Discurso de Manuel Ferrer y Sitges (6 de julio de 1713)

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Discurso pronunciado durante la Junta de Brazos de Cataluña el 6 de julio de 1713
de Manuel de Ferrer y Sitges
Traducción al castellano original conservada en la Österreichisches Staatsarchiv de Viena, por Francisco de Castellví (Montblanc, 1682 - Viena, Àustria, 1757)
Publicada en «Narraciones Históricas», año 1997, Ed. Fundación Elías de Tejeda, Madrid
Documento original en catalán conservado en la Österreichisches Staatsarchiv de Viena, por Francisco de Castellví (Montblanc, 1682 - Viena, Àustria, 1757)
Publicado en «Escrits polítics del segle XVIII», año 1996, Eumo Editorial, Vic
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Excelentísimo y fidelísimo Señor:
No hay ninguno que pueda negar el funesto asunto que se propone no sea el más arduo que ha ocurrido en los pasados siglos; el más circunstanciado de tristes consideraciones que puede entender la más prudente reflexión; la más lastimosa calamidad que ha sucedido en Cataluña desde la inundación de los bárbaros africanos; y la proposición más difícil de resolver con acierto, honor y religión que han visto las más remotas edades, y las más tristes circunstancias que lo acompañan darán que admirar y escarmentar a las futuras centurias.

Quisiera decir en breves palabras mi sentir, pero la gravedad del negocio precisa a no poder reducir a cortas razones tanta importancia. Me es forzoso, para satisfacer mi propia conciencia, hacer presente a V.E.F., en breve resumen, las gloriosas hazañas que consiguieron nuestros pasados, y las miserias que toleraron para engrandecer el nombre catalán, a fin de que, teniendo presente los pasados sucesos, se fortifiquen nuestros corazones y sea más evidente al mundo la justicia que asiste a los Excelentísimos y Fidelísimos Brazos Generales y las Leyes fundamentales que apadrinan la resolución, justicia y constancia de la empresa que está pendiente.

El día 30 del mes pasado los Excelentísimos y Fidelísimos diputados, en la convocación general de los tres Excelentísimos brazos, hicieron patentes en la presentada Proposición, que entregaron a todos los individuos, las cartas órdenes y papeles que de parte del rey, nuestro señor emperador siempre, de la reina y emperatriz nuestra señora y del capitán general de este Principado y ejército, mariscal conde Guido Starhemberg, fueron dirigidos a los Excelentíssimos Comunes, y las respuestas dadas por ellos desde 21 de enero del presente año 1713 hasta 27 del corriente mes, para que, en vista de su contenido, V.E.F. dé su saludable consejo en orden al método que se debe seguir en el triste estado de los presentes negocios.

Yo he tenido la honra de ser uno de los nueve individuos elegidos de este Excelentísimo brazo para conferir con los sujetos destinados por los otros Excelentísimos brazos a fin de reflexionar, premeditar y discurrir sobre la misma Proposición, y, después de haber intervenido en muchas conferencias, prevaleciera por pluralidad de votos el dictamen que la gravedad del mal, unidos tan irreparables accidentes, es ya del todo sin remedio.

Y así que se aconsejase a los Excelentísimos brazos la pronta sumisión, pidiendo por este efecto desde luego los pasaportes que tiene ofrecidos el mariscal Starhemberg para ir a encontrar al general Grimaldi, que assegura el mariscal ha prometido dar pasaportes para pasar a someterse al duque de Pópuli, general de los Enemigos, y estar a lo que dispondrá por no aumentar más dolorosas consecuencias en la tardanza; pudiendo prometerse que la pronta resignación puede ser medio para mejorar las condiciones de la deplorable desgracia que nos amenaza. Este sentir prevaleció contra los demás dictámenes, de los cuales uno fue que desde luego se hiciesen prevenciones para la defensa y, despachándose sin la menor tardanza dos o más enviados al duque de Pópuli, se abocasen con él; y que si lo hallaran determinado y resuelto a que nuestra sujeción ha de ser absoluta y no condicionada, se despidan desde luego con esta respuesta, apenas hayan vuelto se prevengan las armas y se defiendan nuestros privilegios y leyes hasta la última extremidad.

El otro sentir fue que desde luego se tomen las armas, se alcen banderas, se alisten soldados, se publique continuarse por este Principado la guerra con los justos motivos de que no puede Vuestra Excelencia faltar al solemne juramento de fidelidad que tiene dado, sin que proceda la solemnidad de la abolición del mismo juramento, o que con éste que el rey nuestro ha renunciado sus derechos, lo que, salvando su real conciencia, no puede hacer, y por conservar las leyes y privilegios, y que es por demás recurrir, siendo esta diligencia infructuosa y sumamente perjudicial en un tiempo en que es necesario ganar los instantes, y por considerar que todos los medios y sumisiones no pueden ser sino ineficaces, y cuando las interposiciones del rey nuestro señor con ingleses y holandeses no han recabado más que una respuesta negativa, debiéndose presumir que hallándose el enemigo casi a las puertas de esta ciudad auxiliado de las ventajas que les da el mariscal para sujetarnos, no se hallará en este intermedio quien se quiera alistar bajo las banderas de la defensa; y esta indiferencia nos precipitará a los mayores infortunios, hallándonos, como no se duda, con enemigos clandestinos que, encubriendo sus ideas de temor, o de malicia premeditadas, en ocultas juntas que no se ignoran, esta perjudicial dilación daría a los designios que recelamos tiempo para contribuir a una pronta ruina; y si la obligación de los que debían invigilar no hubiese estado tan adormida, previniendo en tiempo los peligros, podían tener lugar ésta y otras diligencias, hechas en tiempo, muy provechosas, y ahora de presente del todo nocivas.

Quisiera mi celo verdadero patricio, desapropiado de humanos respetos; ya que es notorio que no he procurado más lustre que haber nacido Catalán, ni más ventajas a mis conciencias que las que poseía mi suerte; mi deseo sería en esta ocasión tener el magisterio de un Tácito para referir los gloriosos hechos de nuestros mayores, y la elocuencia de un Cicerón para inducir a la Nación a imitar a los que con constantes fatigas y sangre establecieron nuestra Nación libre, franca y gloriosa; pero me sirve de consuelo que la verdad sin mendigar las dulces voces de la retórica, por sí sola es la más elocuente peroración. No puedo, sin una penetrante pena, renovar a la memoria de Vuestra Excelencia las causas ciertas de tantos pasados infortunios, y de los que al presente amenaza el odio de los envidiosos de nuestras franquezas y libertades.

