Diario Militar de José Miguel Carrera: Capítulo VII. 1º de Febrero de 1814 - 27 de Febrero de 1814

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VII. defensa de su actuación como comandante en jefe. Nueva conspiración en su contra. Arribo de gabino gaínza. Preparativos de su viaje a santiago. Finanzas del ejército bajo su mando. Critica diversas actuaciones del gobierno y de O’Higgins.


Febrero 1° de 1814. La llegada de Uribe a la división fue poco después, y desengañó a O’Higgins de las muchas falsedades que había contado el sobrino de [José Ignacio] Cienfuegos. Se puso en camino O’Higgins y llegó a Penco Viejo el 1º de febrero. Allí recibió mi oficio, incluyéndole la orden del día en que le daba a reco­nocer [como] General en Jefe; la orden estaba extendida en términos que manifestaba mi buena fe. Una de las cau­sas porque [por las que] recelaban algunos tontos que yo no quería entregar el mando, era porque no había hecho reco­nocer a O’Higgins desde el instante en que se entregó la división auxiliadora en Talca; pero, ¿cómo hacerlo reconocer cuando no venía a relevarme ni quería que dejase el [al] ejército en otras manos que las suyas? El mismo Gobierno es testigo de que en mis oficios se lo decía con la misma claridad.

Si mi intención hubiese sido otra, habría limpiado el [al] ejército de cuantos me eran inadictos, y no se me hubieran ocultado otras medidas que nadie vio.

Mientras más conocía la infamia de mis enemigos, más deseos tenía de abandonar a Chile. Mi herma­no Luis, que había presenciado cuanto proyectaban en Santiago y en la división auxiliadora [argentina], me hizo conocer a fondo todas las maquinaciones y lo que debíamos esperar después que dejásemos las armas. Me entregó un oficio de Balcarce, Comandante de los auxiliares de Buenos Aires; su contenido era reducido a decirme que tenía orden de su Gobierno para no mezclarse en las disensiones del país y que, en el momento de ver que las desavenencias llegaban al caso de derramar sangre, se retiraría a las Provincias Unidas. Yo no sé por qué este señor no dijo lo mismo en noviembre, cuando el Gobierno me pidió que dejase el man­do; muy lejos de eso, mandando la división hasta la Vaquería, desde donde ofició a un jefe subalterno mío, combinando con él sus movimientos, en circunstancias de estar la división dependiente de mi mando a cinco leguas del cuartel general, amenazado por el enemigo que sólo distaba una legua. La combinación era para que, en el caso [de] que [Juan Francisco] Sánchez atacase [a] la división auxiliadora, lo protegiese por su retaguardia, o cayese sobre los atrincheramientos de Chillán. No atino con la idea que concibió Balcarce; pudo querer probar las disposiciones de aquel jefe, a quien creían protector de los planes del Gobierno; pudo creer fácilmente [en] la derrota del enemigo y querer apropiarse aquella gloria; pudo hacerlo por desairarme; pudo obrar por te­mor a Sánchez y entenderse con mi subalterno por no conocer nuestro territorio, y juzgar fuesen las fuer­zas más inmediatas a las suyas. Sea lo que quiera, o fue por ignorancia o por una malicia consumada. Me remitió el jefe de la división el oficio, y contesté al señor Balcarce extrañando su conducta, y prometiéndo­le que una división de caballería avanzaría hasta las inmediaciones de Chillán, de cuya ciudad no se atreve­ría a salir el enemigo, si no era a la parte de la Frontera; porque sabía [acerca de] la escasez de caballos que había en el ejército, por cuya razón y la de estar protegidos por los de la campaña, no se les había echado de ella. No me contestó, y el único oficio que tuve de su señoría es el que me entregó Luis.

No me causó poca incomodidad saber que en el sermón que el 18 de septiembre predicó el padre Ar­ce (exhortando a la división que salía para Talca) dijo con la mayor injusticia y falsedad las palabras siguientes: “No hagáis lo que vuestros hermanos del sur que, en los campos de la justicia, han quebrantado las leyes de la religión y la humanidad”. Rara insolencia; atreverse a insultar [a] un ejército que en todas sus partes había llenado sus obligaciones, salvando el [al] Estado, dando gloria a sus armas y dando [un] ejemplo poco común de virtud y humanidad. Quizás el padre (como debemos creer) habló así por encargo del Gobierno. Pero qué importa, cuando la provincia de Concepción sabe que el ejército a mis órdenes no mereció la in­fame nota que supone el padre, y que con palabras más moderadas ha sabido el intruso Gobierno de [José Miguel] Infan­te acusarlo. Me detendré en hacer algunas reflexiones para ponerme a cubierto de la principal imputación con que procuraban los facciosos destruir mi reputación y la del ejército. Decían aquellos malvados, que los muchos robos hechos por el ejército y tolerados por los jefes habían causado el descontento de los pue­blos, obligándolos a abrazar el partido realista. ¡Arbitrio propio de mis enemigos! Destruir el buen nombre del ejército, únicas fuerzas que debían y podían salvar el [al] Estado de la dominación española, con el solo fin de que recayese sobre mí la indignación de los más crédulos, ¡es cosa que desespera! ¿Qué dirían los ene­migos de la causa, cuando en el aniversario de nuestra revolución oyeron, por nuestra misma boca, un con­junto de crímenes cometidos por los que se decían defensores de la libertad? Nadie podía poner en duda una confesión hecha sobre [desde] el púlpito, a presencia del Supremo Gobierno, cuando era sobre hechos que, para recordarlos de este modo terrible, debían constar a la autoridad. No es extraño; necesitan los miserables de estos últimos recursos para desnudarme de la buena opinión general que había adquirido por mi amor a Chile, manifestado de un modo evidente. Si tenían estos destructores de nuestra felicidad la volun­tad general, como a cada paso lo vociferaban en los papeles públicos, ¿por qué llenaban estos mismos de invectivo[a]s degradantes, y colmaban de elogios indebidos a los que querían elevar? Si yo me sostenía por las bayonetas “únicamente”, ¿por qué trabajar tanto con los pueblos? Robos verdaderos son los que hicieron al ejército ocultando sus glorias y negándole la gratitud a que se había hecho acreedor. Una carta que don Matías Lafuente, Intendente del ejército real, escribió a Santiago, después del sitio de Chillán, fue interceptada por el Gobierno; éste fue el primer documento con que acreditaban los robos, porque Lafuente de­cía que habían sido excesivos, particularmente en la Frontera y en las inmediaciones de Chillán. Se redu­cían estos robos a ganados, caballos y víveres; de este modo, cuando nos acercamos al sitio, se refugiaron a [en] Chillán todos los enemigos de la causa, dejando abandonadas sus haciendas, de las que disponía para el servicio y consumo del ejército, hasta acabarlas. Yo no tenía caballos ni víveres; las haciendas de los patriotas habían sido destruidas por los realistas, y las habían repartido entre ellos. No podía guardar orden en el secuestro, si tal podía llamarse.

