Diario Militar de José Miguel Carrera: Capítulo X. 23 de Julio de 1814 - 4 de Septiembre de 1814

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X. Golpe de Estado. Enfrentamiento militar y reconciliación con O’Higgins ante la llegada de una nueva fuerza realista.


Julio 23 de 1814. A las tres de la mañana se resolvió, debía ejecutarse la revolución [1] . Arenas fran­queaba el cuartel de Artillería, el Alférez Toledo el de Granaderos y el Teniente don Toribio Rivera el de Dragones. Para posesionarse de ellos se encargaron los sujetos siguientes: el cura Uribe, con mi partida, a la Artillería; don Miguel Ureta a los Granaderos; para los Dragones, el mismo don Toribio Rivera, de acuerdo con su hermano don Juan de Dios, que los mandaba. Todo se ejecutó completamente; la actividad y decisión de Uribe lo allanaba todo. Se sacaron cañones a la plaza y se colocaron en las bocacalles soste­nidos por infantería. Se pusieron en arresto: al Comandante Ugarte, de Artillería, a Picarte y a uno que otro sospechoso. La tropa estaba descontenta porque no me presentaba, y fue de necesidad que, sin aten­der a mi salud, me marchase al momento a [hacia] la plaza. Rivera, el Comandante, rehusaba, por temor o por política, que saliesen los Dragones a la plaza; pero a un fuerte recado mío, accedió. Al presentarme en la plaza, la tropa manifestó el mayor regocijo. El Director [Lastra] fue conducido al cuerpo de guardia con una escol­ta a las órdenes de don Francisco Cuevas. Don Manuel Cuevas y don Juan de Dios Ureta con 25 fusileros fueron a asegurar a [Antonio José de] Irisarri y [a Juan] Mackenna; el primero apareció en un albañal y el segundo en un pajar; al presentar [presentarse a] los reos, la tropa y la concurrencia manifestaba[n] el mayor entusiasmo y algunos menos generosos pedían sus cabezas. Mandé al cuartel de Voluntarios para que se pusiese en libertad a Luis [Carrera]; no obedeció el Comandante Plata y apresó al oficial conductor de la orden. Para evitar toda efusión de sangre, hice que el mismo Lastra firmase la orden, y con este frívolo pretexto quedaron libres Luis, don Manuel Muñoz y varios subalternos de este cuartel y del de los auxiliares de Buenos Aires. Luego que Luis estuvo libre, le di orden para que fuese a traer el batallón de Voluntarios, orden que admitió gustosísimo aquel cuerpo que poco antes lo custodiaba como reo. Don Domingo Arteaga se empleó en reunir el batallón de Infantes de la Patria, y en la noche estuvo acuartelado. Luego que se juntó el pueblo, se trató de la reelec­ción [elección] de [del nuevo] Gobierno, adoptando el de la Junta. Eligió para ella a don Julián Uribe, a don Manuel Muñoz y a mí. A las doce del día prestamos el juramento ante todas las corporaciones. Ellas nos felicitaron y aparen­taron contento, sin duda porque fui obediente al llamado que el día 22 me hizo la comisión de la causa de Luis a edictos y pregones. Mackenna, [Antonio José de] Irisarri, Vargas y todos los presos, recibieron un trato generoso, no estuvieron incomunicados y se les hizo entender que aquella prisión era por mera seguridad.

Concluyó el trabajo de este día con la satisfacción de ver restablecida la tranquilidad, aumentada la fuerza y al pueblo muy satisfecho de cuanto se había practicado. El Director [Lastra] quedó arrestado en su casa, bajo su palabra de honor, para que cuidase a su mujer que estaba indispuesta. ¿Qué habría hecho Lastra conmigo si hubiese sucedido lo contrario?

Encontramos al erario con sólo 1.000 pesos, las tropas desnudas, sin pagar; el armamento enteramente destruido, la artillería abandonada, los cuarteles inmundos y destruidos, la subordinación por los suelos y todo al igual.

La fuerza que encontré en los cuarteles no pasaba de 600 hombres en todo, y el armamento bueno no pasaba de 200 fusiles.

Julio 24 de 1814. Situé guardias en las angosturas de Paine y de Chada, relevando [a] las que había anteriormente.

La partida de Vidal, que empleó toda la mañana de ayer en buscarme en San Miguel, y en sacarme de las haciendas todos los caballos y quitar hasta las escopetas de caza, me dio a mí parte de que no se me había podido encontrar, y me entregó el oficio-orden de Lastra, que le dio al tiempo de salir en mi busca. Muerto o vivo debía tomarme. No importa, ya los tenía a todos en mis manos, enseñándoles a tratar hom­bres y no a sacrificarles cuando no había justicia.

Se nombró Gobernador de Valparaíso al Coronel don Javier Videla, y para secretarios del Gobierno superior a don Bernardo [de] Vera y a don Carlos Rodríguez. Videla salió inmediatamente a tomar posesión de su empleo.

Julio 25 de 1814. El Teniente Coronel don Diego J[osé] Benavente salió con pliegos para el ejército y para Gaínza; los primeros contenían la orden para que se reconociese al nuevo Gobierno, y protestas de unión y amistad, ofreciendo refuerzos de consideración a O’Higgins para empezar las hostilidades en el caso de que Gaínza no se retirase inmediatamente; los segundos a Gaínza eran terminantísimos para que eligiese entre la pronta evacuación de Chile o la más sangrienta guerra.

Se circuló a los pueblos el manifiesto Nº 101, y el reconocimiento del nuevo Gobierno fue tan libre como completo. Talca, ese pueblo centro del sarracenismo, se negó por esta razón o porque el ejército, o más bien O’Higgins, lo dispuso así.

Irisarri me mandó desde su arresto la carta más graciosa que se puede ver. Se acabó el orgullo del Gobernador Intendente; sólo pensaba en confesarse y en pedirme perdón. ¡Infame! Creyó que yo era capaz de ejecutar con él lo que quiso hacer con los Carreras.

Julio 26 de 1814. Ignorante O’Higgins de la mutación de Gobierno en la capital, pasó a Lastra el oficio Nº 102. Éste es el mejor documento para hacerle a O’Higgins cargos incontestables por su posterior conducta. Sabía ya a esta fecha [de] las intenciones de Gaínza, la hostilidad que hacía a los patriotas, y miraba con sangre fría la devastación de la provincia de Concepción. ¡Con qué furia clama en su oficio por la des­trucción de los enemigos de América! Veremos si corresponden los hechos.

Julio 27 de 1814. Se presentaban desertores en partidas, y la fuerza tomaba un aumento considerable.

