Diario Militar de José Miguel Carrera: Capítulo VI. 10 de Agosto de 1813 - 27 de Noviembre de 1813

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VI. Acciones posteriores al sitio de Chillán. Toma de Santa Juana. Preparativos para una nueva campaña. Combate de El Roble. Viaje de la Junta de Gobierno a talca. Deja el mando del ejército.


Agosto 10 de 1813. A las siete de la mañana salió el enemigo de la plaza, presentó sobre el Maipón una línea como de 800 fusileros, y al sur del estero, como de 400 de caballería. El parlamentario don José Hurtado se adelantó con el oficio de intimación Nº 41. [Juan Francisco] Sánchez había llegado a saber que no teníamos municiones, según pude comprender de algunas expresiones de Hurtado; por eso cobró tanto ánimo en circunstancias que me consta estaban muy satisfechos con sólo mi retirada; retirada que los alejaba de un peligro del que no habrían escapado a no ser [por] tantas casualidades que acudieron en su favor.

Como era tan insolente la intimación del gallego [1] , conocí que no había otro arbitrio que la decisión. Contesté [con] el oficio Nº 42. En presencia del parlamentario di la orden de no dar cuartel, y presenció él mismo el entusiasmo con que se disponía el ejército a la defensa. Le advertí que cualquier otro enviado del jefe realista sería ahorcado. Tardó un poco Hurtado en volver, y fue el Capitán Pasquel a exigir la res­puesta; ambos se la llevaron al señor General.

Inmediatamente se formó el ejército, se enarboló el pabellón tricolor y se hizo salva de veintiún cañonazos a bala.

Cuando se trató de que bebiese la tropa, no quiso admitir, a causa de la insubordinación que decía hubo en otra ocasión dimanada del aguardiente, y que no lo necesitaban para batirse con soldados tan ridículos. La posición, como he dicho anteriormente, era fuertísima, y nos aseguraba la victoria, sobre todo cuando el entusiasmo de la tropa era extraordinario. Nuestros flancos estaban sostenidos por la artillería gruesa, y alcanzaban a dieciocho las piezas que defendían la línea.

Sánchez mudó de dictamen y apeló a la prudencia, encerrándose con su ejército en la plaza. Algunos oficiales fueron a burlar al enemigo tirándole voladores, pero ni sus guerrillas se movían. Mi Ayudante, don Juan de Dios Martínez, tomó prisionero a un soldado de milicias, natural del Parral, del modo más gracio­so. El Brigadier [Juan José] Carrera le dio libertad sin mi conocimiento, para que en su nombre fuese a decir a Sánchez que saliese a batirse. El Teniente don Juan Nicolás Carrera, cuya alma feroz se complace en la destrucción de sus semejantes, estaba avanzando con una guerrilla, encontró al infeliz miliciano que acababa de man­darse y le cortó la cabeza; como por triunfo le cortó las orejas, según supe después.

En la tarde fui con Mr. [Joel Roberts] Poinsett a reconocer el paso del río Chillán cerca de dos leguas hacia el Ñu­ble. En la noche nos retiramos al mismo punto. Cuatro o seis viajes hicieron los bueyes y las mulas para conducirlo todo; la noche fue lluviosa.

Agosto 11 de 1813. De 10 a 11 de la mañana llegó el ejército a orillas del río y empezó a pasarlo. El jefe de la segunda división fue el primero para esperar a sus Granaderos. Creció el río antes de anochecer, y ocurrimos [recurrimos] a las balsas. La luna nos favoreció, y en toda la noche trabajé sin cesar.

El cañón de a 24 que nos quedaba se atajó en un pantano y no se pudo sacar; lo hice reventar, sacar los herrajes de la cureña y se le dio fuego. Lo mismo se hizo con los palos de las carpas y algunas otras co­sas que no se pudieron transportar. Nada le quedaba al enemigo.

Agosto 12 de 1813. Con gran trabajo alcanzó el ejército a pasar el río cerca de las tres de la tarde. No ha [no habiendo transcurrido] mucho tiempo se presentó una guerrilla enemiga, que se retiró a los primeros tiros. Pasamos la no­che acampados en casa de la Ormeño. Se recogían algunos bueyes que nos facilitaban algo más el transporte

Mandé de espía a Chillán a... [2] a quien le di 100 pesos para sus gastos y 25 para que le llevase a un sol­dado herido que se quedó en un rancho y me mandó pedir auxilios para curarse. El espía llevaba en­cargo de hacer quemar los almacenes de pólvora, por lo que le di 60 pesos.

Agosto 13 de 1813. Al marchar el ejército, y cuando yo había montado a caballo, vi arder las casas de la Ormeño y que la tropa corría a saquearlas. Mandé al Coronel [Juan] Mackenna para que contuviese aquel desorden, y lo consiguió, volviendo la tropa a su formación y evitando que acabase de incendiar el case­río; me informó Mackenna que había sido obra del Comandante General de la segunda división, por no sé qué expresiones sarracénicas [3] de la Ormeño. Le mandé a la infeliz 200 pesos para que remediase el daño, dicién­dole me avisase si alcanzaba a más.

El ejército durmió en las orillas del [río] Itata, casas de Fontalba y de Arias. El Teniente don Juan Calde­rón, con cien fusileros y dos cañones volantes, recibió orden de situarse en las orillas del Itata para prote­ger los pertrechos y equipajes. Calderón, por no mojarse y poder beber con abrigo, se alojó a media le­gua del río. En la noche una pequeña guerrilla sorprendió a los arrieros y se llevó más de cien carpas.

Agosto 14 de 1813. Luego que supe este robo mandé una guerrilla montada en nuestros caballos para que lo recobrasen, mas no fue posible porque habían andado ligero.

Llegué a [al río] Itata y el ejército empezó a pasarlo por Quinelamalí. Aquí supe que otra guerrilla se había sacado el 12 [a] los reos de la Florida. Mi Mayor de Órdenes Calderón, encargado de llevar de Concepción los auxilios a Chillán, llegó con ellos al Troncón, y lejos de avanzar, cuando supo el suceso de la Florida, se vol­vió a Concepción y tras él su desordenada división; así me protegió este buen oficial en el paso del río. Qué bien me habría sucedido si me resuelvo a esperar los refuerzos en las alturas de Coyanco. El señor Mendiburu aún no resollaba y llevaba diez días en su comisión. Observen con atención los imparciales, quiénes trabajaban entonces.

Agosto 15 de 1813. Se acercó todo el ejército al [río] Itata. Los cañones de a 18 se conducían a brazo. Barrueta admiraba por su empeño.

Agosto 16 de 1813. Don Bartolo Araos llegó con oficios del Gobierno y con órdenes de llevar noti­cias de nuestra situación. Me avisó que el Capitán Prieto con los caudales estaba en Quirihue con una gue­rrilla que alcanzaría a 60 hombres. Mandé cien fusileros en su auxilio.

Oficié al Gobierno, dándole confianza en nuestro buen estado y pidiéndole los 400 hom­bres que tantas veces le había suplicado me mandase.

Cuando estaba casi todo el ejército al sur del [río] Itata, tuve aviso del Coronel [Carlos] Spano desde Caimaco, ase­gurándome que aquella noche sería atacado. Siguieron trabajando las balsas, y tomamos posesión con las pocas fuerzas que quedaban al norte. Se tocó generala y se puso sobre las armas; así pasamos hasta el amanecer. El Coronel [Bernardo] O’Higgins y el Capitán don José María Benavente salieron a reconocer con sus guerrillas; no hubo novedad.

Agosto 17 de 1813. Acabamos de pasar el río. Dispuse que 400 hombres marchasen a Concepción a las órdenes de O’Higgins, y el resto del ejército a Quirihue con el objeto de defender la capi­tal y los auxilios que debían venir a Concepción.

El Cónsul [Joel Roberts] Poinsett y el Coronel [Luis] Carrera pasaron a Santiago a manifestar al Gobierno el estado del ejército y lo que necesitábamos para volver en octubre a Chillán.

Atacó el enemigo con más de cien hombres al Capitán Prieto. Olate era el Comandante que fue recha­zado vergonzosamente. El americano Benítez manifestó su valor y entusiasmo. Antes de empezar el ata­que, la tropa fue a la cárcel y pasó por las armas a Mariano Alarcón, sobrino de don Matías. Estaba preso porque con una partida enemiga había aprisionado a don Manuel Díaz que de mi orden andaba buscando bueyes y víveres. Díaz con sus compañeros en un momento de descuido, se echaron sobre las armas y bien amarrados los llevaron a Quirihue.

Prieto temió que el enemigo volviese con fuerzas superiores. Se retiró a Cauquenes donde se incor­poró al [a la partida del] Coronel Vial y [de] Mendiburu que traían poquísimos auxilios de Talca. Atrincheraron la plaza, y asis­tieron perfectamente [a] los enfermos.

La división de O’Higgins durmió en casa de doña Victoria Vargas, y yo con una corta guerrilla en el campo de Coyanco.

Agosto 18 de 1813. La división durmió en Coyanco, hacienda de Manzano. Llegué a Concepción a las once de la noche. Encontré la plaza cubierta de artillería, por los fundados recelos de una conspiración de sarracenos [4] ; al ejecutarse fue descubierta por el Capitán Vidal, pero, como huyeron los cómplices, nada pudo averiguarse. Se redobló la vigilancia y se evitó todo mal [5] . La Junta había hecho [mandado a hacer] fosos en las boca­calles, porque una partida enemiga se había acercado hasta Hualqui, y tenía muy poca confianza en la guarnición.

Se movió la fuerza del Itata, y llegó a las alturas del Ñuble. La división de O’Higgins alcanzó a la Flo­rida. El Capitán don José María Benavente con su guerrilla, se dirigió a Pichaco en persecución de otra enemiga que se decía estar en aquel lugar. Eran huasos que habían tomado aquella investidura por robar.

Entró en Hualqui la guerrilla enemiga a las órdenes del cura que fue de aquella villa, don Gregorio Valle; este sacerdote es uno de los que merecen la horca con preferencia. Hice [envié un] propio a O’Higgins, para que dejando la división a las órdenes del Teniente Coronel don Juan Antonio Díaz, viniese a tomar el mando de la fuerza destinada a destruir al cura, quien venía con el objeto de proteger la revolución de Concepción; así lo supe por los espías, y posteriormente por una carta interceptada a García Molino, en la que habla, entre otras muchas cosas, lo siguiente: “Para su satisfacción le digo que a esta hora se trata de aprehender a [en] Concepción, a la Junta y a don Francisco Calderón que fue a traer 200 hombres de refuerzo para el ejército exterminador, que se le sublevaron antes de llegar a la Florida, con la noticia de haber sido de­rrotado el ejército chileno y de que ya estaban en ésta los prisioneros que allí había entre ellos 19 sacerdotes”, etc., etc. La carta es de Chillán fecha 19 de agosto, anónima.