No había tiempo para inventarios, ni quien hiciese entrega de los bienes de los traidores a su patria, y, muchas veces, los mayordomos se hacían dueños de los intereses de sus amos y se ocultaban. ¿Es esto robo? ¿Y es extraño que el enemigo se quejase? Lo que es extraño y criminal es que el Gobierno insultase al ejército, por la relación del enemigo. En la provincia de Concepción se dividieron los vecinos, abrazando unos el partido realista y otros el de la patria. Cuando nuestras armas, destruyendo a los piratas [1], ocuparon la tercera parte del territorio chileno que habían ocupado, se vengaron los patriotas de los muchos robos que habían sufrido de los realistas, y así sucedió alternativamente, según las ventajas o desventajas de ambas fuerzas. ¿Estaba al alcance del general remediar en el todo estos excesos? ¿Y podría yo hacer, sin per­juicio de nuestra defensa, que los patriotas respetasen los intereses de los sarracenos, cuando por éstos fueron perseguidos desde que Pareja invadió nuestro Chile? ¿Qué pueblo, de los que pisó el ejército de mi mando, fue saqueado o vejado, y qué pequeño exceso, que llegó a mis oídos, no fue castigado? Dígalo el bando que publiqué en Concepción. La prisión de don Raimundo Prado, Manuel Castillo, ahorcado en Talca, y José Antonio Donoso con Rafael Bañares, en Concepción, José María Bravo y José Fuentes, azo­tados en la Huillipatagua y remitidos a Talca con grillos. Díganlo los calabozos de Concepción y el Auditor de Guerra, don Manuel Novoa, que un día me vio firmar las sentencias contra 30 delincuentes de esta cla­se; y últimamente, que diga alguno que se haya quejado de haber sido robado, sin ver castigado o persegui­do al que le robó, y las más veces, satisfecho por mí el daño. Los robos de la Frontera son los más gracio­sos; mis tropas no la pisaron sino en la expedición de Urízar y Luna a Arauco; ¿y si la insurrección de la Frontera fue ocasionada por los excesos del ejército, cómo pudo suceder en el sur del Biobío, sin que hu­biesen pisado mis soldados aquellos campos, antes de ir a ellos a contenerlos con las bayonetas? La parte de Los Ángeles no vio más que 130 soldados a las órdenes de O’Higgins; nunca tuve quejas de robos, ni O’Higgins me dio parte de ellos: ¿Dónde está la insurrección dimanada de robos? ¡Maldita la len­gua que lo dice! En Cauquenes hubo robos entre los vecinos, hechos por ellos mismos. ¿Tendré yo que responder de esta falta, cometida por dos o más oficiales de aquel partido, que no volví a ver hasta que salí de la prisión de Chillán? Robos de Talca, San Fernando y Curicó. Cuando se estableció el cuartel general en Talca y cuando estaba Chile al perecer por falta de medios para la organización de un ejército que debía pelear contra el invasor que, a marchas forzadas, se dirigía sobre la capital, siendo uno de los mejores recursos oponerles numerosa caballería, ya que faltaban fusiles, ocurrí al Gobierno y a los partidos para que me mandasen caballos, en cuanto número fuese posible. Todo era inacción: el enemigo se acercaba y veía vacilar nuestra suerte. Tomé el partido de comisionar algunos individuos para que los sacasen a la fuerza. Como los tuviesen escondidos por las cordilleras y montañas, mandé hombres inteligentes y quizás ladrones de profesión para que no se escapasen. Era consiguiente algún desorden por la clase de comisionados, pero este desorden no pasaba de cuatro a seis caballos que robaban para su uso y de algunos insultos de palabra, a los que tal vez los provocaban, por el sentimiento que les causaba ver que los des­pojaban de lo que más defienden y quieren nuestros huasos. ¿No habrá alguno que conozca el carácter de aquella gente? ¿Y quién dicta un arbitrio para evitar estos males? Las guerrillas hacían robos, decían los que estaban en Santiago, gritando patriotismo y robando en la quietud. El Capitán... [2] es uno de los que más se habla, y estoy cierto de que hizo pequeños robos que disimulé, ya porque recaían sobre los sarra­cenos o porque, siendo un oficial de valor, actividad y conocimientos, me hacía notable falta. Y después que dejé el mando, ¿por qué O’Higgins echó mano de él y el Gobierno lo ascendió a Capitán? Si no hubie­se sido por don Bartolo Araos, en la retirada de O’Higgins a Maule, ¿quién hubiese dado de comer al ejér­cito? O’Higgins lo recomendó al Gobierno y éste quiso premiarlo con dinero. Cuando eran menos los apu­ros, les fue preciso apelar a los hombres conocidos que yo había empleado, en los momentos más críti­cos, sin conocer sus buenas o malas costumbres.

He visto hacer la guerra en campaña, y he observado la conducta del ejército español, del francés, del inglés y del portugués; y puedo asegurar que todos ellos pueden aprender moralidad y humanidad de las tropas chilenas, que manifestaron una conducta ejemplar mientras mandé el ejército.