Julio 28 de 1814. Se difundió la noticia en Santiago de haberse negado Valparaíso al reconocimien­to del nuevo Gobierno, y no era de extrañar siendo don Francisco Formas el Gobernador, y teniendo a su lado a don Fernando Urízar, a Campino y a Prats. En el momento se le pasó a Formas el oficio Nº 103, y don Luis Carrera fue nombrado Comandante General de la división que debía sujetar a aquellos locos. Cons­taba de 900 hombres y su marcha iba a verificarse el 29. Las instrucciones dadas a este jefe son las del [documento Nº 104]. Felizmente concluyó todo. El pueblo de Valparaíso se opuso decididamente a la descabellada empresa de Formas, y recibió al nuevo Gobernador con demostraciones de alegría y reconoció gustosísimo al nuevo Gobierno superior. Formas, [y los] señores Urízar, Prats y Campino se escaparon con el ánimo de unirse a O’Higgins o de pasar la cordillera. Al marcharse robaron las alhajas de la iglesia de Juan Fernández, las herramientas de aquella plaza [2] , los fondos de las tropas y alguna porción de pesos de la tesorería. Se alojaron estos buenos muchachos cerca de Santiago, en la chacra de Prats, a donde mandé a sorprenderlos [a] una partida de Dragones a las órdenes de don Toribio Rivera. Les quitó este oficial los caballos, sus armas y ropa; pero ellos escaparon por las paredes. Persuadidos de que serían tratados sin rigor y temerosos de ser apresados por las partidas si seguían la fuga, se presentaron todos ellos y fueron arrestados.

Llegó a Talca don Diego Benavente y entregó a O’Higgins los pliegos. O’Higgins tenía alguna noticia, porque al llegar Benavente encontró a una guardia que detenía a todos los que iban de [desde] Santiago. Se citó en el instante a la Junta de Guerra, a todos los jefes y capitanes de todos los cuerpos del ejército. Reunida la Junta, determinó no reconocer al nuevo Gobierno, y lo menos que se oyó de aquellos vocales fue que yo era un traidor a la patria, como lo había manifestado por bando el Director [Lastra]. Llamaron después a [Diego] Benaven­te y le hicieron entregar, por fuerza, los pliegos que conducía para Gaínza. Benavente declaró ante aquella asamblea que sólo por la fuerza los entregaba. O’Higgins le dijo que se había acordado no reconocer al nuevo Gobierno y que podía volverse. Benavente les advirtió el modo legítimo con que había sido elegido el Gobierno, para que no alegasen después ignorancia. Se le contestó que todo estaba bueno, y que podía marcharse. Salía Benavente cuando se le acercó el Capitán don Pedro Nolasco Astorga a intimarle arresto a nombre de O’Higgins. Obedeció y fue puesto preso con centinela de vista en uno de los cuartos de la casa de O’Higgins, temiendo mandarlo a un cuartel, porque las tropas no eran de su devoción.

El Gobierno mandó construir [confeccionar] 4.000 mil vestuarios e igual número de fornituras, porque las tropas estaban enteramente desnudas, y cargaban las municiones en los bolsillos o en el seno. Se dio orden para alistar [enlistar a] los inválidos, socorrerlos y vestirlos.

La memoria del estado miserable a que se veían reducidos aquellos mártires de la patria, manifiesta la indolencia de los jefes que acabaron [que habían sido cesados en sus cargos].

Julio 29 de 1814. Hubo en Talca Cabildo abierto, compuesto de don Vicente Cruz y toda su fami­lia, de los Zapatas, Concha, etc., etc. De los mismos a quienes mandé presos a Santiago por sarracenos, cuando organicé el ejército para resistir a Pareja; de los mismos que, habiendo sido puestos en libertad por el Gobierno de [José Miguel] Infante, ayudaron [a] que Gaínza se posesionase de Talca con la división de Elorriaga. Se vieron en aquella época hechos de esta malvada familia, que no podían pagarlos ni en la horca. Don Vicente Cruz publicó una proclama enérgica en favor de los tiranos, y un hijo de éste atacó la plaza unido a la división de Elorriaga, matando o haciendo matar al inmortal oficial de artillería don Marcos Gamero, hermano del digno Gamero que murió en Chillán el 3 de agosto [de 1813]. A estos hombres, que debían estar olvidados tiempo ha, se les oyó dictar nuestra ruina y la de Chile con un placer extraordinario.

Dijeron, pues, los malvados de Talca (malvados que fueron tolerados después de recuperada Talca sólo porque crearon un expósito de la facción destructora) que no debía reconocerse al Gobierno, y que las tropas saliesen luego para la capital, para cuyos gastos levantaron un empréstito de 14 a 16 mil pesos. Pidieron igualmente que se asegurasen las personas de todos los partidarios de los Carreras y se le remitiesen a Gaínza para que los premiase, debiendo estar el ejército seguro de que, dado este paso, auxiliaría Gaínza con cuanto se le pidiese. Yo lo creo y me honro de la buena disposición de Gaínza y de los talqui­nos contra los carrerinos y Carreras. Hubo nueva Junta de Guerra en la tarde, y se resolvió que saliese el ejército para Santiago el 31. Don Enrique Larenas, Comandante del batallón de Auxiliares, don Domingo Valdés, Comandante de Artillería, y los capitanes don Enrique Lasalle y don Manuel Astorga, dijeron que debía ponerse en estrecha prisión a los secuaces de los tiranos Carreras. Se trató de la prisión de todos los Benaventes; así se verificó con don Manuel, pero a don José María le permitió O’Higgins se retirase a la ha­cienda de Cumpeo ([ubicada a] siete leguas al norte de Talca) bajo su palabra de honor. Este hecho prueba claramente que la reunión de O’Higgins era de pícaros y que no podía tolerar a ninguno que pensase con honor. Exa­minemos imparcialmente si don José María era el único jefe de honor que había en el ejército.

Larenas, Alcázar, los traidores Valdeses y Bascuñán eran los jefes de los otros cuerpos; basta nom­brarlos para probar que digo verdad.

Antes de salir don José María para su destino, habló con O’Higgins, quien le pidió que me escribiese intimándome con la revolución de los oficiales del ejército, que no querían otra composición que la de ver nombrado un Gobierno por el pueblo, es decir, por los Larraínes, para que después de instalado legítimamente, garantizase a todos los oficiales comprometidos. Pineda dijo al mismo Benavente que los Carreras habían hecho su deber, porque se les perseguía tenazmente, no habiendo una autoridad legítima que pudie­se juzgarles, añadiendo en su discurso cuanto se le antojó en favor nuestro.