Hice sacar [a] todos los sarracenos presos, para que llenasen los fosos. Después del susto los mandé retirar, pero se llenaron en el día. Esta determinación persuadió al enemigo de que contaba [contábamos] con mucha fuerza, y renunció al proyecto de atacar [a] la [ciudad de] Concepción como lo había pensado. Si lo hace entonces el señor [Juan Francisco] Sánchez, ciertamente habría triunfado. No tenía más que 6.000 cartuchos de fusil, y no había pólvora, ni balero en que hacer las balas.

La artillería y los fusiles, destruidos; todo en un estado lamentable.

Agosto 20 de 1813. La división del Brigadier [Juan José] Carrera pasó el [río] Itata. El Coronel O’Higgins con 60 hombres montados en caballos de la oficialidad salieron para Hualqui.

El Teniente don Juan Felipe Cárdenas, con 20 Dragones quedó sobre el Itata y Coyanco, para ob­servar al enemigo, reunir milicias y proteger los correos.

Agosto 21 de 1813. El Capitán don José María Benavente llegó con su guerrilla. La división de Díaz Muñoz pasó la noche en el Troncón.

Agosto 22 de 1813. La división llegó a Concepción. La del centro marchaba para Quirihue y dejó en clase de destacamento en el barco del Itata al Capitán Calderón con los 60 infantes de Concepción.

O’Higgins persiguió al enemigo hasta Paso Hondo, y como había ganado mucho terreno, desespera­do de alcanzarlo, regresó a Yumbel y pasó la noche en la hacienda de don Juan Ramos.

Agosto 23 de 1813. O’Higgins se acuarteló en Yumbel. En la noche salió de Yumbel el Teniente Coronel don José Antonio Fernández con veinte fusileros para Tucapel.

El Coronel Vial reunía en Cauquenes ciento cincuenta fusileros y fue atacado por Olate, que man­daba 400 hombres entre fusileros y milicianos de lanza, y dos piezas [de artillería] de a 4. La acción duró siete horas, pero fue tan desordenado el ataque como la defensa. Olate se retiró sin ningún provecho a pesar de su insolente intimación.

Agosto 24 de 1813. Llegó a Quirihue la segunda división. Arauco se sublevó y se declaró por [Juan Francisco] Sánchez. Mandé salir al Coronel Urízar con veinticinco hombres para que lo contuviese y tomase el mando de la plaza; ésta no tenía armas ningunas y bastaba aquella fuerza. Se hallaba en ella el parlamentario don Jai­me Guarda y su compañero Rengifo; ambos fueron presos por los insurgentes.

Agosto 25 de 1813. La segunda división se fortificaba en Quirihue. El Coronel Urízar, receloso de las fuerzas de los araucanos, se retiró de Coronel a San Pedro y pidió refuerzos.

En la noche salió de Yumbel el Coronel O’Higgins, con el objeto de proteger al Teniente Coronel Fer­nández, que se retiraba de Tucapel con su familia, amenazado por la milicia que se había sublevado por el influjo de Padilla, Juez de aquel lugar. Doscientos [hombres] perseguían a Fernández, de los que siete murieron. De los nuestros fue prisionero un negro llamado Juan, criado del canónigo Andrade, a quien llevaron a Chillán y le remacharon dos barras de grillos. Unido O’Higgins a Fernández volvieron a Yumbel. Padilla fue remi­tido a Concepción y ahorcado a los pocos días.

Agosto 26 de 1813. O’Higgins se puso en marcha para castigar a los insurgentes de Tucapel. No­ticioso de que el enemigo ocupaba a Yumbel, volvió sobre él. Era guerrilla nuestra a la que se unió, y pasa­ron a Huilquilemu, donde fueron bien recibidos. O’Higgins tenía orden de reclutar cuanta gente pudiese y de aumentar su división con las milicias, mientras se reorganizaban los veteranos que lo reforzaban.

Agosto 27 de 1813. Mandé 40 Húsares Nacionales y 9 artilleros con 2 pedreros, a reforzar a Urízar. Con 64 hombres no podía recelar el señor Coronel de Húsares de Arauco. El Comandante de este refuerzo fue don Gregorio Allende.

La segunda división se reponía en Quirihue, y se aumentaba considerablemente.

Vial se retiró a Talca con sus enfermos, y los fusileros se reunieron a la segunda división, o siguieron con el Coronel Mendiburu, escoltando los auxilios de pólvora y dinero para Concepción por el camino de la costa.

Agosto 28 de 1813. O’Higgins se dirigió a Talcamávida, sabedor de haberse insurreccionado Santa Juana, e intentar los insurgentes pasar el río; llegó a ella en la noche. Yo había mandado doce fusileros a las órdenes del Ayudante don Félix Antonio Novoa.

Agosto 29 de 1813. Se presentó el enemigo a la vista de Huilquilemu. Su partida avanzada fue ba­tida por el Teniente don Ramón Freire con sólo seis Dragones y le mató un oficial y dos soldados [6] . Descu­brió el enemigo 300 hombres, y no siendo prudente comprometer acción con fuerza tan superior determinó O’Higgins retirarse. Se dispersó parte de nuestra tropa, pero los pocos valientes que quedaron sostuvieron la retirada ordenadamente. La cincha del caballo de O’Higgins se reventó, y [él] habría [hubiese] sido presa del enemigo si no lo salva, dándole su caballo, el artillero Gabino González, que escapó dentro del monte.

El Coronel Urízar alcanzó a Coronel y repetía sus peticiones de nuevo auxilio. Conocí que no era el hombre que necesitaba para el efecto. Como me constase que en Arauco sólo había catorce malos fusi­leros, y sin municiones, le di orden terminante para que tomase la plaza.

Mandé al Capitán don Juan Luna con cuarenta Granaderos a las órdenes del Alférez don Pablo Vargas, para que tomase el mando de toda la fuerza, haciendo volver a Urízar.

Ya habían salido para la costa dos lanchones, y el bote del resguardo con un cañón para proteger el paso del Carampangue, a las órdenes del Alférez don Rafael Freire.

Agosto 30 de 1813. Llegó Urízar a Colcura. El Capitán don José María Benavente [7] se incorpo­ró a [las fuerzas de] O’Higgins en los altos de Tubunquén y le entregó ochenta fusileros y dos cañones. O’Higgins fue perseguido por el enemigo hasta Gomero, y se replegó aquella noche hasta las Barrancas Juntas.

Agosto 31 de 1813. O’Higgins salió para Hualqui y acampó en la entrada de las Angosturas, por la parte de esta villa. La posición ofrecía ventajas para la defensa.

Septiembre 1º de 1813. Luna, con el refuerzo, se incorporó a Urízar en Colcura. Este nuevo jefe era tan maula como el anterior. Se avinieron y ambos quedaron como jefes sin subordinarse uno al otro. ¿Quién no estaría cierto de que Arauco sería reducido por 114 buenos soldados y valien­tes subalternos?

No recuerdo si este día llegó Mendiburu con los auxilios de Talca. El Brigadier [Juan José] Carrera, usando de aquella autoridad e insubordinación acostumbradas, tomó la mitad de los caballos que mandaba Vial, siendo constante que en la Concepción eran mucho más crecidos los gastos.

Septiembre 2 de 1813. Repetía mis órdenes por la pronta toma de Arauco, que tanto interesaba a los progresos del ejército; pero los jefes unidos caminaban con pies de plomo. Todo era consultas y na­da obedecían. En aquellas circunstancias era indispensable el disimulo.

Septiembre 3 de 1813. Se acercaron los jefes al Carampangue, y de la parte del sur de este río se presentaron los insurgentes, sin otra defensa que un cañón de a 4 empotrado, 14 fusileros y como 200 huasos. Los subalternos y la tropa hicieron completa burla del ridículo fuego de los enemigos; pero los jefes le dieron toda la importancia de modo que satisficiese su temor. Olvidaron las órdenes del General, para correr precipitadamente en la plaza, y la arrogante intimación que había hecho el señor Urízar a unos miserables indefensos. Se retiraron vergonzosamente, dejando al Teniente Allende con pocos soldados para que detuviese al enemigo, sin decirle que se retiraban a Santa Juana, ni lo que debía practicar. Allende per­siguió cuanto quiso al enemigo con doce hombres, y a su vuelta, como no encontrase a la división, tomó el partido de buscarla, hasta que la pudo hallar, marchando para Laraquete.

Septiembre 4 de 1813. En la noche dispusieron los jefes el ataque a la plaza de Santa Juana. Se veri­ficó a discreción, y la tomaron los subalternos y la tropa, de los que murieron un Granadero y un Nacional. Cuando entraron los jefes estaban nuestros soldados cansados de saquear y de cometer excesos; muy a tiempo para acabar de hacer enemigos todos los pueblos. Cuando esperaba el parte de la rendición de Arauco, recibí el de la toma de Santa Juana. Yo mandé a Arauco un correo y un Sargento para que comprase caballos; apenas llegaron a San Pedro, los araucanos sorprenden este pueblo; tomaron y rom­pieron el barco del Biobío y se retiraron sin haber tomado a los que llevaban mi comisión, porque pasa­ron escondidos en una casa.

El Alférez Freire se volvió porque no encontró a los nuestros en el río Carampangue.

Murieron en Santa Juana catorce enemigos, y fueron prisioneros siete soldados de nuestro ejército que habían desertado y tomado parte con los insurgentes.

Septiembre 5 de 1813. Mandé a O’Higgins refuerzo de 25 veteranos y carpas para su divi­sión.

Septiembre 6 de 1813. Los jefes unidos mandaron al Teniente Allende a reconocer el campo por el camino del Barco de Nacimiento, por el que se avisó intentaba pasar el enemigo; no ocurrió novedad.

Septiembre 7 de 1813. Se aumentaron los recelos de los jefes y determinaron retirarse a San Pedro. Para verificarlo, dispusieron que Allende saliese a entretener al enemigo con doce fusileros, mientras ellos embarcaban. El enemigo era imaginario. Allende y Vargas no quisieron obedecer, Urízar se embarcó en la noche y Luna siguió por tierra a San Pedro. Urízar, que no tenía el menor peligro, se llevó los pedreros y alguna gente. Dejaron los jefes en la cárcel los 5 prisioneros, 4 cañones de a 4 y 2 de a 2, con un barril de municiones. Para no dejar estos auxilios al enemigo que estaba muy lejos, bastaba que lo hubiesen tirado al río, que pasa junto a la plaza. De todos modos quisieron lucir su disposición y ta­lentos militares estos indecentísimos jefes. ¡Cuántos al verlos impunes me acusan de tolerante! Los ami­gos de la justicia me defenderán. Después los hemos visto empleados por O’Higgins con preferencia y co­mo para humillar a los que habían dado gloria a su patria.

O’Higgins con 100 fusileros salió a la media noche con el objeto de sorprender al traidor Fernando Cruz, que estaba por las orillas de Quilacoya con una guerrilla.

Septiembre 8 de 1813. Nada consiguió O’Higgins, porque Cruz tomó con tiempo su camino. Se dio sí su casa al saqueo, y se volvieron a Hualqui, situando su campo en el camino real, porque llegó el refuer­zo de 50 Nacionales y otros tantos Granaderos que mandé con el Capitán don Diego Benavente.

