Diario Militar de José Miguel Carrera: Capítulo VIII. 1º de Marzo de 1814 - 11 de Mayo de 1814

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VIII. Prisión en Chillán. Tratado de Lircay. Fuga.


Marzo 1º de 1814. Unido Valdés a Urízar y a los demás de la facción, se quejaron al General [O’Higgins], por el suceso de la noche anterior, y el señor General tomó el partido de escribirme la carta Nº 67. Le contesté la del Nº 68. Al día siguiente era nuestra partida, y los equipajes habían salido en la tarde. Nos despedi­mos de todos, y en la noche fuimos a recibir órdenes del General; le pedí que la guerrilla se municionase bien, y se negó a esto con pretextos ridículos; ella salió con poquísimos cartuchos, con sólo veintitrés hombres de fuerza y en caballos que apenas se movían.

Estando en la noche en casa de la señora doña María Luisa Benavente, de tertulia con todos nuestros amigos, se presentó a la puerta de calle el Capitán don José Manuel Astorga, con treinta fusileros, a apresar a don Juan de Dios Martínez, lo que verificó llevándolo al cuartel de artillería. Al poco tiempo me presen­tó el Capitán don Venancio Escanilla el oficio Nº 69. No pude sufrir la espera consiguiente a una contes­tación por escrito, y fui a verlo en el momento; le hablé [a O’Higgins] con una impaciencia que pocas veces he tenido, y me separé apretándole un brazo y diciéndole que me retiraba porque mientras estuviese a su lado no ha­bría de oír otra cosa que mis insultos; nada hizo y se quedó tan sereno como si le hubiese hecho un gran­de obsequio. El pecado le acusaba a aquel ingrato, y no había modo de que satisficiese a ningún cargo. Exa­minada la representación de las tropas y [del] pueblo, de [la] que me hablaba en su oficio, se ve que el pueblo y [la] tro­pa eran el criminal don Fernando Urízar, el Comandante Valdés, don Juan Luna, compañero de Urízar en la expedición de [a] Arauco, don Antonio Urrutia, don José Manuel Astorga y el Teniente Anguita. Estos seis tunantes, de los que tres están con [el General Mariano] Osorio [1] , fueron los que firmaron la representación, que está escrita por el traidor Manuel Vega, Ayudante de Artillería: es papel tan indecente como sus autores; está señalado con el [documento N° 70].

Marzo 2 de 1814. [Juan] Mackenna avisa a O’Higgins que una división enemiga había tomado en la boca del [río] Itata las vacas que se mandaban a Concepción; que otra fuerza había entrado en Cauquenes y otra es­taba situada en la hacienda de don Manuel Rencoret. Exigía que O’Higgins verificase prontamente la sali­da de Concepción, con las divisiones, para contener los progresos del enemigo y para abrir la comunica­ción con Talca, único punto de donde podían esperar auxilios. Ejemplo de lo incapaces que eran aquellos pelucones gobernantes, siendo dueños de la abundantísima provincia de Santiago y de parte de la de Con­cepción, no podían proveer de víveres y caballos al ejército, y el enemigo se paseaba por todas partes, con sus fuerzas montadas en excelentes caballos. Podría probarse, y es evidente que esta falta causó la pérdida de Chile en gran parte. No se pudieron batir las divisiones que pasaban la Frontera, la que conducía [a] los pri­sioneros para embarcarlos en el Potrillo, las fuerzas de San Pedro y, últimamente, no pudo interceptarse el refuerzo a las órdenes de Gaínza, porque no había un caballo.

Los que yo tenía al servicio de la división estaban muy destruidos; los que estaban en Hualpén los en­tregaron los Zañartu, y O’Higgins vio con frialdad que se los llevase el enemigo. Cuando el señor plenipo­tenciario [José Ignacio Cienfuegos] fue a Concepción, llevó por primera vez 100 caballos de repuesto; pero al echar yo mano de ellos, no hallé ninguno, porque el señor clérigo salió mal campañista. He aquí lo que debió sucederme al prin­cipio de la campaña, si no hubiese tomado el partido de comisionar hombres activos e inteligentes aunque algo rateros. El Gobierno no pudo evitar los robos ni auxiliar el [al] ejército. No cansemos: el señor Cienfuegos nació para su iglesia de Talca, el señor [Agustín de] Eyzaguirre para su tienda y el señor [José Miguel] Infante para abogado de pobres.

[Juan] Mackenna decía que estos tres señores se habían marchado ya para Santiago, y que les clamaba por­que remitiesen provisiones y auxilios, escoltados por la división de reserva que vociferaban tener en Talca.

S.E., engreído con sus grandes recursos, hizo a Talca el nunca bien ponderado viaje para rendir a Chi­llán, y volvió a Santiago calladito y ligero porque no padeciesen detrimento sus personitas. Observo que cuando fueron a abrir la campaña se hablaba mucho en los Monitores de que S.E. había asistido a bailes, había visitado las iglesias y cantado Te Deums y de otras muchas cosas propias de monarcas. Quiso S.E. imi­tar al gran Alejandro; pero a su vuelta ni una palabra hablaron los pueblos que decían amarlos a primera vista, y que tanto elogiaban sus virtudes que supondrían sin duda por el sacrificio que hacían aquellos hé­roes, en abandonar sus comodidades y moverse en su coche (tal vez nunca habían disfrutado de carruaje, si en esta clase no incluimos las carretas) a la inmensa distancia de ochenta leguas, ¿será posible creer que al tiempo que se retiraron de Talca, cuyo pueblo debía ser atacado de un momento a otro, se llevaron cuarenta fusileros para escolta de sus personas, dejando solamente 110 a las órdenes del Gobernador [Carlos] Spano? Ellos no ignoraban que aquel pueblo encerraba intereses del Estado que pasaban de 800.000 pe­sos; no ignoraban que los enemigos estaban cerca del [río] Maule, con fuerzas para atacar a Talca; prueba esto claramente el papel que se publicó en Santiago el 25 de febrero, y S.E. sabía que los pueblos por donde iba a pasar estaban libres de enemigos, y no ofrecían el menor riesgo. Si no hubiesen quitado a Spano los cuarenta fusileros, es muy probable que Talca no habría [hubiera] sucumbido a la división de [Ildefonso] Elorriaga; prefirió S.E. la ostentación a la seguridad de un pueblo que tanto interesaba a la defensa de Chile.

Salí para Santiago, acompañado de Luis mi hermano y de los siguientes: don Estanislao Portales, don Diego José Benavente, don Juan Morla, don Vicente Garretón, don Toribio Rivera, don Rafael Frei­re, don Servando Jordán, don Manuel Jordán, don Manuel Lastra, don Bernardino Pradel, don Bonifacio Victoriano, don Mariano Benavente, don Cirilo Cárdenas, don Bartolo Araos, don Juan José Fontecilla; capellanes: Fray Juan Pablo Michilot, Fray Francisco Solano García; don Vicente Aguirre, don Hipólito To­ro, don José Hurtado, don José Gaete y su hijo, don Calixto Gaete, don Marcos Trigueros; ordenanzas: Jo­sé Conde, José Antonio Uribe, Jerónimo Peredo, Pedro Valencia, José Miguel Cornejo, Juan Antonio Ara­ya, Nicolás Santana, Benito Vial y José Luis.

