todos clamaban porque se separase al Gobierno, porque precisamente conducía al país a su ruina. La persecución a nosotros era empeñosa y no debíamos contar nuestras cabezas seguras, desde el momento que fuésemos presos por el Gobierno y su facción. Me resolví a acabar con la arbitrariedad de unos hombres que no tenían otra representación que la que les daban las bayone­tas; y que, conocidamente, entregaban a Chile al sacrificio. Los amigos de Concepción, tan conocedores como yo del lamentable estado a que nos reducían la ambición y la ignorancia, se decidieron conmigo a la empresa.

Mandé a Santiago un mozo con cartas para algunos sujetos, y a examinar el estado de aquel pueblo para pasar a él. El mozo, que se llamaba Francisco Urbina, fue sorprendido por una partida y conducido a presencia del Gobierno y del Director.

Nada confesó Urbina y le pusieron, en el momento, grillos y esposas. Tomó Urbina el partido de confesar dónde me hallaba porque sabía que no me habían de tomar. [Antonio José de] Irisarri, que creía por su corazón que todos eran fácilmente ganados por el dinero, celebró la oportunidad de granjearse la voluntad de Urbi­na por la oferta de 500 a 1.000 pesos que le prometió entregar si hacía de modo que me pudiesen agarrar.

[El Director] Lastra sacó seis onzas que dijo serían de yapa. Acordaron que el mejor modo para asegurarme era poner a Urbina en libertad para que me citase, a nombre de mi padre, para hablarme en las carretas de la Cañada, y desde el momento pusieron el plan en ejecución, y a Urbina libre a pretexto que nada habían descubierto.

Estaba yo cenando en compañía de mi padre, en la hacienda del Bajo, que había salido aquella noche de Santiago, cuando llegó don Servando Jordán a avisarme todo lo ocurrido; me fui a dormir al campo para no ser sorprendido. Al día siguiente llegó Urbina y me hizo una relación. Para no comprometer a Ur­bina, fingí que le había creído todo y escribí a mi padre una esquela en la que decía que fuese al Bajo, aunque le costase algún trabajo, para evitar que me sorprendiesen en las carretas donde me citaba. Urbina y mi padre salieron juntos para Santiago, y Urbina fue inmediatamente a mostrarle mi esquela a Irisarri; le dijo éste a Urbina que se la entregase a mi padre, diciéndole (para que no extrañase la contestación a cita que él no había hecho) que me había citado a su nombre a aquel punto, porque yo no quería ir sin su pre­vención. Mi padre fingiéndose ignorante de toda la trama, y con bastante inocencia contestó ofreciéndo­me ir al Bajo a las doce de la noche. Irisarri, que tenía espías apostados, tomó la carta, arrestó a mi padre en su casa con guardia y mandó 50 fusileros para sorprenderme. Yo sabía a la hora que llegarían; escribí una burlesca esquela a mi padre y se la entregué al mayordomo con orden que, al oprimirlo el ofi­cial para que dijese mi paradero, le entregase la esquela como de sigilo. Galoparon, los pobres tontos ofi­ciales y soldados de la deseada prisión, inútilmente, y yo me retiré a San Miguel. Irisarri encontró esta oca­sión para insultar a mi padre, en cuya casa, a más [además] de la guardia, puso un escribiente para que apuntase a todas las personas que entrasen a visitarlo; así creyó que no serían muchos los que lo vieran, pero se enga­ñó, porque tuvo el sentimiento de saber que era tan querido del pueblo, como él aborrecido.

Esta tropelía la ejecutó Irisarri en la persona de un oficial de graduación, sin otra autoridad que su capricho. Mi padre pasó una representación al Director [Lastra], pero nada hizo en contra del insolente Irisarri, contentándose con darle libertad a los ocho días, sin otra satisfacción.