Urízar llegó a Concepción y Luna a San Pedro, dando las disculpas más descabelladas y con tanto despejo, como si viniesen de ganar una campaña con brillantes acciones.

La tropa de San Pedro pasó a Concepción con el destino de atender a puntos más interesantes ocu­pados por el enemigo.

Le llegaron a O’Higgins 2 cañones de a 4 y 8 artilleros que le mandé por el río. Ya tenía bas­tante fuerza y le ordené atacase al enemigo.

Oficié al Comandante General de la segunda división, para que desamparase a Quirihue y viniese a Bullu­quín, dejando una partida de 150 fusileros para que, en la parte del norte del [río] Itata, protegie­se los convoyes de Talca y los pueblos. Ejecutado este movimiento, [Ildefonso] Elorriaga, que observaba a O’Higgins, o perecía con su división que había sido atacada por su frente y retaguardia, o huía a Chillán, dejando libre la frontera toda y a mí tranquilo para tomar a Arauco, Santa Juana y Nacimiento; esta última plaza, mandada por don José Alcázar, fue tomada junto con los rebeldes de Arauco, luego que vieron la conduc­ta de Urízar, que les dio campo para seguir en la insurrección. El jefe de la segunda división, siempre amigo de [Juan] Mackenna, no quiso moverse, como le ordené; todo era disculpa y enmendarme los planes.

Septiembre 13 de 1813. Los araucanos se presentaron en San Pedro, y, a nuestra vista, se llevaron gran rato en formación y revolviendo los caballos, como para burlarnos, confiados sin duda en que no te­níamos barco.

En la noche embarqué 100 hombres en botes de Talcahuano y en los que vinieron de Santa Juana, a las órdenes del Teniente Allende y del Alférez Vargas. Fueron sorprendidos los araucanos, que escaparon en sus buenos caballos, dejando 12 compañeros en el campo. De nuestra parte no hubo pérdidas.

Septiembre 14 de 1813. Se volvió a abandonar a San Pedro, pero se aprontaba desde este día una fuerza de 300 hombres para aquietar las plazas del sur del Biobío.

Septiembre 16 de 1813. O’Higgins había marchado el 14 a Barrancas Juntas, y el 15 a Quilacoya. Salió este día a reconocer el campo con 50 hombres. Los batidores encontraron cerca de Gomero al enemigo con el que rompieron el fuego; huyó la partida enemiga y fue socorrida muy luego por el grue­so de su fuerza, que estaba en Huilquilemu. Trató de cortar a los nuestros acometiéndolos en tres trozos; pero no lo consiguieron porque se retiraron como por escalones, y con algún orden, hasta cerca de nues­tro campamento, del que salió auxilio y deshizo al enemigo que huyó precipitadamente, con pérdida de 15 a 20 muertos. De nuestra parte murieron 2, uno de ellos degollado por el infame Quinta­nilla después de prisionero, porque no andaba a pie como ellos a caballo. Tengamos muy presentes es­tos servicios para corresponderlos.

Septiembre 17 de 1813. Don Femando Urízar y Luna habían ido a Rere después de su brillante campaña, para reclutar gente y llevar sus familias a Concepción. Todo salió falso. Sin embargo, mandé un refuerzo de 46 Nacionales. O’Higgins se retiró a Hualqui por escasez de municiones, de las que fue provisto.

Septiembre 18 de 1813. Celebramos con todo el aparato posible el aniversario de nuestra regenera­ción. Misa de gracia en la Catedral, y en la noche baile y cena en casa del General, donde concurrió un número considerable de patriotas. Las señoras manifestaron un verdadero contento, y mantuvieron la di­versión hasta las 8 de la mañana siguiente.

El Teniente Barrueta con 40 fusileros salió a reforzar a Cárdenas, que se había retirado a Dihueno, porque el enemigo se posesionó de la Florida. Cárdenas me había mandado 2 prisioneros, uno chilote y otro penquista, que tomó con su guerrilla en una carrera que dio a otra enemiga.

Septiembre 19 de 1813. Salió el Capitán don José María Benavente con 130 infantes y un cañón, con orden de poner bajo su mando las guerrillas de Barrueta y Cárdenas, para atacar la Florida.

Septiembre 20 de 1813. Situado Benavente en la quebrada de los Rifes, mandó a Barrueta y a Var­gas con 53 hombres a reconocer la Florida, para caer al anochecer sobre el enemigo. Barrue­ta, poco militar [8] , se entretuvo en sacar caballos de un potrero inmediato a la población, con tal despacio [lentitud] y seguridad, que dio lugar a que el enemigo lo observase; y viendo la poca fuerza de los nuestros, los atacó con toda la suya, que constaba de 300 hombres, y les cortó la retirada. Los nuestros atacaron valerosamente y se abrieron camino. Los bravos Barrueta y Vargas se hicieron respetar, escarmentaron a al­gunos de sus enemigos, y salvaron el todo de sus fuerzas con pérdida de 17 muertos y un herido. El intrépido Cárdenas llegó a tiempo de proteger a sus compañeros que se hallaban heridos: Barrueta en una nalga, de cuya herida padece aún, y Vargas en una pierna. Se retiró el enemigo, y no volvió a salir, hasta que se retiró a Chillán, sabedor de la fuerza de Benavente, que no avanzó porque esperaba el reemplazo del cañón que se había descompuesto.

Septiembre 22 de 1813. Se retiró Benavente a Dihueno, para buscar comodidad para los caballos. El Coronel O’Higgins seguía su posición, y la tropa se disciplinaba diariamente.

La segunda división llegó al barco del Itata, y pasó a situarse al Membrillar, donde se fortificó.

Cuando llegué a Concepción el 28 de agosto, he dicho el mal estado en que se hallaba aquella plaza, y por mi diario hasta el 22, se conoce el estado de insurrección en que estaba toda la provincia. Acudí a to­dos los puntos insurreccionados oportunamente, y si en todos no fue sofocada, es constante que los oficia­les comisionados causaron este mal por su poca pericia e insubordinación, particularmente en el sur del Biobío. Conteste a este cargo el señor Urízar, y cuando quiera disculparse, con la insolencia que le es característica, escuche a Vargas y Allende, que sirvieron a sus órdenes en la vergonzosa jornada de Arau­co y Santa Juana.

Las pocas fuerzas que llevé de Chillán a Concepción iban rendidas del trabajo, desnudas y enfermas. No podía volverlas a las fatigas sin atender a estas faltas; por eso se ve que salían sucesivamente en parti­das de tanta fuerza cuanta alcanzaba a disponer; regularmente me detenía más la recomposición del armamento, cuyo estado era pésimo por los muchos años de servicio.

El enemigo se creía victorioso porque nos vieron retirar de Chillán, obligados por la estación y por la necesidad, pero en orden y con una energía que nos hizo mirar aquel servicio como preferente al de toda la campaña. Fuimos dueños de retirarnos, a vista del enemigo, a pie, sin municiones y conduciendo nuestros pertrechos y equipajes en diferentes viajes y con los mismos bagajes. Nunca fue osado el enemigo de atacarnos, bien lo acreditan la intimación del 10 de agosto y nuestra contestación. Nuestro Gobierno y nuestros pueblos, que por primera vez veían la guerra, ayudados de la seducción de los facciosos, creyeron que el ejército debía siempre y de todos modos vencer. El Gobierno, desde ese momento, formó plan de ataque contra mí, para quitarme el mando y sostener la facción que estaba abatida desde la conspiración de noviembre y enero. Lejos S.E. de mandar los auxilios necesarios al ejército, ofició a Vial a Talca para que detuviese los que allí había; por fortuna el Obispo [José Ignacio Cienfuegos] con 100 Dragones, salió con ellos para Concep­ción, acompañado del Coronel Sotta. Nada de esto me quitaba el tiempo ni minoraba mi entusiasmo.

Apenas llegué de Chillán a Concepción, puse en obra cuanto necesitaba para la campaña de octubre.

Se reclutaba gente y se completaban los cuerpos. Carecía absolutamente de pólvora, pero se com­pró alguna a particulares. No había plomo para balas, ni balero en que hacerlas; lo primero se remedió sa­cando de los buques las bombas, escandallos [9] y varios aforros; lo segundo, obligando al Maltés, con terri­bles penas, para que hiciese cuatro baleros, como lo ejecutó. Las primeras balas, mientras se hacían los ba­leros, se trabajaban en moldes de barro, comprando la munición de caza y cuanta pieza de plomo había en la provincia. Se hicieron 900 vestuarios, y gran número de camisas, zapatos y hojotas para todo el ejército. Se construyeron con perfección 17 cureñas para artillería volante con sus correspondien­tes armazones. Se hicieron municiones de cañón y de fusil en abundancia. Se recompusieron más de 1.000 fusiles y todas las tiendas de campaña. Se levantó el nuevo cuerpo de Húsares de la Victoria, bajo el mismo pie y fuerza que el de la Guardia Nacional, con el objeto de reformar el de Dragones, absolutamente corrompido. Se organizaron, y se dio [dieron] reglamentos para la buena administración de hospitales y pro­visiones.

Para los hospitales se hizo cuanto exige la comodidad del soldado, y desde el cuartel de la sangre has­ta Concepción (el de la sangre debía situarse en las lomas de Coyanco) habían de ser tres, situados en pun­tos proporcionados y con suficiente escolta a las órdenes de buenos oficiales, con el doble objeto de correr [recorrer] las inmediaciones de sus puestos para evitar los robos en la campaña. Varias otras partidas estaban dispues­tas para esto mismo en diferentes puntos de la provincia, porque así solamente podía haberse contenido la insurrección.

Estaba dispuesta la división que había de pacificar el [territorio ubicado al] sur del Biobío hasta Nacimiento y después caer sobre el Diguillín, para comenzar el sitio de Chillán. Para esto se habían aprontado buques menores con artillería para proteger el paso del [río] Carampangue. Se construyó un barco para el Biobío capaz de un cañón, 100 hombres, 100 balsas de [confeccionadas con cuero de] lobo y víveres. La división estaba en el mejor orden, y no había duda del buen éxito; pero no podía marchar sin que llegase el Obispo [Cienfuegos] con los auxilios que traía de Talca y sin que pasase la segunda división el [río] Itata para contener al enemigo que a cada momento se acercaba hasta la Florida (doce leguas de Concepción) y corría [recorría] la campaña a su placer, sin poderlo evitar por falta de caba­llos, porque los que habían servido en el invierno estaban reponiéndose en diferentes potreros y en la [isla] Qui­riquina, o eran destinados a la expedición de Arauco.

Por otra parte, la [ciudad de] Concepción y todos los pueblos de la provincia, encerraban mucho sarracenismo y era preciso una guarnición de confianza. No bastó [bastaron] para tranquilizar [a] aquel pueblo las muchas prisiones, hasta de señoras. Continuamente se tomaban espías y correspondencia con el enemigo, a pesar de que pagaban en la horca este delito. Para que se conozca la imparcialidad con que se procedía en la persecu­ción de los enemigos de la causa, véase la lista de sus nombres, delitos y castigos señalados con el documento Nº 43.