Acompañaban [nos acompañaba también una] porción de criados, asistentes de los oficiales y arrieros; no bajaba la comitiva de cien hombres.

Dormimos en casa de los Nogueiras, y las cargas se alojaron junto a la capilla, en la población de Pen­co Viejo. No quisimos ir a la fortaleza porque la mandaba el andaluz Torres.

El General O’Higgins dispuso mandar atacar [a] una división enemiga que estaba en Rere. Para verificar­lo confió, al acreditado Urízar, el mando de 250 Dragones y Nacionales con dos piezas de artillería de campaña.

Marzo 3 de 1814. Tuvimos noticia [de] que el enemigo, sabedor de nuestra marcha para Santiago, había cubierto la ribera sur del [río] Itata para hacernos prisioneros. Los avisos de los juramentados por Cienfuegos eran muy exactos, y los que firmaron la representación del día 1º se interesaban en nuestra ruina; el que la escribió no permitía que las Reyes ignorasen cosa alguna; y ellas, con gusto participaban a su padre, a su hermano y a su sobrino, destinados o empleados en el ejército realista, para que tomasen sus providencias. Oficié a O’Higgins en los términos que se ve en el [documento Nº 71].

Mandé nuevos espías al [río] Itata, y en la noche varios de la comitiva fuimos a divertirnos a Concepción. Luis visitó a O’Higgins y le dijo que al siguiente día pensábamos volvernos a la chacra de don Pedro José Benavente porque estábamos expuestos en Penco. Accedió y dijo que si queríamos podíamos volvernos a la ciudad. No dejamos de admirarnos de esta franqueza después de sus cartas y oficios del 1º. ¿Quién podría augurar que estaba inocente de lo que nos sucedió a las pocas horas? Pasamos en tertulia en casa de unos amigos, y a las tres de la mañana volvimos a Penco para, después de dormir un poco [2] , mudar nues­tro alojamiento. Cerca del amanecer llegamos a casa de los Nogueiras; muy de inmediato a ella encontré un roto a pie que se dirigía a la fortaleza; creyéndolo espía lo hice detener [3] , y como no le descubriese co­sa alguna, a pesar de amenazas, lo dejé libre.

Marzo 4 de 1814. Al romper el alba, y cuando empezábamos a tomar el sueño, fuimos sorprendi­dos por el enemigo. Las descargas de fusiles y los gritos de “Viva el Rey” nos despertaron; pero no era posi­ble huir porque el pequeño cuarto donde dormíamos estaba rodeado de tropas, y por la parte donde ha­bía un tabique de tablas nos hacían un fuego vivísimo. No teníamos armas, ni los ordenanzas pudieron ha­cer uso de las suyas porque antes de moverse de sus camas fueron muertos o prisioneros. En el momento fuimos nosotros, y aunque algunos intentaron matarnos, lo impidió un voluntario... [4] y el Cabo chilote lla­mado Marzán, cuyo empeño por defendernos llegó al extremo de ponerse delante de Luis cuando un hijo de Dámaso Fontalva quiso darle un tiro, creyendo era el que había firmado la sentencia de muerte contra su padre. Luego después [sic] se presentó don Clemente Lantaño y el hermano de las Reyes que [quien], con Pasquel mandaba la fuerza realista que nos sorprendió. Pusieron orden en la tropa y nos dejaron vestir para que marchásemos. Nos hicieron montar en unos malos caballos; al salir tuve que volver la cara para no ver una porción de cadáveres de mis compañeros. A poco andar vi al Alférez don José Ignacio Manzano he­rido y como agonizante; me despedí de aquel buen joven con un sentimiento imponderable, y seguimos el camino por los altos de Penco hasta llegar a Rafael. Allí llegó el Coronel Portales, el Secretario don Vicente Aguirre, Marcos Trigueros, mi asistente José Conde, el Sargento Yacotar, José Miguel Cornejo, un negro cocinero y dos más. El Teniente don Servando Jordán había ido con nosotros. Nunca olvidaré los extremos con que se significó Portales por mi situación.

El castillo de Penco hizo un fuego muy mal dirigido, pero bastante para contener el [al] enemigo que es­taba muy aterrado, [y] que a [de] no haber dejado Manzano su guerrilla a alguna distancia, por aprovechar pasto para los caballos, habría sido rechazado.

Cuarenta o cincuenta Infantes de la Patria se habían desertado el día anterior de [desde] Concepción, con el fin de unirse a mí al pasar el [río] Itata, y les escribí diciéndoles que serían víctimas del enemigo si no se vol­vían, debiendo estar seguros de que no se les seguiría perjuicio ninguno. Se volvían ya cuando encontra­ron [a] la misma división que nos acababa de sorprender, y en el momento trabaron una acción vivísima que, según sus resultados, es de creer habría sido favorable para los nuestros, si no se le hubiesen acabado las municiones que en poca cantidad pudieron llevar en sus cartucheras al tiempo de desertarse; al verse sin recursos para su defensa se retiraron por la montaña, dejando burlado a un enemigo tan superior en número.

Todo lo ocurrido en Penco y Concepción, después [a partir] de mi prisión, se ve en el diario Nº 72, el que comprende hasta el 15 de mayo, día en que, de resultas de las capitulaciones [5] , fueron puestos en libertad los prisioneros nuestros, rendidos en aquella ciudad. La jornada de O’Higgins, hasta que se incorporó a la división auxiliadora, consta del [en el] diario Nº 73, y las operaciones militares y demás ocurrencias de la división, desde que salió de Talca en 19 de diciembre de 1813 hasta el 10 de mayo de 1814, día en que retro­cedió el enemigo del campo de Quechereguas, están relacionados [relatadas] en el diario Nº 74. Yo seguiré el de mi prisión, y el extracto de algunos oficios que llegaron a mi poder y lo que pueda sacar de los papeles públi­cos y de otras noticias que me han suministrado algunos amigos.

Pasamos la noche en Rafael y nuestro sentimiento se aumentaba con la incertidumbre de la suerte de mis compañeros. Don Tomás Plac mandaba en aquel puesto; recibimos de él un regular trato, aunque an­duvo un poco ridículo en negarnos sacásemos de nuestros baúles un poco de ropa, viendo que nos habían dejado desnudos.

