Diario Militar de José Miguel Carrera: Capítulo XI. 5 de Septiembre de 1814 - 17 de Octubre de 1814

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XI. Reorganización de las fuerzas. Batalla de Rancagua. fallidos Intentos de defensa. emigración a mendoza.Controversia con José de san Martín. traslado a buenos aires.


Septiembre 5 de 1814. O’Higgins volvió a su división para ocupar a Rancagua luego que estuviera reorganizada.

Septiembre 6 de 1814. La vanguardia del ejército enemigo se posesionó de las Quechereguas (60 leguas de la capital); así lo avisa de [desde] San Fernando don Juan Manuel Echaurren a O’Higgins, quien lo parti­cipa al Gobierno acompañando [el] original el [del] parte de Echaurren.

En oficio de este día, pasa O’Higgins a la Junta [un] estado de las fuerzas del ejército restaurador. Se halla éste reducido a 300 Granaderos, 125 auxiliares, 120 infantes de Concepción, 125 Dragones, 100 nacionales, 40 artilleros y 47 infantes de la Patria. Total 857 hombres. Fusiles tiene 697, de los que no hay más de 200 a 300 corrientes [utilizables] y los demás descompuestos. El día 2, al tiempo de nuestra entrevista con O’Higgins, me juró por su honor que contaba con 1.500 fusiles útiles, y reconviniéndole tenazmente cómo podría ser que tuviera aquel crecido número de armas después de la derrota de Maipú, se mantuvo en lo dicho. ¿Qué diremos del señor don Bernardo y de su honor en vista del estado que antecede, firmado por él y su Mayor General, don Francisco Calderón? Juntemos este estado con el de lo que perdió en Maipú el 26, y que satis­faga de la falta que se nota en la fuerza de 2.000 hombres que tenía en Talca. Aunque rebajemos los 400 del 26 y 200 que se le pasarían al ejército de Santiago, resulta un déficit de 533 hombres; pero para qué cansarnos cuando debe responder de todos.

Septiembre 7 de 1814. Freire con 50 Dragones salió de [desde] Maipú a tomar posesión de Rancagua; con el mismo destino salió de [desde] Santiago don Bernardo Cuevas con 150 milicianos, de los que 60 llevaban fusil.

O’Higgins remitió a Santiago toda la artillería y municiones, dejando seis piezas para el servicio de la división, y aunque se escogieron las mejores, fue preciso hacerlas casi de nuevo. Si no hubiese venido O’Higgins desde Talca no se habrían destruido. Las municiones estaban en peor estado, mojadas, deshe­chas y, en una palabra, inservibles.

Septiembre 8 de 1814. Di orden para que se retirasen todos los ganados para el norte de Rancagua, y para que se despoblasen, si era posible, las provincias de Curicó y San Fernando. Barrenechea fue encar­gado de esta comisión y se reconvino a los jefes de las provincias porque no lo habían hecho antes.

O’Higgins pide maderas, fierro, alquitrán, maestros de montajes, herreros, fraguas, carretas, carreteros, caballos, mulas, etc. No sé qué haría este hombre con los muchos auxilios de esta clase que tenía en el ejército. No puede explicarse la desorganización en que se hallaban todos los ramos de él. Un Cabo de es­cuadra habría tenido mejor administración. Todo se le mandó prontamente.

Septiembre 9 de 1814. El Sargento Mayor de auxiliares, don Francisco Elizalde, llegó al campamento de O’Higgins con 200 auxiliares de los que estaban presos en Santiago.

La Junta me nombró jefe de todas las tropas de Chile, y me facultó para que les diese la organización y destino que fuesen convenientes a la defensa de Chile.

Un comerciante inglés que llegó a Santiago de [desde] Concepción, aseguró que el refuerzo, a las órdenes de Osorio, no pasaba de quinientos hombres de que se componía el batallón de Talaveras.

O’Higgins dio licencia al Coronel Alcázar para que pasase a medicinarse a Santiago, y a Larenas lo remitió al mismo destino para enseñar y organizar reclutas. Todo fue pretexto y O’Higgins se acordó con­migo para separarlos de sus cuerpos por inútiles y cobardes. Véase la conducta de estos oficiales en la lista general. Elizalde fue nombrado Comandante de los Auxiliares, y todos los cuerpos del ejército recibieron nuevo arreglo. Véanse los estados y documentos del Nº 113.

La noche del 26 de agosto se huyó de Santiago el Sargento Mayor don Enrique Campino, quebrantan­do el arresto que se le impuso en su casa, bajo su palabra de honor, después de haberse huido del castillo a que le había destinado el Director Lastra por seis meses a Valparaíso, por sentencia del consejo de Guerra que sufrió de resultas de la queja de O’Higgins, en abril, desde Quechereguas. Se escapó y se incorporó en los consternados restos del ejército restaurador, y O’Higgins lo admitió olvidando los crímenes de que poco antes lo había acusado. Hoy lo remite con carta de recomendación para que se le considere entre los oficiales de que habla el manifiesto del 4, y cuando no sea posible que continúe en el servicio, al menos se le conceda un destino honroso.

Septiembre 10 de 1814. El Coronel Bascuñán llegó a Santiago con 447 hombres de Granaderos, Nacionales e Infantes de la Patria, de los de la división de O’Higgins[,] que debía componerse de cuerpos completos.

El Capitán Isaac Thomson llegó al campamento de O’Higgins con 170 Voluntarios de la Pa­tria. Voluntarios y Auxiliares debían formar el batallón Nº 3.

Los escuadrones de Húsares Nacionales se aumentaron a regimiento, como se ve en el nuevo arreglo del ejército. El Coronel don José María Benavente dio este día a reconocer su oficialidad.

En vista de los informes que tomé de los frailes patriotas de todos los conventos de Santiago, resultó la prisión [de aquellos] que [cuyo nombre] consta de la lista Nº 114.

Septiembre 11 de 1814. Se interceptaron cuatro cartas de [Mariano] Osorio, fecha 20 de agosto, que conducía a Santiago don Agustín Henríquez, sobrino de los Zapatas de Talca, para entregarlas al Coronel Alcázar, al Teniente Coronel don Enrique Larenas y a los capitanes don Domingo Valdés, Comandante de artillería del ejército de O’Higgins, y a don Manuel Vega, Secretario del mismo. Me lleno de satisfacción al ver que jamás se atrevieron los tiranos a tentar la fidelidad de mis compañeros, porque estaban seguros de que su honor, valor y decisión por la causa los hacían impenetrables a sus bajas intrigas. El [documento Nº 115] es copia de las cartas y de los manifiestos que en ellas estaban inclusos. No tuve a bien entregarles a sus títulos, porque temí causarían alguna satisfacción. Vega ya había cumplido la insinuación de Osorio.

Septiembre 12 de 1814. El traidor Manuel Vega no en vano se fue con tanta anticipación al lado de Osorio. Conoció que acabada la preponderancia de O’Higgins, no estaba su pescuezo seguro entre los que conocían sus infamias. Este día interceptó don Bernardo Cuevas, por sus avanzadas, cuatro cartas de Vega para O’Higgins, para su hermana doña Rosa Rodríguez [1] y para sus íntimos amigos don Domingo Valdés y don Fernando Lantaño, y dos de don José Antonio Rodríguez, Auditor de Guerra del ejército de Oso­rio, para don Miguel Zañartu y don Gaspar Ruiz. Todas son fechas del 7 del corriente y se manifiestan con el [documento Nº 116]. Yo mandé a O’Higgins la suya y las demás no las quise mandar entregar por igual motivo que las anteriores. El Capitán don Vicente Garretón entregó a O’Higgins 58 Dragones de [los] 74 con que salió de Santiago, según el estado que me pasó don José María Benavente. Garretón, ni a O’Hig­gins ni a mí, dio parte de la causa que motivó la baja de 16 hombres en un día y nueve leguas de marcha. Siempre ha sido y será maula el señor Garretón.

Septiembre 13 de 1814. El traidor Manuel Vega proclamó a sus compañeros como se ve en el [documento Nº 117]. La letra de la proclama es la misma que la de los manifiestos de Osorio y el estilo muy igual.

El Capitán don Rafael Freire había avanzado hasta San Fernando, pero se vio en la precisión de reple­garse a Rancagua. El enemigo entró a San Fernando con 600 fusileros y avanzó sus guerrillas hasta Pelequén.

El Comandante de escuadrón don Joaquín Prieto fue destinado a Choapa para reclutar 200 hombres; llevó a sus órdenes al Alférez don José María Cruz, un Sargento, un Cabo y 6 hombres, se le dieron 1.000 pesos para los primeros gastos. Se dio principio a la fortificación de la Angostura de Paine, mandando para esto a los trabajadores del canal de Maipú y porción de herramientas.

Para limpiar la capital de enemigos, se decretó la prisión de los godos que contiene la lista Nº 118.

Septiembre 14 de 1814. O’Higgins dice, en oficio de hoy, que le sorprende la impávida vileza del trai­dor Vega, que se atreve a dirigir sus escritos hacia él. Impávida es la ignorancia del señor don Bernardo, que a pesar de haber oído en Talca repetidas insinuaciones para que al menos quitase de su secretaría al tal Vega por sarraceno, se exaltaba en su defensa; ya es traidor, porque no le queda otro arbitrio que confesar­lo. Recomienda mucho a don Miguel Zañartu, que no lo cree corruptible a las insinuaciones de Vega, por cuyo recelo fue llamado a la capital. Interpone todo su influjo para que se le paguen 1.000 pesos por las cantidades que se debían a su inicua familia. Otro oficio de O’Higgins es reducido a persuadirme que Rancagua debe defenderse a toda costa. Es tanta su decisión por este plan que se expresa así: “El punto de Rancagua es de suma importancia para el enemigo, y para nosotros no hay otro igual en todo el reino. Se puede hacer en él una vigorosa defensa sin exponer mucha tropa, ni aventurar la acción, aún cuando nuestra fuerza sea la cuarta parte menor”. Sin duda O’Higgins contaba con sus sobresalientes conocimien­tos en el ramo de fortificación, y, a la verdad, que pudo haberlos adquirido al lado de [Juan] Mackenna. La línea que debía guardar era de algunas leguas.