Octubre 5 de 1813. Llegó el Obispo [Cienfuegos] con los auxilios, protegido por el Capitán Prieto con una gue­rrilla de 40 Nacionales. Una división enemiga de 400 hombres montados, a las órdenes del traidor Clemente Lantaño, llegó a las vegas del [río] Itata con ánimo de tomarse el convoy, pero temió a la es­colta y a la división de Dihueno, que estaba dispuesta para tomarle los puntos de la retirada.

El Coronel Sotta me dio parte de que al pasar el [río] Itata le había obligado el Brigadier don Juan José Carrera a dejarle 14.000 pesos, vestuario, tiendas y cuanto quiso pedir; no era éste el primer atentado. Recibí al mismo tiempo oficios y cartas del mismo jefe quejándose de Sotta porque no le había dejado todo el convoy o poco menos. En la carta me insulta y me amenaza con retirarse a Curicó con toda la división, pidiéndome que no volviese a escribirle confidencialmente. Todo esto lo hacía en los momentos en que el enemigo aprovechaba para atacarlo, le contesté en el instante que recibí sus oficios diciéndole que pa­sase luego el [río] Itata para evitar que el enemigo lo destruyese, o que hiciese lo que se le antojase si no que­ría obedecer. Al día siguiente volvió el correo avisándome que el enemigo tenía sitiado el Membrillar. El Coronel Merino me ofició lo mismo desde Quirihue, y que el Comandante de la división había escrito a Tal­ca para que le auxiliasen las fuerzas de aquel cantón, a las órdenes de Alcázar y Garretón. Estos jefes, de­masiado conocidos en Chile y Buenos Aires, no se movieron y miraban tranquilos la destrucción de las principales fuerzas del Estado. Se disculparon con que no tenían orden del Gobierno para pasar el [río] Maule, procedimiento muy propio de semejantes cabezas. Es la primera vez que se ha visto sacrificar por capri­cho, temor, ignorancia o intriga, la principal parte de un ejército, sin que se hubiere dado ni una pequeña reprensión por el Gobierno a semejantes criminales; bien es que escuchando a los acusados tal vez resulten reos los señores gobernantes.

Determiné auxiliar la división sitiada y atacar al mismo tiempo [a] la división de [comandada por Ildefonso] Elorriaga que estaba en Rere. Para sacrificarlo con toda seguridad, encargué esta empresa al Coronel O’Higgins y lo reforcé con 150 fusileros y un cañón. Con esto la división era fuerte de 500 fusileros, 5 cañones muy bien servidos y alguna caballería. Para proteger la división sitiada se destinó una fuerza de 300 hombres, compuesta de los 100 Dragones que acompañaron al Obispo, de 130 fusileros de la división de Dihueno y de la Guardia Ge­neral con 2 pedreros. Esta fuerza debía atacar al enemigo situado al sur del [río] Itata, al mismo tiempo que O’Higgins destrozase a Elorriaga para reunir las fuerzas en las orillas de aquel río, dejarlas allí para el si­tio mientras se pacificaba Arauco.

Octubre 7 de 1813. Nombré Gobernador de Concepción y Talcahuano al Coronel [Carlos] Spano, y le dejé instrucciones reservadas y cerradas para los diferentes casos que podían ocurrir. Véanse las instrucciones reservadas que remití a O’Higgins, [en el documento Nº 44]. Estas mismas instrucciones, que dijo O’Higgins las había quema­do en la acción del Roble, [a]parecieron en su equipaje, que tomamos el 26 de agosto [de 1814], en los llanos de Mai­po.

En la noche salió Muñoz con el refuerzo para O’Higgins; los dos capitanes Benaventes con la divi­sión para Ranquíl.

Octubre 8 de 1813. Al amanecer salí a alcanzar la división de Benavente, con la que dormí en Gra­nerillo. En aquella noche avanzó la guerrilla de Cárdenas hasta los altos de Ranquíl, en donde fue sorpren­dida por el enemigo, superior en número, pero no sacó la menor ventaja porque Cárdenas se portó con arrogancia. Esta sorpresa fue antes del amanecer del 9.

Octubre 9 de 1813. Avanzó la división hasta los altos del Quilo, y las guerrillas hasta las casas de Basso; el enemigo, que ocupaba el sur del [río] Itata, en las juntas del Ñuble, se retiró y, según las noticias de los espías, se unió con otra fuerza que estaba al norte del río para repasarlo por Quinchamalí, y cortar nuestra división, que constaba solamente de 230 hombres. Tomé el partido de retirarme a la Florida, seguro de que ya no corría riesgo la segunda división de Benavente, y de hacer traer artillería pa­ra ella. Se ejecutó la retirada a las diez de la noche. Este día, según mis órdenes y combinaciones, debía haber atacado a Elorriaga el Coronel O’Higgins; pero apenas salió, durmió en Barrancas Juntas. Semejan­te abandono pudo muy bien haber causado la ruina de la división de Benavente, que a las 36 ho­ras de haber salido de Concepción estaba sobre el Itata.

Octubre 10 de 1813. Al amanecer llegamos a la Florida, y en la tarde me fui a Concepción a dis­poner la artillería y cuanto necesitaba en las divisiones que habían dando principio a la campaña.

El Coronel O’Higgins llegó a Gomero, sin otra novedad que un corto tiroteo de la guerrilla de Allen­de con otra enemiga que huyó precipitadamente. A las 10 de la noche se presentó a O’Higgins con Pa­blo de la Cruz que fugó de la prisión en que le tenía el enemigo en Huilquilemu. El enemigo corrió la voz de que se emboscaba en la Quebrada Honda para sorprender la división; pero sólo pensó en la fuga que si­guió hasta Chillán.

Octubre 11 de 1813. O’Higgins salió en seguimiento del enemigo y se dirigió a Yumbel, a cuya plaza decían se retiraba. No habiéndolo encontrado, salió el mismo O’Higgins con 20 fusileros a quitar las cargas del enemigo que había seguido su retirada a Chillán. Cerca del Itata tuvo un corto tiroteo y se volvió a Yumbel.

Octubre 12 de 1813. Permaneció O’Higgins en Yumbel y Benavente en la Florida. La detención de O’Higgins era contraria a mis órdenes, y exponía a las divisiones de Benavente y del Membrillar.

Octubre 13 de 1813. Alcanzó O’Higgins cerca [las cercanías] de Paso Hondo. La segunda división se mantenía en su posición del Membrillar sin ser incomodada por el enemigo, que tenía las trincheras y los dos cañones de a 18.

Octubre 14 de 1813. La división de O’Higgins llegó a Cerro Negro. Yo salí de Concepción después de haber mandado la artillería, municiones y caballos que necesitaba la división de Benavente. Dormí en la Florida. Este día recibió Benavente [un] aviso del Comandante de la segunda división, encargándole viviese [estuviese] caute­loso porque creía que el enemigo trataba de sorprenderlo.

Oficié a O’Higgins para que se me uniese al día siguiente; ignoraba su situación y todo era incerti­dumbre y peligros.

Octubre 15 de 1813. Se incorporó O’Higgins a mi división en los Pantanillos y acampamos en aquellas inmediaciones. Tenía 800 hombres y no había ya que temer de los enemigos. El Teniente Cárdenas quedó en la Florida, para proteger con su guerrilla la artillería que venía de Concepción para la división.

O’Higgins se disculpó por su tardanza de modo que no satisfizo. Callar era el único recurso.

Octubre 16 de 1813. Las dos divisiones componían una sola con el título de Observadora. Con ella llegué al paso del Roble en el [río] Itata, a las 4 de la tarde. Las guerrillas avanzadas se batieron con las enemigas en el vado de las Piedras, y tomaron un espía de Lantaño que buscaba la guerrilla de Barril para que se retirase.

[A]campamos en las alturas que dominan el paso del río. Un cañón de a 4 y cuarenta fusileros guarda­ban el paso, y eran sostenidos por un retén de 150 Granaderos y voluntarios. La Guardia Nacional, que hacía servicio de infantería, ocupaba la izquierda de la línea y era sostenida por la caballería del Capitán Benavente, que se situó en la arboleda que está al pie de la altura. La artillería se situó en el centro de la infantería. Todo el campo se rodeó de guardias, y se apostaron muchas partidas desde la hacienda de Mardones hasta el vado del Peñasco, que distaba una legua de nuestro campamento. El ene­migo pasó el río legua y media más arriba.

El Teniente don Ramón Freire condujo aquella noche a mi alojamiento a un espía de los enemigos, que creyéndolo de los suyos le contestó que había estado otras ocasiones en Concepción, y conducido car­tas de [desde] Chillán, escritas por [Juan Francisco] Sánchez y [Matías de] Lafuente a las señoras Reyes y don Julián Urmeneta. Una soba de azotes que llevó, atado a un árbol, le hizo confesar que era sirviente de don José Ormeño, y que de sus ór­denes había desempeñado varias ocasiones el espionaje. En Concepción se careó después con los cómplices y quedaron convictos.

Octubre 17 de 1813. A las tres de la mañana recibí oficio del Comandante de la segunda división, avi­sándome que había pasado el [río] Itata y que se hallaba en... [10] sobre el vado de Quinchamalí.