Más de cien años ha estado Cataluña sin celebrar cortes en ella nuestras reyes; en la diuturesidad de tanto tiempo se han engendrado en el cuerpo civil del gobierno, como en otro cuerpo natural, pestilentes humores, que han ocasionado graves accidentes y han minorado la salud pública y nuestras leyes; los que por sus cargos debían poner remedio a tantos males, dejaron agravar la república de tantos accidentes de modo que, tolerando infracciones de las leyes, vino a quedar el estado de nuestra Libertad del todo decaída, y al parecer sin remedio; se toleró desde el año 1598 el admitir virreyes, sin haber jurado los reyes sucesores las leyes y privilegios en este Principado y ciudad, contentándose de una inútil protesta; este abuso produjo tantos y tan graves males que casi eclipsó de una vez la fuerza y fervor de nuestras leyes, y destruyó la más privilegiada prerrogativa de decidir el derecho de suceder en este condado disputable, como el que se consideraba entre las partes que pretendían del serenísimo archiduque Carlos de Austria, nuestro rey y señor, y el serenísimo duque de Anjou, Felipe de Borbón, aclamado en Castilla, haciéndose tanto agravio así mismos aquellos naturales admitiendo aquella línea de Borbón, que las mismas cortes de Castilla, en 1618, por ley, habían excluido; que los tratados de paz habían privado, que tantos testamentos habían habilitado, aprobado el mismo sumo pontífice esta exclusión como justa a ruegos de los mismos reyes y de la Nación; actos y hechos en que no concurrió la Corona de Aragón.

Indeterminada Cataluña, sorprendida de dolor y de la novedad de la muerte de Carlos II, sin autoridad que les permitiese esta decisión, reservada a los brazos generales, como en fuerza de nuestras leyes se ha practicado desde el año 801 en dos condes de Barcelona y cuatro reyes de Aragón, siendo el último ejemplar la elección del infante D. Fernando, hijo de la reina D. Leonora de Castilla, hija del rey don Pedro III de Aragón, excluyendo al conde de Urgel, descendiente por línea masculina de D. Alonso III de Aragón, en pena del detestable fratricidio que cometió por heredar el condado de Urgel, castigando Dios su pecado con permitir que se le quitase la corona que de derecho le tocaba, siendo el primer rey que, descendiendo por línea femenina, ha sucedido, viendo la injuria hecha a Cataluña, la Divina Providencia, transportando a la plaza de esta capital el rey nuestro señor aclamado como legítimo sucesor por casi todos los potentados de Europa.

Indeterminada estuvo Cataluña hasta que, ocupando las armas aliadas Montjuich y otras plazas, convocó el rey nuestro señor la nobleza y pueblo en el campo delante de Barcelona, y publicó un manifiesto de sus derechos a la corona, y sus reales seguridades, y los generales ingleses hicieron públicas promesas de su protección. Rendida Barcelona con honrosa capitulación, convocó el rey nuestro señor para celebrar Cortes Generales, dar remedio en ellas a los abusos, y corregir con saludables leyes la observancia de muchas, disputóse el derecho del rey nuestro señor, proponiendo su majestad a las cortes la exclusión de la familia borbona del Condado de Barcelona; aprobaron y consistieron las Cortes Generales la ley de la exclusión con las mayores solemnidades que previene el derecho, expresadas en aquella constitución primera de dichas cortes celebradas por el rey nuestro señor en 1706, hallándose los Enemigos a las puertas de la ciudad, hazaña digna solamente de los corazones catalanes, que, despreciando todos los peligros, se expusieron a los más inminentes desastres sólo por apoyar las reglas de la justicia; ha servido después Cataluña, con más de lo que permitían sus fuerzas, a su rey; con el sacrificio de tantas vidas, con sus haberes, y con el todo de su poder; han mirado en todo este tiempo los celadores de nuestras leyes, procuradores destinados de la provincia para invigilar a la observancia de ellas.

Todas especies de abusos y delitos, despojados los pueblos de los mismos que debían velar en su conservación, exigiendo grandes sumas con pretexto del real servicio, han permitido todo género de delitos, extendiéndose esta enormidad, aun dentro del sagrado de esta capital, con continuos robos y homicidios, coloreando los ministros estos delitos con el pretexto de que era preciso contemporizar, ¡sacrílega proposición! que, a más de amontonar ofensas a la divina justicia, que si tolera no deja sin castigo los crímenes, ha permitido que se haya visto obligado nuestro rey a haber de firmar la evacuación de este Principado para poder retirar sin peligro la preciosa prenda de la reina nuestra señora, y los pérfidos ministros ingleses, despreciando tantas promesas, rompiendo tantas seguridades, han sacrificado la confianza que en la Nación Inglesa teníamos puesta, entregándonos a discreción a nuestros capitales Enemigos.

El silencio con que han callado los que debían declarar los peligros en que se hallaba Cataluña, ocultando el deplorable estado, los ha hecho cómplices en la presente desgracia, avisando casi fuera de tiempo. Dios sabe si este pernicioso silencio ha tenido todo su principio y origen de las persuasiones de los ministros, del temor de otros fines, que quizás disculparán con los simulados ofrecimientos del mariscal Starhemberg de que no desempararia este Principado sin que quedasen asegurados los privilegios. Es evidente que hasta la casi mortal agonía en que se hallan nuestros males, no han llamado para pedir su parecer a los interesados, movida como es cierto la convocación general de brazos por evitar la ruina que podían temer en sus propias personas.

Finalmente, han propuesto los remedios que han aplicado y los medios que han interpuesto, pero han ocultado los sucesos que precedieron desde septiembre de 1712, en que comenzaron las conferencias de orden de la reina nuestra señora, hasta el enero de 1713, y han convocado los brazos generales cuando muchos son de sentir que nuestro mal no tiene remedio. Decir que los peligros en que nos hallamos no sean grandes, fuera necedad; dudar que los ahogos que nos oprimen son como sofocativos, fuera locura; no creer que nuestras presentes aflicciones son de la mayor monta, fuera negar la verdad; pero dar por imposible el remedio, es estar oprimido de un pánico temor y haberse desapropiado del Honor Catalán; dar el caso presente por no sucedido, es negar a nuestra Nación sus gloriosas hazañas; elegir el medio de sujetarse a la dura esclavitud que quieren imponernos nuestros Enemigos, es hacer afrenta a nuestra Nación, degenerando de nuestros Predecesores.

Pregunto: ¿es otra Cataluña de la que era en otros tiempos? ¿Se ha mudado el benigno clima que debemos a la Providencia? ¿Tenemos otros progenitores que los que en tantas empresas y conquistas han dilatado e ilustrado nuestro Nombre? ¿Tienen por ventura nuestra leyes, privilegios, indignos establecimientos y principios? ¿No dan nuestras leyes y privilegios facultad para oponerse a los que injustamente quieren oprimirnos? ¿Puédese dudar que cuando la causa es justa los fines no son dichosos? ¿Quién negará que Dios justo apadrina con impensados consuelos a los que, convertidos a él, siguen las reglas de la justicia, y quién dirá que la mayor multitud contra razón no se ha visto abismada por una invisible Providencia, si estas proposiciones nos muestran tantas experiencias en nuestra Patria? ¿Quién será que ahora, reflexionando con sinceridad la justicia, propia conveniencia, no se anima a la defensa por las Leyes, por los juramentos, por el Honor, y, finalmente, por lo que debe a si mismo y a la Patria?