Junio 18 de 1814. Carta de [Juan] Mackenna a O’Higgins dice que Lastra estaba tan incómodo por un oficio de O’Higgins, que el día antes trató [había tratado] de juntar [a] las corporaciones para entregar el mando, pero que se le persuadió a que esperase la reunión del Congreso. El enfado dimanó de un insolente papel que O’Higgins le pasó, dictándole cuanto se le antojó al señor Director. Seguramente que sería el resultado de aquella carta de don Francisco Vicuña a Mackenna, para que el ejército hiciese las peticiones por el pueblo, porque así serían atendidas. Continuaba la carta de Mackenna de que [señalando que] acusan a Lastra de poca actividad y energía. Que [Juan] Noya no había sido colocado porque no había aún vacante de los principales empleos que necesitaban para darle. Da contra el pabellón y la escarapela tricolor, signos que pusieron los Carreras a sus esclavos [5] . Que había meditado bien en poner gorras al ejército, para hacer menos estrepitosa la mudan­za de escarapela. Concluye diciendo que las partidas que buscaban a los Carreras no podían encontrarlos. Que el viejo [Ignacio de la Carrera] estaba arrestado y se le habían encontrado documentos que justificaban el plan acordado con sus hijos, de destruir [a] la Junta, [a] desarmar los patriotas, reponer el [al] Gobierno antiguo y colocarse él de Presi­dente etc., etc. Véase el [documento Nº 97]. Es hasta donde puede llegar el descaro de esta canalla larrainista. Mackenna, como persona tan inmediata al Director, no podía hablar sin datos positivos. Papeles de él mismo, proba­ron la falsedad del plan que dice descubierto. ¡Pícaro! Creía indispensable, para desconceptuarnos, tan infame intriga y para comprometer hombres por sorpresa. Esto prueba que no éramos tan odiados como decían.

Junio 22 de 1814. Si los Carreras solamente inquietaban al pueblo, si el ejército era subordinado al legítimo Gobierno que ellos llamaban, si había orden y tranquilidad y si no se trataba (durante la prisión y persecución de los Carreras) de otra cosa que de la libertad y felicidad de Chile, ¿por qué escribirle Lastra a O’Higgins su carta Nº 88?

La prisión y la viva persecución de las partidas que nos buscaban, no menos que la opresión de mis amigos y los excesos de [Antonio José de] Irisarri y de la gran Casa [6] que se aumentaban por momentos, me obligaron a no retardar la revolución, único arbitrio para sacudirnos de la tiranía.

Julio 1º de 1814. Me marché a [hacia] Santiago, y en pocos días, ayudado por mis amigos, vi el plan de la deseada revolución en estado de ejecutarse [7] .

Julio 2 de 1814. En casa de don Pedro Villar me reuní con don Diego J[osé] Benavente, don Julián Uribe, don Juan Esteban Manzano, don Manuel Novoa y don Marcelino Victoriano.

Julio 3 de 1814. [¿Estuve?] En casa de don Manuel Muñoz Urzúa, don Manuel y don Ambrosio Rodríguez, don Miguel Ureta, don Diego Benavente, don Manuel Novoa y don Julián Uribe.

Julio 4 de 1814. En casa de una joven amiga de don Manuel Muñoz, nos juntamos los mismos y concurrió Arenas, a explicar el estado de descontento en que se hallaba la tropa, y que podíamos contar con el cuartel. Don Carlos Rodríguez también concurrió. Estuve de visita en casa de las señoras Gamero, y aunque la noche era de luna y me encontré con una patrulla, no hubo novedad.

Julio 5 de 1814. Pasé el día en lo de Muñoz y me visitó don Manuel Araos; los Rodríguez y Ureta también me vieron.

Julio 6 de 1814. Me mudé a casa de don Juan Francisco Montaner. Esta noche hablé, junto a [la Casa de] las Recogidas, con el Teniente de artillería don Eugenio Cabrera.

Julio 7 de 1814. Comimos los amigos juntos, y las muchachas me divirtieron con la guitarra.

Mandé llamar a Luis [Carrera], a San Miguel, y que viniese con los 10 o 12 muchachos que teníamos armados de fusil.

Julio 8 de 1814. Luis dejó [a] los fusileros en la hacienda de Espejo y se vino solo a la capital. Don Manuel Muñoz Urzúa lo entró en calesa a la ciudad, y se alojó en casa de las señoras Gamero.