Al rayar el alba sentí que se hacían descargas y oí que se alarmaba el campo. Salí de mi carpa que distaría seis cuadras de la línea, y empezaron las descargas sobre nosotros. Al Capitán don Diego Benaven­te, que estaba junto a mí, le mataron su caballo y se fue a pie a la altura; lo mismo hicieron algunos Dragones que no tenían ensillados los caballos. Rompió el fuego la artillería y aún no aprontaba el asistente mi caballo. Tomé el partido de irme a pie, cuando llegó el Capitán Barnechea advirtiéndome que me tomaban los enemigos si no montaba a caballo. Volví, tomé mi caballo y subí a la altura acompañado del Capitán don José María Benavente. Al llegar al cañón que mandaba el Capitán Morla, me hirieron el caballo; dispu­se que Morla, despreciando el fuego de 2 cañones que tenía el enemigo al norte del río, se avanzase a proteger nuestra línea que había sido sorprendida por retaguardia. Marchando hacia ella, encontré al Capitán Bustamante, que [quien] huía con los Granaderos, lo exhorté y le hice volver. En medio de aquella confusión ignoraba qué clase de enemigo atacaba y dónde se hallaba. El Capitán Barnechea me dijo que bajásemos la altura, por la parte de la Florida, para reconocer el campo enemigo que allí estaba. Bajé efectivamente, acompañado del Mayor de Órdenes don Francisco Calderón y de un Ordenanza; no bien habíamos bajado divisamos al enemigo. El Mayor Calderón me pedía con instancia que me ocultase, porque de lo contrario nos perseguirían. No lo hice y tomé el anteojo para reconocer. En el instante cargó sobre nosotros una partida de caballería y nos obligó a huir. Como el camino por donde habíamos bajado tuviese varias vuel­tas y cercos, nos vimos en la precisión de saltar uno, porque el enemigo estaba sobre nosotros. Barnechea lo hizo primero y cayó con su caballo; lo pasé yo felizmente y esperé que montase Barnechea; así que [tan pronto] lo hizo, me dijo por dónde debíamos seguir; mas como yo no sabía el camino, apenas había andado cuarenta varas sujeté mi caballo para esperar a Barnechea que creí venía, porque oía ruido de carrera: me estorba­ban la vista unos pequeños árboles, y al llegar a mi los que corrían, conocí que había esperado a mis ene­migos. Se me presentó una partida como de 50 fusileros y lanceros y a su frente uno que por su traje parecía el jefe. Mi caballo herido no permitía una fuga segura. Determiné atacar al jefe y me resolví a la muerte, prefiriéndola a mi prisión. La agitación acompañada del susto, o el andar la tropa de caballe­ría de uno y otro ejército vestida del mismo traje, o quizás el deseo de ser auxiliado, me persuadió de que la partida podría ser de nuestro ejército. Le pregunté al jefe quién era y en tres ocasiones no me contestó; él aprontaba el fusil y sus soldados estaban como en expectación; entonces desarrajé mi caballo y le di un tiro de pistola en la cara; le vi soltar el fusil y torcerse, por lo que le juzgué muerto; al revolver mi caballo sobre los soldados que me atacaban, llevé un atroz golpe en la pierna y no aproveché el otro tiro de mi pis­tola porque erró el fuego. Entonces tomé el partido de huir, porque me vi muy oprimido por algunos lan­ceros, dándome uno de ellos un golpe de lanza en el costado izquierdo, que habría sido mortal si no es tan ligero mi caballo y mi brazo para evitarlo en parte. Aquel campo debió ser mi sepulcro, pero me salvó la cobardía de mis enemigos y los esfuerzos de dos que me acompañaban: el Nacional Uribe y un miliciano del regimiento de Talca, José Antonio Oróstica. Veía el terrible fuego con que se defendían los valientes de nuestra división, a pesar de la completa sorpresa; pero veía también con dolor que no podía unirme a ellos porque el enemigo tenía el paso y yo no era capaz de abrirlo. Me tenía cercado y no había otra fuga que atravesar el [río] Itata; pero, ¿cómo hacerlo cuando de la banda del norte tenía el enemigo dos cañones y mucha gente? Me decidí a ahogarme en las corrientes de aquel caudaloso río, o a escapar por el otro lado si podía. Me entré en el río y el enemigo me hacía fuego desde la orilla sin atreverse a perseguirme; no fui visto de los del otro lado, porque me cubría la vuelta de la barranca y el humo de sus fuegos. A nado pa­sé al norte y me fui por la orilla del río abajo, al paso del caballo, porque, con haberse mojado las heridas, se imposibilitó. A las cuatro cuadras repasé el río y me incorporé a la segunda división que estaba en Bulluquín.

Continuaba el fuego de la resuelta división, y dispuse que saliese la segunda en su auxilio; ésta había ade­lantado 200 hombres del regimiento de Granaderos a las órdenes del digno Capitán Valenzuela [11] ; luego que me mudé ropa monté otro caballo y marché con la segunda división. Me adelanté y no habría andado una legua cuando encontré al Capitán Barnechea que me buscaba y llevaba noticia de la completa victoria que habíamos obtenido. Como los vencedores ignoraban mi suerte, me hicieron el honor de sofocar el jú­bilo hasta saber mi paradero. Diferentes partidas salieron en mi busca y, por aquietarlos, mandé [que] un correo avisase había escapado. Al recibir la noticia, llenaron los oficiales al correo de dinero, y toda la división hizo demostraciones de la mayor alegría. Llegué muy luego a la división y me impuse de todo el suceso. El enemigo, dando una vuelta extraordinaria, nos sorprendió la retaguardia por el abandono del Teniente de Húsares Nacionales don Manuel Valenzuela, que estando de gran guardia se desnudó y echó a dormir con to­dos sus soldados, de los que murieron casi todos, escapando los demás con Valenzuela. El valor y vigilancia de los centinelas de nuestro campo evitaron que la sorpresa hubiese sido más completa: entre éstos se cuenta el soldado Nacional Miguel Bravo, que no perdió un palmo de terreno, y defendió su puesto valero­samente hasta que con cuatro o cinco heridas que recibió cayó como muerto y por tal fue tenido hasta la noche que volviendo en sí salió de entre los demás muertos, y se presentó desnudo a su jefe pidiéndole vestuario. Véase el parte Nº 45 copiado del Monitor [Araucano] del 30 de octubre. Al pie de él añado algunas notas que esclarecen más las verdaderas ocurrencias de aquel día y particularmente el mérito de algunos oficia­les.

La segunda división se acercó a una legua y pasamos la noche en nuestra posición.

Octubre 18 de 1813. Dispuse que la división de observación, a las órdenes de O’Higgins, se situase en las juntas del Diguillín y la segunda en Bulluquín.

Llegó el Teniente Cárdenas con la artillería y los palos para [las] balsas. En la tarde me marché a Concep­ción, acompañado del Capitán don José María Benavente y de una guerrilla a las órdenes del Teniente Cár­denas, quien había apresado a un hijo del traidor Martín Reyes, que se había pasado al enemigo. Me acom­pañaba también el Mayor de Órdenes don Francisco Calderón. Este hombre, que se tenía a caballo menos que nosotros, se escondió en el lance apurado del 17 entre unos peñascos o árboles. Dice que el enemigo lo tomó prisionero y lo amarró. Alguno me aseguró que por librarse dijo al enemigo: “El que corre adelan­te es el General en Jefe”, y que lo dejaron libre para agarrarme; lo cierto es que el pobrecito sacó muestra de los aprietos en que se vio. Don José María Benavente es testigo ocular de este suceso.

Dormimos en la Florida.

Octubre 19 de 1813. Llegué a Concepción y también llegaron los prisioneros hechos en el Roble.

Se situaron las divisiones en las posiciones de Bulluquín y juntas de Diguillín (6 leguas distantes) y fortificaron su campo por [bajo la] dirección de [Juan] Mackenna. Se puede decir que se encerraron en corrales.

Octubre 22 de 1813. Una guerrilla de 100 Granaderos, a las órdenes del Capitán Valenzuela, salió a reconocer la ribera norte del [río] Ñuble para evitar que el enemigo se posesionase libremente de los partidos de San Carlos y Parral, y para proteger los convoyes de víveres que se esperaban de Talca. Cuando regresaba con uno de estos convoyes, la segunda división, a la que pertenecía dicha guerrilla, alojó en Trocoyán cerca del barco del Itata. Inmediatamente fue atacada por fuerzas superiores en número a las órdenes del hua­cho Olate. La defensa fue heroica; duró cuatro horas la acción. El enemigo se vio precisado a retirarse, y los nuestros abandonaron el campo por habérseles concluido las municiones. Tuvimos el dolor de perder al Capitán Valenzuela[,] don Pedro, joven digno por su honor y valor y otras muy recomendables cualidades, al Alférez Valverde y al honrado Ortiz, 10 soldados muertos y 23 heridos. El enemigo dejó en el campo 27 muertos. Estoy persuadido de que si no hubiesen muerto los dignos Valenzuela y Valver­de, hubieran obtenido una victoria completa. Quedó con el mando de la guerrilla el Alférez Manterola, y se retiró a Cauquenes. Posteriormente recibió órdenes del Gobierno, y siguió hasta Talca, dejando [a] los heri­dos en Quirihue al cuidado del Coronel Merino.

El 20 de este mes llegó el Gobierno superior a Talca. No llevaba otro objeto que el de obligarme a dejar el mando del ejército y separar de él a mis hermanos y aún a mis amigos. Prueba era para mí la re­nuncia que había hecho en junta de corporaciones el 6 del mismo mes a S.E. para que el Senado y corpo­raciones los confirmasen en sus empleos y, si era posible me desnudasen a mí del de vocal para evitar que en el caso de que dejase el ejército fuese a acompañarlos en la silla [12] . Véanse el acta de ese día extractada del Semanario [Republicano] del 16 de octubre, señalada con el Nº 46 y el voto del Senador fray Camilo Henríquez, que lo publicó en el Monitor [Araucano] del 21 de octubre.

Estos acontecimientos bastaban para conocer a fondo las ideas de un Gobierno que, olvidado de sus deberes y activo por su engrandecimiento, trataba de atacarme con perjuicio de la libertad del Estado, para que no repitiese algún día los golpes del 4 de septiembre, 16 de noviembre y 2 de diciembre de 1811. Cuan­do yo fui nombrado vocal del Gobierno en noviembre de 1812, lo fui por los mismos y con la misma le­gitimidad que el Senado y [el] Cabildo. Estos cuerpos, que se confesaron ilegítimos, crearon otro más ilegíti­mo, en circunstancias las más críticas y sin más intereses que el de entronizar [a] la familia de los Larraines, en los únicos momentos en que creyeron que podían realizarlo con ventajas. En otra parte probaré esta verdad.

El Gobierno, durante toda la campaña, lejos de atender [a] las necesidades del ejército, gastaba el tiem­po en formalizar el plan de la destrucción de los Carreras, y de cuantos estaban comprometidos con ellos en la empresa de salvar a la patria, amenazada de un modo terrible. Llenaron los papeles públicos para pre­venir a los pueblos en contra nuestra. Pusieron en libertad a todos los que yo había mandado a la capital por enemigos declarados del sistema, publicando por este paso el decreto de 7 de septiembre en el Monitor [Araucano] del 9, señalado con el Nº 47. Este papel encierra mucho veneno en mi contra; pero me consuela saber que los verdaderos patriotas, y aún los mismos perseguidos, conocen la buena fe y justicia con que oprimía a los enemigos de la causa; enemigos que lo han sido después y lo serán hasta que paguen en un cadalso los grandes males que han causado a Chile; aún más criminal es el que por fines particulares supo tolerar­los. Léanse las listas de los presos desterrados y muertos de mi orden, y los que los conozcan decidan, si el Gobierno o yo procedieron de buena fe.

En la sorpresa de los Dragones, el 7 de abril por O’Higgins en Linares, se ve que los comandaba don José María Rivera, oficial de las tropas de Concepción. Este vino a seguir los caudales que traían los patrio­tas de aquella ciudad; distaba 16 leguas de Talca, y sabiendo que yo estaba en aquel punto como jefe del ejército que había de oponerse al invasor, se retiraba para Concepción el mismo día que lo sorprendie­ron. ¿Debía yo considerar a este chileno como enemigo de la causa o no? Lo remití preso a la capital. El Gobierno, siguiendo la máxima de formar partido con los mismos que yo perseguía por contrarios al sistema, lo puso en libertad, publicando en el Monitor [Araucano] de 23 de septiembre el decreto del 14, Nº 48; hace honor al delincuente y desacredita al General del ejército que supo salvar a la patria.

¡Pago de Chile!