En la noche se desertaron del ejército, temerosos de que se llevase adelante el proyecto de remitir a Gaínza a todos los carrerinos, don Juan Felipe Cárdenas, don Juan de Dios Martínez, don Rafael Freire, don Ramón Novoa y don Gregorio Serrano. Lo mismo empezó a hacer la tropa y algunos otros oficiales de varios puntos. El Sargento González y el distinguido Caro, que estaban en la boca del [río] Mataquito, arresta­ron a su oficial y se vinieron a Santiago con la partida de 20 Dragones; el oficial era don Pedro Reyes, a quien dejaron libre por sus muchas lágrimas.

Julio 30 de 1814. Me escribe [José María] Benavente desde Cumpeo la carta que le encargó O’Higgins, y en una reservada me advierte el verdadero estado de las cosas. El conductor fue don Manuel Pinto.

Agosto 1º de 1814. Para que la construcción [confección] de vestuarios no presentase el desorden establecido por [el Director] Lastra, se dictó un decreto por el Gobierno, que contenía el reglamento por el que debían dirigirse los comisionados.

Contesté a [José María] Benavente sus cartas hablándole, en la que debía mostrar a O’Higgins, con bastante energía.

El Gobierno ofició al diputado [José Miguel] Infante cerca del Director de Buenos Aires, por extraordinario, para que hiciese esfuerzo para sacar siquiera 500 fusiles; en el oficio al Director [de Buenos Aires] se le pedían 1.000 y alguna pólvora. Al Cónsul Poinsett también se le pasó oficio para que influyese en el despacho favorable, dándole igualmente una satisfacción, a que era acreedor, por los insultos que recibió antes de su salida de Santiago.

Don Domingo Luco (de quien hablé el [en la anotación correspondiente al] 7 de marzo de este año) llegó a Talca con pliegos de Gaínza a O’Higgins; se ignora el contenido de ellos. Lo que se sabe de cierto es que Luco tenía sobre sí la nota de un traidor; luego que entregó los pliegos, se fue a pasear libremente por el pueblo y se alojó donde le pare­ció. Durante su permanencia en Talca, se acompañó con su hermano don Joaquín, que era oficial de Vo­luntarios, y se pudo fugar de Santiago después de la revolución. ¡Qué no hablaría con su hermano! Son por cierto de buena familia y de buenas propiedades para mirarlos con tanta confianza. O’Higgins disponía del Estado como de un trasto inservible.

Se le volvió a oficiar a O’Higgins por el Gobierno, representándole los males que causaría al Estado la guerra civil que iba a envolverlo; que se detuviese, que nos escuchásemos y que todo concluyese amistosa­mente; se le hacía responsable de los males, y se le recordaba la época en que le entregué el mando del ejército, de orden de un Gobierno ilegítimo, contra la voluntad de toda la oficialidad, del ejército entero y no menos contra la de la Junta de Concepción y la de los pueblos, estimulado solamente del bien de Chile, y del deseo de ver sus armas triunfantes de las realistas.

Agosto 2 de 1814. Era preciso deshacerse de muchos facciosos, cuya tenacidad y bajeza nos obligaron alguna vez a derramar sangre. Su permanencia en Chile era perjudicial a ellos, al sistema y a noso­tros. El Gobierno remitió a Mendoza, a disposición de aquel Gobernador [3] , al Brigadier [Juan] Mackenna, don Antonio [José de] Irisarri, don Pablo Vargas, don José Antonio y don Domingo Huici, don Fernando Urízar y don Francisco Formas; a Mackenna se le dejó el sueldo; el oficio que pasé al Gobernador [José de] San Martín prueba la generosidad con que fueron tratados estos acérrimos enemigos de la quietud, y de una porción de hombres que, con repetidos ejemplos, procuraron enseñarles a ser caballeros y amantes de su país. Otros de la misma facción fueron destinados a las haciendas del norte, don Joaquín Larraín, don Francisco Vicuña, don José Santos Pérez, don Antonio y don Juan de Dios Urrutia. El manifiesto del Gobierno del 2 de agosto lo señalo con el [documento Nº 105], para que se conozca la libertad con que se procedía.

Agosto 3 de 1814. Se había ya recibido el reconocimiento de todos los pueblos del sur y de casi todos los del norte.

El Coronel don Rafael Eugenio Muñoz fue destinado a reunir su regimiento en el partido de San Fernando, para formar con él, el regimiento de Rancagua y alguna tropa veterana, la vanguardia de las fuer­zas que debían oponerse a O’Higgins [4] .

Agosto 4 de 1814. Cuando el Gobierno ofició a O’Higgins, el día primero, ofició también a don Juan José Pasos, diputado de Buenos Aires, mediando en las desavenencias. Querría que el señor Cucara­cha dijese, con qué permiso, por qué conducto, y con cuál intención remitió a O’Higgins la carta Nº 106. Si por buscar la composición, no; por más que dice en su oficio, es de creer que no fuese con otro objeto que advertirle que no tomarían parte los auxiliares de Buenos Aires para que marchase más animoso. Se parece esta carta al oficio que me pasó Balcarce a Concepción, cuando después de tres meses perdió la esperanza de mandar el ejército. Cucaracha ha sido, es y será malo; si [yo] estuviese en Chile podría probarle hasta la evi­dencia que intrigó contra el Gobierno y cooperó a la guerra civil [5] .

Agosto 6 de 1814. Deseoso el Gobierno de evitar toda efusión de sangre y de contener a O’Higgins para que no abandonase las fuertes posiciones del [río] Maule, en circunstancias de estar completamente des­truidas las capitulaciones [6] , citó al pueblo de Santiago, que se reunió en número crecido y disfrutó de la libertad a que no estaba acostumbrado. Hubo pasajes indignos de recordarse. Resultó por fin de aquella se­sión una división sobre si debían ser o no los dos diputados que salían para contener a O’Higgins, don Juan Jo­sé Echeverría y don Silvestre Lazo, o don Antonio Hermida y don Ambrosio Rodríguez; para evitar confu­siones, se dispuso que los que quisiesen a los dos primeros fuesen a firmar al Cabildo, y los que a los dos segundos, lo verificasen en la sala de Gobierno. Se ejecutó así, y resultó que por los segundos hubo cuá­druple votación. El Cabildo, que se componía en su mayor parte de la facción que acababa de destruirse siendo que no tenía firmas, mandó a una porción de larrainistas a recogerlas con diferentes pliegos por los bodegones y tiendas. Se dio parte al Gobierno de este escandaloso y criminal procedimiento, y mandó que se pusiese una guardia a la puerta del Cabildo para que no se dejase salir a nadie hasta que se concluyese la suscripción, y un oficial, por orden del Gobierno, a presenciarla. Concluida que fue pasó con ella al Gobierno una diputación compuesta de don Juan José Echeverría y el Conde de Quinta Alegre; examinada, conoció el Gobierno que habían recogido firmas, y reprendió por esto a los cabildantes.