Don Domingo Pérez llevó a Santiago 12.000 pesos para los gastos de la primera división, de la que era Comisario de Guerra.

Septiembre 15 de 1814. Acusa O’Higgins recibo de cien mulas, 10.000 cartuchos de fusil y 12 yuntas de bueyes. Dice él mismo que de orden del Gobierno me ha hecho reconocer por General en Jefe de los ejércitos de Chile. No puede ocultar este tonto su mal fundada ambición. Apenas podía contar nuestro Chile con una división, y él pintaba ejércitos por ser General.

Septiembre 16 de 1814. O’Higgins pide para su división, vestuarios completos, víveres, bagajes, útiles para rancho de tropa, herramientas, etc. Todo le faltaba; su división era un esqueleto.

Septiembre 17 de 1814. Recibió O’Higgins 6.000 cartuchos para foguear la tropa. Dice que aún no ha verificado la marcha a Rancagua, porque en la noche del 16 intentaron desertarse todos los artilleros por falta de vestuarios. Nota en los soldados, particularmente en los artilleros, un descontento general. ¿De qué dimanaría? Cuando venía a destruir una de las principales fuerzas que defendían el [al] Estado, a pesar de que se le pasaron 200 hombres a Santiago, de habérsele dispersado otros y de haber dejado a retaguardia a los Granaderos y Nacionales, porque temió lo entregasen amarrado al Gobierno. Aún no se había acabado la refacción de la artillería de su división; todo era tropiezo, y el enemigo volaba sobre la capital.

Oficié al Director de Buenos Aires y al Gobierno de Cuyo, para que se sirviesen recibir 14 frailes sarracenos, y para que admitiesen las diferentes remesas que debían continuar. Véanse los oficios Nº 119.

En bandos solemnes fueron declarados traidores Manuel Vega por la fuga al enemigo y por la proclama del 13, Manuel Bulnes, Teniente Coronel de ejército, y José Antonio Botarro, Sargento Mayor de volun­tarios, por haberse desertado al ejército de Osorio. También se declaró a Osorio fuera de ley y se ofrecie­ron 12.000 pesos por su cabeza, porque, contra las terminantes órdenes de Fernando [VII], rompió nuevamente la guerra para que Chile reconociese la Constitución Española. El bando lo declaró traidor a la patria y al Rey.

Seguía en la primera división la insubordinación y el desorden. Carta de ayer, del señor Francisco Calde­rón, me avisa que de sobremesa, en casa de O’Higgins y a su presencia, se mantuvo una conversación inso­lente contra el Gobierno por el Capitán don Manuel Astorga, quien se producía con la mordacidad que le es característica, y era apoyado por los Lucos. El capellán García, del Nº 3, me dice lo mismo en dos car­tas que me escribió con este objeto. O’Higgins, después de tantos juramentos de amistad y unión, encerra­ba más veneno en su negra alma que sangre en su cuerpo.

Septiembre 18 de 1814. Recibió O’Higgins 150 fusiles e igual número de fornituras, que le mandé para que pudiese completar el armamento del Nº 3. También le llegaron las herramientas que había pedido. Salió O’Higgins con su división para Rancagua. En oficio de este día me dice: “El punto de Rancagua es inexpugnable si se custodia como corresponde. Mándeme Ud. 1.000 hombres de infantería, 300 de caballería de fusil, igual número de Lanceros, la culebrina de a 8 y el obús, y yo soy responsable de que el enemigo no penetrará jamás”, etc. Todo es contradicción; el 14 con una cuarta parte del núme­ro de la fuerza del enemigo, se podía hacer defensa de Rancagua, y a los cuatro días ya necesitaba igual fuerza a la enemiga para sostener (como él dice) el mejor punto de defensa que tiene Chile. No pensaba así el tonto, él quería esa fuerza para oprimir a los que le desairaron en Maipú. Su obstinación y su deseo de venganza, igualaban a su ambición. Descaradamente publican sus oficiales que habían acordado sorprender­nos y fusilarnos (hablo de los Carreras y sus amigos) en la primera ocasión favorable que se les presentase después de unidas las fuerzas. ¡Pobres! No lo habían pensado bien todavía, cuando fui enterado de todo. Vivía prevenido y trabajaban contra ellos mismos.

El Capitán de artillería don Antonio Millán salió con su compañía, fuerte de 80 hombres y 3 subalternos. La tropa bien vestida, pagada y contenta; con ella relevó la que tenía la primera división.

Setiembre 19 de 1814. Las guerrillas enemigas se presentaron sobre el Cachapoal (río que pasa por los arrabales de Rancagua) y una fuerte división se situó en las casas de Valdivieso (4 leguas de Rancagua) con 6 piezas de artillería; así me lo avisa O’Higgins desde el Mostazal a las seis de la tarde.

Tantas eran las reconvenciones de O’Higgins porque no retardase la salida de las tropas de la capital, que me obligó a pasarle el oficio Nº 120. Decía que los voluntarios que había mandado con Thomson de [desde] San­tiago, no sabían hacer fuego; sin duda estaría olvidado el ejército del ejercicio a bala que hicieron el 26 de agosto.

El Coronel don Rafael Bascuñán salió para Valparaíso a tomar el mando de la infantería de aquella plaza y, como la guarnición era poco segura, mandé una compañía de 100 hombres a las órdenes del Capitán don Eleuterio Andrade; sus subalternos eran don Isidro Palacios y don Lucas Novoa, ambos subtenientes; la tropa fue perfectamente equipada. Ocasionaron esta determinación los continuos avisos de que el enemigo intentaba tomarse aquel pueblo (que le era tan adicto) para llamarme la atención.

Septiembre 20 de 1814. Llegó O’Higgins a Rancagua con la división. El enemigo tenía sus fuerzas en las inmediaciones de [del río] Cachapoal, Pelequén y San Fernando. A las dos de la tarde, alarmó Calderón [a] la divi­sión porque se aumentaron a sus ojos los objetos del sur del río. Me pidió O’Higgins que tomase posesión de la Angostura, para evitar que el enemigo pasase por el vado de Cortés e impidiese su comunicación con la capital, y con la segunda y tercera división. Dice que le mande más cartuchos de fusil porque solo tiene 2.000. Remite preso, por mi orden, al Teniente Hilarión Gaspar, a las órdenes de don Santiago Gómez, con escolta de un Cabo y cuatro Dragones, para que no hiciese lo que Vega. Pide más dinero. El Coronel Portus salió con 1.200 hombres de caballería a auxiliar a O’Higgins, para sostenerlo en su retirada a Paine en el caso de ser atacado.

Se incorporaron a los Húsares Nacionales 186 hombres de la infantería de Aconcagua, y 240 de las milicias de caballería de Quillota.

En oficio de este día digo a O’Higgins entre otras cosas lo siguiente: No pueden ser más activas las providencias, ni más apurada la marcha; se ponen en movimiento todos los resortes. V.E. no debe exponer una acción decisiva, sino bien asegurado del triunfo que ciertamente lo afianzaría la reunión total de todas las fuerzas. Si son iguales las enemigas y tenemos la fortuna de impedir su progreso a Rancagua antes de unirnos, éste será el mejor punto para sostenernos. Si las fuerzas enemigas avanzadas no se presentan con esta ventaja, la prudencia dicta replegarse, aunque sea doloroso perder un punto tan favorable, por no per­derlo todo.

Septiembre 21 de 1814. El Comandante General de la segunda división, don Juan José Carrera, salió al man­do de 700 Granaderos y 44 infantes de Concepción, que debía entregar en Rancagua para que se incorporasen al batallón Nº 2, a [al] que pertenecían.

O’Higgins me pasa un estado de 17 desertores que tuvo en la marcha de Maipú a Rancagua. ¡Gracias al Gobierno de [José Miguel] Infante que enseñó este camino!

Me dice O’Higgins que habían aparecido en Rancagua, muchos ejemplares de la proclama de Vega y que los había hecho quemar al [por el] Subalterno de la provincia.

En oficio de esta fecha, hablando O’Higgins del reconocimiento que hizo Freire al sur del [río] Cachapoal, dice así: “Si llega el caso que toda la fuerza del enemigo avance sobre esta villa y yo presuma con funda­mento que no puedo resguardarla con la que está a mi mando, haré la retirada hasta la Angostura, en los mismos términos que V.E. me manda en su carta de hoy, aunque verificarlo con orden es lo más difícil para nuestras tropas, por su impericia militar. Estoy cierto de la actividad infatigable de V.E. y que sólo su celo podrá salvar a la patria en tan críticas circunstancias”.

La fuerza del enemigo la hacía subir a 1.700 hombres, con la división de San Fernando, a cuya villa debía llegar este mismo día Osorio con el resto del ejército. En Pelequén estaba la división de Elorriaga, que aunque no expresa O’Higgins la fuerza de que consta, por las noticias anteriores debemos suponerla de 500 hombres. Concluía asegurando que pasaría de 3.000 hombres de fusil el ejército de Osorio.

Septiembre 22 de 1814. Dice O’Higgins que las guerrillas enemigas se habían replegado y que si el enemigo no avanzaba con todas sus fuerzas, antes de dos días quedaba asegurada la defensa del reino. Supongo que esta seguridad se la darían las ridículas trincheras que había en la plaza.