Volvamos a cuanto observó Luis [Carrera]. La división auxiliadora reunía [a] todos nuestros enemigos, y en pla­za y cafés eran pregoneros de cuantos delitos nos suponían. Cuando se le decía al Gobierno, contestaba que se remediaría, pero los insultos seguían. El Tribunal del Consulado, compuesto de don Nicolás Valdés, de Astaburuaga y de don Agustín Gana, aliado y relacionado con los Larraines, publicó en La Gaceta o Monitor del 12 de enero de 1814 el insolente oficio que pasó al Gobierno [3] , señalado con el [documento Nº 56]; ésta fue obrita de [Antonio José de] Irisarri. Al Cónsul [Joel R.] Poinsett, hombre digno de nuestra eterna gratitud por los servicios que prestó a Chile, propusieron en junta de corporaciones conducirlo a la capital con grillos, porque tenía amistad con los Carreras. El señor don Pedro Nolasco Valdés dijo estas palabras: “Quiero tener la gloria de remachar a ese indecente extranjero una barra de grillos, para entrarlo por la plaza a las doce del día”.

Así eran las cabezas que buscaban los Larraines para que les ayudasen en sus iniquidades y no enten­diesen sus diabólicos planes. Mi familia era insultada, y llegó la grosería al extremo de publicar pasquines en el café (don José Joaquín Luco, hermano del Coronel Comandante del Batallón Voluntarios) contra el honor de mi hermana. Luis no despreció esta provocación, y con una conducta militar entró en el café y se expresó contra los indecentes que habían acordado tan ridícula venganza. Luco se refugió al cuartel de su hermano, que se puso sobre las armas para ponerlo a cubierto de la venganza de Luis; este José Luco, era Teniente de los Voluntarios que fueron a la acción de San Carlos, y uno de los que eché del ejército por inú­tiles. Don Santiago Bueras, en Rancagua, entró acompañado de tres oficiales a insultar a mi mujer [4] con ex­presiones las más infames y muy propias para prostitutas. Estas y otras infinitas pruebas de bajeza con que procedían mis enemigos, me provocaban a la venganza, y me habría sido muy dulce destruir unos hombres tan perjudiciales; pero temí que el enemigo, aprovechando los momentos de discordia, hubiese triunfado. Nada era el sacrificio de nuestras personas por la salud de la Patria.

Febrero 2 de 1814. O’Higgins entró en Concepción y lo recibí con todas las formalidades de or­denanza; lo convidé a cenar y me dejó esperándolo, con protesta de comer conmigo al día siguiente, que también faltó. En esto y en sus conversaciones, conocí que venía de mala fe. El Plenipotenciario [José Ignacio Cienfuegos] dio orden de que se pusiese en libertad a Urízar y sus compañeros en la conspiración, acreditando así que todo lo que habían intentado las noches anteriores era de su orden o con su consentimiento. No pasaron dos días sin que fuese a Talcahuano y pusiese en libertad a los presos por sarracenos y a las mujeres que estaban en Tumbes. Les tomó juramento de fidelidad y todos volvieron a sus casas y a seguir en la intriga. Tuve el dolor de ver que se paseaban en [por] las calles de Concepción [los] reos que estaban condenados a muerte, y a otros que por conclusión de sus causas eran acreedores a igual castigo. Acompañaron a este paso, que destruía mucha parte de nuestra obra, porción de los que se decían patriotas. Al pasar aquella chusma por el cerro de Chepe, en donde estaba situada la división destinada a la toma de Arauco, insultaron a la tropa, y el hi­pócrita Cienfuegos, ministro de la Inquisición y Plenipotenciario del Gobierno, se acercó al campamento, y dio un peso para que refrescasen 500 hombres.

A la vuelta de Cienfuegos, el señor Bezanilla quiso aprovechar la libertad que había obtenido del Plenipotenciario, empleándola en una revolución contra los Carreras, para embarcarlos en una fragata que estaba cargada con salitre, y remitirlos en ella a Santiago, junto con sus adictos. Interinamente mandaba la división de Chepe el Capitán don Juan Esteban Reyes, porque su Comandante propietario, don José Ma­ría Benavente, había ido a Concepción a asuntos del servicio. Bezanilla, aprovechando esta ocasión, con­vidó al mal oficial Reyes para el proyecto, y en el momento [éste] lo abrazó, mandando poner sobre las armas la división y apresando a todos los sospechosos; entre éstos se ve al hermano del Comandante de la división, don Manuel Benavente, y a don Gregorio Serrano. El Alférez don José Ignacio Manzano, que se escapó del campamento, me dio parte de este acontecimiento. Conocí al objeto [a] que se dirigía y avisé al General O’Higgins, quien montó a caballo acompañado del Comandante de Granaderos, don Juan José Carrera, y ambos se dirigieron a Chepe a contener una revolución cuyos resultados debían ser muy funestos. Mientras O’Higgins fue a Chepe, mandé un oficio a don J. Antonio Díaz Salcedo, para que se acercase con la división de su mando, que estaba en el Troncón, y mi hermano Luis puso sobre las armas la tropa que O’Higgins había llevado de su escolta; ésta obedeció gustosa y todos recibían nuestras órdenes, como si no hubiese sido reconocido O’Higgins como Jefe del ejército. La presencia de Juan José Carrera contuvo a los Granaderos de la división de Chepe, y como todos los cuerpos nos eran adictos, se acabó la revolución en el momento, y los revolucionarios escaparon. Eran éstos los mismos que mandó poner en libertad Cienfuegos, y no hay la menor duda que aquel hipocritonazo promovía todas aquellas disensiones. Al retirarse Bezanilla a la ciudad, fue apresado por el Teniente Novoa, que estaba con una partida en la Casa de Ejerci­cios. Bezanilla anduvo tan insolente que, en compañía de Reyes, se atrevió a sujetar y abrir un oficio que el Comandante de Talcahuano remitía al General O’Higgins, avisando que uno de los corsarios que estaban en la boca del puerto se acercaba a tierra. Toleró O’Higgins esta falta como muy leve, y se contentó con dar pasaporte a Bezanilla para Talca [5] .