El Coronel de las Provincias Unidas, don Santiago Carrera [7] que había tomado una parte activa en la facción de los Larraínes, se presentó en la sala de Gobierno diciéndose representante del pueblo, por no sé qué nombramiento que obtuvo de cuatro de sus amigos; el Gobierno lo reprendió y lo hizo retirarse. No se contentó con eso y se fue a la sala de Cabildo, para la que [a la que] arrastró [a] algunos niños con que tenía amis­tad, y por toda la noche [estuvo] intrigando y expresándose escandalosamente contra el Gobierno, quien orientado de todo, lo hizo salir para que pasase la cordillera, y ofició a su Gobierno dándole parte de la con­ducta de tan mal oficial.

Agosto 7 de 1814. Se presentó al Gobierno don Santiago Carrera solicitando, por amistad, que se le dejase en Chile y no se le desairase remitiéndolo a su Gobierno; nada alcanzó; pero se le dieron cuatro meses de sueldo adelantados, para él y dos asistentes, y trescientos pesos para costas del viaje.

Carta de un ayudante de O’Higgins a mí desde Talca, dice lo siguiente:

“Hoy llegó un mozo de Cau­quenes, y dice: que al General Gaínza lo tienen preso en Chillán con centinela de vista, y por una carta que he visto hoy, se sabe que han mandado llamar a Berganza, quien vendrá con toda la tropa que compone la guarnición de Concepción; los cañones y munición caminaron hasta de noche. A Cauquenes llegaron ayer 300 chilotes, y se aguardan 500 que están en marcha para Linares; dicen que estaban en el Parral antes de ayer. Las medidas que se han tomado hasta hoy para contenerlos son ningunas, pues de­biendo salir tropas para el Maule, ha salido hoy el Coronel Alcázar con 250 Dragones y dos piezas de artillería para Curicó; mañana salen los auxiliares, artillería y algunas tropas de infantería de Concepción. Los Dragones y Artilleros van de mala gana. Las disposiciones siguen con calor; veremos las providencias que se tomen para contener al enemigo y se avisará. Don Diego [José] Benavente sigue preso. El Capitán Bustamante debe estar hoy en San Fernando con una guerrilla para contener [a] los desertores y con el mismo objeto don Pedro Reyes en la boca del [río] Mataquito. Entre Granaderos y Nacionales se han desertado 100,  y según veo, no quedará ninguno. Dicen que quedarán aquí los cuerpos de Granaderos y Nacionales, otros dicen que irán. Calvo Encalada debe asegurarse, porque ofrece a O’Higgins dinero y caballos.

“P.D. Somos 8 a las siete de la noche. Llegó un mozo que mandé a Chillán y dice que Gaínza está libre y que ayer dejó pasando el [río] Ñuble, a 300 valdivianos al mando de Elorriaga, con el ob­jeto de situarse entre los vados de Bobadilla y Duao en el río Maule. Una guerrilla enemiga ha llegado hasta Villavicencio y ha barrido toda la campaña. Varios soldados nuestros, que venían de Concepción, han sido detenidos por el enemigo; a todo es sordo don Bernardo [O'Higgins]; nuestra suerte será infeliz”.

Al marchar el señor Alcázar se presentó el gran O’Higgins con su oficialidad para ver desfilar la tro­pa.

Los vivas a O’Higgins y la muerte a los tiranos Carrera, era la escuela de los oficiales adictos a él. Ani­maron [a] la tropa con una oferta de 25 pesos y medalla de plata a cada soldado, si vencían, y a los oficiales medallas de oro; así lo publicó el día 5 en proclama el señor General, en la que pedía toda resolución para acabar con los tiranos, con los traidores y dar libertad a la capital.

Agosto 8 de 1814. El Capitán don Nicolás García y el Alférez don Felipe Henríquez, salieron de Talca con cuatro piezas de artillería.

Agosto 9 de 1814. Salió de Talca el batallón de auxiliares, al mando de don Enrique Larenas, fuer­te de 400 hombres y 200 infantes de Concepción y pardos.

Agosto 10 de 1814. Salió de Talca el batallón de Granaderos, a las órdenes de don Juan Rafael Bascuñán, fuerte de 470 plazas.

Agosto 11 de 1814. O’Higgins, sabedor o receloso de que don Francisco Calderón, a quien había mandado a la capital con las actas de la Junta de Guerra, habría sido preso en correspondencia de lo que había hecho con don Diego [José] Benavente, llamó a éste de su prisión, y después de hacerle algunas preven­ciones para que impusiese al Gobierno, le dio oficios y le mandó que los condujese inmediatamente a Santiago; le mostró el acta del Cabildo de la noche del 6 que le había remitido el señor Lazo y Echeverría, provocándole a que marchase sobre Santiago con el ejército. Benavente, entre otras muchas reflexiones que hizo a O’Higgins para convencerlo a que no debía dar asenso a la relación de unos hombres compro­metidos en la facción que acababa de destruirse, le manifestó que en los pliegos de firmas se veían blancos de líneas enteras, lo que probaba claramente que las habían recogido por diferentes partes; pero O’Higgins era inflexible a todo lo que no fuese en apoyo de su plan.

Agosto 12 de 1814. Salió O’Higgins a alcanzar [a] las tropas y le siguió el resto de la artillería. Los Na­cionales quedaron enteramente desarmados y no salieron de aquella ciudad hasta que O’Higgins los man­dó retirarse, porque supo que los enemigos iban a posesionarse de ella.

Agosto 14 de 1814. El Teniente don Gregorio Allende salió a reforzar al Coronel Muñoz, que sólo tenía 100 fusileros mandados por don Juan Felipe Cárdenas. Llegó el 15 a Santiago el Teniente Coronel don Diego [José] Benavente.

Agosto 16 de 1814. Llegó a Rancagua Allende, y Cárdenas estaba en las angosturas de Regulemu. Los insurgentes estaban ya en San Fernando. Cuando Alcázar llegó a las riberas del [río] Tinguiririca, ordenó al Cabildo de San Fernando que se aprontaran cuarteles para 2.000 hombres. El Cabildo ofició al instan­te al Supremo Gobierno asegurándole su íntima adhesión y que, si no hacía defensa, era porque juzgaba inútiles los esfuerzos de un pueblo inerme. En Curicó fue lo mismo, y quitó O’Higgins todos los jefes que creyó contrarios, colocando facciosos; esta conducta fue igual en todos los pueblos de su tránsito; de to­dos ellos sacó contribuciones, y a todos los oprimió como quiso. Cuando Benavente estaba con la guerrilla en San Fernando, se interceptó un correo que, de orden de O’Higgins, [iba] hacia a Valparaíso con pliegos para Formas, a quien le encargaba resistiese, mientras se acercaba el ejército a dar felicidad y libertad a to­dos los pueblos.