Marzo 5 de 1814. Al amanecer se puso la división sobre las armas, y al marchar para su cuartel ge­neral nos entregó Plac a un oficial limeño, don N. Estrella, para que con una escolta cuidase de nuestra se­guridad; apenas se lo dijo, echó pie a tierra y mandó que se nos amarrase en los caballos. Díjele a Plac que más valía morir que sufrir aquellos insultos. Plac nos entregó a otro que, aunque español europeo, fue más humano y más generoso. Estando ya cerca del [río] Itata, llegó del cuartel general una división de 200 hombres, a las órdenes del Teniente Coronel Asenjo y de un hijo de Pinuel, para llevarnos a la presencia de [del General Gabino] Gaínza, que estaba en Quinchamalí. Todas las fuerzas enemigas que estaban al sur del [río] Itata formaron una línea, como en disposición de impedir que fuésemos liberados por la división auxiliadora situada en el Membrillar. Estaba muy lejos de pensar en tal desatino. De noche, y a muy poca distancia del campamento chileno, nos pasaron los enemigos, burlándose de la división. Todas las tropas enemigas hacían descargas desordenadas, y atronaban con los gritos de ¡“Viva el Rey!” y “¡Mueran los Carreras!”. Luego que pasa­mos el río salieron a recibirnos muchos oficiales, vecinos y frailes de Chillán. Al entrar en el campamento pusieron [a] las tropas sobre las armas y repitieron las mismas demostraciones de alegría. Se nos hizo desmontar y se nos presentó a Gaínza; nos recibió este pillo, sentado y con un sombrero de paja muy grande cala­do hasta los ojos; delante de él estaba una pequeña mesita ¡y la vela puesta en una cáscara de sandía! To­mamos de su orden asiento sobre unas petacas y apuntó nuestros nombres. Al preguntar él por los prisio­neros, le contesté que nosotros éramos unos pasajeros que nos dirigíamos a Santiago; y que sus tropas no habían hecho más que asesinar en sus camas [a] una porción de nuestros compañeros. Contestó con mucha gravedad: “Ellos son reatos de aquellos delitos”; repúsele: “Jamás he sido delincuente” y él como enfadado continuó diciendo: “Ya es tiempo de conocerlo”. Mandó que con una escolta de infantería se nos condu­jese, a los oficiales, a la prevención del regimiento de Luna, y a los soldados a la de los chilotes. Con no­sotros fue un Ayudante de Gaínza, hermano del traidor Santiago Tirapegui, ahorcado de mi orden en Concepción, y nos entregó al Comandante de la guardia que era un N. Cueto, Alférez a los 50 años de edad. Nos colocó en una carpa que había abierto por mitad, quitándole todas las estacas, del frente, y recogiéndola a los lados. La noche era de luna y serena; puso cuatro centinelas que rodeaban la tienda y uno más al frente. Pidió don Estanislao Portales permiso para salir, y Cueto contestó que amarrado sola­mente; ¿Qué podía temer de un viejo achacoso y en noche tan clara como el día? No salió por no experi­mentar tal bochorno. Antes de media hora se gritó “a las armas” y Cueto puso su guardia formando un semi­círculo sobre nuestra tienda, y con él frente a ella. Se acercó a nosotros, y, preguntándole yo si éramos no­sotros los enemigos que pensaba batir, respondió que tenía orden de pasarnos por las armas si los del Mem­brillar intentaban pasar el río y que, como había aviso que lo querían verificar, estaba dispuesto para cum­plirla. Díjele que me parecía orden muy bien dada, y no dejé de comprender que querían divertirse, y confirmé esta sospecha cuando vi a Gaínza que, disfrazado con sus ayudantes, se acercaba a participar de la chanza. Uno de sus ayudantes fue a preguntarme, a nombre de Tirapegui, por su hermano, y le dije que estaba ahorcado en Concepción. Se descubrió Gaínza; llamó a Luis [Carrera], que estaba de pie en la puerta de la tienda; le dio un cigarro, y le estuvo mostrando su línea como para imponernos. A mí quiso mostrár­mela Cueto y no quise verla, diciéndole sabía alcanzaría a tener 400 hombres. Tuve algunas contestaciones pesadas con el tal Cueto, que era italiano y ascendió de [desde] la clase de Sargento.

Supimos que Talca había sido tomada este día, y que el grande Urízar había sido derrotado comple­tamente.

Marzo 6 de 1814. Exigí de Gaínza que me oyese un rato, y me lo concedió; Luis habló primero y le dijo que me escuchase a mí. Era reducido mi plan a que me pusiese en libertad, con mi hermano y de­más compañeros, y que oficiase conmigo al Gobierno de la capital, convidándolo a una composición amis­tosa, en la que no había duda si yo influía como se lo prometía, porque veía que ni los chilenos éramos capaces de hacer nuestra felicidad, ni era posible evitar la guerra civil, en caso de vencer[,] porque las fac­ciones habían tomado un aspecto horroroso. Parecía consentir, pero el tunante me pidió que hiciese por escrito mi proposición, para lo que mandó a Tirapegui con tintero y papel; no tuve inconveniente para repetir lo antedicho, y la contestación fue negarse, a pretexto que los papeles públicos de Santiago manifestaban el odio con que me miraría el Gobierno sin que pudiese sacar partido; que en caso de intimarlo, valía más hacerlo por cualquier otro.

[Juan] Mackenna ofició a O’Higgins con fecha de ayer en la tarde. Se lamentaba por la tardanza en salir de [desde] Concepción las divisiones [, lo] que le ocasionaba incalculables males. Los enemigos corrían libremente [por] la campaña. Habían pasado tres divisiones pequeñas, al mando de Olate, Lantaño, y Barrera, con dirección al [río] Maule; temía que intentasen algo contra Talca, pero cuando se acordaba que había 400 o 500 fusileros a las órdenes del digno Spano, quedaba muy seguro. Mackenna estaba engañado sin du­da. Véase todo lo ocurrido en la toma de Talca en el [documento N° 75]. Es increíble que este día ignorasen, aún en el Membrillar, los auxilios llegados de [desde] Chiloé; verdad es que no pagaban un espía. Mackenna quedó muy satisfecho de la seguridad con que quedaba Concepción, respecto a la guarnición fija, que decía O’Higgins, dejaría en fuerza de 800 hombres; esta guarnición bastaba para destruir a Gaínza. Avisaba que una guerrilla de su división había sorprendido una avanzada enemiga, tomándole siete prisioneros, quince bue­yes, veinte caballos y algunas mulas.

Hablando con Gaínza de la toma de Talca por [Ildefonso] Elorriaga, se expresó duramente contra Spano, que afirmó había muerto en la acción. Hizo también un discurso sobre el entusiasmo y valor de sus tropas, al paso que se disminuía en el ejército restaurador. “Tenga usted, me dijo, el ejemplo en la derrota que ha sufrido Urízar, perdiendo su artillería y mucha gente. Esta victoria la ha obtenido un muchacho, paisano, que mandaba 130 hombres, la mayor parte de los huasos de Lantaño”. Me preguntó la fuerza efectiva con que podía contar Chile, y le dije que reuniendo sus guarniciones podía presentar 5.000 fusileros en línea. Se rió y me dijo: “En acabando la división del Membrillar, que es obra de poco trabajo, están acabadas las 5.000 bayonetas”; sin embargo, la firmeza con que lo aseguré lo hacía vacilar; sobre esto habló Gaínza a O’Higgins cuando acordaban las capitulaciones [6] .