Renuévese en la memoria de nuestra Nación el santo establecimiento de las Leyes góticas, por Eurico, rey godo, escribiéndolas nuestro patricio y glorioso obispo San Severo, año 446, mejoradas por el rey Suintila o Sisenando, año 637, en el cuarto concilio toledano, con asistencia de seis obispos de nuestra provincia. Invadieron los africanos la España, año 712, y esta ciudad fue la última que situada en tierra plana se sujetó al africano dominio después de dos años de sitio en el año 718, y en aquella calamitosa era capitularon los barceloneses la observancia de religión, templos, prelados y la manutención de leyes e inmunidades

Retirándose nuestros antecesores al abrigo de los fríos Pirineos, y entre sus grandes trabajos y miserias conservaron portantes las leyes y religión. Cinco veces fue perdida y recobrada Barcelona, bajando de las frías montañas nuestros mayores animados de la fe con el invencible pendón de la cruz, divisa de verdaderos católicos para distinguirse de los arrianos, recobrando esta ciudad. Dos veces fueron sus habitantes degollados, y no se perdieron de ánimo para vengar la sangre de sus Patricios y exaltar el nombre de Dios. Esta fe y constancia tuvo el premio de ser Barcelona la primera ciudad de España edificada en tierra plana que se sacudiera el yugo mahometano.

Violaron los moros los pactos de la entrega, y en el año 740 fue recobrada, y últimamente volvió a ser ocupada de los moros en 6 de julio del año 986; pero en 3 de agosto del mismo año fue recobrada por el conde Ramón Borrell; de manera que en el espacio de 268 años desde la primera ocupación de los moros hasta el último recobro, estuvo Barcelona en poder de nuestros Patricios 199 años, y en poder de los africanos, y debajo de su dominio, 49 años; y es digno de reparo que estuviesen los pueblos de España 782 años debajo de la bárbara sujeción hasta la conquista de Granada, hecha por el rey D. Fernando de Aragón, año 1492, y justamente gloriase Barcelona de que en tantas centurias sólo 69 años sufrió el mahometano dominio, acabando por dos veces la vida sus gloriosos habitantes.

En el año 1204 el conde Ramón Berenguer, I° de este nombre, confirmó con privilegios todas las inmunidades, franquezas y leyes que gozaban en los antecedentes siglos, y fueron confirmadas por el emperador Carlomagno; y en 1169, convocados los prelados, nobles y pueblos, fueron con su intervención y consentimiento unidas las Leyes góticas y formadas las leyes que llamaron Usatges, que hasta el día presente se hallan confirmadas por 70 solemnes actos de Cortes Generales celebrados por nuestros gloriosos señores, y por mantenerlas ha sufrido Cataluña 23 invasiones de franceses, y siempre triunfante y victoriosa por conservar ilesas las leyes de su Patria y la fidelidad a sus señores.

La independencia de conservar estas libertades la confirma la autoridad de Cataluña de tomar las armas por la defensa de sus privilegios y leyes. Así se ve practicado en las antiguas centurias, contra los condes de Urgel, Rosellón y otros, por tributos que querían imponer, y mediando los condes de Barcelona y reyes de Aragón se ajustaron las diferencias, y para extinguir toda duda rectificó y confirmo este tratado el serenísimo rey D. Pedro III con real privilegio, dado en 4 de las calendas de abril de 1344 con la clara especificación que los oficiales y cabos nombrados por Cataluña en defensa de sus privilegios fuesen en todos tiempos reconocidos por sus sucesores. Este privilegio ha sido después confirmado por todos los actos de Cortes Generales que se han celebrado hasta el día presente.

Descaeció y desmayó el valor de muchos suponiendo que, desamparados de los aliados, son débiles nuestras fuerzas para oponernos contra Francia y Castilla.

Ningún catalán sufrirá la afrenta de oír que él no es tan catalán como los passados, y si fuera afrenta el tolerarlo, seria doblada ignominia negarlo con las palabras y verificarlo con las obras.

Cuando Felipe IV, rey de Francia, entró en Cataluña en el año 1285 contra el rey D. Pedro de Aragón con 286,600 hombres, y la armada naval de 330 embarcaciones, ¿era otra Cataluña de la que esa: presente? Es cierto que no. Acuérdense, pues, que nuestros mayores, apadrinados de la justicia, vieron deshecho aquel orgulloso ejército. ¿Bastaron las fuerzas de los catalanes para oponerse a la multitud? ¿Quién negará que eran flacas? ¿Qué es lo que respondían aquellos dignos héroes de nuestra Nación? Los desmayados decían ser imposible resistir, y los mismos franceses lo tenían por temerario. Los heroicos corazones de los otros respondieron Dios ayudará, la causa es justa, en sus manos la ponemos. Bendijo Dios aquella confianza, fueron derrotados los franceses y precisados el príncipe Luis, su hijo, estando agonizando su padre, a pedir al rey D. Pedro el paso y seguridad para volver a Francia.

No es de semejante el caso presente al suceso del rey D. Juan II. Este príncipe, en el año 1473, quiso persuadir a los perpiñaneses a entregarse por algún tiempo al rey de Francia. No quisieron asentir a tal proposición, y, desengañado el rey y obligado de su amor, resolvió quedarse dentro de Perpiñán y sufrir un horroroso sitio con que para muchos meses la tuvieron cercada los franceses. Y en el mismo año, a 10 de octubre, movido de lo que padecían sus vasallos, firmó un tratado con el rey de Francia, pactando que entre tanto que le pagaría 200,000 escudos que le debía, se pondrían las plazas del Rosellón y Cerdaña en manos de una de la cuatro personas que elegiría el rey de Francia; pero, ¡oh engaño antiguo en la Nación Francesa! contra la fe del tratado, en 9 de mayo de 1474 volvió a sitiar con gran poder a Perpiñán. El rey D. Juan, compadecido de los trabajos que padecían los perpiñaneses, en febrero de 1475 envió orden y dio licencia a Juan Blancas, jurado en cap de Perpiñán, para rendir la villa. Comunicada esta resolución a los habitantes, determinaron no rendirse hasta haber acabado los cueros de que se servían para su sustento. En una salida hicieron los Enemigos prisionero a un hijo único de Blancas; los sitiadores le enviaron a decir al padre que rindiese la plaza o que su hijo sería degollado; eligió Blancas la segunda proposición, antes que faltar a la fe y juramento; religión y valor digno de inmortal memoria. Sufrieron 9 asaltos, y, oprimidos por el hambre, capitularon en 16 de marzo de 1475, salvando privilegios y libertades; y no se rindieron hasta que se hallaron reducidos a sólo el número de 400. Justamente mereció el dicho Blancas el glorioso timbre en el lema que para memoria se escribió en el frontispicio de su casa, que es como sigue: Dominus hujus domas fidelítate cundas superavít Romanos.