El Coronel Calderón volvió con contestación a los oficios y actas de O’Higgins; no nos separábamos un momento del deseo de la más pronta conciliación amistosa, y para no perdonar arbitrio, le escribí a O’Higgins la carta Nº 107.

Agosto 17 de 1814. Los diputados Hermida y Rodríguez, desde el momento que salieron de Santiago, no perdieron ocasión de oficiar a O’Higgins para saber si los admitía a desempeñar el encargo del Gobierno y del pueblo; tuvieron algunas contestaciones y en una de ellas dijo O’Higgins que no escuchaba proposiciones de asesinos, que las bayonetas pondrían fin a las calamidades que sufría Chile. Sin embargo, los diputados, animados del deseo de la paz y obligados por las instrucciones del Gobierno, le pasaron este día [un] nuevo oficio pidiéndole que los oyese. Accedió al fin O’Higgins, pero que los recibía como particula­res solamente. Poco importaba que así fuese y, aunque seguros de que serían abochornados, se resolvie­ron a sufrir.

Se retiró Muñoz a lo de Daroc, después que nada pudo alcanzar de Alcázar, a quien ofició para que detuviese su marcha hasta que se entendiesen los diputados con O’Higgins, manifestándoles, a nombre del Gobierno, la necesidad de detener el ejército sus marchas, porque ya era preciso contenerlo con la fuerza. Alcázar, jefe de la vanguardia y precursor de la ignorancia, contestó que tenía orden de alcanzar a la capi­tal y destruir cuanto se le opusiese. Entró a Rancagua O’Higgins con la vanguardia, la división de auxilia­res, infantes de Concepción y Pardos.

Juan Chavarría se robó en la noche, de orden de don Bernardo Cuevas, gran parte de los caballos y mulas del ejército de O’Higgins, y esta operación detuvo algún tiempo más sus marchas, dándonos tiempo a la defensa.

Agosto 19 de 1814. Llegaron a Rancagua los diputados a tratar con O’Higgins. Nada adelantaron con éste; el recibimiento fue muy propio de la educación de la oficialidad que le rodeaba. Sus bocas ver­tían sangre y destrucción, a nada atendían, y se creían árbitros de hacerlo todo sin oposición y muy a su gusto. O’Higgins dijo que los corredores de Cancha Rayada (hablaba por las tropas del Comandante Blan­co [Encalada]) no resistían a los invencibles del ejército restaurador, y que no quedaba al Gobierno otro recurso que ceder o morir. Me escribió una falsa carta por fin de la conferencia, repitiendo las locas proposiciones y las únicas que hizo durante las desavenencias: dejar el mando y que elija el pueblo.

Salió de Santiago la segunda división al mando del Comandante General don Luis Carrera.

Ayer se recibió de Gaínza el oficio del 5 de este mes, [documento Nº 108], y hoy se le contestó [con] el [documento Nº 109]. A continuación del oficio de Gaínza se copia la carta de su Secretario Fray Juan Almirall. No se extrañe nues­tra moderación respecto del enemigo exterior, en los momentos que marchaba para destruirnos y poner­nos en el cadalso: no temíamos; el ejército de Chile contenía casi todas las fuerzas del Estado y las únicas aguerridas; necesitábamos contener a O’Higgins para desplegar después nuestra energía.

Agosto 20 de 1814. Nuestros diputados se retiraron de Rancagua y aunque los acompañaba un ayudante de O’Higgins, don Venancio Escanilla, se vieron precisados a romper cercos para huir de pasar por la división de auxiliares que estaba en camino, porque su Comandante Larenas y toda la chusma de ofi­ciales se prevenían para insultarlos.

Agosto 21 de 1814. El Teniente Coronel don Diego [José] Benavente, con 200 fusileros montados, salió de Santiago a reforzar la segunda división. Una partida de Granaderos y de Infantes de Concepción, fue destinada a observar al enemigo en las Angosturas de Paine; era mandada por el Teniente Toledo. O’Higgins mandó a los Dragones a sorprenderlos, y lo logró por el abandono de Toledo. Corrieron los de O’Higgins [el rumor de] que aquella partida se había pasado a ellos, y celebraron el triunfo como un ensayo de las glorias que iban a adquirir destruyendo las fuerzas de la capital.

Agosto 24 de 1814. Estando O’Higgins en la hacienda de Mardones con la primera y segunda división de su ejército, recibió una carta de don Ramón Urrutia en la que le copiaba las noticias que su hermano don Juan [Urrutia] le comunicaba desde el Parral, relativas a las disposiciones, movimientos y refuerzos que habían lle­gado de Lima. Decía que Elorriaga, con 500 fusileros, estaba en el Parral y que continuaba su mar­cha hasta posesionarse de Talca, en donde esperaba el ejército; que debía marchar luego que se le incorpo­rasen los refuerzos que habían llegado a Talcahuano, por el 12 ó 14 de este mes; que no bajaría de 1.200 hombres mandados por [Mariano] Osorio, quien relevaría a Gaínza. También le decía que los dos buques grandes estaban destinados a bloquear los puertos de San Antonio y Valparaíso. Nada de esto hacia impresión en la dura cabeza de O’Higgins; había empezado la obra de destrucción y era preciso concluirla.

Para aumentar nuestra defensa había impartido mis órdenes al Coronel [José María] Portus, Comandante General de las milicias de Aconcagua y Los Andes, para que se pusiese a la cabeza de las mejores tropas y marcha­se en nuestro auxilio. Este día llegaron 200 hombres sin armas y se alojaron en el cuartel de Nacionales.

Agosto 25 de 1814. Llegó el Coronel don José María Portus con 1.200 hombres de caba­llería. La oficialidad cenó en casa y manifestó su entusiasmo en sostener la dignidad del Gobierno; prometían que sus lanzas acabarían a los perturbadores de la quietud y después a los tiranos [8] .

Ya estaba pronta la tercera división del ejército de la capital; se armaron los 200 fusileros de Aconcagua que, unidos a los Pardos, a 80 fusileros montados, que se reunieron en esa tarde de los muchos veteranos dispersos y retirados que abrigaba la capital, por el desengaño a que se había reducido el servicio, a la artillería y caballería de Portus, formaban una fuerza respetable.

O’Higgins se mantuvo al sur del [río] Maipo, en la hacienda de Mardones ([a] 8 leguas de la capital) y Luis [Carrera] en la chacra de Pérez, a cuatro leguas.