El Gobierno entró en la tarde en la capital, y se le recibió con toda la magnificencia posible. Sabía S.E. y era sabido en el pueblo desde ayer, que había sido tomada Talca, pero se negaba por no interrum­pir el recibimiento, que ordenó fuese con toda ostentación. Reconviniendo algunos al Intendente Echeve­rría por aquellas alegres demostraciones en los momentos en que se aproximaba la ruina del país, satis­fizo con manifestar que era orden terminante del Gobierno. Por ella y por lo que dijo S.E. a muchos que lo visitaron en la casa de campo que se le tuvo preparada, no creían fuese efectiva la toma de aquella ciu­dad importante. En la noche, al tiempo del gran refresco, confesó S.E. la pérdida de Talca; la admiración y espanto de los santiaguinos fueron extraordinarios, y más el odio que concibieron contra los plenipotenciarios, que en buena ley debían haber sido ahorcados. Sin más que probarles que ocultaron cerca de dos días la toma de una plaza, que está a ochenta leguas de la capital, basta para que nadie ignore el punto a que llega este crimen. Tuvieron tranquilidad para recibir obsequios todo este día y parte del anterior, sin dar una disposición para contener al enemigo, que con cincuenta fusileros pudo haber llegado hasta los arrabales de Santiago; todo lo pospusieron a su pomposa entrada en un pueblo que precisamente había de conocer su inicuo procedimiento. Se disculpaban diciendo que desde Maipo habían impartido sus órdenes a los coroneles de milicias para que pusiesen sus regimientos sobre las armas; pero ¿de qué servían estas providencias dirigidas a reunir hombres inermes, si no se extendían a Santiago, centro de las únicas fuerzas que podían rechazar a Elorriaga? Estos no fueron delitos, porque los juzgaban los que con ellos habían cometido toda clase de desaciertos y de bajas intrigas. Algún día habrá quien manifieste con imparcialidad la conducta de este ridículo Gobierno.

Marzo 7 de 1814. Don Antonio Bulnes, con una escolta de cuatro fusileros y algunos lanceros, fue nombrado por Gaínza para que nos condujese a Chillán. Nada sentimos dejar aquel alojamiento en el que, a pesar de la abundancia, no se nos daba de comer, y si una vez mandó Gaínza un pedazo de asado y fruta, no permitió que nos diesen una gota de vino. A mi antiguo sirviente, José Conde, me lo quitó Gaínza, cre­yendo le serviría a él con la misma voluntad que a mí. El padre Fray José Antonio Mollar me dio una letra de 50 pesos que debían pagarme en Chillán. Vildósola dio a Luis 4 pesos. El Ayudante Tavira, oficial de marina, fue el único que mostró buenos sentimientos en nuestro favor; éste desimpresionó a su General de una acusación que el oficial de guardia hizo contra Luis, porque al entrarnos un poco de comida dijo “Viva la Patria”. Llegamos con Bulnes al río de Chillán, y en una de aquellas casas nos dio de comer. Ha­bíamos acordado el modo de sorprender a Bulnes y escaparnos; pero frustró el plan la llegada de un oficial que conducía a Chillán porción de enfermos y todos armados. En la tarde entramos en aquella ciudad que poco antes habíamos atacado y destruido en mucha parte. A un cuarto de legua nos recibieron todos los que tenían caballos. El ex General [Juan Francisco] Sánchez, con su mujer, detuvieron nuestra marcha; aquel bruto gallego, poniéndoseme delante, y con un tono chocantísimo, me dijo: “Aquí tiene usted aquel hombre que tantas veces se le presentó a usted en el campo de batalla”. Le respondí que jamás lo había visto, y como continuase con expresiones groseras, lo traté agriamente y seguimos el camino. Los muchachos, soldados y mu­jeres[,] nos rodeaban y formaban un numeroso acompañamiento; las piedras y terrones eran tantos como los insultos; las calles y los tejados estaban llenos de gente; pero no podían distinguirnos entre la escolta de huasos, porque los trajes eran iguales. Al pasar un puente levadizo cerca de la plaza, nos recibió una escolta de infantería y nos presentó (en casa del Intendente Lafuente) al Comandante General, don José Bergan­za; este señor se expresó con mucha política, prometiéndonos le era muy sensible conocernos en tales cir­cunstancias. Correspondí sus expresiones, y le pedí que me dejasen con Luis en una misma prisión; me ofreció que así sería después que prestásemos algunas declaraciones que encargaba Gaínza. Se acercó a mí el traidor Antonio Salcedo, con insignias de Coronel, y me insultó con ridículas expresiones que desprecié. El Coronel Pinuel, puesto de gala, y con espada en mano, a la cabeza de una partida de infantería, nos llevó a los calabozos destinados para los dos Carrera. Un estrecho abrazo y un adiós el más tierno precedió a la separación; los calabozos estaban separados por una pared no muy doble; eran cuadrados, como de cin­co varas por costado, oscuros, húmedos y fétidos; media puerta estaba clavada de firme, y la otra se ce­rraba con llave y candado. No pasó media hora cuando se presentó don Domingo Luco, hermano del Comandante de Voluntarios de Santiago, con un verdugo y una barra de grillos para que se me pusiese. Lleno de cólera, le pregunté si así se trataban [trataba a] los prisioneros, y respondió aquel traidor: “Esto causan las locuras de usted”. Nos hizo poner grillos a los dos, y nos dieron unas camas de hospital bastante incómo­das. La mujer del Intendente nos mandó almohadas y cena.

Mientras pasábamos estos trabajos y el mismo día que nos cargaban de prisiones, recibía el intruso, el infame Gobierno de [José Miguel] Infante, los respetos y veneración de un pueblo sorprendido y engañado. Todo era obra de los Larraines y a éstos se les presentó la ocasión más favorable para echar por tierra a los que ha­bían tolerado en el Gobierno mientras eran necesarios para encubrir su ambición y diabólicos planes.