O’Higgins me pasó el oficio Nº 121, para que se le pagasen a su madre [2] ocho meses de sueldo de General que le adeudaba el Tesorero; ascendían los tales sueldos a 4.000 pesos. Cuando su madre llegó a Santia­go, se le dio para que habitase el palacio de los obispos, y 1.000 pesos de obsequio para sus atenciones; al ver que O’Higgins cobraba 4.000 pesos, se le contestó que serían pagados proporcionalmente según las entra­das del erario. No le gustó mucho la espera, y se acabó la preferencia que había concedido a las atenciones del Estado. Para no dejar duda de su falsedad, pasó oficio cediendo al tesoro los ocho meses de sueldo que acababa de librar a favor de su madre, más de 500 reses que le habían tomado de su hacienda y ofre­ce reembolsar los 1.000 pesos con que se había auxiliado a su madre luego que llegó a Santiago, así que mejorase de fortuna; pero advierte la prevención que hacía a su señora madre, para que saliese de un pue­blo donde no podía existir como correspondía. Al señor O’Higgins le asignó el Gobierno 500 pesos mensuales, y él, de su autoridad, se asignó los gastos de la mesa, que según dijo el proveedor, don Domingo Pérez, al Gobierno, no alcanzaba a cubrirse con 500 pesos. Como en aquella época no se usaban cuentas, ni reglamentos, no es posible citar documentos, pero prueba esta verdad ver que comiendo, bebiendo y man­teniendo familia el señor General, que, como decía, no tenía otra cosa que su trabajo, había podido aho­rrar tantos meses de sueldo cuantos tenía de General.

Septiembre 23 de 1814. Dos espías llegados de San Fernando [3] declaran que la tercera división [de las tropas realistas], compuesta del batallón de Talaveras y de un cuerpo de caballería que llaman Los Barbones, asciende a 600 hom­bres y traen seis cañones. Las guerrillas enemigas se presentaron sobre el [río] Cachapoal. El Coronel [José María] Portus con alguna parte de su caballería y los Dragones, pasaron el río para perseguirlas y reconocer el campo; se reti­raron dejando en nuestro poder un Dragón y un miliciano prisionero. Por las declaraciones que les tomó don Francisco Calderón, consta que la división de Elorriaga es fuerte de 600 fusileros y 7 piezas le artillería. Dando crédito, como debemos, a los espías que han llegado repetidamente desde que salió de Talca el enemigo, y a las declaraciones de los prisioneros, que son conformes a las de los espías, resulta que el ejército de Osorio se componía de tres divisiones: la primera, a las órdenes de Elorriaga, constaba de 600 fusileros, de los que 100 eran montados y de 7 a 8 piezas de artillería; la segunda de 1.700 fusileros, y la tercera de 600, con 6 piezas de artillería. Total 2.900. Ya no puede O’Higgins que tenía un exacto conocimiento del poder militar de Osorio, y aún cuando dude algo, debe arreglar sus operaciones, no a lo que su­ponga o calcule, sino a lo más probable o cierto, que es lo dicho por espías, por avisos de patriotas y por los prisioneros, por estar todos ellos muy conformes.

La segunda división durmió en la hacienda de Mardones y recibió orden para apurar sus marchas cuanto fuese posible para evitar que nuestras fuerzas fuesen batidas en descanso.

Septiembre 24 de 1814. Recibió O’Higgins munición de cañón y fusil, escoltada de doce Dragones bien armados. Remite los estados de fuerza de los cuerpos que componen su división. Dice que parece que el enemigo intenta pasar el río [Cachapoal] y que no serán solo guerrillas, porque se ven desplegar banderas. Ofrece contenerlo cuanto sea posible y, si no lo consigue, se retirará a la Angostura de Paine, donde piensa encon­trar el [al] batallón de Granaderos.

En oficio posterior confirma que las intenciones del enemigo son de atacarlo, teme no poderlo conte­ner en el río, porque estaba vadeable por todas partes; sin embargo, llegando a tiempo los Granaderos, es­pera un éxito favorable.

La infantería de la tercera división, que se componía de 184 Infantes de la Patria, salió para Maipú, en donde debía reunirse toda para continuar sus marchas a Rancagua; le siguieron 4 pie­zas de artillería. La columna de Granaderos pasó la noche en la Angostura de Paine y emprendió su marcha a la una de la mañana del 25, para proteger a O’Higgins, que decía sería atacado al amanecer. ¿Por qué no se retiraría con su división cuando conocía la superior fuerza del enemigo, sabiendo que el río era vadeable y que podía quedar envuelto por su retaguardia, quedando incomunicado con las demás divisiones del ejército?

Septiembre 25 de 1814. Por dos espías que llegaron de San Fernando a las nueve de la noche, supo O’Higgins que ayer salió Osorio de aquella villa con su división y que caminando toda la noche llegó hoy temprano a la hacienda de don Manuel Valdivieso. Dice O’Higgins así: “Ya pienso que llega el momento en que el pirata [4] intente una acción general, o a lo menos, piensa sorprendernos o forzar el paso todo el día de mañana”.

La columna de Granaderos pasó el día en los graneros del Conde Toro. El Comandante General de la división me acompañó estado general de la fuerza, con fecha de este mismo día.

Septiembre 26 de 1814. Osorio avanzó hasta las casas de don Francisco Valdivieso, y no quedaba duda [de que] quería atacar nuestra línea.

Dice O’Higgins [que] tiene noticia de que han anclado dos embarcaciones en la costa de Topocalma, y que su tripulación desembarcó a comprar vacas y caballos. Inmediatamente oficié al Teniente Coronel don Manuel Serrano, Comandante de una división que había situado en Melipilla[,] fuerte de 116 fusileros y 200 milicianos, para que pasase a impedir la compra de víveres y caballos y a sorprender, si era posible, a la tripulación.

Remití a O’Higgins un reglamento, por el que el soldado debía ser pagado tres veces al mes, prece­diendo una formal revista y con todas las formalidades que conciliasen el bien del soldado con el del tesoro.

No es creíble ni posible contar el destrozo que había en el manejo de los intereses de la tropa; Larenas y Alcázar eran los maestros de esta bella administración. O’Higgins se opuso al plan nuevo y se dilató para noviembre la rebaja del sueldo, menos la administración acordada.

Septiembre 27 de 1814. Salió la Guardia Nacional para Rancagua, fuerte de cerca de 700 hombres de los que 184 eran fusileros y los demás lanceros.

Las avanzadas de O’Higgins se batieron con las enemigas, sin que hubiese ocurrido novedad particular.

La segunda división se situó en la chacra de don Diego Valenzuela, una legua de Rancagua sobre el río [Cachapoal].

Septiembre 28 de 1814. Pasé oficio a los Comandantes de la primera y segunda división para que mandasen tapar las bocatomas del [río] Cachapoal, para duplicar las aguas[,] y hacer más difícil el ataque con que nos amenazaba Osorio. Véase mi oficio Nº 122. Los momentos eran tan apurados que, a pesar de mis esfuerzos, no era posible organizar una fuerza que se disponía a pelear con fuerzas disciplinadas y aguerridas, cuales eran las españolas.

El Teniente Coronel don Bernardo Cuevas pasó ayer el río [Cachapoal] y se tiroteó con los barbones hasta el ama­necer. O’Higgins elogia el valor con que se portó su tropa.

Recibió O’Higgins 6.000 pesos para su división, y tres oficiales de armería con todos los útiles para la recomposición del armamento.

La tercera división, a las órdenes de don Luis Carrera, durmió en la hacienda de Mardones.

Septiembre 29 de 1814. Me avisa O’Higgins que el enemigo tiene ya sobre el río [Cachapoal] toda su fuerza y que había colocado 5 cañones en el vado de Baeza y dos al frente de la villa, para batir las fuerzas nuestras que los guardaban. Salía O’Higgins con el batallón Nº 3 a esperar el resultado de aquellas disposiciones.

La tercera división llegó al Mostazal, y el Coronel don José María Benavente, que estaba interinamente en­cargado de ella, por haber quedado un poco atrás el Coronel [Luis] Carrera, ofició a O’Higgins avisándole estaba en aquel punto ([a] 5 leguas de Rancagua) para volar en su auxilio, si era preciso.

Septiembre 30 de 1814. A las dos de la mañana salí de Santiago, después de haber tomado todas las medidas de precaución que dictaban las circunstancias y de haber puesto en campaña cuantos hombres fue posible.

Voy a hacer una sucinta relación de cuanto se trabajó desde la revolución sucedida el 23 de julio hasta este día. Olvido todos los esfuerzos hechos hasta el 4 de septiembre para oponernos a la bárbara, injusta y destructora guerra que nos hizo O’Higgins con las mejores fuerzas del Estado. Este fue el origen de nues­tros males y de nuestra ruina, y aunque vivo satisfecho de la necesidad, justicia y prudencia con que em­prendimos nuestra defensa, importa más sepultar aquellos aciagos días en tanto silencio cuanto no sea perjudicial a nuestra buena reputación.

La reconciliación con O’Higgins el 4 de septiembre, nos dio campo para obrar activamente en disponer la fuerza que debía oponerse a Osorio. Parece excusado manifestar el destrozo que sufrieron las tropas chi­lenas en la tarde del 26 de agosto. El movimiento de O’Higgins sobre la capital, sin haber dejado en Talca ni un soldado que observase los movimientos del enemigo, y entregando Prieto, al marchar con los Nacio­nales, el mando de aquel pueblo en manos de los más descarados sarracenos, abrió las puertas al pirata Osorio, poniendo de un golpe a su disposición las fértiles provincias de Talca, Curicó y San Fernando, para que encontrase los auxilios de que carecía en Concepción, y sin los que no podía empezar activamente las hostilidades contra la capital. He dicho ya que, aunque el señor O’Higgins quedó reducido a una división, es­taba tan en esqueleto que fue preciso mandarle de Santiago vestuario, fornituras y parte del armamento, con cuanto se necesita para poner un cuerpo en campaña. Sabemos que la guarnición de Santiago era mise­rable, que no había repuestos, dinero, tren de artillería, armamento compuesto, ni nada útil a la defensa del país [5] . Para enmendar estas faltas se creó todo de nuevo, y por un trabajo incesante, sostenido por nuestro amor a la libertad de Chile, se puso en Rancagua y en todos los demás puntos de defensa, la fuerza que aparece en el estado Nº 123. Toda ella se vistió completamente y se pagó conforme a reglamento, abonándoles gratificaciones y aún sueldos atrasados. En campaña no carecían de lo más mínimo; todo era abundancia y comodidad. La buena administración se dictó por reglamentos provisionales y órde­nes repetidas, para lo que únicamente había tiempo.