Cuando ocurrió la revolución de los Andes [liderada] por [José Antonio] Ezeiza, revolución que debía estar combinada con la de Concepción, que en agosto evitó el Capitán Vidal, [el Gobierno] apenas tuvo energía para colgar a dos personas, perdonando a porción de reos convictos. Uno de ellos fue el cirujano Zapata, a quien yo había mandado con un grillete desde el ejército, porque seducía con sus conversaciones contrarias al sistema, y a éste se le mandó a Mendoza, perdonándole la vida porque asistía a la mujer del vocal Pérez.

Todo lo que S.E. mandó al ejército quedó hecho por mí cuando salí a campaña, y por más que gri­ten en sus Monitores grandes remesas, Instituto Nacional, etc., etc., todo es obra mía, y no de aquellos ineptos pelucones. Son tan insolentes que se atrevieron a apropiar la obra de los obuses al Capitán Blanco, siendo público que cuando salí de Santiago quedaron los moldes hechos por dirección de Goycolea, y sólo se esperaba la estación del verano para fundir los metales. Así era todo.

Confiado el Gobierno en la absoluta libertad que le dio el Senado, emprendió su marcha con grande aparato de escolta, coches, edecanes y cuanto podía proporcionarles el respeto de los pueblos por la ex­terioridad. La hipocresía era la máxima favorita. Con este mismo plan se dirigió S.E. a [Juan Francisco] Sánchez, intimán­dole rendición, sin contar con el General para lo menor, y sin averiguar siquiera antes el estado de las res­petables divisiones de Concepción. La corta división que había llevado de Santiago, en la que estaba inclu­sa [incluida] la auxiliar de Milicianos de Mendoza, armados de viejas carabinas y de 150 hombres de fuerza; éste era todo el escudo de S.E. para rendir a Sánchez y para exigir dejase el mando.

Por el 24 de octubre me ofició S.E., por el Capitán Letelier, acompañándome copia del oficio de in­timación hecha a Sánchez. Era este oficio muy disparatado, tanto por el modo como lo remitieron, como por su contenido. Amenazaban al enemigo con 100 vestuarios remitidos a la compañía de artillería de Valparaíso, con 6.000 salchichones para trincheras y le detallaban la fuerza repartida en las guarniciones del norte de Talca, hasta Copiapó. Le pronostiqué a S.E. en contestación, que la de Sánchez sería una bur­la completa. Efectivamente sucedió así. Despreció Sánchez a S.E., poco caso hizo de las precisas guarnicio­nes que distaban de 100 a 300 leguas; no le importaba estuviesen bien o mal vestidas. Admiró sí el proyecto de conducir 6.000 salchichones desde Santiago, habiendo en los campos inmediatos a Chillán, fajina suficiente para sitiar todas las plazas del mundo. No fue Sánchez tan torpe, que no conociese el obje­to principal de la ida del Gobierno a Talca; apercibió la oportunidad, para atizar el fuego de la discordia. En la contestación que dio a S.E. vibraba su lengua contra mí, como persuadiendo de que yo causaba su obstinación, para decidir mejor a S.E. a mi separación. Decía que yo era inmoral, que quería entregar el reino a los franceses, como constaba de documentos que me había [habían] interceptado, y podía manifestar cuando gustase S.E. mandar una persona que los examinase. Que sería Chile desgraciado si tenía yo la fortuna de vencerlo, y que no dudase que mis primeros tiros debían dirigirse contra el Gobierno, como le era cons­tante, etc., etc.

El Gobierno manifestó despreciar cuanto le decía Sánchez; pero como todo estuviese en favor de su proyecto, no dejó de lisonjearlo cuanto decía en mi contra. No así la negativa de rendirse, pues creía que no podía haber llegado este caso. Me atrevería a jurar lo que el Gobierno encerraba en sus huecas cabezas. Vamos a Talca, dirían, a nuestra intimación se rinde el enemigo, y como en el mismo momento quitamos el mando a Carrera, resulta nuestra toda la obra de la libertad de Chile. Pobres tontos, no advertían lo que fraguaba la Casa Otomana [13] .

Me remitió el Gobierno la contestación de Sánchez, asegurándome que le exaltaba en la parte que se expresaba en mi contra, y que todos los hombres sensatos despreciaban aquellas invectivas [14] . Yo supliqué a S.E. que, por su honor y el mío, admitiese la oferta del infame Sánchez, haciendo que un oficial de su confianza fuese a Chillán a sacar copia de los documentos interceptados. S.E. conocía la falsedad de la acusación y no quiso mandar [hacerlo], porque así dejaba campo para opinar mal de nuestro patriotismo.

Noviembre 9 de 1813. Este día me ofició S.E. aconsejándome que dejase el mando del ejército porque los pueblos vivían celosos de ver todas las armas en manos de una sola familia [15] . Yo estaba cansado de sufrir atentados de diferentes clases contra una familia que no tenía otras miras que salvar a la patria; no ignoraba yo que en recompensa de mis fatigas debía esperar una traición o cosa que se le pareciese [16] ; así se lo dije al Capitán don Diego Benavente la noche [en] que salimos de Santiago para Talca, el 1º de abril. Sin embargo, creí que dejar el mando en manos de unos intrusos e ignorantes gobernantes, era lo mismo que entregar el ejército y el sistema al sacrificio. Resolví en mi interior no ceder sin asegurar antes las fuerzas; trabajando para que recayese el mando del ejército en una persona que, al mismo tiempo que fuese capaz de continuar sus progresos, nos pusiese a cubierto de las bajezas e infamias de la facción que volvía a entronizarse.

Pasé oficio a la Junta de Concepción, acompañándole el del Gobierno, para que en unión del ejér­cito, libremente expusiese su dictamen. Contestó acompañando el de todos los jefes y el del ejército ente­ro. Decididamente me piden no deje el mando, y que remita al Gobierno todos aquellos documentos para persuadirlo a desistir de un proyecto que presentaba los peores resultados.

Noviembre 11 de 1813. El Capitán Freire con una guerrilla de 90 hombres, destinada a proteger la conducción de vinos de varias haciendas inmediatas al [río] Itata, se batió en el vado de Cuca, con otra enemiga de igual fuerza. Pasó el río y le persiguió hasta cerca de Larquí. El resultado fue hacer 3 prisio­neros, matar 3, pasarse otros 3 a nosotros; estos últimos eran soldados de nuestro ejército, que toma­ron partido con el enemigo por salir de la prisión.

No cesaba de activar las disposiciones necesarias para efectuar la expedición de Arauco, que era de absoluta necesidad para evitar que el enemigo introdujese sus auxilios por aquella parte; sólo me faltaban [los] caballos que esperaba de Talca, con otros muchos auxilios que había pedido.

Mandé al Coronel Urízar a Rere, para que, tomando el mando de 100 fusileros, pasase la Laja y se apoderase de Los Ángeles. Esta expedición fue muy parecida a la de Arauco; hizo marchas y contramar­chas tan innecesarias, como perjudiciales; se acercó a la Laja y no la pasó, porque hasta los árboles se vol­vían a sus ojos cañones. Últimamente hasta sus soldados lo abandonaron, a pretexto de que su jefe era un traidor que quería rendirlos.

Los prisioneros que tenía Sánchez en Chillán fueron mandados a Arauco por Los Ángeles, y aunque la división de Diguillín pudo haberlos quitado, no lo hizo por falta de caballos, y el Coronel Cruz [17] , con diez oficiales más, fueron embarcados en el Potrillo y remitidos a Lima. Allí gimieron en [las] casamatas, y aunque el Monitor [Araucano] del 13 de noviembre publica el maltrato de nuestros prisioneros, no por eso dejaban de disfrutar en Santiago de las primeras atenciones los de la fragata Thomas: ya se ve que había patriotas de primer orden que pedían a Rábago cartas de recomendación para el caso de vencer el enemigo. ¿Qué po­díamos esperar de estas gentes?

El Teniente de Dragones don Esteban Manzano con una guerrilla de 25 hombres, hizo prisioneros [a] 30 milicianos que a las órdenes de don Dámaso Fontalba corrían [recorrían] la campiña, y mataban cuan­tos correos y soldados sueltos encontraban pertenecientes al ejército restaurador. En días anteriores habían degolla­do algunos, y cometido toda clase de atentados. Hice diezmar a estos perversos, y al día siguiente murieron en el banquillo don Dámaso Fontalba, su yerno y su sobrino. Los demás llevaron 200 azotes cada uno y se destinaron con grilletes al presidio durante la guerra.

Viendo que el Gobierno demoraba los auxilios y que estaba decidido porque [yo] dejase el ejército, dis­puse que la división de observación y la segunda abandonasen sus posiciones y se replegasen a la Florida y a Curapalihue; porque, estando absolutamente sin caballería, podía muy bien el enemigo atacar a Concep­ción, sin que pudiesen las divisiones proteger aquella ciudad por la distancia a que se hallaban.

Cuando el Coronel O’Higgins llegó a Concepción, fue citado por el Gobierno de la provincia para que expusiese su dictamen sobre la tentativa que había hecho el Gobierno para separarme del mando. O’Hig­gins protestó que de ningún modo debía consentirse, y que en tal caso, se separaría él también porque conocía la injusticia y veía la destrucción del ejército.

El Cuartel Maestre don Juan Mackenna estaba entonces en Concepción, haciendo algunos reductos en las alturas que dominan la ciudad y fortificando a Talcahuano, cuya obra la hacía con la ventaja de sus grandes conocimientos. ¡Malditos sean ellos! No hay uno que haya visto sus obras sin risa. Este intrigante y sanguinario extranjero estaba enterado de los proyectos del Gobierno, como que el plan que ejecutaba era el mismo que él había mandado a su primo don Francisco [Antonio] Pérez, vocal de la Junta, en junio; así es que mostraba un interés decidido porque accediese a la insinuación de S.E., insinuación muy extraña, porque teniendo la calidad de reservada y amigable, concluía con terribles amenazas si no ponía en ejecución sus consejos, reducidos, en sustancia, a la renuncia del mando. Cosa graciosa ¡querer hacer forzoso un acto tan voluntario! Mackenna, asociado de los Mediburus y del cura don Isidro Pineda, ex vocal de la Junta de Valdivia, esparcieron en el pueblo y en el ejército la doctrina que les convenía, y últimamente, Mackenna, seduciendo al Capitán García, se desertó del ejército, embarcándose en Talcahuano en la falúa del resguar­do, protegido por don Juan Pablo Ramírez, encargado de todos los buques de aquella bahía. García, que posee grandes conocimientos náuticos, muy pronto lo puso en la boca del [río] Maule.