Apenas llegó O’Higgins de [desde] Chepe le dije que la conducta de nuestros enemigos nos obligaba a vivir recelosos, y tal vez nos estrecharían algunos casos violentos aunque involuntarios. O’Higgins nos confesó que la extravagante conducta del clérigo [Cienfuegos] nos llevaría a un precipicio, y que para evitarlo le pasaría un ofi­cio para que se retirase a Talca. El clérigo que veía [a] los carrerinos, y temía el refuerzo que se anunciaba por Arauco, no retardó su salida y la verificó al amanecer del siguiente día, escoltado de [por] 40 Nacionales, a las órdenes de don Gregorio Allendes. Concluyó, pues, el señor Cienfuegos su pomposa comisión, habien­do hecho, durante su permanencia en Concepción, los relevantes servicios de desunir más los ánimos, po­ner en libertad [a] los enemigos del sistema, en número de 200 de ambos sexos, para que ayudasen a los corsarios y al refuerzo de Arauco, y de haber intentado dos revoluciones que no tuvieron efecto por lo disparatado del plan, porque no tenían la voluntad del pueblo, ni la del ejército, y por los ridículos su­jetos encargados de la ejecución. Si hay justicia, se debe confesar que el señor Plenipotenciario se hizo un delincuente.

Mi hermano Juan José, escoltado de 25 Granaderos, siguió, poco después de la salida de Cienfuegos, su marcha para Talca. Al llegar a Penco, don José Torres, Comandante de aquella fortaleza, puso su guarnición sobre las armas para decirle que no podía entrar a ella. Atribuyo este proceder a una tro­pelía que Juan José cometió con él, cuando mandaba la segunda división. Estaba Torres sujeto a mis órdenes y Juan José lo sacó preso de Penco con una partida de 80 fusileros, porque las cumplía con exactitud.

Necesitando yo mandar algunas cartas a Santiago, mandé un propio para que alcanzase a Juan José y se las entregase. En Penco fue el propio detenido y preso [apresado]. Torres abandonó su tropa y fortaleza y se fue a Talca a entregar mis cartas al Gobierno. Torres era uno de los prisioneros de la Thomas, a quien dejé en el ejército con su grado de Capitán, porque manifestó grandes deseos de servir a Chile, y pudo obtener la recomendación de Mr. Poinsett; así pagó el infame andaluz mi generosidad y confianza. O’Higgins no hizo caso de este exceso.

Entregó Luis Carrera la artillería al nuevo Comandante nombrado por el Gobierno, don Domingo Valdés. Desde este momento empezaron, los enemigos de nuestras personas, a ejercer toda clase de insultos y el General O’Higgins a destrozar el ejército para ponerlo a su gusto. La división de 300 hombres a las órdenes de Benavente, que lo protegió en el paso del Itata, fue destrozada y repartida en todo el ejército. Benavente tuvo el destino de mandar 25 fusileros en el alto de la Toma; esta brillante dispo­sición dimanó de la bribonada que hizo O’Higgins con los patriotas. Solicitaban éstos reunir el [al] pueblo de Concepción para pedirle estorbase la libertad que Cienfuegos iba a dar a los 200 presos sarracenos. Accedió O’Higgins a este justo paso; y como supiese que se ejecutaba a las tres de la tarde, para evitarlo, fingió recelos de enemigos y mandó tocar generala, burlando de este modo la confianza que le habían dispensado sus compatriotas. La división de Chepe sufrió la misma suerte, y aquella posición quedó entera­mente abandonada. El Coronel de Lautaro fue nombrado Comandante General de una división que se si­tuó al este de la puntilla de la Toma. El cuerpo de Dragones se puso a las órdenes de don Rafael Anguita. El de Granaderos, a las de don Enrique Campino. La Guardia Nacional, a las del Capitán don José María Benavente; es lo único en que mostró [O’Higgins] algún acierto porque consintió en que tuviese efecto el despacho que le remitió el Gobierno, de Comandante de los Escuadrones. Destruyó el Cuerpo de Húsares de la Victo­ria, agregando la tropa a los Dragones, cuya corrupción y clase de oficialidad la hacía inútil. Don Miguel Zañartu, el presbítero don Isidro Pineda, don Fernando Urízar, don Antonio Mendiburu y don Santiago Fernández, eran los primeros hombres que rodeaban al nuevo General, ayudándole en la dirección de las ope­raciones del ejército. La guerrilla del Teniente don Luis Ríos tomó, cerca de Hualqui, a don Vicente Vocar­do y a un hijo del General Sánchez, que de Concepción huían al campo enemigo. Vocardo es primo herma­no de los Zañartu; y en la hacienda de éstos, y antes en Talcahuano en casa de una señora, había estado es­condido, sin poderlo encontrar, a pesar de mis terminantes órdenes para que entregasen al tal hijo de Sán­chez llamado Manuel. O’Higgins los dejó libres, y no desmereció ni la casa de Zañartu, ni muchos de los que los rodeaban que, siendo sabedores del lugar donde estaban escondidos, nada avisaban y procuraban ocul­tarlos. Una de las disculpas que dio Vocardo fue que Urízar le había escrito que se mantuviese oculto, por­que si lo merecía a sus manos don José Miguel Carrera había de mandarlo ahorcar. Más se insolentaban los sarracenos con esta brutal indulgencia. En la hacienda de los Zañartu, llamada Hualpén, tenía yo 400 caballos y porción de mulas pertenecientes al ejército. Un destacamento de la división de Chepe cubría aquel punto para evitar que las tropas enemigas del sur del [río] Biobío se los llevasen. O’Higgins qui­tó la división de Chepe y el destacamento; no pasaron seis días sin que se los llevasen con un Sargento y dos Dragones que los custodiaban. Cuando avisaron al señor General, estaban los enemigos riéndose en San Pedro de la buena presa que habían hecho sin ningún trabajo.

Renunció el señor O’Higgins a la expedición de [a] Arauco, y por consiguiente se hicieron inútiles to­dos los preparativos. Aunque le insté para que hiciese atacar a San Pedro, en donde apenas había 50 fusileros, no fue posible conseguirlo; una noche que intentó sorprender [a] las guardias enemigas que cu­brían la ribera del [río] Biobío, no se consiguió por su desgreño en cuanto disponía; los Granaderos no quisie­ron obedecer; don Manuel Vega, Ayudante de artillería, obtuvo toda la confianza de O’Higgins y al mis­mo tiempo profesaba íntima amistad con la familia de los Reyes, recién llegados de [desde] Tumbes, hermano de don José María Reyes, ahorcado con Tirapegui, hijos y mujer de don Martín Reyes, uno de los reos que el enemigo sacó de la Florida en agosto de 1813. Vega descubría por este conducto al enemigo los más secretos planes de O’Higgins. Doña Dolores Reyes, hija de don Martín, se presentó en visita que hizo a la ma­dre de don Bernardo O’Higgins [6] , con un hermoso retrato de Fernando VII colgado al pecho; así me lo con­tó la hermana de O’Higgins [7] , quien me dijo haberlo visto. El señor O’Higgins tuvo paciencia para tolerarlo.