Para atender a tan crecidos gastos, se impuso una contribución de 400.000 pesos sobre los europeos e hijos del país, cuya indiferencia por nuestra libertad era manifiesta. Se echó mano de la plata labrada de las iglesias y se dieron órdenes terminantes para que pagasen los que fuesen deudores del tesoro. Todo era necesario para el pago de más de 6.000 soldados, para la construcción de más de 7.000 vestuarios, de cureñaje de campaña, construcción de toda clase de municiones, monturas, carros, etc.

Para asegurar la tranquilidad interior y cortar de raíz la seducción con que los sarracenos procuraban desanimar [a] nuestras tropas, fue indispensable aterrarlos, apresando, desterrando y expatriando 85 frailes y 70 de los principales godos. Para conducir con seguridad a los expatriados y desterra­dos, se estableció una posta de partidas militares hasta el pie de la cordillera, y si ésta hubiese estado abier­ta, habría quedado Chile limpio de esta clase de enemigos.

Llegué al Mostazal a las doce del día y como no hubiese novedad en Rancagua, determiné descansase la tercera división en esta hacienda. Yo debía haber ido en la tarde a la villa, pero un fuerte golpe [que] me había dado en el camino me obligó a no verificarlo hasta el día siguiente.

Cerca de la oración, ignorante O’Higgins de hallarme yo tan cerca, pasó al Coronel Benavente el oficio Nº 124. La intimación de Osorio [6] , de que habla en él, manifestaba claramente sus malas intenciones, se databa en San Fernando, constándonos que se hallaba en las orillas del [río] Cachapoal. O’Higgins conoció en el momento la mala fe, y por consiguiente estaba advertido para precaverse. Luego que leí la intimación de Osorio, escribí a O’Higgins para que doblase la vigilancia, sin confiar en los cuatro días que daba de térmi­no para la contestación. Mandé que en el instante saliese el Sargento Mayor don Pedro Vidal, con la infan­tería y artillería hasta llegar a los graneros del Conde Toro ([situadas a] 3 leguas de Rancagua) para proteger las divisiones avanzadas en caso de ser atacadas; lo mismo se había hecho con la caballería, pero la noche era oscura y los caballos estaban sueltos en potreros. Se dio orden para que marchase al amanecer a alcanzar la infantería. Remití al Gobierno la intimación, advirtiéndole mis recelos.

Octubre 1º de 1814. Al amanecer se puso sobre las armas la Guardia Nacional y emprendió su mar­cha. No había montado a caballo cuando me avisa Vidal que se oía fuego de artillería hacia el [río] Cachapoal. Mandé apurar la marcha a la caballería y me adelanté. Dos o tres leguas antes de llegar a Rancagua, encon­tré a mi ayudante don José Samaniego, que la tarde antes fue a aquel pueblo por orden mía para observar el estado de disciplina en que se hallaba la primera división. Me sorprendió cuando me dijo: “El General O’Hig­gins me encarga diga a usted que el enemigo ha pasado el río por el vado de abajo; que ha mandado salir [a] los Dragones para contenerlo, y que se dispone a encontrarlo, para lo que ha avisado al Comandante de la segunda división para que lo sostenga”.

A poco andar recibí oficio de don Juan de Dios Garay, ayudante de O’Higgins, notificándome, a nombre de su jefe, que todo el ejército enemigo había pasado en la noche. Que la división de la columna era como para atacar [a] la tercera división, y que los Dragones y la caballería de Aconcagua le picaban la retaguardia. Por este parte hizo alto la columna, se rompieron cercos, se formó la línea de batalla, se avanzaron guerri­llas para reconocer al enemigo, y los Húsares formaron la vanguardia para sostenerlos. Mi ayudante, el Coronel don Rafael Sotta recibió orden, para comunicarla a los jefes de la primera y segunda división; era reducida a que, por el camino de la hacienda de la Compañía, verificasen inmediatamente la retirada sobre la Angostura de Paine, aunque fuese preciso abandonar la artillería. El Teniente don José Tomás Urzúa, mi ayudante, salió con 120 cartuchos para entregar a las divisiones. Al llegar ambos a la cañada de Rancagua, ya estaba posesionado de ella el enemigo. Con esta contestación volvieron y me encontraron con la división que estaba en marcha sobre la plaza, como a media legua. El enemigo comprometió una acción viva con­tra la plaza, donde se habían encerrado las dos divisiones. Avancé la Guardia Nacional para que incomoda­se al enemigo con guerrillas, y este cuerpo tomó posesión de todos los potreros y fincas inmediatas a la cañada.

El Coronel Benavente me dio parte de una columna enemiga que por el camino de Machalí, se diri­gía como para la cuesta de Chada. Un escuadrón de caballería de los Húsares se destinó al reconocimien­to, y como confirmase el primer parte, me vi en la necesidad de mandar la infantería y la artillería a que se posesionasen de la Angostura, para impedir que el enemigo lo hiciese, logrando impedirnos la retirada, in­terceptarnos las municiones y tropas y sorprenderlas hasta tomar la capital. No tardó en saberse que la co­lumna de caballería era de Dragones y de la caballería de [José María] Portus que había sido dispersada por el enemigo. Hice avisarla [avisarle] para que se incorporase con la tercera división, oficié al Gobierno lo ocurrido, puse guardias en la Angostura y pedí que avanzasen las fuerzas de retaguardia, que consistían en 170 artilleros con 6 piezas de artillería, 116 infantes, a las órdenes del Comandante Bustamante, y 150 lanceros, a las órdenes de don Fernando Gorigoitía. Con este refuerzo era bastante para facilitarse la comunicación con las tropas encerradas y para obligar al enemigo a una retirada. La infantería y artillería volvió [volvieron] sobre Rancagua. Al ano­checer estábamos en las casas nuevas de Cuadra. Reforcé a los Húsares con 2 piezas de artillería y 60 fusileros, y mandé que acampase el resto de la fuerza en aquellos potreros.

No cesaba el vivo fuego del enemigo sobre nuestras divisiones, y deseaba el día para protegerlas en cuanto nos fuese posible. A las nueve o diez de la noche llegó a mi campo un Dragón disfrazado, condu­ciendo un papelito a nombre de O’Higgins; su contenido era el siguiente: “Si vienen municiones, y carga la tercera división, todo es hecho”. El Dragón salió saltando tapias y era muy posible que a su vuelta lo toma­se el enemigo, porque tenía circunvalada la plaza, por eso no quise contestar por escrito sino lo muy pre­ciso. Premié al soldado con 20 onzas y le repetí muchas veces, dijese a O’Higgins y a Juan José [Carrera], que no quedaba otro arbitrio para salvarse y salvar al Estado que hacer una salida a viva fuerza para unirse a la tercera división, que los sostendría a toda costa. Por escrito le hablé así: “Municiones no pueden ir sino en la punta de las bayonetas. Mañana al amanecer habrá sacrificios esta división. Chile para salvarse necesita un momento de resolución”. Después del recado dado al Dragón, que era bastante advertido, ¿podía decir más claro que saliesen y que los protegeríamos? El Dragón volvió y cumplió felizmente su arriesga­da comisión, poniendo mi papel en manos de O’Higgins y dando mi recado con exactitud. ¿Restaba a los sitiados otra cosa que obedecer a mis órdenes? Toda la noche esperamos la ejecución, pero en vano. La ruina de Chile parece decretada por la Providencia; todo era ceguedad y error.

El Coronel [José María] Portus se unió a la tercera división, con treinta hombres que pudo reunir de todo el regi­miento. Me contó los motivos que ocasionaron esta dispersión. Dijo que O’Higgins, luego que supo que el enemigo había pasado el río [Cachapoal], salió a recibirlo con su división, nada hizo en la salida y se volvió a la plaza. Portus que con su regimiento había ido en su auxilio, seguía de su orden la retaguardia de la columna. O’Higgins entró en la plaza y queriendo Portus hacer lo mismo, fue contenido por nuestros centinelas que llegaron a hacer fuego sobre su columna; retrocedió Portus y probó entrar por otras calles, pero le sucedió lo mismo. En estas marchas y contramarchas, llegó el enemigo, y con fuertes descargas puso en completo desorden al regimiento, hizo prisioneros, mató y destrozó. Huyeron los que pudieron acompa­ñados de algunos Dragones, entre los que salieron los capitanes don Gaspar Ruiz y don Agustín López. ¿En qué estaría pensando O’Higgins que no ordenó que la caballería se replegase a la tercera división, ya que tenía la locura de encerrarse en una plaza en que no podía admitirla? El empeño era de no errar disparate.

Al amanecer [del día 2 de octubre] se puso en marcha la tercera división y no paró hasta que tomó posesión de los puntos que ocupaba la Guardia Nacional, la que no perdonaba momentos para incomodar, con guerrillas, al enemigo. Antes del ataque escribí al Gobierno el oficio Nº 125.