Son tan sólidos los establecimientos de nuestras libertades, que, informados los reyes de su invariable firmeza, los han ratificado de nuevo con sucesos particulares. El rey D, Juan II, persuadido de la ambición de la reina D. Juana, quiso oprimir con dura fuerza a su hijo primogénito príncipe Carlos de Viana, que tuvo de su primera mujer, reina de Navarra. Opúsose Cataluña en defensa de la inocencia del príncipe y de las leyes que violaban los ministros para oprimir a un príncipe primogénito y legitimo sucesor; duró la guerra en este Principado desde el año 1460 hasta el 6 de octubre de 1472, en que reconociendo el rey la justicia de los catalanes, firmó antes de entrar en Barcelona la reintegración de todas sus leyes y privilegios, con declaración de haber sido justa la guerra.

Vióse después oprimida Cataluña de las infracciones de sus leyes y privilegios por los envidiosos designios del conde duque de Olivares, que no permitiendo que llegasen a los oídos del rey Phelipe I los justos clamores de Cataluña, para informarle de la verdad, movió injustamente todas las fuerzas de España contra Cataluña, y, comenzando las peleas a 25 de septiembre de 1640, duró aquella lastimosa guerra hasta 10 de noviembre de 1652, en que, mejor informado el rey Felipe IV, dio plena autoridad y poder al señor D. Juan de Austria, quien juró y ratificó todas nuestras leyes y privilegios, y las confirmó después el mismo rey, el cual, deponiendo al turbulento conde duque de Olivares, dio reposo a sus reynos.

Tan conformes y justos han sido siempre en Cataluña los motivos y las justicias de empuñar las armas por la defensa de las leyes y privilegios, que los mismos monarcas lo han aprobado y confesado haber sido mal informados y haber injustamente turbado la quietud y la justicia.

Recordar y traer a la memoria las hazañas de nuestra Nación es como casi lo mismo que numerar las arenas del mar. Son testimonio que las califican tantos reinos y provincias, piedras preciosas que adornan la corona de nuestros reyes. Desplegadas nuestras banderas en los reinos de Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Mallorca, han dilatado el nombre catalán, y no cabiendo su valor en estos reinos, penetraron la Italia, pasaron a África y guerrearon en Grecia, y fue conocido su nombre en la América y Asia.

¿Cómo puede olvidarse Cataluña de aquella generosa y magnánima resolución guando, acabada la guerra en Italia, pasaron los catalanes, por convenio hecho con el emperador Andrónico en el año 1303, a socorrer al Imperio de Oriente, que inundaron las otomanas lunas? No excedieron de 12,000 los que en diferentes años pasaron a Grecia, y llegando a la capital del Asia menor, corrieron la Armenia, y, vencidos los turcos en 6 batallas campales, arribaron hasta el gran monte Tauro. Pero mal pagados estos servicios de la perfidia griega, vengaron su mala fe y traición a los fines del año 1405, porque, retirados a Gallipoli, hicieron quemar las embarcaciones en señal de que se había de vencer o morir, y en 8 gloriosas batallas triunfaron de los engañosos griegos y ganaron Atenas y las provincias vecinas, y se conservaron en la posesión de esta ciudad por el espacio de 148 años vasallos de su natural rey, hasta que, finalmente, en el año 1452, después de 7 años de sitio, alimentados de las yerbas que se producían alrededor de la fortaleza y de una abundante cosecha que la alta Providencia dispuso para que se sustentasen, se vieron obligados a ceder a la fuerza de Mahometo I.°, quedando Atenas totalmente asolada y destruida; y no son pocos los que afirman que, retirados 400 catalanes a las montañas, pactaron ser establecidos en la Asia con sus leyes y franquezas. En los 14 batallones entre los turcos y griegos se cuentan más de 80 mil muertos, y sólo 12 mil catalanes hicieron este espantoso estrago. ¿Quién no se animará a imitar estos nunca bastantemente alabados ni celebrados hechos, que superan la admiración y no dejan arbitrio para dejarles de imitar, sin una vergonzosa ignominia?

¿Qué motivos tiene el serenísimo duque de Anjou para haber deliberado oprimirnos con tanto rigor, queriendo de pueblos francos y libres hacernos Nación del todo sujeta y esclava? Para asegurar el éxito dichoso de nuestra defensa es preciso inferir las causas que le mueve a sujetarnos servilmente a su arbitrio.

Fue el serenísimo duque de Anjou admitido por conde de Barcelona, con derogación de leyes del Principado, el cual se halló oprimido de las grandes fuerzas que los franceses pusieron en el Rosellón, ayudados sus designios de la desmesurada ambición de los ministros castellanos, que, buscando más despótico su gobierno, han encontrado su justo y merecido abatimiento. Vino a celebrar cortes: interpúsose un disentimiento general; pero, temerosos de la superioridad de las fuerzas, disintieron, desahuciados de ayuda. Concluyéronse las cortes sin conseguirse las insaculaciones de la ciudad y diputación en el modo que las gozaba antes del año 1652. Único polo de Libertad y Privilegios.

No consiguió Cataluña en estas cortes ventajas para la Nación como la malicia ha publicado. Vinieron las armas aliadas en 1704, y el virrey Velasco, con sólo 700 hombres que tenía dentro Barcelona, instado de los comunes, formada la Coronela, disipó todas las esperanzas de los aliados de poder tomar pie en Cataluña, de lo que los serenísimos duque y duquesa de Anjou, desde el ejército y desde Madrid, escribieron con muchos elogios a los comunes las gracias; en el año 1705, habiendo desembarcado nuestro rey y señor, desterró Velasco de Barcelona más de 25,000 personas, y privó a los habitantes de tomar las armas y de salir de noche de sus casas por cualquiera necessidad; viéndose ultrajados los catalanes, tomadas las obediencias de Cataluña por los aliados, no se opusieron; es cierto que después han sostenido con todas sus fuerzas por el espacio de ocho años el juramento que sin violencia prestaron a su rey. De estos insubsistentes motivos se ha prevalido el serenísimo duque de Anjou para abolir el concejo de Aragón y publicar un decreto de derogación de todas las leyes y privilegios que gozaba la Corona de Aragón, uniéndolo a sus reinos como a provincias de Castilla.