La poca precaución y la franqueza con la casa de doña Mercedes Toro, hizo que llegase a oídos de don Manuel Valdés, la llegada de Luis. Valdés, enemigo declarado de los Carreras, fue inmediatamente a avi­sarlo a Mackenna, quien lo notificó a [al Director] Lastra. A las once de la noche pusieron una guardia en observación de la casa; pero, poco después la retiraron, sin duda porque creyeron equivocado el aviso. Muñoz y Luis, confiados en que no había de volver la tropa, se entregaron a la quietud y a la sociedad. Yo mudé mi cuar­tel a la chacra de doña Rosario Valdivieso.

Decretó ayer el Director que todos los oficiales del ejército se restituyesen a él dentro de tres días, en inteligencia [de] que pasado dicho término, se declararían vacantes los empleos. Todo fue obra del temor que tenían a la revolución.

Es digno de admirar que a un tiempo estaban acordándose porción de revoluciones. Una dirigida por el chilote don Pablo Vargas, para hacer Director [Supremo] a [Juan] Mackenna, otra por don Pedro Aldunate, para colocar a don Silvestre Lazo, y otras cinco o seis para [por] porción de muchachos que habían tomado afición a la ban­da roja.

En la noche debíamos haber verificado nuestra revolución, pero el Teniente Contreras fue arrestado a las doce del día, por aviso que dieron al Director [Supremo] de estar acordado con nosotros.

Julio 9 de 1814. Temprano [las tropas del gobierno] rodearon la manzana de la casa de las Gamero, y pusieron centinelas en la torre de la [iglesia de la] Merced. Empezaron escrupulosos registros en la casa; pero Luis estaba muy bien escondi­do entre los colchones de [la cama de] una de las niñas que estaba gravemente enferma. Desesperaban ya de encontrar­lo, y, creyendo el Director [Lastra], falso o equivocado el aviso, mandaba ya retirar la tropa; pero [Juan] Mackenna le asegu­ró nuevamente que estaba Luis adentro y que era preciso tomarlo. Así se verifico, mediante la actividad de [Antonio José de] Irisarri y Mackenna. A las tres de la tarde viendo yo que, por alguna casualidad podía ser descubierto, tomé mi caballo, y acompañado de don Manuel Jordán me fui a la hacienda de Espejo ([distante] tres leguas). Hice montar [a] la partida, y volví a Santiago por ver si podía sacar a Luis. A las ocho de la noche llegué al Conventillo, donde supe que ya lo habían tomado y llevado al cuartel de Nacionales, en medio de 50 bayonetas. No se sintió en el pueblo la menor alegría, un profundo silencio reinaba en todos, y la tropa manifestaba gran sentimiento. Solamente los larrainistas andaban celebrando el triunfo por los cafés. Me volví a lo de Es­pejo.

Julio 10 de 1814. En la noche, y con una fuerte lluvia, fui a los arrabales de Santiago, al llano de Portales; allí hablé con algunos amigos que había citado y me volví a Espejo.

Julio 11 de 1814. [Juan] Mackenna escribe a O’Higgins. Le participa la toma de Montevideo y la prisión de Luis Carrera. Dice [que] se va a principiar la causa a la execrable familia; y en su informe ofrece poner un catálogo de crímenes y una serie de nuestras ingratitudes. O’Higgins le pide haga lo mismo en informe que se debe pedir al Director, cargando la mano en las ocurrencias de Concepción, etc., etc. Véase el [documento Nº 98].

El inglés Withaker almorzó ayer conmigo, y llevó encargo de decir a Lastra, de mi parte, que su autoridad no era otra que la que le daban las bayonetas y una infame facción que desea asegurar su progreso con nuestro exterminio; pero que yo estaba aún libre, y que si mi hermano sufría algo, no estaban muy seguras las cabezas de los facciosos. Así se lo dijo, y no dudo surtiría algún efecto esta insinuación.

Otra carta de Mackenna a O’Higgins descubre claramente que don Juan Pablo Ramírez le propor­cionó a Mackenna el bote en que se escapó de Talcahuano.