Determiné hacer lo único que se podía con una fuerza de 368 fusileros. Desmontando parte de los Fusileros Nacionales, se formó una división de 250 infantes, que tomó posesión en una venta que está a tres cuadras de la cañada. La Guardia Nacional se formó en los potreros que están a la derecha de la venta. El enemigo colocó, atrincherados en las tapias, 200 fusileros para contener la Guardia Nacional. Destacó igual fuerza sobre la infantería y otra igual por la izquierda de nuestra línea, que corrió sobre nuestra retaguardia, haciendo un fuego vivísimo; el Teniente Coronel Benavente la contuvo. El Coronel [Luis] Carrera rechazó a los que atacaban, y avanzó una pieza de artillería que batía la que el enemigo tenía puesta en la boca de la Cañada. La Guardia Nacional obligó a retirarse a las guerrillas enemigas. No podía hacer más nuestra débil división; rechazó por todas partes al enemigo, contra quien se mantuvo por cuatro horas a la defensiva. La Guardia Nacional no podía romper a lanza y pecho de caballo, los tapiales que abrigaban al enemigo y yo no podía permitir que 250 fusileros tomasen, a viva fuerza, un puesto atrincherado y sostenido por fuerzas muy superiores. Lo que únicamente se podía hacer fue lo que se hizo; llamar la atención del ene­migo para que los sitiados pudiesen cumplir mis órdenes, incorporándose a la tercera división que distaba de ellos seis cuadras.

Sabían muy bien los sitiados que mi división constaba de bastante caballería y de muy pocos fusile­ros. ¿Cómo podían presumir que yo atacase la Cañada, cuando todo el ejército enemigo estaba en pose­sión de ella? Si algún ignorante dice que debí hacerlo, es preciso confiese que la tercera división podía haber batido el ejército de Osorio en campaña por dos razones: la 1ª porque en campaña podía obrar mi caba­llería con ventaja, y 2ª, porque el enemigo, en el campo, no tendría casas, tapias, ni trincheras en que po­nerse a cubierto. Para exigir que la tercera división atacase la Cañada es preciso confesar que debió haber seguido hasta la plaza, porque una vez vencido el punto fuerte ¿por qué no abrazar a nuestros hermanos que hacían la heroicidad de mantenerse encerrados, mientras nos dispensaban todas las glorias? Confesará tam­bién que teníamos algún objeto para encerrarnos en Rancagua, dejando al enemigo en libertad para irse a la capital, si le daba la gana. Últimamente confesará una de dos cosas; o la tercera división, olvidada de las fuerzas que tenían las dos primeras, debió haber entrado a sacrificarse, por ahorrar la sangre de los que te­nían obligación y necesidad de salir, o la tercera división debía conocer que la cobardía, ignorancia y abando­no de los de la plaza era tal, que veían la ruina de Chile con frialdad. ¡Cuál sería mi admiración, cuan­do en cuatro horas de fuego, no observábamos el menor movimiento de parte de los sitiados!

El enemigo hacía movimiento sobre nuestra retaguardia y nos presentaba fuerzas muy superiores; nada era esto, lo espantoso para nosotros era ver que mientras más nos empeñábamos los de la tercera división, menos fuego se hacía de la plaza llegando al extremo de callar enteramente. Me persuadí y todos creyeron que la plaza estaba capitulando o iba a capitular. ¿Qué hacer en tales circunstancias? Estoy satisfecho de haber llenado mis deberes, ordenando la retirada a la Angostura [de Paine], para fortificarnos en aquella ventajosa posición, llamando en nuestro auxilio [a los] 191 fusileros y artilleros, que había dicho al Gobierno, se llamasen de los diferentes puntos en que no eran ya necesarios. La retirada se verificó con or­den y muy despacio; en el cerro Pan de Azúcar, hicimos alto y los centinelas de la altura, avisaron que volvía a hacer fuego la plaza. Mandé un propio para que apresurasen la marcha de 116 fusile­ros, que mandaba el Capitán don José Antonio Bustamante, y mayor fuerza el Teniente Coronel Serrano, con el fin de volver en auxilio de la plaza. En estas circunstancias se me avisó que el enemigo estaba pose­sionado de la Angostura y marchamos a atacarlo; se falsificó [se había falsificado] la noticia y los fuegos de la plaza volvieron a cesar. Determiné pasar la noche en la Angostura, recibir allí el refuerzo y obrar al día siguiente en vista de las circunstancias. Poco duró este proyecto, porque el Teniente don Gaspar Manterola, del batallón de Granaderos, llegó a nosotros anunciando la rendición de la plaza, de la que se habían escapado muchos ofi­ciales y soldados, de los que tenían caballos. Vi en aquel instante como infalible la pérdida de Chile, pero me propuse hacer los últimos esfuerzos, y seguir cuando menos una guerra de partido; avancé guerrillas para proteger a los que huían; el Capitán don Patricio Castro, con una guerrilla de Húsares, salió a recibir­los: tal era el terror de los que acababan de salir de la plaza, que con sus cuentos de muerte y de haber pe­recido toda la guarnición en la punta de las bayonetas, intimidaron a los de la tercera [división]. Castro se vio precisado a usar del sable para contener a los de su mando, que querían huir. Di orden al Coronel [Luis] Carrera para que destacase varias partidas bien montadas hacia Rancagua, y que al amanecer se retirase a Maipú. Yo marché a Santiago a disponer se pusiesen en salvo los intereses del Estado y a poner en campaña cuanta fuerza pudiese. Les fue imposible a los jefes contener la tropa, y por consiguiente, necesario verificar la retirada a las siete de la noche, para evitar se desertase toda la división.

Octubre 3 de 1814. Al amanecer llegué a Santiago y encontré que el vocal Uribe, en vista de mis avisos y prevenciones, hechas por [medio de] mi Ayudante don José Samaniego, a quien mandé desde las inmediaciones de Rancagua el día 1º, había tomado las determinaciones siguientes: dio orden para colectar todas las armas, caballos y mulas del pueblo y sus inmediaciones. Don Gabriel Valdivieso y don Juan Herrera pasaron a la Casa de Moneda a tomar razón de sus caudales y hacerlos empaquetar. Se trasladaron todas las tro­pas, municiones y artillería que había en la capital, a la Casa de Moneda. Ofició al Comandante [Juan Gregorio de] Las Heras, que estaba en Aconcagua con 180 auxiliares de Buenos Aires, para que pasase inmediatamente a Santiago; el Justicia Mayor, don José Miguel Villarroel, debía proporcionarles todo lo necesario para la marcha. Villarroel estaba advertido de mandar 1.000 mulas, 500 caba1los y de poner en los pasos de la cordillera guardias para impedir el tránsito a todo el que no llevase pasaporte del Gobierno. Al Gobernador de Valparaíso se le ordenó tomase los buques mejores y embarcase en ellos todos los útiles de guerra que pudiese, esperando segunda orden; que reuniese caballos y tuviese pronta la fuerza de su mando pa­ra ocurrir [concurrir] al punto que conviniese; que tomase todas estas providencias con energía, desterrando y casti­gando vigorosamente a todos los que se opusiesen a unas medidas tan conducentes al bien del Estado. Al aumentarse los peligros, por la completa derrota de las dos divisiones de Rancagua, se dieron nuevas órde­nes al Gobernador de Valparaíso, mandándole terminantemente que todos los buques cargados con útiles de guerra, las lanchas cañoneras y demás embarcaciones capaces de darse a la vela, lo verificasen al primer viento, hasta anclar en el puerto de Coquimbo; que las que no estuviesen en estado se incendiasen; que se clavasen los cañones que no pudiesen llevarse, tirarlos al mar y quemando el cureñaje; que saliese con toda la guarnición a situarse en Quillota y esperase órdenes en aquel pueblo. Contestó el Gobernador que ya se movían las tropas y que haría cuanto se le prevenía. Mandó Uribe al Coronel Alcázar con 25 Dragones, 150 fusileros, 200 milicianos de [José María] Portus y alguna artillería en auxilio de mi división, pero antes de andar dos leguas, se le dispersó toda la gente.

Al Capitán Barnechea, acompañado del Coronel Merino y de una escolta de 19 hombres, se les comisionó para que condujesen los caudales con dirección a Coquimbo; esta elección fue del Gobierno cuando yo no había llegado aún de Rancagua, pero luego que llegué se me presentó Barnechea con orden del Gobierno para recibir las mías: le ordené marchase inmediatamente a Aconcagua, advirtiéndole que la retirada de las tropas era a Coquimbo, pero que en el camino de Aconcagua recibiría nuevas órdenes. Conducía 300.000 pesos.

Se ofició a todos los coroneles de los regimientos del norte para que pusiesen sus cuerpos sobre las armas, en el número de plazas que les fuese posible. Al Doctor don Bernardo Vera se le comisionó para que pasase a las Provincias Unidas, con oficios al Gobierno [de ellas] para que se nos auxiliase. Se retiraron [remitieron] a las villas de Aconcagua y [Los] Andes, más de 1.200 cargas de pertrechos, armamentos y vestuarios. Todas las tropas que no estaban armadas, también se retiraron a estos puntos.

La división se situó en la chacra de Ochagavía. Las fuerzas, a las órdenes de Alcázar, se dispersaron enteramente. Bustamante y Serrano, en lugar de presentárseme con 250 fusileros, lo hicieron solos, diciéndome que la gente se había dispersado sin serles posible contenerla.