En la mañana ganó [Antonio José de] Irisarri al Comandante de artillería, don Manuel Blanco, y al de infantería don José Antonio Cotapos y Aldunate; con esta seguridad se fue al Cabildo, del que era miembro, y se reunieron para acordar, según dijeron, los medios de defensa de Santiago a causa de haberse apoderado el enemi­go de la ciudad de Talca. En estas circunstancias, figuraron que se reunía el pueblo para manifestar su deci­dida voluntad en concentrar el poder supremo en una sola persona. Porción de borrachos, de locos y de Larraines, dieron nuevo aspecto a las cosas por medio de su representante don Mariano Vidal, natural de Buenos Aires; no ha habido revolución de Larraines en que no hayan tenido parte los cuyanos, a quienes siempre han lisonjeado tanto, cuanto los aborrecen. La elección del Supremo Director fue de las más ile­gítimas de la revolución; y los muchachos echaron de la sala a la Junta con ignominia, a gritos decían: “Que salgan luego para afuera”, porque [José Miguel] Infante trataba de sostenerse; mas el señor [Agustín de] Eyzaguirre, empuñan­do su gordo bastón, dijo a sus compañeros: “Salgamos si lo mandan, qué hemos de hacer”. Así conclu­yeron los que se titulaban legítimos gobernantes, y los que con sólo su presencia creyeron sujetar tal vez la dos Américas. El Monitor [Araucano] del 9 de marzo, [documento Nº 76], demuestra los acontecimientos de esta revolución, con un colorido cual quiso darle Terraza y Rejón [7] . Se acabó el juramento, que lo hizo por cuatro meses y no más. Desde hoy [Irisarri] es Director Supremo interino del Estado el que pudo y supo serlo de la revolución. Observemos, en los elogios que presta a los que acabaron su Gobierno, y veremos que devuelve con generosidad aquel oficito de gracias, que en igual caso regalaron al señor don Francisco [Antonio] Pérez, parientito del señor Terraza. Mientras ellos vivan no faltará quien los elogie: en la mutua correspondencia está la ventaja.

Marzo 8 de 1814. Gaínza mandó poner en remate nuestros equipajes, y dejó para cada uno de nosotros cinco camisas, una levita y un pantalón. Esta correspondencia es propia de españoles; así me paga­ron el buen trato que recibieron los de la Thomas. No se portó mejor O’Higgins, quien escogió en Penco, la parte de equipaje que no alcanzó a llevarse el enemigo, para depositarlo en la Tesorería [8] . Don Miguel Zañar­tu y Torres formaron el inventario, y con don Juan Luna no lo hicieron mal en el saqueo de los libros. Con ansia buscaban, en Concepción y en Chillán, las onzas que suponían llevábamos, pero nada encontraron los hambrientos. Mi sobrino, don Manuel Lastra, hizo reclamos a O’Higgins para que se le entregase cuan­to nos pertenecía, y últimamente clamó porque se le entregase alguna ropa para vestirse, pues había que­dado enteramente desnudo; a todo se negó, y sólo pudo disponer la que necesitó para sí. El Comandante de Penco robó, a vista de todos, lo que quiso.

Marzo 9 de 1814. El cura [José Ignacio] Cienfuegos, ex Vocal del Gobierno, recibe en decreto de este día un gran elogio del Supremo Director interino [Antonio José de Irisarri] y es nombrado Canónigo de la Catedral de Santiago.

[Un] Bando que se publicó ayer indultando a los desertores, manifiesta que es escandalosa la dirección en el día: todo es fruto de la protección que dispensó el Gobierno de [José Miguel] Infante a los que, durante mi mando en el ejército, cometieron este delito.

[Se publicaron] Muchos decretos con el objeto de reprimir a los españoles europeos, que a la verdad estaban muy insolentados; es lo único bueno que ha hecho [Antonio José de] Irisarri en su vida.

Marzo 11 de 1814. En el Monitor [Araucano] de este día, publica el Supremo [Director] la muerte de [Carlos] Spano, de un modo falsísimo: no se copia aquí porque ya hemos visto una relación verídica, que únicamente conviene con la del Director, en la guarnición que defendió a Talca; por esto se confirma el delito de la Junta en haberse llevado cuarenta fusileros de escolta, dejando la plaza con veinte.

Marzo 12 de 1814. El Intendente que era de Santiago, con la misma representación y facultades de la Junta, don Joaquín Echeverría, es nombrado Intendente General del ejército por Irisarri.

Está ya en movimiento (dice el Director Irisarri) el cuerpo de reserva que debe obrar sobre Talca, al mando del Teniente Coronel de Artillería y Comandante de esta brigada, don Manuel Blanco Encalada. Di­cho cuerpo se compone de 600 infantes, 70 artilleros, cuatro piezas de artillería con la dota­ción de 400 tiros cada una, y un cuerpo escogido de caballería a las órdenes de don José Anto­nio Mardones. La infantería va al mando del Teniente Coronel don Fernando Márquez de la Plata. Don Hi­pólito Villegas es nombrado Ministro Tesorero de Santiago. Comandante de Armas es ya don Santiago Ca­rrera [9] , y Jefe de Estado Mayor, don Marcos Balcarce; representante del pueblo en la revolución, don Maria­no Vidal: ¿no hay más cuyanos que acomodar? Seguramente que son buenos sujetos.

Llegó ayer el Director Supremo del Estado, don Francisco [de la] Lastra, dejando el Gobierno de Valparaíso en manos del asesino don Francisco Formas. Trajo trescientos infantes y catorce cañones.

El Director interino es nombrado Comandante de los cívicos de Santiago. Juró, etc.

Marzo 14 de 1814. Se celebró junta plena de corporaciones para el recibimiento del Supremo Director, quien prestó el juramento de estilo. Nombró enseguida, por su Secretario de Gobierno a don José María Villarreal, de Guerra, a don Andrés Nicolás Orjera, y de Hacienda, a don Juan José Echeverría. Por previa moción del Senador [Camilo] Henríquez, se discutió acerca de la duración del mando del Director, y por las refle­xiones de don Isidoro Errázuriz y don José María Rozas, se convino en que se formara un reglamento para el Directorio. Henríquez instó se nombrase de pronto una comisión para formar el reglamento; cada corporación nombró un individuo de este modo: Fray Camilo Henríquez, por el Senado, don Francisco Anto­nio Pérez, por la Audiencia [10] , don José María Rozas, por el Consulado, [Tribunal de] Minería y Cabildo, don Andrés Nico­lás Orjera, por el cuerpo militar, y por los prelados regulares, don José Antonio Errázuriz, Canónigo de la Catedral de Santiago. Sigue la danza. Se declaró por distintivo del Director una banda roja cruzada. Por úl­timo, uno de los concurrentes recomendó el mérito de don Silvestre Lazo, y el Supremo lo nombró Secre­tario del Intendente de la provincia.

Marzo 15 de 1814. La comisión presentó el reglamento [documento Nº 77], y el 17 fue aprobado por el [Director] Supre­mo, nombrando el Senado. Lo compusieron don José Antonio Errázuriz, don José Ignacio Cienfuegos, Fray Camilo Henríquez, y van tres eclesiásticos, don José Miguel Infante, don Manuel Salas, don Gabriel Tocornal y don Francisco Ramón Vicuña. Mientras se entronizaron nuestros enemigos, nos apreta­ban la mano en Chillán. El Coronel don José Ballesteros fue nombrado por Gaínza para que sirviese de Fis­cal en la causa que se nos seguía como traidores al Rey. Luego que tomaron declaraciones a todos los pri­sioneros y a Luis [Carrera] su confesión, juntando a las peticiones que contra mí hicieron las familias de los que habían sido ejecutados o castigados de mi orden, las correspondencias que me habían interceptado, y el oficio original que pasé al Virrey de Lima, en 29 de agosto de 1812, formaron con estos documentos el proceso contra mí, y procedió a tomarme la confesión.