Agosto 26 de 1814. Se selló la ruina de Chile. El traidor O’Higgins pasó el [río] Maipo y se dirigió sobre nuestras divisiones a las doce del día. El Comandante don Luis Carrera avanzó pequeños cuerpos de caba­llería para contener al enemigo y ejecutar la retirada, que yo le había ordenado hiciese, en caso de ser ata­cado, para presentar en los arrabales de Santiago, unida la fuerza. Recibí cerca de las dos de la tarde el parte de Luis [Carrera], y en el momento mandé que continuasen la marcha las tropas de la tercera división para prote­gerlo. Me adelanté con la caballería y dejé encargado a uno de mis ayudantes para que acelerase la marcha de la infantería y caballería. Cuando llegué a las primeras divisiones, las encontré en disposición de resistir a la precipitada carga de O’Higgins que había roto los fuegos de artillería. Nuestra línea, aunque de reclu­tas la mayor parte, estaba dirigida y sostenida por algunos jefes y oficiales de honor y de valor. Es inex­plicable el entusiasmo que animaba al último soldado. Estaba formada de este modo: la infantería apo­yaba su derecha en la acequia que llaman de Ochagavía y componía el ala derecha de toda la línea; la artillería ocupaba el centro, y toda la caballería la izquierda. La partida de la tercera división [9] se colocó a la dere­cha y a vanguardia la infantería. Doscientos hombres de caballería reforzaron la izquierda.

Doscientos en columna marchaban por nuestra derecha a distancia de media milla, como amagando envolver al enemigo a retaguardia por la izquierda. Los 800 hombres de caballería de Aconcagua, a las órdenes de su Coronel don José María Portus, formaron una segunda línea a retaguardia de las divi­siones.

El enemigo cargó con su caballería sobre nuestro flanco, y atacó el centro con su infantería, sostenida por cuatro piezas de artillería. El ataque fue intrépido, pero al valor de nuestros soldados que soste­nían la buena causa y que aborrecían el yugo de los destructores, hubieron de ceder los bárbaros huyendo con más precipitación que los corredores de Cancha Rayada [10] . La caballería de Portus cargó a lanza dividiendo su línea de batalla por derecha e izquierda de las primeras divisiones, que con toda bizarría perseguían al enemigo. La acción duró tres horas si contamos el fuego de la artillería durante la retirada de las dos primeras divisiones hasta las Tres Acequias (tres leguas de Santiago) en cuyo campo, que presen­ta unas hermosas llanuras, se destrozaron las únicas fuerzas de Chile, porque así lo quisieron O’Higgins y sus secuaces. El cuerpo de Granaderos, el de la Guardia Nacional y parte de la artillería del ejército de O’Higgins, quedaron en Rancagua, porque a pesar que se les había puesto jefes de su confianza era constan­te que ningún estímulo les obligaría a pelear contra nosotros y sí a nuestro favor. La infantería de la tercera división del ejército de la capital, no alcanzó a hacer fuego y la noche puso fin a la carnicería. O’Higgins, el invencible (así se lo habían hecho creer) fue completisimamente derrotado; dejó en el campo de batalla más de 400 prisioneros, entre los que se cuentan 13 oficiales, 400 fusiles, 2 piezas de artillería y todos los equipajes, mujeres etc., etc. Al hospital de Santiago entraron 37 heridos y en el campo quedaron 26 muertos.

Nada me costaba perseguir y acabar la fuerza que quedaba a O’Higgins cuando huía a pie y consternada; pero la noche ofrecía mucho desorden y en ella habrían muerto muchos de nuestros hermanos en­gañados y seducidos por los malos; temí también que los oficiales comprometidos y sin ningún honor, no vacilasen en unirse a [Mariano] Osorio que no estaba distante, arrastrando consigo [a] la tropa que hubiesen podido, y este paso escandaloso debía influir en las glorias del tirano; al contrario, llamándolos amistosamente y ma­nifestándoles generosidad, evitábamos todo resultado funesto y podíamos aprovecharnos de muchos de ellos, en los momentos que nos amenazaba un enemigo exterior y poderoso.

Dispuse que se retirase la infantería a la chacra de Ochagavía, y la caballería cubrió el servicio duran­te la noche; las partidas que batían el campo se presentaban continuamente con prisioneros y fusiles. Es digno de elogio la comportación [conducta] de nuestras tropas por el trato que daban a los prisioneros, tan generoso cual no era de esperarse; ni sus ropas ni su dinero era tocado, los abrazaban estrechamente como amigos y los convidaban a la unión. Cuando se retiraban de la chacra de Pérez nuestras divisiones, se situaron dos de sus guerrillas en el portezuelo de Tango para divertir al enemigo, que rompió sobre ellas el fuego de artillería, para que al mismo tiempo atacasen los Dragones. Al acercarse éstos, nuestras guerrillas hicieron fuego. Aquí un pasaje gracioso de O’Higgins. Como empezase a temer el resultado de la acción que em­prendía, apenas vio el fuego de los nuestros, empezó a gritar a sus tropas, diciendo: “Señores, sean ustedes testigos de que ellos nos provocan y obligan con sus fuegos”. Así creía ponerse a cubierto de los graves cargos que en todo tiempo deben hacérsele. Se alcanzó a presumir este hombre que nosotros lo dejaría­mos vencer sin la menor resistencia, sin reflexionar que debíamos estar enterados de sus infames acuerdos: 1. No dar cuartel en caso de vencer, a ningún oficial de los que miraba como enemigos de su facción o personas; 2. Echarse sobre los bienes de todos aquellos que de algún modo estuviesen comprometidos contra la facción, destinándolos en su favor y a su antojo; 3. Colocar a los comprometidos en el ejército de O’Higgins en los primeros puestos: don Isidro Pineda, ex cura de Valdivia, e Ingeniero General del ejército, de Gobernador del Obispado, Vocal de la Junta, etc., etc.; Alcázar, Urízar y Larenas, gobernadores de Coquimbo, Valparaíso y Concepción; [Juan] Mackenna, Director [Supremo] o General del ejército, según el empleo que tomase O’Higgins. Siendo O’Higgins gobernante se volvería a restablecer el Directorio; no siéndolo, se nombraría la Junta, aunque Mackenna parecía estar adornado de las cualidades necesarias para ser un buen Director. Así otras muchas determinaciones y se decían libertadores de los pueblos del norte. Cuentan todos los que venían con O’Higgins que, cuando los Dragones se posesionaron del portezuelo de Tango, encontraron dos soldados del ejército de la capital, uno muerto y otro gravemente herido; al herido lo desnudaron y lo tiraron a un lado, dejándole la poca vida que le quedaba, porque así lo pidió el Capitán don Pedro Barnechea. O’Higgins estuvo envuelto por nuestra caballería y con el caballo herido, escapó por la obscuridad de la noche, o en medio de la confusión, auxiliado por el Capitán Barnechea, que le mandó un caballo en el que huyó perdiendo hasta la espada. El Coronel Alcázar y casi todos sus oficiales, dice Barnechea, escaparon a buen correr, cuando vieron la pequeña columna de caballería amenazando envol­ver la izquierda enemiga. El Secretario de O’Higgins, don Manuel Vega, se desertó del mismo campo y se pasó al enemigo; al mozo que lo acompañaba le pedía que lo condujese a Talca por donde no hubiese pi­sado planta humana. El Auditor de Guerra, don Miguel Zañartu, corrió hasta lo de don Francisco Valdivieso, y es de extrañar que no siguiese los pasos de Vega; don Francisco Elizalde, Sargento Mayor del batallón de Auxiliares, degolló a un Sargento del regimiento de Aconcagua, porque este buen soldado, cuando ellos iban corriendo en retirada, se acercó y los llamó diciéndoles “Vengan hermanos, todos somos unos, basta de sangre”. Un soldado, asistente de Elizalde, le dio un culatazo con fusil, y Elizalde se acercó y con un puñal le dividió el pescuezo en dos partes. He sabido en Buenos Aires [11] este horroroso paso, por los oficiales don Felipe Henríquez y don Ramón Allende que lo presenciaron.