Oficios del Gobierno del 1º de febrero que llegaron a O’Higgins, acompañaban relación de la clase de auxilios que de [desde] Chiloé se dirigían a Arauco en las fragatas Dolores y Trinidad, en cuyos dos buques podían transportarse hasta 800 hombres. El Cónsul Poinsett lo escribe al Intendente Echeverría, por noticias que tuvo del Comandante de la Essex, que encontró una goleta procedente de San Carlos de Chiloé, y su Comandante lo impuso de todo.

En otro oficio de la misma fecha, se conoce el cuidado con que quedaba S.E. por las noticias que co­municó el sobrino de Cienfuegos a O’Higgins y éste al Gobierno que temió que, por las pequeñas ocurrencias con su Plenipotenciario, no quería yo entregar el mando. Por esto decía a O’Higgins que lo dejaba todo a su cuidado y arbitrio, y que le parecía conveniente me llamase a la división auxiliadora, ofreciéndo­me su garantía y la inmunidad de mi persona, o que me pintase la situación tan funesta a que nos redu­cían aquellos acontecimientos, siendo yo y mis hermanos los primeros que debíamos perecer en caso de perdernos, cayendo el reino en manos de los enemigos.

Febrero 3 de 1814. Con esta fecha ofició a O’Higgins el Coronel [Juan] Mackenna, jefe de la división auxi­liadora, despreciando los refuerzos que anunciaba el Gobierno, y ofreciendo mandar a Concepción 600 fusileros de los 1.300 que tenía en su división, situada en Quirihue; quizá[s] esta oferta fue con el objeto de intimidar a los Carreras por si no habían entregado aún el mando.

Febrero 5 de 1814. Don Francisco Vicuña escribe una carta a su cuñado Mackenna, pintándole el estado de languidez en que se hallaba la capital. Teme que los carrerinos, a la llegada de los Carreras, que supone en camino, hiciesen una revolución que dejase sin auxilios al ejército. Contemplaba las armas del reino en manos de los mejores ciudadanos, y así, decía, podían hablar sin opresión cuanto se dirigiese a afianzar el sistema. Añade que los buenos patriotas de la capital deseaban que cuanto conviniese reclamar ante el Gobierno, se hiciese por el General y oficiales del ejército; porque sus insinuaciones serían mejor atendidas que las voces de los ciudadanos desarmados.

Febrero 6 de 1814. El Gobierno avisa a O’Higgins [respecto de] los auxilios que conducía de [desde] Lima a Arauco el nuevo General don Gabino Gaínza, reducido a cien hombres, 100.000 pesos, algunos efectos, pertrechos de guerra y algunos cañones de montaña.

Febrero 9 de 1814. Salió [Juan] Mackenna con la división para el Membrillar. El Gobierno anuncia que la fragata Minerva saldría, de Valparaíso para Concepción, con víveres, para de algún modo socorrer las grandes escaseces que sufría aquella provincia.

En el [documento N° 57] se verán los oficios del mismo Gobierno, en que confirman más lo que yo podría decir sobre el particular. Con la misma fecha elogia el amor público de los que tuvieron parte en la tranquilidad con que O’Higgins se recibió del mando.

Febrero 11 de 1814. Graciosa acción de la Quinquina. Tres días de disposiciones hubo para sor­prender, en la isla de este nombre, [a la] escolta y marinería que hacían aguada para los corsarios. Borrachera, inacción, atolondramiento y nada, fue el resultado del primer paso militar de O’Higgins. Este día muy temprano se pronosticaban grandes triunfos, y hasta la toma de los corsarios. Los héroes de la expedición, que fue mandada por el Capitán Juan Calderón, contaron muchos muertos y más heridos, ventajas que obtuvieron con el pensamiento. Si no hubiesen procedido tan bárbaramente, habrían tomado los botes y gentes.

Febrero 12 de 1814. El Gobierno deja al arbitrio de O’Higgins adoptar el plan de operaciones que más convenga. Encargaba sólo la brevedad, ya en la expedición de Arauco, ya en atacar a Elorriaga, o bien interceptar los auxilios que se dirigían a Chillán. Resaltaba en todos los oficios el cuidadito que les causa­ba Gaínza. Remite S.E. abierto un oficio para mí, a O’Higgins, en el que me nombra su diputado cerca del Gobierno de Buenos Aires, y le dice que si no admito, me haga salir en el término de tres días con destino a mi hacienda. Ya empezaba S.E. a cumplir su palabra que empeñó por su honor, para tratarnos con toda consideración. En otro oficio avisa a O’Higgins que se había presentado Torres con las cartas que quitó a mi correo. Arrestó a Torres en apariencia, y me devolvieron las cartas cerradas.

Febrero 14 de 1814. Tomó el Gobierno la determinación de llamar [a] todos los oficiales que nos fueran adictos, a [bajo el] pretexto de necesitarlos para la organización de un cuerpo de reserva.

[Juan] Mackenna elogia el plan de operaciones de O’Higgins y le pide no se tarde en desalojar al enemigo de Chillán, porque reduciéndolo a un extremo, hay después más medidas que tomar. No atino el cómo, a no ser por capitulación. Si lo intentaban con las armas, una vez desalojados, era más fácil y probable destruir­los que dejarlos retirar[se] a un extremo del país.

Yo pedía a O’Higgins la guerrilla que debía escoltarme en mi marcha a Santiago y le encargué que fuese sigilosamente, para que el enemigo no lo supiese.

Mi viaje se había detenido hasta esta época porque me era preciso arreglar mi correspondencia, exi­gir un extracto de los gastos de la Tesorería del ejército y entregar a O’Higgins cuanto debía, con la forma­lidad necesaria. Tenía que dar cuenta de mi comisión ante un Gobierno enemigo, y era preciso no me faltasen los documentos necesarios.