Este decreto fue publicado en Madrid en junio de 1707 y puesto en ejecución en Aragón y Valencia y en las ciudades que ocupan sus armas de este Principado. ¿No sería, a la verdad, gran ligereza pensar que un decreto que se puso en práctica con tanta solemnidad y que no han podido hacerlo abolir los ingleses, pueden revocarlo nuestras bajas sumisiones? Confieso que no lo comprendo, y así lo paso en silencio. Notorias son las infracciones de las leyes que con el tiempo de su dominio se han ejecutado. Digno es de traerse a la memoria y a la consideración la carta que en 24 de febrero de 1701 escribió la ciudad declarando que no admitiría otra réplica, ni representación, guando la ciudad representa la justicia y privilegio que tenía para no admitir por virrey al conde de Palma hasta hubiese jurado en aquella ciudad.

No es de menor cuenta el destierro del embajador D. Francisco Miquel, de Madrid, y la detención de los otros dos embajadores en Zaragoza el mismo ano 1701, sin permitirles pasar a la corte, y la más indecorosa del embajador D. Pablo Ignacio Dalmases, a quien se puso en las prisiones públicas de Madrid en el año 1705, sin permitirle representar, faltando al derecho de gentes. Ni son menos dignos de reflexión los destierros y prisiones sin causa contra el derecho, sin proceder conocimiento, con infracción de nuestras leyes y privilegios, de todos los sujetos que no aprobaron ni consintieron sacar del testamento del rey Carlos II la cláusula de substitución hecha a favor del rey nuestro señor, substituyendo en su lugar el duque de Orleans, como mandó el serenísimo duque de Anjou, declarando que debía entenderse así la voluntad de su tío; siendo esta provincia la única de España que se opuso a tan injusto precepto, opuesto a toda razón y justicia, representándole humildemente que este caso no se podía tratar sino en Cortes Generales; en que se deben también considerar los destierros y prisiones que padecieron todos los que consideró aquel violento ministerio, inclinados a la augusta casa, sin más motivos que los de la propia imaginaria fantasía.

Los delitos que pueden imputarse a Cataluña son en sustancia que los catalanes han tenido siempre por más sólidos los derechos de la casa de Austria que los de la casa de Borbón; este imaginado delito ha sido común en España, aunque con más fuerza en Cataluña; pero supuesto lo referido, no podrán negar los mayores contrarios de nuestros fueros y leyes que Cataluña no ha dado motivo para la venganza que pretende ejecutar el ministerio de Madrid aboliendo del todo nuestro honor, nuestras leyes y privilegios, de donde convence y prueba manifiestamente que, no habiendo dado causa Cataluña, es injusta la razón de que se valen para oprimirnos.

No debo callar los falsos pretextos de que los ministros castellanos que tiranizan los indefensos pueblos de Castilla se sirven para imprimir perniciosas máximas en aquellos ánimos ignorantes y sencillos a fin de mantenerlos en su dura dominación y hacerles más pesado el yugo de su esclavitud, pues procuran inspirar en sus corazones el encono y rigor contra nosotros con el oprobioso carácter de rebeldes con que nos denigran calificando así nuestra constancia y la unión en mantener nuestras leyes y privilegios.

Si la Nación Castellana cargase la consideración sobre sus infortunios vería que en las civiles discordias que eclipsaron del todo su libertad en la desgraciada batalla de Villalar a 23 de abril de 1520, no tuvieron más parte los catalanes de la de compadecerles y lastimarse de su desgracia. Los sentimientos y quejas de nuestra Nación son justificados.

Comenzaron nuestros infortunios en el último rey de Aragón don Fernando el Católico, después que en 1475 fue jurado rey de Castilla en Segovia. A este rey ayudó Barcelona con mil quintales de pólvora para la conquista de Granada por la desgracia de haberse bolado los almacenes, y con dos mil hombres voluntarios, y en 2 de enero de 1492 se rindió a las católicas armas. Por esta gloriosa expedición y socorro quedó libre toda la España del mahometismo secta después de 782 años de cautiverios. En la misma ciudad se hizo en 30 de abril del mismo año el rey D. Fernando el contrato con Cristóbal Colón para el descubrimiento de las Indias, que importó 17,000 ducados, y en 23 de agosto del mismo año se hizo ala vela en Palos de Moger. En 3 de abril de 1493, de vuelta del descubrimiento, entra Colón en Barcelona, donde se hallaba el rey don Fernando, y en esta ciudad fueron bautizados los primeros seis indios, y del monasterio de Montserrate se destinaron doce monjes sacerdotes catalanes con fray Bernardo Boil, con título de patriarca de las Indias y legado a Lacere. Contribuyó Cataluña con 200 catalanes mandados por don Pedro Margarit, de ilustre prosapia, que fue el primer gobernador de la primera fortaleza que se construyó en las islas de Cibu. Sólo en la isla española el patriarca Boil derribó más de 160 mil ídolos, fundó las primeras iglesias, constituyó los primeros obispados, y cinco de sus monjes, y fray Julián, aragonés, fueron obispos. Gerónimo Passamonte, aragonés, fue el primer oficial real y tesorero en Indias. El único sacerdote que Colón se llevó consigo, en el primer descubrimiento, fue un mercenario aragonés. Y, contra todo derecho y razón, la reina Isabela solicitó del papa Alejandro VI, para equitar las diferencias que sobre la conquista de las Indias había entre el rey de Portugal y D. Fernando, una bula en que declarase su santidad que esta conquista fuese a favor de los reyes de León y Castilla, y así expidió la bula en mayo de 1493.

Resentidos los aragoneses de que no se les permitiese pasar a las Indias, presentaron en las cortes de Monzón, celebradas en el año 1585, sus razones al rey. Reconocida por su majestad su justicia, fue establecido en proemio del título Fuero Juzgo que gozarían los aragoneses de todo lo que gozan los castellanos en Indias; pero ¡oh dolor! por más que ha procurado Cataluña la ejecución de este establecimiento y se ha esmerado en vivir y acudir con sus fuerzas a la monarquía, no ha podido conseguir lo que de justicia se debe; si esto hubiese sucedido a los castellanos, cuáles serían sus clamores! ¿No es cierto que el rey D. Fernando de Aragón es el primero que comenzó la conquista? ¿No contribuyeron a ello los catalanes? No se hallará razón para demostrar que deban ser excluidos. Léase el antiguo López Gomara, en la Historia de las Indias, que, afirmando que no se permitía sino a los castellanos pasar a las Indias, dice estas palabras: de donde se puede inferir que la reina favoreció más al descubrimiento que no el rey; se ve, pues, claramente que los autores castellanos no hallan ninguna sólida razón para ser excluidos los catalanes de las utilidades de las Indias, hecha la conquista por un rey de Aragón.