Fijó el Fiscal su atención en el contenido de mi correspondencia por las expresiones duras y sangui­narias que manifestaba en mi contestación a [Antonio] Pareja del 6 de mayo de 1813; en la que di a [Juan Francisco] Sánchez el 10 de agosto del mismo año; en el oficio a [al Virrey Fernando de] Abascal; en los diecinueve ahorcados en Concepción y en cuanta providencia había tomado con los enemigos de la causa de la libertad. A todo satisfice sin disculparme, y confesando que había obrado así porque era justo y necesario para sostener la libertad; siguió preguntán­dome el Fiscal ¿por qué me había perseguido tan tenazmente el Gobierno? Respondí que yo había desem­peñado fielmente las comisiones que se me habían confiado, pero que componiéndose el Gobierno de individuos unidos a una facción que varias veces había empuñado puñales para asesinarnos, había encontrado, en los apuros de defender a Chile de los invasores, una ocasión favorable para destruirnos. Instó por averiguar las fuerzas con que podía contar el reino para su defensa, y me mantuve firme en cuanto sobre el particular había dicho a Gaínza. Acabada la confesión me hicieron que nombrase un defensor entre los oficiales de la guarnición y elegí al Capitán don Juan de Dios Campillo. Seis u ocho días empleó Ballesteros en esta confesión; se comportó durante ellos como un caballero, y me hizo ofertas que, si eran de corazón, no hay duda que era digno de no estar entre aquella canalla. Mi defensor tuvo que sentir por haberme mandado de obsequio un poco de dulce, algunos panecillos y unos frascos de aloja; y el oficial de guardia, que permitió entrasen esta ridícula expresión, estuvo arrestado y expuesto a perder su empleo. A este extremo llegaba la rigidez con que se nos trataba; una vez en la media noche y tres o cuatro en el día, se nos registraban los grillos por el Mayor General, por el oficial de guardia y un armero. Para abrir nuestros calabozos ponían la guardia en armas y calaban bayonetas asestándolas contra la puerta. La comida era registrada y [esto lo] presenciaba el oficial, un Sargento y un Cabo. Se fijó orden facultando al último soldado para avisar al General o tomar por sí providencias cuando el Comandante de la guardia se separase de las instrucciones comunicadas en ella.

Marzo 20 de 1814. Oímos en nuestra prisión un fuego vivísimo, que aunque ignorábamos dónde fuese, suponíamos era en ataque con los nuestros; duró hasta la noche, en la que sentimos gran conmoción en la guarnición. Se destinaron muchas patrullas a contener desertores del ejército que, en partidas y desar­mados, entraban en la plaza a la media noche. Por la conversación de la guardia, que relataba la acción sucedida durante la tarde en el Membrillar, no había duda de la victoria que obtuvo la división nuestra, y si la hubiesen sabido aprovechar, ciertamente que ellos solos habrían salvado a Chile [11] . Mi Asistente José Conde me ha contado después el miserable estado a que se vio reducido Gaínza, y que en toda la noche no alcanzaron a ver reunidos doce hombres. Gaínza al día siguiente, a las 10 de la mañana, no sabía de su división, y se retiró a Cuchacucha donde dijo los esperaba. La carta Nº 78 que escribió [Juan] Mackenna a O’Higgins, da idea de esta acción.

Ayer empeñó el General en Jefe la [acción] que consta de su oficio Nº 79, pasado a la Junta de comisión que dejó en Concepción a su salida. Es solamente extraño que pretenda hacer subir la división atacada a 500 hombres, siendo constante que no tenía más que la mitad. Muchas victorias se proporcionaban pero ninguna se aprovechaba, porque el señor don Bernardo [O’Higgins] y otros, se distraían demasiado.

Marzo 21 de 1814. Gaínza reunió en Cuchacucha ([a] una legua del Membrillar) poco más de 500 hombres. La milicia de caballería de la campaña robó el campamento durante la acción de ayer y se desertó casi toda, dejando a los veteranos llenos de furor porque les llevaban hasta las mochilas y los dejaban desnudos, mojados y apaleados. A las dos de la tarde emprendió su marcha para Chillán el pobre Gaín­za, bastante desengañado de su poder; durmió a la vista de la ciudad.

Marzo 22 de 1814. Gaínza entró en Chillán, encubriendo su descalabro cuanto le fue posible. En la noche llegó el Capitán don Venancio Escanilla, Ayudante del General O’Higgins, con oficio de éste pregun­tando en él si era cierto que estaban con grillos los oficiales prisioneros. Gaínza contestó con toda la fal­sedad de su carácter, asegurándole que no había tal y que sabía el modo como se trataban [trataba a] los oficiales prisioneros. Quedó muy satisfecho O’Higgins, a pesar [de] que todos los soldados pasados y prisioneros juraban y afirmaban que estábamos cargados de grillos. Como no los sufría el majadero, creyó con facilidad.

Marzo 23 de 1814. En la tarde me visitó [visitaron] el Secretario Fray Juan Almirall y el Ayudante Tavira. No me causó admiración esta visita porque conocí el objeto a que se dirigía. El padre procuró endulzar mis trabajos con expresiones lisonjeras, atribuyendo mis grillos y la demasiada estrictez de [José] Berganza, a que era un mal educado y un bárbaro.

No con mucho rodeo cayeron sobre la conversación que deseaban; me preguntaron qué juzgaba del movimiento que se observaba en el ejército restaurador; díjeles que, ignorando el resultado de la acción, que sabía había sucedido, no podía calcular. Les persuadí a creer que O’Higgins no abandonaría la provin­cia de Concepción de ningún modo y que, después de haber obtenido ventajas sobre el ejército real, era muy puesto en orden que, reuniendo todas sus fuerzas, sitiase a Chillán. Se retiraron mis dos examinadores no muy contentos aunque aparentando confianza.

Marzo 24 de 1814. El ejército restaurador se movió del Membrillar sobre Talca y Gaínza hizo lo mismo por el camino de San Carlos. Los movimientos de ambas fuerzas se ven en el diario de la división auxiliadora, por lo que sería inútil repetirlos.

Marzo 25 de 1814. Este día estaba ya sobre las Quechereguas el cuerpo de reserva, a las órdenes de [Manuel] Blanco [Encalada] (dista catorce leguas de Talca). Las operaciones militares de esta brillante división, que debió haber dado muchas glorias a Chile, están detalladas en el diario Nº 80. No muchos días después de la salida de Gaínza, me llevó el Mayor General de la división de Chillán, don N. Carvallo, el regalo de otro par de grillos más pesados que los que tenía puestos. Diciéndole yo que si no había modo mejor de quitar la vida, con­testó que era mandado; lo mismo hicieron con Luis [Carrera] a pretexto (según supe después) de ser necesario para asegurar nuestras personas. El pícaro de Berganza quería acabarnos al rigor de las prisiones.