Llegaron los brigadieres don Bernardo O’Higgins y don Juan José Carrera de vuelta de la brillante campaña. O’Higgins habló tanta falsedad y con tanta irracionalidad que hasta hoy no he podido comprender. Lo sucedido en Rancagua, desde que el enemigo pasó el [río] Cachapoal por el vado de Cortés, consta de las relaciones que demuestra el [documento Nº 126]; en ella se expresa el nombre de los autores; no tengo duda de su verdad, porque son en todo conformes con cuanto he oído generalmente. Tuvo valor O’Higgins de pregun­tarme por qué no había cargado más la tercera división. Le pregunté, yo, si él había sabido o visto cuando se acercó; me dijo que sí, y que se había repicado avisándolo a los soldados y todos sintieron el ataque. Le reconvine cómo era que no había salido, a pesar de mis órdenes y de la necesidad, teniendo en la plaza 1.617 hombres de fusil y cañón, y por qué no había mandado se replegasen a la tercera división los 1.300 fa­mosos milicianos; nada satisfizo ni es capaz de satisfacer jamás. ¡Bárbaro! Con los 2.917 hombres que tenían las dos divisiones, podía y debía ser batido Osorio, por la excelencia de la caballería aconcagüina que no respetaba la metralla. ¿Qué dirá el señor O’Higgins de la sorpresa? El enemigo pasó el río [Cachapoal] por el vado de Cortés, vado por el que tenía repetidos avisos, intentaba pasar por ser el más a propósito, y que los emigrados de Rancagua le aconsejaban lo eligiese a Osorio. En oficio del 20, se ve que O’Higgins me pedía tomase posesión de la Angostura por temor [a] que el enemigo, pasando por el vado de Cortés, to­mase aquel punto e interceptase la comunicación; en el del 24 del mismo septiembre dice que el río está vadeable por todas partes; en el del 25 teme que el enemigo trate de sorprenderlo; la noche del 30, des­pués del recelo que le causó la intimación de Osorio, de mi prevención y de ver que yo hacía avanzar tropas en lugar de descuidarme, tuvo avisos de que el enemigo intentaba verificar el paso por el vado de Cortés. ¿Qué precaución se cree que tomaría O’Higgins? La contestación la da la relación de los sucesos de las primeras divisiones en Rancagua, principalmente las de Samaniego. ¡Cuándo creería Osorio, sin ti­rar un tiro, pasar el [río] Cachapoal! Se puede decir que al llegar a Santiago fue sentido. ¿Cómo sería la persecu­ción que decía Garay hacía la caballería por la retaguardia al enemigo? El enemigo vio la retaguardia de los nuestros, pero no los nuestros la del enemigo. Pasó Osorio durante la noche con tanto cuidado que no interrumpió el tranquilo sueño del Capitán don Rafael Anguita que, con... [7] hombres, guardaba el inte­resante vado de Cortés. Ojalá que la vigilancia del 1º de marzo en Concepción la hubiese reservado para el 30 de setiembre.

Osorio, repuesto ya del destrozo que sufrió en Rancagua en las 36 horas de fuego, marcha­ba sobre la capital. Defenderla era imposible por el desorden de la tropa, que no podía evitarse, porque la mayor parte de los oficiales cumplían tan bien como Alcázar y Bustamante.

Todo el día se trabajó mucho en retirar cuanto debía sernos útil en Coquimbo.

Octubre 4 de 1814. Ordené la retirada de las tropas sobre Aconcagua y dejé en el Conventillo una guerrilla de 20 fusileros, a las órdenes de los valientes y constantes Molina y Maruri.

Para no dejarle al enemigo algunas cosas que pudiesen aumentar su erario o proporcionarle recursos para la guerra, dispuse y por mí mismo hice saquear, a los pobres, la Administración de Tabacos que encerraría el valor de 200.000 pesos; en menos de dos horas estaba la casa tan limpia que no le dejaron ni las puertas de la calle. La provisión general sufrió la misma suerte. La maestranza de artillería, los repues­tos de madera y todo el cureñaje que no se había podido conducir, se entregó al fuego. Los cuarteles fue­ron saqueados. La casa-fábrica de fusiles también fue saqueada de mi orden, después de extraer de ella lo más útil que se podía conducir, y cuando estuvo perfectamente saqueada, se le dio fuego. La casa de pól­vora y sus molinos también fueron destruidos a fuego.

Desde las dos de la tarde hasta que anocheció, me mantuve en Santiago tomando por mí estas providencias, que eran tomadas a mi vista; contenía los desórdenes de la plebe y hacía que los mismos vecinos armados patrullasen para mantener la tranquilidad; gran número de europeos ayudaban [ayudaba] a este servi­cio, pero no hubo uno solo que se atreviese al más pequeño insulto, ni falta de subordinación. Nunca se manifestó más el patriotismo de la plebe y clase media de Santiago, que en este día; lágrimas y semblantes los más tristes se veían en todos ellos.

Al tiempo de marcharme, nombré Gobernador de Armas a don Rafael Eugenio Muñoz, para que mantuviese la quietud y entregase la ciudad a Osorio luego que se presentase. El oficio del nombramiento es­taba extendido en términos muy duros contra Osorio, y obligaba decididamente a admitir el mando.

El Capitán Molina y el Teniente Maruri quedaron con orden de permanecer con su guerrilla en los arrabales del pueblo, hasta que el enemigo entrase en él.

Salí ya oscuro para Aconcagua, y dormí poco más allá de Apoquindo. Las tropas durmieron en las inmediaciones de Colina.

Octubre 5 de 1814. Llegaron las tropas y todas las cargas a la cuesta de Chacabuco y a la villa de Los Andes. La artillería subió la cuesta con un trabajo indecible. La Guardia Nacional cubría la reta­guardia. No eran suficientes mis esfuerzos ni los de los oficiales que me ayudaban, para contener el desor­den que ocasionaban los malos oficiales que no supieron hacer otra cosa que robar en Santiago, los días 3 y 4, huyendo con la presa para Mendoza, ayudando con tan atroz conducta a desanimar [a] la tropa que tenía más virtud y más honor que ellos. Don Francisco Elizalde, Comandante del batallón Nº 3, don Isaac Thomson, don Manuel Rencoret, don José María Manterola, don Mariano Navarrete y otros, robaron en términos tan insolentes que fue preciso mandar una partida que los apresase, pero escaparon con tiempo. Elizalde hizo lo mismo en Aconcagua, tomando el nombre de don Santiago Carrera, quien lo reconvino en mi presencia por su insolente proceder. Don Bernardo O’Higgins acompañado de don Ramón Freire, se sacó 3.000 pesos de la tesorería de tabacos ¿y cuántos de estos excesos se cometerían sin que hayan llegado a mi noticia?

En la villa de Los Andes se reunieron los agraviados de Maipú y muchos de los de la Casa Otomana [8] , no para ayudar a la reorganización de la fuerza que debía defender a Chile, ni para trabajar por una retirada ordenada para Coquimbo, pero sí para la total disolución del ejército, y para atizar el fuego de la discordia, induciendo a la tropa y oficialidad a pasarse a Mendoza, asegurándoles que de lo contrario serían víctimas de los enemigos; que en Mendoza los recibirían con el mayor aprecio y que volverían entre las filas de un ejército poderoso que mandaba Buenos Aires para la reconquista. El Comandante de los auxi­liares don [Juan] Gregorio [de] Las Heras y el Coronel don Santiago Carrera, apoyaban estas promesas.

Cuando yo llegué a Los Andes no había un soldado unido, y la insubordinación y la licencia llegó al extremo de abrir unos oficios del Diputado [José Miguel] Infante, que tenían la nota de reservados, y en que se avi­saba al Gobierno de Chile que el de las Provincias Unidas no quería franquear ni un fusil, ofreciendo sola­mente gente armada, y el Gobierno ofrecía también, dando frívolas disculpas por su ridícula negativa, que a nadie se le ocultaba de dónde dimanaba. Pedí a Las Heras que en la noche pusiese una guardia en la cordillera y que impidiese el paso a todo hombre que no llevase pasaporte del Gobierno; efectivamente la puso, pero fue para proteger la emigración. A Alcázar le mandé que situase en otro punto una partida para contener [a] los presos que mandaba el Gobierno a Mendoza por sarracenos, y no lo hizo o no cumplió el oficial; lo cierto es que volvieron muchos de ellos a Santiago. Clamé a los oficiales para que reuniesen la gente y no pude conseguir nada.

El enemigo entró ayer a las ocho de la mañana en [a] Santiago y hoy avanzó una pequeña división hasta Colina.

Octubre 6 de 1814. Las Heras formó su tropa para marcharse y mis súplicas no alcanzaron a contenerlo; le manifesté lo imposible que me sería reunir [a] la gente sin su auxilio; que si no se restablecía el or­den no podría verificar mi retirada a Coquimbo, cuya provincia nos ofrecía recursos para continuar la guerra con ventajas; que si el enemigo veía desamparado el valle de Aconcagua avanzaría velozmente, y que no sólo se haría de intereses que pasaban de un millón de pesos, sino que [también] degollaría al pie de la cordillera [a] más de 2.000 emigrados que estaban resueltos a seguir su ejemplo. Me conformaba con que permaneciese hasta el día siguiente en la villa, y aunque me ofreció hacerlo, faltó a su palabra marchándose antes de una hora. A todas mis reflexiones se opuso Las Heras; la retirada a Coquimbo le horrorizaba, y aunque era facilísima, le parecía imposible; tuvo valor de decirme que iba a situarse en la ladera de los Papeles y que tuviese cuidado en no dilatarme en seguirlo, porque si el enemigo se acercaba, desbarrancaría el camino por medio de una mina de pólvora que dispondría en el momento. He aquí cómo el señor Las Heras disponía como jefe y era árbitro de la suerte de Chile. Si yo hubiese tenido alguna tropa le habría enseñado sus deberes y estoy cierto que, sin este hombre en Chile, habríamos hecho la retirada a Coquimbo y sostendríamos en el día la guerra contra Osorio y tal vez estaríamos enteramente libres de tiranos.

Alcázar siguió los pasos de Las Heras y no quiso proporcionarme los pocos Dragones que tenía a sus órdenes, para mandar proteger los caudales que seguían el camino de Coquimbo con una pequeña escolta.

Todo el día estuvimos haciendo esfuerzos para juntar alguna gente y alcancé a reunir 500 hombres, luego que se separaron Las Heras y Alcázar y toda la chusma de facciosos, quedó tranquilo el pueblo y entraron los soldados en orden. Situé una guerrilla en Chacabuco y pasamos la noche en la plaza, colocando la artillería en las bocacalles. Una patrulla mandada por el Ayudante Intendente de los Infantes de la Patria, don Clemente Navajete, tomó el camino para Santiago con cuatro de los presos destinados a Mendoza, que se habían escapado de la cordillera, entre ellos Pasquel, parlamentario de Osorio, y Arancibia sirviente de Urmeneta.