Este mismo rey, en el año 1515, por una suma de dinero que dio Castilla, unió aquella Corona al reino de Navarra, separándolo de la Corona de Aragón, a la cual había estado unido de tiempos muy antiguos. Diga el más desapasionado si este agravio lo hubiera tolerado Castilla. El reino de Aragón, por su constante fidelidad y amor a su rey, se contentó con una sola representación que hizo de su antiguo derecho. ¿Pueden dejar de confesar que el reino de Nápoles se poseyó por el rey D. Alonso IV en el año 1423, el reino de Sicilia por el rey D. Pedro I de Aragón, y que por consecuencia estos reinos son propios y unidos a la Corona de Aragón? Digan si es verdad que la vanidad y la injusticia de los ministros castellanos han privado injustamente los mencionados reinos de los oficios y cargos a nuestros nacionales, y que en el espacio de 200 años han sido raros o ninguno los empleos que han ocupado los naturales de la Corona de Aragón. Digan con qué derecho o con qué justicia se han apropiado de lo que verdaderamente no es suyo. Reinos que han costado tantos tesoros, sangre y fatigas a la Corona de Aragón.

¿No es cierto que desde Carlos V nuestros nacionales no han ocupado ningún empleo en el real palacio? ¿Son por ventura de más ilustres prosapias las familias de Castilla que las de Cataluña? No lo puede decir ni la mayor vanidad ni la más crasa ignorancia; los más ínfimos paisanos de nuestra Cataluña son hidalgos del mismo modo que los tienen por blasón en Castilla, que es lo mismo que decir hombres que no son pecheros, ni sujetos a pagar imposiciones; este género de hidalguía gozan en Cataluña los hombres de más baja condición.

Es también notorio que los castellanos han entrado sin justicia a gozar los arzobispados y obispados de Cataluña y Corona de Aragón; pero no consta que ningún catalán haya ocupado semejantes y otros empleos en Castilla. ¡Oh desgracia! Que siendo esto manifiesto y público a toda la Europa, motejan nuestra tolerancia con el infame nombre de rebeldía.

Dignos son de compasión los engañados pueblos de Castilla, y en general toda la España, por la ambición, vanidad y codicia de los ministros pasados, que como hambrientas sanguijuelas han chupado con su ignorante conducta la sangre de los sencillos pueblos; y siendo ellos los autores de las civiles discordias entre los vasallos de un mismo príncipe, han ocasionado la ruina del reino, del rey y de su propia Patria.

Es tan antigua como depravada la malicia que han ido alimentando los ministros castellanos en los ánimos de aquella dócil Nación,con el fin de que, disipadas sus discordias, los nacionales tuviesen más mano en despótico poder, proponiéndoles facilísimos pretextos para hacer naturaleza del odio, que el antiguo Arabu, en el libro 3, cap. 2, lo dice en las palabras siguientes: Ad Castellani rumpuntur invidia et alienam felicitatem suum intrerpretantur infortunium, tum etiam ob inveteratam cum Cathalanis simultatem, aegre ferunt illorum incrementum. Esta antipatía, antigua emulación, ha sido su ruina, y la que al presente amenaza a este Principado.

¿No es Cataluña la que ha sufrido ver trasplantadas las más ricas familias de Madrid y la que ha permitido con castellanos casarse las más ricas herederas, pues sólo seis familias poseen en Cataluña 444 ciudades, villas y lugares, hallándose empobrecida la nobleza y todo el Principado por la extracción de tan crecidas sumas? ¿No es Cataluña la que ha tolerado y sufrido con ignominia ver pervertido el orden de la justicia social en el premio de la virtud y del merito de sus naturales?

Los condes de Barcelona y los reyes de Aragón, con el consentimiento de sus vasallos, animaban las ciencias y el valor, elevando al grado de nobleza a los que se hacían dignos de esta honrosa distinción. Estos dos polos en que se sustenta sin decaer la república, ha turbado el gobierno castellano para envilecernos, dando o, por mejor decir, vendiendo el carácter de la nobleza por un módico y vil interés, haciendo caer en menosprecio nuestra antigua estimación.

Bien notorio es a todos, no hablando de tiempos muy atrasados, que desde el año 1690 hasta el 1700, el ministerio de Madrid concedió diferentes privilegios de caballeros y ciudadanos honrados a algunos conventos de Madrid por poderlos beneficiar y vender y mejorar de este modo el estado de sus conventos, y de este abuso que se hizo de la nobleza nacieron civiles discordias en Urgel, campo de Tarragona, Sagarra y montañas, que arruinaron muchas familias: el doloroso estado de sus ocurrencias presentes, efectos forzosos de las referidas causas dejará compadecida y llorosa la posteridad de las más remotas naciones informadas de nuestra antigua paciencia, fidelidad y constancia, y no negarán que en los sucesos referidos vean increpando de ladrón al que es robado, y de rebelde el que justamente se defiende, y que después de haber sufrido que se les desposea de sus bienes y de su substancia, sólo se opone para que no se le quite del todo la vida civil, que es el honor y la libertad.

Los medios para oponerse a las depravadas ideas de extinguir con ignominia nuestro honor, franquezas y privilegios, parece que son ningunos si se considera devastada la tierra, los Enemigos casi a las puertas de esta ciudad, abandonadas las fronteras de nuestras tropas y ocupadas ya de nuestros contrarios; y si considera también que la Excelentísima Diputación y Excelentísima ciudad se hallan sin ningunas prevenciones, y, lo que es más de ponderar, sin dineros efectivos en sus erarios, que es el principal nervio y fuerza para emprender la guerra.

La necesidad hace comunes los bienes, según la ley natural, y en el caso presente la precisión de conservar la libertad hace comunes los haberes como hace comunes las ventajas, oponiéndonos hasta mantener nuestras fuerzas.