La llegada de este señor Coronel a Talca se elogió en el Monitor [Araucano] del 30 de noviembre, en estos tér­minos: “Han aportado a la boca del [río] Maule y han entrado en Talca, el Coronel don Juan Mackenna y el ofi­cial de artillería don Nicolás García, hombres incomparables por su lealtad, valor y talentos, y tan amados del pueblo”. Este discurso de Cayo Horacio [18] , amigo de Terraza (Terraza es [Antonio José de] Irisarri, primo de Mackenna), fue un verdadero manifiesto para excitar el [al] ejército a la deserción. Efectivamente surtió buen efecto, como veremos después. Mackenna agitó con su llegada al Gobierno para que no perdiese momento en mandarme expresamente que dejase el mando y que, para que no hubiese resistencia, nombrase de General en Jefe a O’Higgins, y le dio una idea de todos los sujetos que debía elegir para reemplazar los empleos de todos los separados. El Gobierno que, tocando los inconvenientes que ofrecía la mudanza de General, había oficiado a O’Higgins reservadamente el 22 de noviembre para oír su dictamen en el particular, reanimado con las promesas y falsedades de Mackenna, sin esperar contestación, siguió la obra de destrucción.

Noviembre 27 de 1813. S.E., por sus comisionados Echagüe y Teniente Gaona, me pasó el oficio Nº 49, para que entregase el mando del ejército a O’Higgins, y a éste, para que se recibiese de él, le remitió los dos oficios y el decreto Nº 50. Contento convine en obedecer y como en la actualidad estuviese O’Higgins alojado en casa, le propuse que en el día sería dado a reconocer. No quiso admitir de ningún mo­do, y a fuerza de repetidas instancias se resolvió, con la precisa condición que antes había de ir a Talca para enterar al Gobierno de la verdad, desengañándolo así para que no expusiese la causa; que a su vuelta tomaría el mando, pero que estuviese seguro de que si se hacía de las armas, era por mi resolución a dejar­las, y para evitar que puestas en otras manos sirviesen para nuestra ruina.

Con los mismos comisionados [, el gobierno] ofició al Cabildo secular, al Obispo [Andreu y] Guerrero y a todos los jefes de los cuerpos y demás oficiales de graduación que había en el ejército, para que cooperasen a aquel paso; les habla en los mismos términos que al Coronel don Estanislao Portales, cuyo oficio se señala con el Nº 51. Este lenguaje prueba que S.E. estaba penetrado del disgusto que causaba mi separación a todo el ejército, y que sabía la determinación de la Junta de Concepción y de todos los jefes. Más claramente lo habría conocido si yo hubiese mandado las enérgicas representaciones de los jefes y los acuerdos de todos los cuerpos para que de ningún modo accediese. Estaba cansado de ingratitudes y no quería más disgustos, disgustos que no podía evitar sin tomar ciertas medidas o providencias a [las] que no se resolvía mi corazón sensible, porque pedían la sangre de mis compatriotas, sangre que quizás se habría multiplicado envol­viendo el [al] Estado en una guerra desoladora. Con todo mi corazón abracé el plan de separarme de Chile, acabada que fuese la guerra, alejándome por algunos años a los Estados Unidos. Durante la guerra pensaba permanecer al lado de O’Higgins, porque juzgué que mi ayuda le era necesaria. Conservé sí todas las repre­sentaciones para que en algún tiempo me sirviesen de escudo contra los tiros de mis enemigos. Estos documentos y 2.500 guerreros que me amaban, era bastante para haber acabado a los asesinos y a los intrusos, si, más reflexivo y verdadero amante de mi patria, no hubiese temido funestas consecuencias. Creí que O’Higgins salvaría a la patria y pondría freno a los sediciosos; si hubiese previsto que este hom­bre era cual se ha manifestado posteriormente, estoy muy cierto que las bayonetas habrían puesto silen­cio, a poca costa, a la Casa Otomana [19] . Ella sola y sus secuaces eran los que ocasionaban tales movimientos, y en prueba de ello, examinemos cuáles eran sus autores. [José Miguel] Infante y [Agustín de] Eyzaguirre, aunque enemigos declarados de los Larraines, fueron puestos por ellos y formaron su liga con [Francisco Antonio] Pérez mientras estuvo en el Gobierno; verdad es que Infante, autor de una facción media, esperaba el momento favorable para destruir el poder de la gran familia; pero también es verdad que la gran familia, aprovechándose de la ignorancia de estos dos pelucones, los sufría mientras los juzgaba precisos para persuadir al pueblo de su desinterés, y por si eran malos los resultados del proyecto, sacar libre su bulto como lo tienen de costumbre; y no menos porque se diese ascenso a los Semanarios Republicanos que empezaron a publicarse el 7 de agosto por fray Camilo Henríquez e Irisarri. Mostraba en este período el tal Irisarri ideas muy liberales para que no temiesen a su familia y por esto mismo separaron a Pérez del Gobierno. Irisarri dijo en su Semanario [Republicano] de 16 de octubre de 1813, después de hacerse un elogio muy regular: “Juro desde ahora, por lo más sagrado que hay en el cielo y en la tierra, no admitir jamás destino público de honor, ni de renta”; él ha renunciado los que tenía y sólo pretende escribir, bien o mal, como Dios le ayude, sus pobrecillos Semanarios, que no dejan de ha­cer alguna mella en su labor. No pasaron cuatro meses de este juramento cuando vimos al tal Irisarri de Director Supremo interino, Gobernador, Intendente y Comandante de cívicos. El Coronel Mackenna, Comandante de la división del Membrillar, don Francisco Vicuña, miembro del Senado; Fray Joaquín La­rraín, nombrado por Coquimbo para lo mismo; don Joaquín Echeverría, Gobernador Intendente de Santia­go, con la misma autoridad del Gobierno Supremo. A esto se agregaba que los Huicis y Pérez, individuos de la familia y cómplices en la conspiración de noviembre, se paseaban en Santiago y eran empleados lo mismo que los de la de enero de 1813. ¿Qué más se necesita para probar hasta la evidencia que todo era obra de la Casa Otomana?

Aunque Irisarri, en su Semanario [Republicano], elogiaba a don Juan José Carrera, y aunque ese fuese quizás el apo­yo sobre el que fundaron su proyecto, no por eso se escapó de ser separado del mando de su batallón de Granaderos; como se ve en el oficio del Gobierno, [documento Nº 52], don Juan José sintió entonces sus locuras antiguas, y por su voluntad había empleado la fuerza para contener a los mismos que se atrevieron por sus prome­sas. El Coronel Mackenna luego que supo (estando él en Talcahuano) [20] que había llegado a mis ma­nos la insinuación del Gobierno, escribió a don Juan José una carta reservada, diciéndole era llegado el tiempo de cumplir con su palabra, y de sostener con energía los derechos de los pueblos. Cuando Mackenna se atrevió a este paso, es prueba de que don Juan [José Carrera] le había dado confianza para ello; pero don Juan, que vio cerca el golpe le contestó, tratándolo de embustero y negándose a ceder. Este acontecimiento hizo que el Gobierno, al tiempo de separarme a mí, separase a don Juan; sin esto lo habrían tolerado algún tiempo más.

Como don Juan Antonio Díaz Salcedo fuese amigo nuestro, fue igualmente separado del mando de los escuadrones de Húsares Nacionales, y don Luis Carrera de la Artillería, a pretexto de necesitarlo S.E. cerca de su persona. Díaz Salcedo tenía sobre sí el gran delito de no haber permitido la conspiración de enero, para la que lo convidaron. Su honor y la amistad lo obligaron a delatármelo.

O’Higgins, escoltado de una guerrilla a las órdenes del Teniente Molina, y de otra a las de Serrano y Manzano, salió para Talca a tratar con el Gobierno, con promesa de volver a los ocho días. Salió a princi­pios de diciembre.

Ninguna de estas ocurrencias minoró [aminoró] el entusiasmo ni atrasó el buen servicio de las divisiones de mi mando. Situadas éstas en las inmediaciones de Concepción, se mantuvieron en un orden que no correspon­día a la conducta escandalosa con que el intruso Gobierno procuraba introducir una completa anarquía.

El Teniente don Juan Felipe Cárdenas, con una corta guerrilla, mantenía en tranquilidad y por nues­tros los campos de Hualqui y Rere. En los choques que tuvo con el enemigo, siempre muy superior en número, acreditó su valor poco común y escarmentó a los que sabían burlarse de Urízar. Díganlo las accio­nes de los altos de los Robles, Tarpellanca y Hualqui. En la primera tenía el enemigo 80 fusileros y algunos milicianos, y Cárdenas sólo 35 fusileros y 6 milicianos, de los que le mataron 2 y le hirieron igual núme­ro; el enemigo perdió 7 hombres y abandonó el campo de batalla.

Los enemigos del sistema, que no perdonaban ocasión para perjudicarlo o destruirlo, creyeron que la persecución del Gobierno les daba campo para cometer crímenes sin temor del castigo. Don Santiago Tira­pegui, Capitán retirado de Dragones de la Frontera, aunque fue conducido a Talcahuano y puesto a bordo de un buque por sospechoso, a instancias de su familia obtuvo la gracia de seguir arrestado en su casa, para curarse de una enfermedad de consideración. Este obstinado sarraceno fraguaba una horrorosa conspira­ción, para sorprender mi persona, al Gobierno de Concepción, Cabildo, jefes militares y a otros patriotas, para asegurar las divisiones y entregarlo todo al ejército enemigo. Contaba para esto con las fuerzas de San Pedro y con una división que debía mandar [Juan Francisco] Sánchez, de [desde] Chillán. Parte de la milicia de infantería estaba corrompida, y la guardia de aquel cuartel debía servir para la ejecución. Don Javier Solar, Teniente Coronel de milicias de caballería, a quien hasta entonces reputábamos [por] sarraceno, habiéndose encontrado en una ocurrencia el 21 de diciembre, me citó por recado, que allí mismo dio a don Manuel Novoa, para que nos viésemos, tarde de la noche, detrás de la iglesia de San Agustín. Lo verifiqué a las dos de la mañana del 22, y me descubrió que había sido convidado por su bodegonero, para la conspiración, nombrándome todas las personas con que decía contaba. A las once de la mañana y, a un mismo tiempo, fueron todos apresados y se dio principio a la causa. Nombré para seguirla tres asesores, a don Manuel Novoa, don Juan Esteban Manzano y don José Vicente Aguirre. Nuevas delaciones de un miliciano llamado Narciso Sigarra, confir­maron la revolución, y cómo fue agente de ella Juan Alvarado, se le ofreció no quitarle la vida si decía con verdad cuanto supiese. Quiso conservarse y explicó por menor todo el plan. Concluida la causa resultó que fueron pasados por las armas don Santiago Tirapegui [21] , don José María Reyes, don Tadeo Rebolledo, Mateo Carrillo, Antonio Lobato, Hilario Vallejos, y se escaparon de igual suerte José María Carreño y otro más, por haberse fugado de la prisión Juan Alvarado que fue condenado a expatriación perpetua. La misma pena salió para doña Dolores San Martín, mujer de don Francisco Fajardo; para doña Catalina Se­púlveda y un señor Melo; doña Aurelia San Martín, por 2 años a la [isla] Quiriquina. Los expatriados fueron remitidos a Valparaíso a disposición del Gobierno, quien muy luego les dio completa libertad. [A] Don José Zapatero y don Manuel Zañartu, iniciados en la causa, aunque en la sentencia se les declaró inocentes, por las vehementes sospechas que resultaron contra ambos, se les destinó a bordo de un buque. Todo fue aprobado por S.E. El General enemigo don Francisco Sánchez, luego que supo que se ejecutaba la sentencia, pasó oficio al Gobierno, diciendo que si se verificaba, usaría de represalias en la familia de O’Higgins, Alcá­zar y cuantos patriotas tenía en su poder. El Gobierno le contestó enérgicamente que estaba cierto que el General Carrera obraría con arreglo a las leyes.