Octubre 7 de 1814. Se me avisó que el enemigo avanzaba y estaba cerca de Chacabuco, cualquiera fuerza era suficiente para destrozar la nuestra y aún estaba cerrada la cordillera; no se habían retirado los intereses y los emigrados no podían pasar. Tomé el partido de uniformar [a] mi gente[,] que se componía de hombres ingenuos que no sabían hacer fuego, de carreteros, arrieros y algunos soldados; aunque no te­nían armas se les dio fusiles descompuestos y sin llaves. Con este aparato formé la línea de batalla en la plaza, precedida de 4 cañones volantes, y, en verdad, estaba imponente para quien no conocía la cla­se de gente que la componía, ni el estado del armamento. El Capitán Molina y el Teniente Maruri, con 60 fusileros útiles, se situaron en Chacabuco. Tuvo muy luego el enemigo noticia de estos movimientos, y temeroso de que sería atacado en Colina, se retiró a Santiago pidiendo a Osorio engrosase la división, porque los insurgentes tenían todavía mucha gente. Este ardid dio tiempo para todo.

Hice [envié] repetidos propios a Quillota y a Barnechea, para que se replegase a Los Andes, y se incorpora­se a nosotros con las fuerzas de Valparaíso y los caudales. Como se hubiesen metido en la cordillera to­dos los emigrados y la mayor parte de la tropa, y me faltasen auxilios para continuar la marcha a Coquim­bo, no encontré otro arbitrio que salvarlo todo retirándolo a Mendoza y seguir de allí a socorrer a Coquim­bo, mediante la protección que debíamos experimentar de nuestros aliados.

En la noche me situé con mi división en las alturas inmediatas a las casas de don Miguel Villarroel, por [para] asegurar la retirada en caso preciso y por tomar una posición ventajosa.

Octubre 8 de 1814. Casi todos los intereses del Estado estaban en la ladera de los Papeles. El Coronel Benavente los custodiaba y guardaba aquel punto. El Teniente Coronel Benavente y el vocal Uribe estaban en la Guardia trabajando por contener [a] la tropa y hacer pasar la cordillera a muchas familias y cargas del Estado, que nos eran precisas en aquella parte.

Esperaba con impaciencia la llegada de los caudales y de las tropas de Valparaíso. Con ellas y las reu­nidas en Los Andes, podíamos sostenernos en alguna de las muchas posiciones fuertes que ofrece la cordi­llera, hasta que llegasen los auxilios que podía mandar el Gobierno de Buenos Aires, o continuar la retira­da a Coquimbo, bien por nuestro territorio o por el de las Provincias Unidas. Oficié a Las Heras para que dijese claramente si nos protegía en caso de hacernos fuertes en la ladera de los Papeles y contestó el ofi­cio Nº 127. Al Director de Buenos Aires y a nuestro comisionado don Bernardo Vera se le pasaron los oficios Nº 128.

En la tarde, estando ya en la ladera de los Papeles todo cuanto deseaba retirar, dispuse que el Coronel don Luis Carrera cubriese aquel punto con la división y dos piezas de artillería, y yo con la guerrilla de Molina tomé el partido de alcanzar los caudales, pasar por Quillota para tomar el mando de los 200 fusileros y retirarme con todo para Coquimbo, en donde era posible entusiasmar y aumentar la fuerza para defender la provincia, llamando desde allí la que se retiraba a Mendoza.

A las ocho de la noche salí para la villa de Santa Rosa ([a] 5 leguas de los Andes) y al amanecer estaba cerca de ella. El Capitán Molina, en un descanso que hicimos, me dio parte de habérsele desertado 30 hombres durante la noche; un huaso me avisó que la división de Quillota había abrazado el partido realista, y que mucha tropa salía de aquella villa a tomar los caudales que se decían en camino para Aconcagua. Estos avisos conformes con la falta de contestación a mis oficios, la deserción de la tropa en aquella noche y la voluntad de los oficiales que no era muy decidida por la empresa, me obligaron a no conti­nuarla, dejando expuestos los 300.000 pesos y renunciando a la esperanza de retirar los 200 fusile­ros de Valparaíso. Volvimos a Los Andes, es decir, a la villa de este nombre.

Octubre 9 de 1814. A las ocho de la mañana estábamos de vuelta en las casas de Villarroel. Todo el día lo ocupé en hacer retirar [trasladar] unas pocas cargas de pertrechos y víveres para [hacia] la ladera de los Papeles. En la noche nos retiramos a la primera quebrada, temerosos de ser atacados por una división enemiga que es­taba en la hacienda de Chacabuco. Cuando llegaba al punto en que debíamos acampar, encontré al Capitán Jordán que con 40 artilleros armados de fusil; iba a reforzarme creyendo que continuaba para Co­quimbo. Acampamos juntos y esperamos el día para volver en protección de los caudales, y para sacar al­guna contribución para socorrer [a] las tropas que estaban sin el pago de octubre.

Octubre 10 de 1814. A las seis de la mañana marchábamos a nuestra nueva expedición, cuando se pre­sentó don Isidoro Palacios, Subteniente de las tropas de infantería de Valparaíso, confirmando la noticia del huaso y haciendo la relación del [documento Nº 129]. Como afirmase que los caudales estaban tan cerca, con el Capitán Andrade que los custodiaba, para que yo dispusiese de ellos, mandé salir [a] las guerrillas para que antes de [del] amanecer del 11 estuviesen de vuelta. Apenas salían [salieron] las guerrillas del cajón, se encontraron con las avanzadas del enemigo, que ya se había posesionado de la villa. El Capitán Jordán rompió sobre el enemi­go, mató uno e hizo prisionero a otro, aunque un poco herido; el enemigo tenía fuerzas muy superiores y fue preciso apelar a la retirada. Dormimos en la ladera de los Papeles. Soto, el mayor sarraceno de Valpa­raíso, uno de los cómplices de la conspiración de Ezeiza, fugado de la cumbre de la cordillera en donde estaban los que se mandaban a Mendoza, fue asegurado y vuelto a su destino; éste nos contó que el comi­sionado para conducirlos los había dejado a su voluntad y por eso se marchaba para su casa. Muchos pre­sos que pudieron escapar por la cobardía e indolencia de don Pedro Arriagada, comisionado para entre­garlos al Gobierno de Mendoza, impusieron al enemigo de nuestra situación y lo animaron a que avanzasen [avanzase] con más precipitación. Supe que don Miguel Villarroel había mandado [a] avisar al enemigo para que no tar­dase en atacarnos.

Octubre 11 de 1814. Nos retiramos a la Guardia, y los efectos que no pudimos cargar por falta de mulas los tiramos al río [Aconcagua]; las mulas se las robaban los emigrados para pasar [transportar a]sus familias y equipajes, o se empleaban en romper la nieve, o los arrieros huían con ellas; las pocas que quedaban ya no servían de can­sadas y hambrientas.

En la tarde se presentó una división enemiga de 400 fusileros que atacó y destruyó nuestra pequeña guerrilla. Aprovechamos la oscuridad de la noche para retirarnos al otro lado de la cumbre. Las Heras estaba en el Juncalillo y luego que supo [de] la derrota de nuestra guerrilla, tomó el camino para buscar puntos militares. Todo cuanto habíamos salvado hasta allí, o lo entregamos al saqueo, o lo quemamos, o lo tiramos al río.

Octubre 12 de 1814. Al amanecer subimos [a] la cumbre, hasta cuyo punto subió también el enemigo, quien nos tomó más de 150 prisioneros desarmados. Las Heras perdió una guardia avanzada que se entretuvo en el saqueo, y a [en] la noche estaban todos los emigrados de la parte de Mendoza.

Encontramos varias partidas de mulas que el Gobierno de Mendoza mandaba en auxilio de Las He­ras; pero no en el nuestro, porque nos negaban hasta el agua.

El [junto al] Coronel Benavente y otros muchos oficiales de la guardia, acampamos en la ladera de las Vacas.

Octubre 14 de 1814. En el camino de Uspallata encontré a [José de] San Martín, acompañado de un Ayu­dante y un Ordenanza. Llegué a Uspallata, donde encontré a mi hermano Juan José, y éste me informó que se nos recibía de mala fe. O’Higgins, Alcázar y todos los que pasaron muy ligero [rápido] la cordillera, estaban también allí descansando y muy satisfechos de su honrosa retirada, pero parece que esperaban con ansia los caudales. [Antonio José de] Irisarri y otros de los que fueron remitidos a Mendoza con Mackenna, habían estado en Uspa­llata poco antes de nuestra llegada, insultando a nuestra familia y provocando a los amigos; me fue bien extraño que unos reos confinados a Mendoza, tuviesen atrevimiento para salir a 30 leguas [de distancia de la ciudad], y no dudé que San Martín lo toleraba. San Martín llegó a Uspallata a las ocho de la noche, y en el instante le pasé recado con mi Ayudante y él no tardó en contestarme. Al presentarse a San Martín el Coronel Benavente, le dijo que recibiese órdenes de O’Higgins, pero como le replicase Benavente que estaba a las mías, se con­formó por necesidad. Ya no me quedaba duda de las intenciones de los aliados. Fui a ver a San Martín, quien me satisfizo de lo dicho a Benavente, que no había tenido intención; ofreció que a la siguiente ma­ñana, se pondrían a mi disposición mulas y víveres para la tropa, pero no fue así; a O’Higgins dejó este encargo a su partida para Mendoza, que la verificó muy temprano para no verme. O’Higgins no exigió obediencia de la tropa porque vio que no la conseguiría. El Coronel don Santiago Carrera procuró sostener que O’Higgins debía mandar las tropas, porque así lo había dispuesto el Gobernador. ¿Qué tal principio? O’Higgins marchó mandando los Dragones y yo con el resto de la fuerza, sin que O’Higgins manifestase la más pequeña subordinación.