Se quejaba el Gobierno del mucho caudal remitido al ejército, y examinadas las remesas que constan de los estados mensuales que se publicaban en los Monitores, resultó que en los diez meses que mandé el ejército, sólo se recibieron en su tesorería 307.300 pesos. Agreguemos a esta cantidad 35.000 que los patriotas retiraron de Concepción; 12.000 pesos que puse de contribución a don Vicente Cruz en Talca; 15.000 embargados allí al traidor Elorriaga. En Concepción, 15.000 embargados a Castillo; 600 a Maza; 12.000 a Jara; 1.200 a Hernández; 3.000 que se encontraron en la Administración de Tabaco a mi llegada a Concepción; 1.600 de la testamentaría de Delfín; 4.000 de una letra que Carrasco mandaba contra Ur­meneta, de dinero entregado a Rozas; esta cantidad era de 5.200 pesos, pero se le dieron 1.200 a don Ra­món Freire, que recogió la libranza del agua, cuando los prisioneros de la Thomas tiraron toda la corres­pondencia al tiempo de ser presos; 70.000 pesos que se tomarían en libranzas contra la Tesorería de Santia­go, los mismos que el Gobierno no quiso cubrir porque llevaban mi visto bueno; 51.000 pesos fuertes que se tomaron en la Thomas; 30.000 a que ascendería la venta de tabaco, azúcar y demás efectos que con­ducía la misma fragata. En varias ventas que corrieron por mano del Administrador de la Aduana, y en to­do lo que producían algunos otros ramos, supongo que entrarían en Tesorería, poco más o menos, 25.000 pesos. Estas son todas las cantidades que entraron en la Tesorería del ejército y de Concepción; con ellas se pagaba el [al] ejército, se mantenía la provisión general, porque el soldado, a más de su sueldo, recibía pan y comida sin el menor cargo; se pagaban los sueldos a los empleados en hacienda, se asistía a todos los emi­grados que carecían de subsistencia. A las viudas y a las mujeres de los prisioneros se les dio el medio suel­do de sus maridos, se cubrían los gastos extraordinarios de la guerra, que fueron de gran consideración. Nunca bajó el ejército, guarniciones de Concepción y Talcahuano, y milicias empleadas en trabajos necesa­rios, de 3.000 hombres, y en Talca alcanzó a tener 8.000. La oficialidad era numerosa, y las obras mi­litares que relacioné anteriormente se habían hecho en Concepción, fueron de consideración.

Sumadas las cantidades resultan: De Santiago, 307.300 pesos De Talca, 13.500 pesos De Concepción, 199.900 pesos [Total:] 520.700 pesos

¿A quién parecerá excesivo este gasto, cuando, tomando la pluma, examine lo que importa el pago de una tropa a razón de 10 pesos cada soldado, y de 15 contando con su mantención? [8] . Si confesamos lo menos 3.000 soldados, en un mes con otro, veremos que en este solo ramo debían gastarse 450.000 pe­sos. Últimamente, yo no quiero cansarme con reflexiones, cuando todo el ejército, el Gobierno que enton­ces había y los tesoreros, saben que yo no manejaba arbitrariamente los caudales; que todo era pagado por los trámites de reglamento y que para los gastos de mi mesa no me dieron más que 3.000 y más pesos, a pesar de que tenía amplias facultades para tomar lo que gustase. Que el ejército no estuviese pagado completamente no es extraño, porque en la entrada se encuentra un déficit de 400.000 pesos, como puede manifestarlo el Tesorero del ejército don José Jiménez Tendillo, existente hoy en Mendoza [9] . Sin embargo, vamos a examinar en qué ocasión estuvo el ejército tan bien pagado y asistido como cuando yo lo mandé. Dejo yo esto a la reflexión de los militares chilenos, y, si alguno no me hace la justicia que debe en esta par­te, lo convenceré con mucha facilidad.

Entregué a O’Higgins el estado general de las divisiones de mi mando con la fuerza de 2.200 a 2.300 hombres, acompañándole extracto de la revista de comisario y los estados particulares de los cuerpos. Igualmente un inventario de los pertrechos, útiles, artillería y demás pertene­ciente al ejército. Otro de la plaza de Talcahuano que comprendía todos los buques de la bahía. Otro de la fábrica de salitres de Tumbes, y así, de cuanto estaba en servicio de la división en campaña, y de lo que contenían los almacenes de Concepción. También le noticié de los efectos embargados y puestos en Adua­na, incluso los tomados en la fragata Dos Hermanos, que estaban a cargo de don Vicente Novoa. Todos estos documentos eran pasados al señor General con sus respectivos oficios; por mucho que hice, jamás pude conseguir que acusase recibo de ninguno de ellos; ignoro la causa, aunque supongo sería prevenido para ocultar el brillante estado del ejército a fin de continuar con más ventaja la persecución que empe­zaban. Es verdad que en algunas cosas me mostré pesado; estaba empeñado en que el señor General me di­jese el destino que había dado a 50 carpas que tenía en la división cuando estuvo en Diguillín, y el pobre señor no sabía de ellas, aunque era público que el Comandante Muñoz y el Capitán Prieto, permitie­ron que las tropas las despedazasen para hacer pantalones, reduciendo las 50 a 16. Con poca diferencia dio la misma cuenta el Sargento Mayor y Comandante de Granaderos don Enrique Campino.