A las pocas horas de habernos puesto la segunda barra de grillos, como a las doce de la noche, llegó para aumentar nuestra desesperación la infausta noticia de haber sido derrotada la división de reserva por una pequeña fuerza a las órdenes de Olate, Coronel del ejército realista. Salvas de artillería, repiques y vivas al Rey anunciaron esta nueva desgracia, tanto más satisfactoria para los piratas, porque creían que, corres­pondiendo al buen éxito sobre el todo del ejército restaurador [12] , bastaban 400 hombres para aca­barlo, puesto que 200 habían destruido [a] más de 1.000.

Ya perdíamos toda esperanza de libertad, y se nos insinuó que muy pronto seríamos remitidos a Lima. El Ayudante Tavira salió para aquel destino con pliegos de Gaínza, anunciando triunfo, que probaba en haber avanzado a Talca; no dejaba de temer los ulteriores progresos del ejército restaurador, pero él era demasiado advertido para aprovecharse, con esta sorpresa, del grado de Mariscal de Campo [13] .

La retirada de O’Higgins a las Quechereguas, dejando la Concepción con escasa guarnición, a 100 leguas de distancia, y con fuerzas enemigas intermedias, me hizo sentir su pérdida antes de suceder. Cuando O’Higgins vio que debía abandonar la provincia, por necesidad o capricho, ¿qué se figuraría en su cabeza que adelantaba con deshacerse de hombres aguerridos para dejarlos guarneciendo una ciudad pobre, sin víveres, sin armamento y sin cosa alguna que pudiese interesarle? Todo lo atribuyo a precisión de nuestro desgraciado destino. Es constante, y a nadie se oculta, que unida al ejército aquella valiente y entusiasta división, el enemigo habría sido destrozado en todas partes, al momento de alcanzarlo. Concepción fue rendida el 17 de abril, en los términos que se ve en el diario de aquella ciudad, desde el 4 de marzo. Nue­vos repiques, salvas y vivas al Rey, anunciaron en Chillán el nuevo triunfo. Según veía las cosas, no dudaba que, en poco tiempo más se aparecería O’Higgins y todo el ejército restaurador, prisionero; lo menos que esperábamos era morir ahorcados en la plaza, y según supe después de las capitulaciones, no se nos habría remitido a Lima para hacer un escarmiento imponente, para el caso que hubiesen prosperado y triunfado las armas del Rey; no he podido hasta hoy satisfacer la curiosidad que me causó ver en la causa que me siguieron el oficio original que pasé al Virrey en 1812. Para mí, las órdenes que trajo Gaínza fue [fueron] de horca, y no lo ejecutó de [por] miedo.

Abril 14 de 1814. [Juan] Mackenna escribe y dice a O’Higgins, que Juan José Carrera había desafiado a [Francisco de la] Lastra, porque no había mostrado interés en el canje de sus hermanos.

Lastra hizo, por esta causa, poner cañones en la plaza e iluminar la ciudad por algunas noches [14] . Salieron partidas de tropas a apresar a Carrera, y como no pudieron conseguirlo, se valió el Director de mi padre [15] para que lo obligue a pasar a Mendoza, lo que verificó don Juan inmediatamente.

Abril 16 de 1814. En carta que de [desde] Santiago escribe [Juan] Mackenna a O’Higgins, habla contra el Comandante interino de Granaderos, don Enrique Campino, tratándolo de insolente e ingrato. Recomienda para Comandante a don Rafael Bascuñán.

El Director Lastra oficia a O’Higgins, admirando su paciencia y mansedumbre en tolerar a don Mar­cos Balcarce y al Comandante Campino. El primero trató de retirarse con los auxiliares de Buenos Aires, dejando [a] nuestro ejército al frente del enemigo, y el segundo cometió todos los excesos que manifiesta el parte de O’Higgins a Lastra, [documento Nº 82]. Balcarce obtuvo permiso para retirarse solo, dejando el mando de los auxiliares a su Sargento Mayor don Juan Gregorio Las Heras, y lo verificó muy deprisa hasta Mendoza. Campino fue juzgado en un consejo de guerra y remitido a un castillo por seis meses. Lastra aconsejaba a O’Higgins que en tales casos no se detuviese en el último castigo, hasta en los jefes de mayor graduación; el oficio tiene la calidad de reservado.

Abril 19 de 1814. Carta de [Juan] Mackenna a O’Higgins anuncia la llegada del Comodoro inglés [James] Hilliar y dice que las primeras proposiciones que hizo a nombre del Virrey fueron inadmisibles; pero que en vista [de] que el ejército restaurador estaba en caso de dar y no recibir la ley, había admitido otras a nombre del mismo Virrey, de quien traía poderes para ello. La base del tratado era que Gaínza y sus tropas evacuaran el reino, 2ª, que el Gobierno, en cuanto a su poder y facultades, se pondría bajo el pie que estaba cuando fue reconocido por la Regencia, nombrando diputados que fuesen a España a componer las diferencias. Se­guía su cartita Mackenna así: “Refuerzo viene a Lima. España está libre de los franceses, como también la Holanda, y Bonaparte, derrotado, está ceñido a la antigua Francia. Amigo, es preciso obrar según las cir­cunstancias, y mayormente en vista de la ninguna protección que nos dispensa la Inglaterra; todo es preci­so reservarlo y sólo decir al ejército que el inglés de quien se ha valido el Virrey nos ruega a su nombre con la paz”.

Abril 20 de 1814. El Director [Lastra] dice a O’Higgins [que] no le parece a propósito Bascuñán para Comandante de Granaderos. Le pide destruya el cuerpo y embeba [distribuya] la tropa en todo el ejército.

Con fecha de ayer 19 oficia el Director, unido al Senado, a O’Higgins, en los términos que manifies­ta el [documento Nº 83]. No hacía mucho tiempo que los Carreras eran tenidos por sarracenos, y en esta ocasión se dis­culpan con nosotros por los pasos que habíamos dado hacia la libertad e independencia de Chile.

O’Higgins y [Juan] Mackenna son agraciados con los despachos de brigadieres.

Abril 28 de 1814. Salió el ejército de Quechereguas, con ánimo de empezar las hostilidades.

Abril 29 de 1814. Estuvo [el ejército] en los montes de Guajardo.

Abril 30 de 1814. Se puso [el ejército] sobre Pelarco, a unas cinco leguas de Talca.

Mayo 5 de 1814. El Supremo Director convocó a su sala de despacho al Senado [16] , e hizo leer a su presencia los pliegos de [los] tratados hechos a consecuencia del acuerdo del 19 del anterior, por el General del ejército realista, don Gabino Gaínza, y el General en Jefe del de Chile, don Bernardo O’Higgins, y Cuartel Maestre Brigadier don Juan Mackenna, plenipotenciarios nombrados para este efecto en dicho acuerdo, y el contexto de aquellos pliegos es el que se señala con el [documento Nº 85]. En el mismo número está la ratificación del Gobierno y la aprobación de Gaínza.