Octubre 15 de 1814. Acampamos en el Paramillo. Los víveres para la tropa era preciso comprarlos a precios tan subidos que escandalizaban. San Martín, hablando con un arriero, porque éste le dijo que nuestros soldados no querían pagar porque estaba caro, respondió: “Déjelos Ud. que se mueran de hambre”.

Octubre 16 de 1814. Llegamos a los arrabales de Mendoza. Mi hermano, que estaba alojado en una quinta, acababa de recibir un completo desaire del señor San Martín; mandó una escolta de cívicos con los comisionados del resguardo, para que se le registrase el equipaje; así se ejecutó sacando los baúles al medio del patio; como con su equipaje estaban el de Uribe, el de Luis [Carrera], el de José María Benavente y el mío, se los llevaron a la Aduana hasta que se dieron las llaves para registrarlos. Esta conducta miserable la empleó San Martín en nosotros solamente.

Octubre 17 de 1814. Entré en Mendoza y visité a San Martín, después de haber recibido su oficio N° 130, que contesté con el del [documento Nº 131]. Este lenguaje es muy ajeno del que se ve en el oficio que se nos pasó con fecha 11 de este mes, [documento Nº 132]. El mal trato que recibieron mis oficiales en el camino, la conducta de San Martín en Uspallata y el oficio del 16 para que dejásemos registrar nuestros equipajes, me obligó a pa­sarle el del [documento Nº 133], que contestó en los términos que se ven en el [documento Nº 134]. Para convencerlo de su injusti­cia y de mi verdad, repetí el oficio Nº 135, que no contestó, porque hubo interrupción en nuestra corres­pondencia a causa de una visita amistosa que me hizo, receloso que nosotros, exasperados por sus conti­nuos desaires, tomásemos el partido de oponernos con la fuerza. La visita fue antes de las ocho de la maña­na y con protestas de una entera amistad. Dimanó la visita de mi contestación al oficio que nos pasó, en que me mandaba salir de [desde] Mendoza para [a] San Luis, para esperar en aquel pueblo órdenes del Supremo Direc­tor; ambos están en el [documento Nº 136]. La misma receta pasó a Uribe, a Muñoz, a Juan José [Carrera] y a Luis [Carrera]; decía que era por aquietar los ánimos de los emigrados y asegurar la tranquilidad del pueblo. No era tal; era por quitar de Mendoza a los que querían emprender la reconquista de Chile, cuya empresa se reservaba para sí. Prue­ba esta verdad, el mandar [haber mandado] saliesen desterrados todos los que eran individuos del Gobierno de Chile y jefes del ejército, porque así lo querían los señores [Juan] Mackenna, [Antonio José de] Irisarri y demás desterrados de Chile a Mendoza, en unión de los que fueron apaleados en Maipú el 26 de agosto, porque quisieron destruir el [al] ejército de la ca­pital. ¿Qué diría Buenos Aires si, en iguales circunstancias, el Gobierno de Chile desterrase al Supremo Di­rector y al General de su ejército, a petición de Artigas y de los que están desterrados en Patagonia? No cansemos y confesemos que obraba la intriga, la ignorancia, la venganza y la fuerza. Balcarce, Pasos, Las Heras, Vidal, Villegas y cinco porteños, se decían agraviados por mí, y como estaban inmediatos al Gobernador de Cuyo, no eran malos agentes, ni tampoco lo era el Coronel don Santiago Carrera.

Hacer relación de todo lo ocurrido en Mendoza es cansarnos en vano. Extractaré solamente los oficios de San Martín y mis contestaciones.

En 18 de octubre me mandó diese a reconocer, en las tropas de mi mando, por Comandante General de Armas al Coronel don Marcos Balcarce. No contesté tan disparatado oficio por no agriar más las cosas. Yo quería comportarme y sostenerme como jefe de las tropas de Chile, y San Martín me trataba como a su subalterno.

Pedí pasaportes a San Martín para que el Doctor Uribe pasase a Buenos Aires, y aunque el día que nos visitó a las siete de la mañana, nos prometió que podíamos pasar a Buenos Aires o al punto que gustásemos, contestó a mi petición en oficio del 22 de este mes, ofreciéndome pasaporte para cualquier indivi­duo que no fuesen [fuese] de los que componían el Gobierno de Chile en el tiempo de su pérdida. ¿Qué más prueba para decir que estuvimos presos desde que pasamos a Mendoza?

En oficio del 24 me pidió informase los motivos o causas que me obligaron a confinar a varios individuos de Chile a Mendoza. Cumplí exactamente.

En oficio del 27, me ordenó pusiese a su disposición todos los caudales pertenecientes a Chile por­que así se lo prevenía el Supremo [Director]. Contesté no había medio real.

Me pasó en oficio del mismo día la queja que puso el Cabildo contra unos soldados de Chile que ha­bían atropellado a unos alcaldes. En contestación satisfice plenamente.

En oficio del 28, pido a San Martín nos de pasaportes y auxilios para pasar a Coquimbo. No contestó.

En oficio del 29, pedí se me franquease un castillo para castigar a Alcázar, y en otro decía que no tenía cómo socorrer ni sustentar [a] las tropas, desde el 1° de octubre; a los dos fue sordo San Martín.

El 30 de octubre, unidos San Martín con Alcázar, pusieron las tropas sobre las armas, para lo que de antemano había citado San Martín mucha milicia de caballería, y dispuso la artillería, municiones, etc., etc. Puestos estos bravos en estado de ataque, me pasó oficio para que hiciese reconocer y entregase a Balcarce el mando de las tropas de Chile. Puse la orden que se ve en el cuaderno de correspondencia con los jefes de estas provincias, en el que están todos los que he citado desde el 1º de octubre.

Como el bando dejaba en libertad a la tropa para que continuase o no en el servicio de las Provincias Unidas, muy luego manifestó que no quería seguir otras banderas que las de Chile. Un Ayudante de San Martín dijo que diese dos pasos al frente de su formación el que quisiese continuar. Dos fueron los únicos que admitieron, y por [para] vengarse de los soldados y de la oficialidad, mandó San Martín a Balcarce para que echase fuera del corral que les había dado por cuartel a la tropa y oficiales. Balcarce fue a la ejecución con dos compañías de fusileros. Apalearon a aquellos desgraciados, arrastraron a los oficiales y les tiraron a la calle sus camas y cortos equipajes. Nunca hice más desprecio de la Dirección de Buenos Aires, que cuando vi el trato que daban a las constantes tropas de Chile, y el atropellamiento del bando que acababan de publicar.

A la una de la tarde mandó llamar San Martín al Doctor Uribe, a don Diego [José] Benavente, a Juan José [Carrera] y a mí. Nos presentamos al buen San Martín, y después de una conversación bastante insustancial, nos pre­vino era preciso quedásemos presos. Díjele que aquel trato no nos era extraño, que en la villa de Los An­des se lo había anunciado al Comandante Las Heras, delante de quien se lo decía. San Martín me pidió que tuviese conformidad, y le dije que pocos meses antes me lo habían enseñado los españoles en calabozos y cargado de cadenas. Por último, quedamos los cuatro en un indecente calabozo y con centinela de vista. Ofreció San Martín volver en la noche para tratar de nuestro viaje a Buenos Aires, pero hasta hoy no he vuelto a verlo.

A vista nuestra y de la tropa, le dio el insolente San Martín un bofetón al valiente Capitán don Ser­vando Jordán, porque se puso el sombrero después de despedirse de su alta persona; este atroz hecho lo presencié y es conforme con la representación que hizo Jordán ante el [Supremo] Director Posadas, en Buenos Aires; concluyó el insulto haciéndole remachar una barra de grillos. El Coronel Alcázar aprovechó la oportuni­dad para vengarse de los que lo hicieron correr en Maipú; puso presos a cuantos quiso y cometió toda clase de tropelías.

A solicitud que hicimos a San Martín, que consta de oficios, se nos mandó para Buenos Aires, escoltados con [por] 30 Dragones, a las órdenes de don Agustín López y del Alférez Ibáñez. Entre las instruccio­nes de San Martín, una de ellas era que exigiese de los reos (así nos trata en su pasaporte), la cantidad pre­cisa para socorrer [a] la tropa; así consta del recibo de 50 pesos que me dio López y que está en el cuaderno. En San Luis quiso la escolta saquearnos para pagarse de los sueldos de noviembre. El señor Dupuy, Gobernador de aquella ciudad, impidió este insulto con acertadas disposiciones, porque López le confesó que era cierto y por eso detuvo al bribón de Ibáñez, autor de todo. San Martín buscó enemigos a que entregarnos para oprimirnos al extremo. En Luján se nos quitó la escolta, por orden del [Supremo] Director.

En Mendoza y en Buenos Aires, el clamor general era por los 300.000 pesos que los pérfidos decían que yo me había traído. Mi representación al Supremo Director contiene la relación de todo lo ocurrido, y se verá, muy por menor en el diario de las ocurrencias de las Provincias Unidas. La muerte de [Juan] Mackenna ocasionó la prisión de Luis [Carrera], y por conclusión de la causa salió fuera de la ciudad, hasta que el señor Alvear fue elegido Director.

Pasos, Vieytes, Fretes, Ferrador, Irisarri y O’Higgins intrigaron para que Alvear nos desterrase; se nos intimó la orden de un modo el más vil. Todo quedó en nada porque se persuadió Alvear de la injusticia.

En la revolución contra Alvear se nos pusieron grillos, porque lo mandó el godo Escalada y lo quiso Fretes.

Un indecente oficio fue la satisfacción que bastó en su concepto.

El suceso último de Dupuy con Juan José [Carrera] en San Luis ha coronado la obra. El señor Álvarez [Jonte] se diri­ge por el estatuto y hace mucha justicia. Permaneciendo mucho tiempo en estas provincias, no sé lo que nos suceda.

Septiembre 7 de 1815

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