¿Quién puede dudar que en los Excelentísimos brazos generales resida autoridad para la defensa de las leyes, sobre todo los bienes en general y particular sin distinción, porque, estando interesada la pública salud, todos los medios están obligados y sujetos a aplicarse para la causa pública, de donde se infiere que los Excelentísimos brazos pueden apropiarse en este caso todos los medios que puedan producir prontas y efectivas sumas para oponerse a los que pretenden hacer decaer del todo el estado de nuestra libertad? Entre tanto que se consumen los referidos fondos, que tomará a interés la diputación, obligándose los brazos generales con la cláusula de mayor seguridad para que tengan seguros sus intereses, aquellos que los prestasen, se dará tiempo a los Excelentísimos brazos para recurrir y pedir socorro; no dejando reino ni provincia en la Europa a quien no se avise y se informe de la indubitable justicia que nos asiste para emprender esta justa defensa. Sobre este punto pido me permitan hacer las reflexiones siguientes:

En primer lugar parece que de justicia se debe recurrir a implorar la piedad del sumo pontífice, que, como vicario de Dios en la Tierra, gobierna un pueblo, y como piadoso padre de la república cristiana se moverá con tierno corazón a interponer su suprema autoridad para que no se extermine una Nación que en los más calamitosos tiempos acudió por medio de sus naturales a su amparo con su valor y consejo, como se vio manifiesto en los pontificados de Juan, Pascual y Calixto, gloriosos pontífices en los años 820, 873 y 1119, de los cuales merecieron tantas confortaciones animándoles a sostener la fe de donde renació nuestra libertad, y que con tanta sangre ha contribuido a extender el santo nombre de Dios, sujetando reinos y provincias, reduciéndolas a nuestra santa religión, y que, finalmente, en la Asia, África y Europa, y aun dentro de la misma Roma, ha sabido defender el sagrado de los templos, recordando a su santidad el católico celo con que en el año 1526 defendieron la entrada de la iglesia de San Juan de Letrán, que pretendían profanar los soldados que mandaba Borbón, los nombres de los cuales se hallan escritos y sus escudos de armas esculpidas en una tabla que allá se conserva.

Los embajadores enviados por los Excelentísimos Comunes tienen en Inglaterra y Holanda sabida la resolución de Cataluña de emprender la defensa a que le empeñaron las esperanzas que puso en los holandeses y las promesas de la reina de Inglaterra; moverán a los holandeses por el interés de su propia conservación, y a los ingleses por el pundonor de su palabra y gloria de su Nación a ayudarnos y protegernos en una causa tan justa, no pareciendo creíble que una Nación tan generosa como la inglesa se determine a obrar contra sus mismas promesas y quiera dejar tan negro borrón a la posteridad.

Los príncipes de Germania, informados de nuestra determinación, acudirán por ventura al socorro de nuestra Nación que tiene su origen en la Alemania misma, pues que es constante que Otger Catalón, de Nación Alemana, condujo los catos, Nación también alemana, que se habían establecido en Francia en la provincia de Lemosín, para socorrer en España a nuestros godos; y de esta Nación de los catos tomó esta tierra el nombre de Cataluña. Quedando ellos domiciliados en esta provincia, los reinos de Nápoles, Cerdeña, Mallorca, que tantas veces han sido socorridos de las armas catalanas en sus contratiempos, y que después ha unido a este Principado y Corona de Aragón, cuando sepan la empresa en que entramos por nuestra libertad, no dejarán de mostrarse agradecidos, favoreciéndonos con todo aquello a que se extienden sus medios y socorros.

El rey de Portugal, con razón mal contento del abandono de los aliados y no muy lejos de sucumbir l mismo infortunio que nos amenaza, no dejará de interesarse también en nuestra causa, acordándose con sus leales y valerosos vasallos de su amistad y antiguas concordias establecidas con nuestros mayores, y como también de cuánto contribuyó Cataluña para repeler el duro dominio que oprimía aquel reino y hacer revivir su gloria y sus leyes, uniéndose estrechamente con aquel reino en el año 1641, con D. Ignacio Mascareñas, embajador del rey D. Juan, a los Comunes de Cataluña, en que por el mes de febrero se estipuló el solemne tratado; para ratificación pasó después a Portugal como embajador de Cataluña D. Jacinto Sala, siendo el objeto y fin de este tratado el repeler la agresión común a las dos naciones que pretendía la ambición del conde-duque de Olivares imponerse a aquel reino y a Cataluña.

Estas mismas diligencias parece conveniente que es justo se practiquen en todos los reinos y provincias que aman la justicia y la libertad, porque no puedo persuadirme a que dejen en nuestra y de ser nuestros valedores de interesarse en nuestra defensa por su conveniencia misma coyuntura, debiendo deducir de nuestra desgracia esa necesaria consecuencia; que si la esclavitud va aumentando en Europa, no tardarán mucho los reinos, repúblicas y provincias a caer bajo el de esclavitud que hoy tan injustamente tenemos.

Los aragoneses, valencianos y catalanes, ministros y criados que al presente se hallan en servicio del emperador y rey nuestro señor, no se debe dudar que, noticiosos de la generosa deliberación de los Excelentísimos brazos de morir antes que dejar de ser sus vasallos, entregándose vilmente a la esclavitud, acordándose que nacieron libres y privilegiados, y que estas franquezas son las que les han elevado al honor y distinción que gozan, regarán con sus lágrimas los reales pies de su majestad, implorando de su clemencia los merecidos alivios.

Los reinos de Aragón y Valencia, que es justo consideremos como a nuestros hermanos, unidos con vinculo indisoluble por tantas centurias en tantos solemnes repetidos actos de Cortes Generales, en compañeros en tantas conquistas, que hoy sufren violentamente más duro y odioso despotismo y que han sabido en nuestros días defender su incomparable valor, tan notorio al mundo, como lastimoso a la memoria, los privilegios y libertades, en indefensos pueblos comarcanos y montañas, se debe esperar que si la suerte les presenta la ocasión vuelvan a tomar las armas, y que, haciendo el último sacrificio de sus vidas, sacudirán tan intolerable servidumbre y ayuden a la común empresa de la Libertad.

Poco aprovecharían todos los medios ponderados y cuantos la Providencia humana podría pensar o aplicar, si no se procurase aplacar la ira divina por medio de una pública y fervorosa penitencia. Piadoso Dios, regularmente preceden potentes avisos antes de extender la mano de su justicia. Las historias nos dicen que en el año 670 se vio en nuestra España un eclipse tan espantoso que, sucediendo en lleno día, se vieron las estrellas. Todos los autores concuerdan que fue señal o aviso de la próxima invasión de los moros en esta Península, sucedida por las grandes culpas de sus moradores, de los cuales, no habiéndose enmendado, más antes bien añadido nuevos pecados públicos, irritaron la paciencia divina, y fue tal el castigo, que se miraban unas a otras las provincias sin darse ayuda ni socorro en aquella calamidad. En el año 827 comparecieron en el aire, sobre esta ciudad, visiones como escuadrones y multitud de rayos sin truenos. En el año 838, en el día de la Pascua de la Resurrección, se vio en Cataluña un terrible cometa. Estas señales precedieron las dos veces que esta ciudad fue entrada por asalto por los moros, sacrificando los habitantes sus vidas en la defensa.