Gaínza en carta de este día, dice a O’Higgins, vamos a hablar y a entendernos reservadamente para que todo se allane [17] . Se niega a dar en [como] rehenes a Pinal y a Montoya, ofreciendo que escogiesen entre Lantaño, Olate, Díaz, Vargas y Hurtado. Cinco preciosos bultos de los que el que no era traidor a su patria, le servía de embarazo a Gaínza. Véanse su carta señalada con el [documento Nº 86] y la contestación de O’Higgins, entregándose a su buena fe y dejando la elección de los rehenes a su arbitrio.

Se queja Gaínza a O’Higgins por el abandono en que lo habían dejado todos desde el día en que se anunció su retirada a Talca [18] . Véase su carta [documento Nº 87].

Si no me engaño, la carta de Lastra a O’Higgins, [documento Nº 88], que tiene la calidad de reservada, contiene la orden de asesinarnos a los dos hermanos presos en Chillán.

O’Higgins, que no estaba distante de arruinar a los que le habían sido fieles amigos, y a los que le dieron más crédito del que merecía, ofició a Lastra como consta del [documento Nº 89].

Mayo 10 de 1814. A las siete de la mañana mandó el Gobernador a Chillán a don Luis Urrejola [para] que se nos quitasen los grillos, y nos manifestó una orden de Gaínza para que continuásemos arrestados para ser conducidos a Talcahuano [19] . Todos los demás prisioneros fueron puestos en libertad, y se publicaron las capitulaciones. Los prisioneros, los vecinos de Chillán y muchos oficiales del ejército real, pasaron a visitar­nos. Entre éstos se presentó un italiano, a quien persuadí para que convenciese a Urrejola de que debía dejarnos salir a casa de la intendenta, bajo nuestra palabra de honor.

No tardó el italiano en conseguir lo que pidió. Una orden por escrito de Urrejola nos dio puerta fran­ca, y la guardia quedó para cuidar nuestros aposentos. Más de 300 de los soldados prisioneros del ejército restaurador salieron de la cárcel de Chillán, desnudos y sin un real para comer; aquel Gobernador no quiso socorrerlos; nuestros plenipotenciarios O’Higgins y [Juan] Mackenna no se acordaron de tantos beneméritos de la patria, que sabían estaban reducidos a toda clase de necesidad. Algunos oficiales prisione­ros, contenidos [individualizados] en el [documento Nº 90], salieron para Talca en este mismo día; yo y mi hermano pasamos casi toda la noche en casa de la intendenta. Es imponderable lo que debí durante mi prisión a esta buena señora y a su generosa hija. Nos auxilió con dinero, con ropa y cooperó en gran parte a nuestra libertad, de lo que trataba aún antes de la capitulación.

Mayo 11 de 1814. Mi defensor, don Juan de Dios Campillo, me prestó 50 pesos y el patriota don Salvador Contreras, 200 pesos. Junté 500 pesos, y con este dinero me resolví a reunir todos los soldados prisioneros para mandarlos a Talca, a las órdenes de oficiales que los socorriesen y protegiesen, evitando de este modo los excesos que hubieran cometido si hubiesen verificado su camino solos y sin diarios. Los entregué por lista al Teniente de Dragones don Judas Contreras, dándole por su segundo al Sargento Jacotar y les mandé que los socorriesen con dos pesos a cada uno, haciéndolos caminar rápidamente hasta poner­los a las órdenes de O’Higgins. Causó recelos al Gobernador esta conducta, y en la noche puso sobre las ar­mas [a] la guarnición. El Subdelegado, don José María Arriagada, hizo cuanto pudo para que nos apresasen otra vez, pero la intendenta lo estorbó. Esta me proporcionó [facilitó] que hablase con el Auditor de Guerra don Jo­sé Antonio Rodríguez [Aldea], quien me dijo que, si no lográbamos escapar, seríamos remitidos a Lima, y que viese [cuidase] de no pasar por Talca porque peligraban nuestras vidas; me contó cuanto había oído en mi contra durante las capitulaciones, y añadió que [Juan] Mackenna era el peor. Tal relación me decidió que fugásemos, para lo que don José Riquelme, marido de doña Dolores Lantaño, fue advertido de aprontar caballos y mozos para el día siguiente.

El Director [Lastra] veía ya el desagrado que causaban las capitulaciones, y, por choques escandalosos de los patriotas con los realistas que sucedieron en la capital, se vio en la necesidad de publicar el bando Nº 91. En la retreta hubo un tumulto y se batieron algunos a palos. Unos victoreaban al Rey, otros, a la patria. Lastra vivía contento y no pensaba más que en disfrutar el empleo y lucir la banda.

El Director mandó por su decreto de este día, [documento Nº 92], quitar la escarapela tricolor y reponer la encarnada. No se acordaba este miserable que, siendo Gobernador de Valparaíso, cuando recibió la noticia de la victoria de San Carlos, mandó arrastrar a su antojo la bandera real, sustituyendo la tricolor. El Gobierno, en tiempo de mi mando, cambió la escarapela; pero el de [José Miguel] Infante fue el que mandó la bandera [20] como lo manifiesta su decreto de 13 de junio de 1813, publicado en el Monitor [Araucano] del 15. Algunos días antes mandó él [Lastra] arrastrar la bandera del castillo de Valparaíso, él que me dice arbitrario y autor de la guerra.

Para descuidar al Gobernador, y para escapar con más facilidad en la noche, fuimos a visitarlo como a los demás jefes; esta atención los obligó a disimular el que hubiésemos adelantado nuestra libertad más de lo que se nos permitía. En la tarde salimos a visitar, con permiso del Mayor General, a doña Mercedes Mardones, de [desde] cuya casa se nos asistió, [durante] parte de nuestra [permanencia en] prisión. Con esta proporción nos pasamos a casa de Ri­quelme, de [desde] la que, estando todo dispuesto, nos escapamos a las ocho de la noche, mediante la buena di­versión que hizo al Mayor General la señora intendenta, quien me proporcionó un par de pistolas. Presen­ciaron nuestra fuga porción de patriotas que se reunieron en casa de Riquelme, para figurar una diversión o baile, a fin de hacer más segura la salida. A las ocho de la noche montamos a caballo, acompañados del Teniente don Manuel Jordán, del Sargento de Dragones, Pedro López, de un soldado artillero y de un hua­so para guiarnos. La noche era oscura y lluviosa; perdimos muy luego el camino y nos costó bastante en­contrar el vado del [río] Ñuble, por donde pasamos. A poco andar, el ruido de unos arrieros que cuidaban sus mulas, obligaron [impulsó] a arrancar al guía que creyó era el enemigo; nos dejó aquel maldito huaso perdidos y sin sa­ber por dónde podíamos seguir para siquiera alejarnos de peligros. Una vieja nos mostró donde podíamos encontrar quien nos guiase. Sacamos de allí [a] un muchacho que nos condujo a Panguilemu, hacienda de don Pedro Benavente.

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