La mujer de Sánchez y sus hijos estaban en mi poder; hice saber a la señora que si Sánchez no entra­ba por el partido de canjearla por las familias patriotas, la embarcaría en Talcahuano, en un falucho que daría muy luego a la vela para Valparaíso; que le daba 6 días de término para resolverse y un correo para que llevase a su marido la carta que debía escribirle en el momento. Todo lo hizo con prontitud.

Las señoras que fueron indultadas el 18 de septiembre, dieron nuevos motivos para castigarlas. Vol­vieron a ser presas y las remití a Tumbes, de donde no salieron hasta que yo dejé el mando.

El Teniente Coronel Serrano y el Teniente Manzano, que acompañaron a O’Higgins hasta Talca, fue­ron apresados por el [por orden del] Gobierno porque no sufrían los insultos de la oficialidad de aquella división; pero O’Higgins lo impidió haciendo que ambos volviesen a Concepción con su guerrilla. Al pasar el [río] Itata, y cuando Serrano con parte de la fuerza estaba al sur del río, atacó el enemigo con fuerza muy superior al Teniente Manzano; hizo este oficial una defensa obstinada con 16 Dragones, y, cuando se vio derrota­do, se metió a pie en el río, a pesar de estar muy crecido y no saber nadar; lo persiguieron y le dieron dos balazos en el muslo, haciéndolo prisionero con diez soldados y un Sargento. Ni Serrano ni Molina, que es­taban con él, pudieron auxiliarlo.

Apenas llegó Serrano a Concepción, me entregó cartas de O’Higgins, y me dijo a su nombre que el Gobierno era compuesto de unos bárbaros sarracenos; que luego que se recibiese del mando de la división, los había de acabar, que guardase silencio y que no tuviese cuidado.

Contestó Sánchez a su mujer, y me pasó oficio conviniendo en el canje, que se verificó en las Juntas del Diguillín. Yo mandé a la mujer de Sánchez y sus tres hijos, y él me dio [a] la mujer del Coronel Alcázar, la madre y dos hermanas del General O’Higgins, dos hijos y dos hijas de don José Alcázar, don Cirilo Cárde­nas, al Alférez don José Almanche y al Sargento Sánchez. Luego que llegaron a Concepción, se les dio casa a las señoras y 500 pesos a cada una de las familias.

El obispo [Andreu y] Guerrero se embarcó en una lancha y se fue a San Antonio, de [desde] donde se dirigió a Quillota. Conocía, el inocente, el mal estado del país; se fue a Santiago y renunció del obispado para marcharse a Ingla­terra.

Seguía la escasez de víveres y dinero para socorrer [a] las tropas; O’Higgins no aparecía, y la división de Talca no avanzaba; y algunos oficiales, seducidos por los facciosos, seguían el ejemplo de [Juan] Mackenna. Me vi precisado a hacer una Junta de varias de las principales personas de aquella ciudad para pedirles que me auxiliasen con dinero y víveres, o que tuviesen entendido que de no hacerlo, formaría mi columna y mar­charía con ella a Talca, abandonando la provincia antes que pereciese el ejército. Para que discurriesen libremente los arbitrios de que podían valerse, me retiré, dejando la Junta para que procediese. Al poco tiempo me llamaron, diciéndome que el pueblo quería representar. Luego que tomé mi asiento, se me pre­sentó don Miguel Zañartu como su representante. El soberano pueblo, que llamaban ellos, se componía de doce individuos de los que concurrieron por mi llamado. Tomó, pues, la palabra el señor representante, y me dijo: “Es voluntad del pueblo soberano que US. deponga el mando en manos de la Junta de esta pro­vincia, y para alejar los recelos que tiene el Supremo Gobierno de que US. no le entregará el mando al nue­vo general nombrado, por cuya razón no recibe los auxilios de que carecemos”. No bien había dicho estas palabras, se adelantan una porción de concurrentes que le dicen, que no había tal, que aquélla era una suposición, y que tal lo probarían examinando la voluntad de los concurrentes. En verdad era así, y a esto se agregaba que, el supuesto representante, era hermano de don Manuel Zañartu, condenado sarraceno, hijo y sobrino de las señoras Santa María [22] , preso en Yumbel, por la misma razón que don Manuel a bordo. Contesté a don Miguel en estos términos: “Mi empleo y autoridad, como jefe que soy de un ejército recon­quistador de esta provincia, no puede someterse sino al Gobierno superior del Estado. La Junta de esta pro­vincia y los pueblos, han de sujetarse a mis órdenes en la parte que corresponde. Yo sólo soy responsable del ejército y sería criminal si, por debilidad, accediese a tan locas pretensiones. Si mando aún el [al] ejército, es a solicitud del nuevo general y con la voluntad del Supremo Gobierno. Si es usted, señor don Miguel, tan celoso del bien de su patria, vaya usted a emplear el tiempo en persuadir a su numerosa familia a que deje de ser enemiga de la santa causa que defendemos, para que, siendo menos los enemigos, podamos con­cluir más pronto nuestra empresa”. Se retiró Zañartu muy avergonzado y uno de sus representados, don Fernando Urízar, trató de introducir desorden y se expresaba con insolencia. Impuse silencio, diciéndoles que las bayonetas contendrían a los díscolos. Llamados todos a juicio, acordaron darme algún dinero, mientras que un vocal de la Junta pasaba a Talca a representar al Gobierno el estado de escasez a que se veía reducido el ejército. Al día siguiente volvió Urízar a verme sólo para decirme que la noche antes no se había contenido por mi amenaza, que la reunión que había hecho era de facciosos, y no tengo presente qué otras insolencias. En el instante llamé [a] un Ayudante, le hice poner preso y lo remití al castillo de Penco, en el que estuvo un mes.

O’Higgins ni escribía, ni sabíamos cuándo debíamos esperarlo. Todo era disgusto, escasez y trabajo. No cesaba la disciplina de la tropa, y se aprontaba todo en disposición de que, al llegar el nuevo General, no tuviese que hacer otra cosa que abrir la campaña para concluirla.

Mandé cargar los buques mercantes que tomé en Talcahuano con todo el salitre que pudiesen llevar a Valparaíso, y oficié al Gobierno, pidiéndole algunos marineros, de los que absolutamente carecía. Para que esta vez no se extraviase mi correspondencia, la tripliqué, mandando una por mar; toda llegó a manos de S.E.

Sabía yo que mi hermano don Luis estaba como detenido en Talca, y este proceder me daba a cono­cer las malas intenciones del Gobierno, aún en el caso de dejar el mando, y por esto no pocas veces, inte­riormente, estuve resuelto a ponerlos en sosiego.

Recibí avisos de O’Higgins, prometiéndome su pronta ida a Concepción, y asegurándome que el señor [José Ignacio] Cienfuegos había sido nombrado Plenipotenciario para Concepción e [y José Miguel] Infante para la división auxiliar, para conferenciar ambos con los jefes militares, y dirigir las operaciones de la guerra; que muy pronto tendría el gusto de ver a Luis que acompañaba al señor Cienfuegos; que se embarcaba en la boca del [río] Mau­le en un falucho para Talcahuano. Viendo yo la imposibilidad que tenían para llegar y que iban expuestos, hice salir botes ingleses bien tripulados a recibirlos. Cienfuegos no se atrevió a embarcarse y siguió su cami­no por la costa [23] ; llegó a Concepción el 24 de enero de 1814. Para que pasase con seguridad el General en Jefe y este señor Cienfuegos, situé sobre el Itata una división de 300 y más fusileros, a las órdenes del Capitán don Diego Benavente. Cienfuegos experimentó un recibimiento generoso; en la noche lo visité y hablamos sobre el estado de nuestras fuerzas. Extrañando yo la tardanza de O’Higgins, me aseguró que era originada de la necesidad de su presencia en la división auxiliadora; que quedaba en Quirihue esperan­do los víveres que estaban en camino de Talca.

Convidé a comer a S.E, el padre, y se le trató con el mayor cariño. Al otro día mandó llamar [a] los habilitados de los cuerpos para que le presentasen un estado o, como él decía, “una razoncita”, para darles algún dinero: había llevado como 20 mil pesos. Fueron los habilitados a casa a preguntarme si irían, y dispuse que no. Entré en contestaciones oficiales con aquel santo, y vi que jamás nos entenderíamos. Estaba en Chile próximo a entregar el mando y no quise mortificarme. Pasé en la noche a su casa y me enseñó el nombramiento de su comisión, [documento Nº 53]. Díjele, señor Plenipotenciario: “Mi honor se compromete con el ridículo manejo que quiere usted entablar en el ejército que aún mando. Supuesto que usted trae tan amplios poderes, disponga que otro se reciba el [del] mando mientras llega O’Higgins”. Díjome que él man­daría mientras y que desde luego podía proceder a la entrega. Me retiré a disponerla [24] ; y, a poco tiempo, me vuelve a llamar para pedirme que siga con el mando “porque el enemigo estaba muy cerca, porque no entendía aquellas cosas[25] y porque no tenía a quién confiarlo”. Que añadiese aquel sacrificio a los muchos que había hecho, y que escribiésemos a O’Higgins para que no tardase más tiempo. Así se hizo; el doctor don Julián Uribe fue el conductor de las cartas para agitar a O’Higgins todo lo posible. Me propu­so después Cienfuegos que se pusiese en libertad [a] las mujeres presas en Tumbes y los 150 pre­sos a bordo de los buques, haciéndoles prestar juramento de fidelidad, porque estaba cierto que se ade­lantaría más con la dulzura. Respondí que para eso era necesario que yo no tuviese la fuerza, y que estaba seguro de los gravísimos males que causarían a la patria si se les ponía en libertad, en circunstancia de ha­llarse el enemigo a una legua de la ciudad. Tuvo que callar.

Supe, a poco tiempo de haber dejado la casa aquel señor, que Campino, Urízar (éste había sido puesto en libertad por petición que me hizo el Coronel Alcázar, por mi hermano Luis [26] ), Vargas, sobrino de Cienfuegos, Bezanilla y algún otro, intentaban echarse sobre las armas y apresarnos. Campino estuvo en casa, averiguando del Sargento la fuerza que tenía mi guardia. Mandé tocar generala, a pretexto de recelos del enemigo, y di orden para que se apresase a los revoltosos. Cienfuegos, sobrino del Plenipotenciario, a quien de conductor de equipajes, elevaron a Teniente Coronel, se fugó a Quirihue, conduciendo cartas de su tío llenas de temor por el movimiento que vio la noche antes. O’Higgins creyó mucho y lo ofició al Gobierno, que contestó en los términos que manifiesta el oficio Nº 55.

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