Febrero 15 de 1814. El Gobierno oficia a O’Higgins para que no permita a [que] los oficiales de [del] ejérci­to pasasen a Santiago ni en el caso de enfermedad. Dice S.E. en el propio oficio: “Por lo que hace a la nu­merosa deserción de tropa que me indica, US. procurará averiguar el origen y, valiéndose de todos los me­dios que dicte su prudencia, aplicará el remedio, imponiendo a los delincuentes las penas de ordenanza, las que tenga dictadas en los bandos del ejército de su mando y todo aquel rigor que le parezca conciliable con las presentes circunstancias”. Vamos, señor General, acredite usted su justificación. Aplique usted la ley a los delincuentes; que se cuelgue en el momento a los que, desde el principio de la campaña, toleraron en Santiago [a] los desertores del ejército, volviéndoles a destinar al servicio de los cuerpos de aquella guarni­ción, a pesar [de] que el General no se cansaba de repetir sus oficios para que se los remitiesen presos con el objeto de hacer un escarmiento. Que se cuelgue al que admitió con toda distinción en Talca al Coronel [Juan] Mackenna, desertado de Concepción, en los momentos más críticos, en que el enemigo amenazaba por todas partes. Que se cuelgue al que puso en el Monitor [Araucano], y a los que permitieron poner un elogio a Mackenna por haberse desertado. Que se cuelgue al que facilitó el bote a Mackenna y al que sorprendió a un valiente oficial para que lo llevase a la boca del Maule y se quedó en Concepción fomentando la discordia. Que se cuelgue a los de las conspiraciones en el ejército, según comprendo dirigidas por el Plenipotenciario [José Ignacio Cienfuegos], és­te y ellos enseñaron a la tropa la insubordinación y le dieron campo a toda clase de delitos. La noche de la revolución en Chepe se vio castigar a un fiel Cabo llamado Bartolo Domínguez, porque no obedecía a los desconocidos que revolucionaban la división, y el señor O’Higgins permitió que continuase arrestado algunos días más; no podía el tonto ocultar sus intenciones. Que se cuelgue al que vio llegar a Talca al Teniente Zevallos, desertado con 60 Granaderos, y lo premió con el grado de Capitán; y que sufra la misma suerte el que impidió que el Capitán don Diego Benavente detuviese al Teniente Benavides, que se desertaba con 60 Granaderos. Los que promovieron y enseñaron estos desórdenes son dignos del ri­gor de la ordenanza, y no los infelices soldados, mucho más útiles a su patria que el infame Gobierno que dictaba castigos a los inocentes para asegurarse en sus progresos personales.

Febrero 16 de 1814. El Gobierno ordena que don Francisco Calderón reorganice el Batallón de In­fantería de Concepción. Por cierto que es brillante la elección, y que debía esperarse grandes adelantos.

Llama el Gobierno a don José Antonio Fernández, vocal de la Junta de Concepción, para emplearlo en importantes comisiones. No era otro el objeto que destruir aquel Gobierno subalterno creado por el pueblo. Quería el Supremo que todo fuera hechura suya: así lo logró, pero poco le duró [10] .

El Gobierno me separó del empleo de Inspector General de Caballería, que recayó en el Ministerio de la Guerra. No hay duda que S.E. conocía las obligaciones de este laborioso empleo; así tuvo de adelan­tamiento la principal fuerza de Chile.

Llegó a Talca el señor [José Ignacio] Cienfuegos de vuelta de su memorable expedición a Concepción.

Febrero 19 de 1814. Se descubre claramente el fin con que fue llamado Fernández el 16. Oficia el Gobierno a O’Higgins, nombrándole Gobernador Intendente de Concepción, con todas las atribuciones y prerrogativas anexas a aquel empleo, y conforme lo habían ejercido sus anteriores. Se llevaron los diablos al Gobierno federativo, y quedó suspendida hasta segunda orden la voluntad de los pueblos, a excepción de los electos de la capital. No se atribuya a exageración este relato. Véase el oficio del Gobierno N° 59.

Con fecha del día anterior publicó el Gobierno el decreto Nº 60 inserto en el Monitor [Araucano] del 28 de febrero. Sin la menor duda me creo por él autorizado para asesinar a cualquiera que tenga el Gobierno y las armas, antes que les sean dados sus empleos por un legítimo Congreso. Ojalá que por escarmentar tales brutos, hubiese tenido lugar en sus personas todo el sentido del decreto.

Febrero 20 de 1814. Decretó el Gobierno que se devolviese a los frailes recoletos el convento que en 1812 tomó [el ejército], después de un detenido acuerdo en junta de corporaciones, en la que todos los que la com­ponían expusieron libremente su dictamen, y unánimemente (expuestas las poderosas razones con que el Gobierno apoyó su resolución) convinieron en que era de necesidad usar de dicho convento que no ha­cía falta a cuatro frailes que vivían en él, pudiendo trasladarse, ya a otro conventillo llamado de la Viña, que distaba seis cuadras y estaba aún en mejor proporción para seguir su vida solitaria, ya a su hacienda de Apoquindo, tres leguas de la capital, o a la casa grande. Cuando se quitó a aquellos holgazanes el convento no había una casa más acomodada, ni de ninguna clase donde colocar el parque de artillería. Antes estaba frente a la Casa de Moneda, y en disposición de destruir gran parte del pueblo en caso de un incendio, y posteriormente en el cuartel de Asamblea, que forma parte de la manzana que contiene el palacio de Gobierno, Tesorería principal, todos los archivos de Chile, las salas de despacho del Gobierno y otras cor­poraciones, y para complemento de todo, está junto a la cárcel que es muy poco segura. Ambos cuarteles apenas admitían 200 hombres, y de ningún modo [a] la artillería, y las muchas piezas para oficinas, que todo el que no sea absolutamente ignorante, sabe son indispensables. La Recolección [Recoleta] Dominica, es el único cuartel que ofrece comodidades, y está situado con ventaja para el destino: allí había pabellón para oficia­les, y la distancia de la ciudad ofrecía menos distracción a unos jóvenes que, para hacerse útiles a su patria, necesitaban dedicarse con esmero; allí se colocó la sala de armas, cuadras para caballos, etc., etc., etc.; no podía cau­sar mal a la población si se incendiaba; tenía a la misma puerta el campo para los ejercicios doctrinales; no podía ser sorprendido con mucha facilidad; estaba más sujeta la tropa, y protegía la casa de pólvora, que estaba a poca distancia. Excuso mil motivos más por no llenar papel inútilmente. El hipócrita Gobierno no publicó en el Monitor [Araucano] del 25 de febrero su falsísimo decreto con otro objeto que el de llevar sobre mí el odio de todos los que miran como sagrado el asilo de los frailes. Prefería la comodidad de siete ociosos, que únicamente ocupaban aquellos claustros, a la seguridad de una gran parte de la ciudad de Santiago, que pudo haber perecido infinitas ocasiones. Véase el decreto N° 61, y a continuación, el oficio que S.E. pasó a los frailes, y la contestación de éstos, fechas 20 y 23 de febrero, extractada del Monitor [Araucano] del 10 de marzo.