Julio 12 de 1814. Me retiré a San Miguel en donde encontré a mi padre y [a] Javiera [Carrera] muy consterna­dos por la prisión de Luis, y no sin fundamento temían que fuese envenenado.

Algunos soldados intentaron robarse [liberar] a Luis por el techo de la prisión, pero fueron descubiertos y presos; ésta fue obra de ellos únicamente.

Se dio principio a la causa de Luis, para la que nombró [el Director] Lastra una comisión compuesta de don Lorenzo Villalón, de don Silvestre Lazo y de don Juan de Dios Vial del Río. La causa era célebre. Luis era inocente de los cargos que se le hacían, y mejor le sentaban al mismo Director.

Julio 15 de 1814. Marché a Espejo para escribir a mis amigos, examinar el estado de Luis y agitar la revolución.

Julio 17 de 1814. Don Diego Benavente, don Pedro Villar, don Miguel Pinto, don Carlos Rodrí­guez y don Julián Uribe fueron a Espejo, los tres primeros con intención de seguir al ejército, para cum­plir el decreto del Director [Lastra], en el caso que no se verificase la revolución.

José Bravo nos avisó, a las nueve de la noche, que el panadero Vera aprontaba caballos para una partida que debía salir aquella misma noche a sorprenderme. Luego que cenamos y con fuerte aguacero nos marchamos todos para San Miguel.

Julio 19 de 1814. Salí para Santiago y perdido en el camino no puede llegar al Conventillo (lugar de la cita) hasta más de las dos de la mañana. Los amigos se habían vuelto.

Julio 20 de 1814. Antes de amanecer me volví a los molinos de la hacienda de Espejo, porque la partida del Director [Lastra], a las órdenes de don Flavio Vidal, estaba en las casas, sacando caballos, destruyendo víveres y haciendo riguroso servicio de campaña, porque se les había antojado que yo tenía mucha tropa.

Carta de [Bernardo] O’Higgins a [Juan] Mackenna. Dice este liberal, que es de dictamen que se restablezca al Congreso que revolucionariamente suspendieron los Carreras por la fuerza, pues aunque hay algunos carrerinos entre ellos, es fácil separarlos por sus genios díscolos y revolucionarios.

Habla contra García [8] hasta ponerlo por los suelos. Parece conveniente copiar el 1º, en que habla del Congreso. Véase el [documento Nº 99]. A Lastra escribe en los mismos términos, por [en] lo respectivo [relativo] al Congreso.

Don Juan Mackenna pasó al Director un informe contra los Carreras. Lo señalo con el [documento Nº 100] para que, examinado por los imparciales, hagan el juicio que corresponda.

En la noche me fui al llano de Portales y hablé con don Julián Uribe y con don Manuel Rodríguez. Era ya llegado el tiempo de la ejecución [de la revolución] y preciso que entrase a la ciudad; lo verifiqué y me alojé en casa de Rodríguez.

Julio 21 de 1814. En la noche fui a casa de mi padre, porque siendo el cuarto que me había destinado Rodríguez muy húmedo y frío, me sentía enfermo.

Julio 22 de 1814. Este era el día destinado para sacudir el yugo de la Casa Otomana [9] . No había otro arbitrio y esperábamos con ansia el momento. La mala fe de [del Director] Lastra llegó al caso de valerse de su Secretario, don Juan José Echeverría, para que ofreciese a mi padre pasaportes con nombres extraños, para que pasásemos la cordillera, habiendo de antemano dispuesto y acordado el modo de asegurarnos. Mejor era la que a ellos se les esperaba.

Me vi atacado de un fortísimo cólico, y hubo necesidad de llamar al médico don José Ríos que me asistió. Este acontecimiento y la tardanza de mi partida, que estaba en los molinos de Espejo y debió haber llegado al oscurecer, retardó la ejecución hasta las tres de la mañana del 23. Benavente, Pinto y Vi­llar, que se habían pasado a la hacienda de don Estanislao Portales, para no ser vistos de [por] la partida de Vidal, también habían sido llamados. La llegada de las tropas auxiliares de Buenos Aires que se habían retirado a Aconcagua, nos ofreció alguna duda sobre el objeto de su venida, mas no entorpeció la obra.

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