Durante la acción se subieron al cerro de Santa Lucía todos los partidarios de O’Higgins, y llenos de júbilo al ver la retirada de las tropas de la capital, creyendo que era por temor o impotencia, apostaban ocho a uno, a que vencía O’Higgins; de los más empeñosos era don José Ignacio Izquierdo. Solar escribía a su tío don Diego Larraín avisándole, a las cinco de la tarde, que hacía dos horas duraba un fuego vivo, y que iba a tomar las armas unido al comercio; supongo que sería para revolucionarse y volver el poder a la facción que acababa de destruirse por la revolución de julio. Este plan era demasiado sabido por nosotros, y bajo ese supuesto se habían tomado todas las medidas de precaución. El Vocal don Julián Uribe quedó de Comandante del cuartel de Nacionales, al que reunió todos los fusileros, artillería y milicias de caballería que quedaron en la guarnición. Destinó diferentes partidas a mantener el orden y guardar todas las avenidas del pueblo; con esta sola providencia se dispersaron todas las reuniones sospechosas y siguió durante la noche una completa tranquilidad. Los repiques de campana anunciaron la victoria, y la iluminación du­ró hasta el amanecer. Los oficiales prisioneros fueron asegurados con grillos, porque a Uribe se le dio la no­ticia que una partida enemiga de 150 fusileros se dirigía a la capital por el camino de la Ca­lera; pero luego que cesaron los recelos se les quitaron los grillos. Don Juan Enrique Rosales se insolentó con Uribe y recibió un castigo bastante imponente: algún bofetón, rodada por la escalera y una noche de cárcel; no creo le pareciese muy bien.

Véase en el [documento Nº 110], los estados de la fuerza, tanto del ejército de O’Higgins como del de la capital; se expresa en ellos el número total, el que entró en acción, los oficiales de todos los cuerpos y sus nom­bres, etc., etc.

Agosto 27 de 1814. En el reconocimiento que se hizo al amanecer se recogieron muchos soldados, fusiles y municiones y se protegió la deserción de algunos oficiales que se pasaron a nosotros. O’Higgins, desesperado de su mala suerte y arrepentido con lágrimas de sus culpas, pidió perdón mandando de inter­ventor a don Estanislao Portales, en cuya hacienda se habían reunido como 170 hombres, que serían los más que quedaron de los que llevó a Maipú. Pasó un oficio clamando por la unión, para que sólo se pensase en destruir al enemigo que se acercaba a marchas dobles. Le contesté asegurándole que el pueblo, el ejército y el Gobierno, olvidados enteramente de todo lo pasado, no apetecían otra cosa tanto como una sincera reconciliación, y que nuestros esfuerzos se dirigiesen a exterminar [a] los tiranos. Acompañaba a Portales el Teniente de Auxiliares don Mariano Navarrete, quien se quedó en Santiago dejando volver a Portales con la respuesta para llevarle a O’Higgins, al día siguiente, las cargas de equipaje que se tomaron en Maipú, y que pudieron librarse del saqueo de la tropa; a O’Higgins se le volvió [devolvió] el suyo com­pleto, incluso 500 pesos que se le encontraron en una petaca y unas pocas onzas que tenía en la escriba­nía; los papeles sí, quedaron en mi poder, para documentar los servicios heroicos que ha hecho a la patria desde que, por su desgracia, tomó el mando del ejército restaurador.

Se presentó el Capitán Pasquel con pliegos de [Mariano] Osorio, intimando rendición y amenazándonos de que no dejaría piedra sobre piedra si no deponíamos las armas en sus manos. Pasquel, estando hablando con el Gobierno después que entregó los pliegos, dijo entre otras muchas insolencias: “Ustedes tienen la culpa de este nuevo rompimiento, por haber hecho la revolución de julio, quitando al Director [Lastra] con quien había tratado mi General Gaínza”. En el momento se mandó al señor don Antonio Pasquel a la cárcel y se le puso una barra de grillos para que pagase este insulto, y para que quedase en lugar del Coronel don José Hurtado que [quien] se había fugado, siendo uno de los que dio en [calidad de] rehenes el enemigo para asegurar el cumplimiento de las capitulaciones [12] . La contestación se le remitió a Osorio por el trompeta que acompañaba [a] Pas­quel, y fue terminante, y se le dieron diez días para que contestase a nuestro oficio, y se le incluyó una gaceta de las que contenían el decreto de Fernando anulando la Constitución [española de 1812]; le reconveníamos por la prisión de nuestros dos oficiales en rehenes, que sabíamos estaban presos a bordo de un buque, ofreciéndole no soltar a Pasquel hasta que nos remitiese al Coronel Puga y el Teniente Coronel Sotta. No sé a qué atribuir la tardanza de Pasquel en su viaje a Santiago; los oficios de Osorio tenían fecha 20 y él llegó el 27; es de pre­sumir que O’Higgins le hiciese detener hasta dar la acción, para aminorar así el crimen en el concepto de los que lo ignorasen, o que el mismo Pasquel se detuvo por dar tiempo a que nos batiésemos y destrozásemos; de todos modos es criminal en O’Higgins haber dejado descubiertos los pasos para Santiago. Pasquel pasó el sur de nuestro territorio, solo y como quiso. Don Domingo Luco presenció la acción de Maipú y fue co­rriendo a avisar el resultado a Osorio. Con toda esta libertad se burlaba el enemigo de nosotros. Osorio, cuando mandó a Pasquel con los pliegos para el Gobierno, o como él decía “A los que mandasen en Chile”, remitió otro a O’Higgins advirtiéndole que, si antes que Pasquel volviese con la contestación, hacía el menor movi­miento con sus tropas, tuviese por declarada la guerra; no hay duda que si obedece a la intimación de Oso­rio, Chile se habría salvado, porque nuestras tropas, no habiéndose batido en Maipú, habían sido más fuer­tes para resistir a los piratas. ¿Por qué Osorio quería tanto nuestro bien? Él quiso ciertamente intrigar con O’Higgins, y unido a él, atacar a las fuerzas de Santiago. O’Higgins se retiró a lo de Alamos y el Ingeniero General atrincheró un campo con líos de charqui para resistir a las tropas de Santiago si lo perseguían. Cuando Portales volvió con mi contestación lo recibieron muy mal, despreciaron mis proposiciones, hi­cieron Junta de Guerra, y en vista de haber llegado los Granaderos y Nacionales, determinaron volver a pro­bar fortuna en Maipú. La misma vergüenza y sus delitos les hacían obstinados, o más bien, aparentaban serlo para sacar el mejor partido posible. O’Higgins, vuelto en sí, ya no lloraba como la noche del 26.