Febrero 22 de 1814. El Gobierno sabedor de que el refuerzo del enemigo, llegado de [desde] Lima y Chi­loé, ascendía a 800 hombres, temía del éxito de las operaciones de O’Higgins y le ofició, como se verá en el [documento N° 62].

Ciertamente que el plan que proponía S.E. era el único que podía adoptarse en aquellas circunstan­cias para salvar el [al] Estado y asegurar la gloria de sus armas. Después que dejé el mando propuse a O’Higgins lo mismo, y procuré persuadir a sus grandes hombres para que se lo aconsejasen; pero no adelanté otra cosa que oír que se me llamaba intrigante y aún traidor, porque opinaba racionalmente y porque quería el bien de mi patria.

Don José Torres, Comandante de Penco, fue puesto en libertad por el Gobierno y condujo un oficio para O’Higgins, enterándolo de su contenido y encargándolo de algunas noticias concernientes a las inten­ciones del enemigo. El Gobierno se confiaba de un español europeo, que acababa de cometer un delito dig­no del mayor castigo abandonando el puesto militar que se le tenía encargado, tan sólo por hacer el infa­me papel de delator en perjuicio de quien lo había sacado de la clase de prisionero, y O’Higgins por pre­mio de tanta heroicidad, lo volvió a su empleo.

El traidor Andrés Ramos tuvo libertad para escribir a doña Rosa Rodríguez [11] una carta, persuadién­dola a que cooperase, para que su hermano don Bernardo O’Higgins se amistase con el General Gaínza.

Con fecha del día anterior, recibió O’Higgins el parte de acción de guerra, que había comprometido el Comandante de la división auxiliadora, al mando de 340 fusileros y dos piezas de artillería, con las fuerzas enemigas que estaban posesionadas de las casas de Cuchacucha. Véase el oficio Nº 63.

Por estos días desembarcaron en Coliumo algunos hombres armados del Potrillo. El Teniente Freire, con 80 Dragones, salió a atacarlos porque se habían apoderado de un convoy de víveres que pasaba para Concepción; quitó parte de él sin otra ventaja.

El Gobierno mandó que se retirasen a sus casas los individuos que pudiesen venir a Santiago con des­tino al Congreso, cuya convocatoria se hizo en los términos que manifiesta el documento N° 64. Ya S.E. había tomado gusto al bastoncito.

Febrero 25 de 1814. El Coronel don Andrés Alcázar, con 100 Dragones recuperó los víveres que marchando [siendo conducidos] de[desde] Talca al Membrillar, había tomado el enemigo la noche antes; hizo doce prisioneros y tomó bastante ganado. En esta vez fue bautizado valeroso por el señor Mackenna.

Un impreso de Santiago publicado este día para desimpresionar a los que opinaban funestamente de Talca se señala con el [documento Nº 65], porque después se vio verificado el pronóstico del pueblo.

Febrero 26 de 1814. Oficié al General O’Higgins incluyéndole un extracto de las correspondencias que se habían encontrado a varios sarracenos, una lista de las mujeres que habían estado presas y desterra­das, con los motivos que habían ocasionado su prisión, otra de las casas embargadas en Concepción y Talcahuano, copia del decreto porque [debido al que] salieron desterrados don Manuel Zañartu y don José Zapatero, y la carta del Supremo Gobierno en que aprueba aquella determinación. Véase el [documento Nº 66]. [Le remití] otro oficio acom­pañándole las causas pendientes de doce reos, cuando entregué el mando; otro en que acompañaba un in­ventario de algunos útiles del ejército; en otro le advertía que los vecinos de Palomares habían muerto y enterrado al Cabo Pino, de Nacionales, cuyo delito [delito que] estaba impune; en otro le acompañaba un oficio con­testación a Sánchez de resultas del canje que yo había alcanzado a mandar, y aunque era asunto en que me mezclé por salvar a su familia, no lo remitió a Chillán, y me dejó en aquel descubierto. Todo era honor en O’Higgins.

Febrero 27 de 1814. [Juan] Mackenna avisa a O’Higgins de los movimientos del enemigo sobre su cam­pamento, con fuerza de 300 a 400 hombres.

O’Higgins que veía cerca el peligro, por los refuerzos del enemigo, hizo una junta de oficiales a la que me pidió asistiese porque quería que yo les hablase, para ver si se podía conseguir una completa reconciliación. No es posible explicar lo que sucedió en aquella reunión. Los subalternos de última clase, los hombres más soeces, tomaron la palabra atropellando a los jefes y mirando a su General con un despre­cio intolerable; al poco rato la reunión de oficiales parecía de muchachos de escuela que ponían quejas a su maestro. O’Higgins se mantuvo imperturbable, y fue la primera vez que se presentó a mis ojos tan des­preciable. [Un] Hombre que invadió a Concepción bajo las banderas de Pareja, el Sub Teniente don Pablo Vargas, tuvo [el] valor de tratarme con menos consideración que a un Sargento; a éste y a otros varios que me ataca­ban, llenos de venganza, les contesté con el desprecio que merecían, y concluyó la sesión como promovida por O’Higgins.

No deseaba yo otra cosa que alejarme de aquellos feroces, y por eso no perdonaba arbitrio para con­seguirlo.

Don Antonio Mendiburu fue a visitarme y a contarme sigilosamente que le constaba que muchos enemigos de nuestras personas se habían acordado para asaltarnos, y que Urízar andaba armado por cier­ta cuenta que yo quería ajustarle. Este mismo día creo que fue cuando nos pusieron un pasquín lleno de insultos y amenazas, que no surtió otro efecto en nosotros que aumentar el desprecio que teníamos a ta­les personas.

Don Domingo Valdés, Comandante de Artillería, acompañado de su Ayudante o compañero, don José Santiago Aldunate, Teniente de Granaderos, y de dos ordenanzas, quisieron burlarse de mí, mandándome reconocer en una noche de luna que me paseaba en mi traje; este insulto me provocó a tratarlos como merecían. Valdés que tenía un genio muy moderado por temor de exponer su persona, disimuló y se propuso acusarme al maestro O’Higgins.

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