Santiago había aumentado sus fuerzas con los 200 infantes de Valparaíso. No se conocía entre nosotros la facción, y sólo se pensaba en reorganizar y aumentar las fuerzas para destruir a Osorio.

Agosto 28 de 1814. O’Higgins se resuelve a hostilizar nuevamente a la capital. Por don Miguel Zañar­tu se escribió a Concepción, a su hermano don Pedro, para que informase con individualidad el estado de aquella ciudad, los refuerzos que hubiesen llegado de Lima, etc., etc. Este proyecto fue de Pineda, de O’Higgins y de todos sus grandes, con la intención de no entrar en capitulación con la capital, a no ser que los obli­gase a ello el enemigo; así me lo ha dicho el Capitán Barnechea, quien proporcionó el espía conductor de la carta. Don Pedro Zañartu contestó la carta para no comprometerse con su hermano, pero avisó al Gobernador de Concepción, que [quien] mandó cuatro Dragones para que apresasen al mozo en los altos de Penco; con trabajo escapó el mozo, perdiendo la carta en el avío de su caballo, que se vio obligado a abandonar para meterse a la montaña.

Agosto 29 de 1814. Don Pedro Barnechea me escribió desde el ejército de O’Higgins, avisándome el plan que habían formado los sanguinarios. Querían sorprender la ciudad por el camino de la Calera, o capi­tular poniendo sus fuerzas a la vista de las de Santiago. Contaban para esta empresa con 900 hombres, de los que 250 únicamente tenían buenos fusiles, según confesó O’Higgins en los estados que pasó posteriormente al Gobierno. Esto prueba hasta la evidencia que O’Higgins no siguió en su sistema de destrucción porque no tuvo fuerzas para ello, pues es sabido que en los 900 hombres no había 100 que quisiesen sacrificarse por sostener sus caprichos, y que los 800 [restantes] se disponían a amarrarlo llegando el caso de nuevo ataque.

Agosto 30 de 1814. A las diez del día entró el enemigo en Talca con 600 hombres a las órdenes de Elorriaga.

Agosto 31 de 1814. O’Higgins citó ayer a Junta de Guerra, y su resultado se ve en el oficio y carta Nº 111 que me entregó don Venancio Escanilla. No puede llegar a más la estupidez del señor General; seguramente se le pasmó la cabeza desde que mandó en jefe. Pedir al ejército victorioso, al ejército que ha­bía doblado sus fuerzas, que trabajase por destruirse, es cosa que el tal O’Higgins solamente podía propo­ner. Pedía, pues, que se eligiese un Gobierno provisorio, que sus votos fuesen calificados por el Cabildo depuesto y que, para la votación, se pusiese en libertad a todos los confinados. ¡Vaya que es lindo el pen­samiento!

Septiembre 1° de 1814. O’Higgins volvió a lo de Mardones y las tropas de Santiago salieron a recibir­lo. Se situó mi vanguardia en la chacra de Ochagavía, y en el Conventillo el cuartel general. A las tropas se les leyó la proclama Nº 112. El padre Arce, el mismo que predicó el sermón del 18 de septiembre, me pidió permiso para pasar al campo de O’Higgins a desimpresionar a aquellos miserables que buscaban con empe­ño su exterminio; surtió buen efecto su misión y por ella mandó O’Higgins a Escanilla con una carta, seña­lándome el día siguiente para una entrevista a que le provoqué en contestación a su oficio Nº 31.

Septiembre 2 de 1814. A las once del día nos juntamos en los callejones de Tango, que era el paraje destinado. Aunque tratamos hasta las oraciones, ni yo sé lo que nos quitó tanto tiempo. O’Higgins puso todo su empeño en que pusiésemos a Pineda de vocal de la Junta por Concepción, separando para esto a Uribe; pero viendo que me oponía con razones sólidas y que no cedería, me dijo que su oficialidad estaba contenta con que destruyese [a] la Junta y fuese yo Director. Le expuse otras muchas razones y nos separamos, comprometiéndose él a escribir a Uribe para que cooperase a este paso. Cuando llegué a mi cuartel encontré muy alarmada [a] la gente, porque recelaban de mi tardanza y mucho más porque me vieron salir sólo con un Ordenanza y un Ayudante. Entregué a Uribe la carta de O’Higgins [, la] que contestó en los térmi­nos que acordamos, negándose claramente a entrar en otra composición que no fuese reconocer [a] la Junta, y recibir de ella su palabra de echar un velo a [sobre] todo lo pasado.

Septiembre 3 de 1814. A las ocho de la noche vino O’Higgins a Santiago, acompañado de don Isidro Pineda, don Casimiro Albano, don Pedro Nolasco Astorga y don Ramón Freire, con la resolución de con­cluir las desavenencias reconociendo u obedeciendo al Gobierno, único partido que le quedaba. Se aloja­ron todos ellos en casa y fueron tratados sin la más pequeña demostración de resentimiento. O’Higgins me juró muchas veces su sincera amistad, procuró que me satisficiese de tantas protestas.

Septiembre 4 de 1814. A las doce del día extendió mi secretario, don Bernardo Vera, una especie de manifiesto en el que los jefes de ambas fuerzas se comprometían a hacer cesar toda hostilidad, uniéndose estrechamente para tratar sólo de la destrucción de los tiranos, que se acercaban a marchas forzadas sobre la capital.

Garantíamos la seguridad de los oficiales que no serían perjudicados por su anterior conducta, etc. In­mediatamente que se firmó el manifiesto, comunicó O’Higgins orden al ejército para que reconociera al Gobierno, lo que se verificó con mucho júbilo del ejército y a pesar de la rabia de cuatro oficiales díscolos.

Pasó O’Higgins la noche en Santiago disfrutando obsequios, que recibía con tal desembarazo que juzgué vivía persuadido de haber servido a su patria el 26 de agosto, derramando la sangre de tantos inocentes.

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