Todos hemos visto en nuestros días las espantosas señales que el cielo nos ha dado de su indignación. En 3 de septiembre de 1700 cayó un rayo en la torre mayor de Tarragona, que, poniendo fuego a la pólvora, destruyó templos, conventos y casas, con muerte de muchos de sus habitantes, que quedaron sepultados en sus mismas ruinas. Después, en 25 de diciembre de 1704, compareció un horrible meteoro que con su gran resplandor oscureció el día, y con su espantoso estruendo pasmó a grandes y a xicos. En el día 12 de mayo de 1706 se vio aquel gran eclipse del sol, que de tal suerte turbó la luz del día que podían contarse las estrellas. Señales fueron de la ira divina los portentos referidos de los siglos pasados, de los cuales se siguieron en aquellos tiempos tantas tristes desgracias. y los sucedidos en nuestra edad son también no menos evidentes señales con que la divina justicia nos prevenía y exhortaba a la enmienda y penitencia. Hemos padecido el castigo de 8 años de guerra, en que ha quedado destruida la mayor parte de Cataluña, rendidas y arruinadas tres de las principales ciudades, sin que en las capitulaciones fuesen comprendidas sus libertades y privilegios. Asolados muchos pueblos, devastadas las más fértiles comarcas, taladas las campiñas, sacrificadas las vidas de un número sinnúmero de sus habitantes por su rey y por su Patria, de los cuales muchos padecieron en ignominiosas y duras prisiones, como víctimas de la ira de nuestros Enemigos. Todo esto son efectos de una enconada y rabiosa guerra.

Pero los más dolorosos y lo que más lastima la consideración es lo que con dificultad se nos haría creíble si todos los presentes no fuesen testigos. Los lastimosos clamores de los pueblos por tantas vejaciones y males que padecían y no han sido oídos; las violencias y robos a comunes y particulares se han visto no sólo tolerados, sino también protegidos y apoyados de los mismos ministros y generales que los debían remediar, pretextando con la voz del real servicio y con la disculpa de no ser evitables los abusos; enormidad verdaderamente execrable hacer cómplice de tantos insultos y delitos la piedad de la religión y la justicia de nuestro rey; crecidos al más alto punto los desórdenes y vicios, exaltados a la mayor altura el robo, el homicidio, la profanidad, la disolución y otros enormes excesos. La divina justicia, después de habernos prevenido y avisado misericordiosamente del castigo, nos amenaza con la más trágica ruina, si desde luego no nos determinamos a reformar nuestros desórdenes y vicios, que son las fuentes de tantos males y desdichas. Interpóngase con toda su autoridad y justicia el poder de los Excelentísimos brazos y hagan cesar de una vez todas las causas de tan abominables delitos; exhorten a los eclesiásticos a la reforma de los vicios, a la unión y concordia de los naturales sin consideración a los propios intereses, y a la contrición y penitencias. Sea esta ciudad y Cataluña toda diferente de lo que ha sido, otra contrita y penitente Nínive; persevere el fervor de la enmienda y de la comenzada penitencia, pues de este modo logrará esta ciudad los consuelos de otra Betulia por la protección de la soberana Judith, nuestra patrona la soberana Virgen de la Merced, que así como cuando se dignó descender a esta ciudad la ennobleció y glorificó, mandando instituir una Real Orden para redimir los cautivos detenidos en duras cadenas de esclavitud, así deshará con su poderosa protección los grillos que nuestros Enemigos preparan a nuestra libertad y no desemparar a la ciudad que eligió por libertadora.

Propuesto, pues, y asentado por estos justos motivos y sólidas razones con base fundamental y verdad incontestable que Cataluña es hoy la misma que era en otros tiempos, que los que hoy viven son descendientes de aquellos que han dejado sus nombres inmortalmente gloriosos en la memoria de los siglos; que nuestras leyes renacieron bajando nuestros mayores de los fríos Pirineos con la divisa de la Santa Cruz, por señal de su religión; que Cataluña tiene autoridad para propulsar las injurias no sólo por el derecho natural, sino principalmente por nuestras leyes juradas y pactadas, que la multitud de los contrarios no turba el corazón de los catalanes, quién no dirá que fuera en nosotros acción ignominiosa el sujetarnos a discreción, sin oponernos vigorosamente, y tanto más indigna de consentirla por ser nosotros los primeros catalanes que la ejecutarían.

Mantuviéronse nuestros antiguos 7 años en Atenas, 2 en Galípoli y uno en Perpiñán; nuestros barceloneses, en las centurias de 1400, 1600, tuvieron 24 años cerradas las puertas de esta ciudad y no las abrieron hasta que con honor pactaron leyes, privilegios. Exceder a nuestros mayores fuera añadir blasones a nuestra Nación; seguir el curso de sus instrucciones es justicia que debemos hacernos a nosotros mismos, si no queremos que el mundo nos moteje y diga que degeneramos de nuestros pasados catalanes. Nuestros legítimos reyes han aprobado nuestra defensa para mantener nuestras leyes y libertades. ¿Y un príncipe que tiene tan disputable derecho, excluido por una solemne constitución, quiere ultrajar así nuestra justicia? Los mismos que aprobamos aquella constitución como los que nos hallamos presentes, ¿cómo, pues, podemos consentir sin afrenta la ignominiosa entrega que se nos propone? La ley jamás tiene lugar sino cuando se presenta el caso, y que consentimos que se estableciese venida la ocasión, ¿no la observamos? Ignominia sería de la cual no se hallaría ningún ejemplo.

La brevedad no permite hacer memoria de tantos príncipes, reyes, emperadores que, movidos por las reglas de la justicia, han ayudado a este Principado a repeler la esclavitud que en diferentes tiempos ha querido la envidia imponer a Cataluña: sólo hago memoria de los gloriosos emperadores Carlo Magno y Ludovico Pío, que vinieron en persona a socorrernos de nuestra opresión, ratificando nuestras góticas libertades y añadiéndonos singulares privilegios; y si esto ejecutaron aquellos piadosos emperadores por proteger oprimidos, ¿quién puede dudar que nuestro rey y invictísimo emperador, ligado con solemnes vínculos de tantos juramentos, y sabida nuestra constante resolución, no nos proteja y socorra en nuestra necesidad con todo su poder?

En su real carta nos dice que retira sus tropas por no hacer más trágica nuestra desgracia, y no se halla en ella voz ni palabra alguna que explique renuncia de sus derechos, ni que declare que nos exime y libre del juramento de fidelidad, que todo el Principado, en acto solemne de cortes, le tiene prestado. Sabio y religioso nuestro rey, sabe que no puede renunciar sus derechos ni deshacer tampoco el juramento que su majestad hizo en la corte general si no es con otro acto de Cortes Generales, y consintiéndolo la misma corte; porque el contracto hecho en Cortes Generales es el más solemne y tiene antelación y preferencia a todos los demás contractos, de donde se infiere esta legítima consecuencia que nosotros permanecemos vasallos, y que no podemos deshacer un acto de cortes sin cortes; y que menos podemos deshacer un voto de cortes como es la constitución primera, en la cual reconocimos ser un derecho justo a la exclusión de los demás.

Vuelvo a repetir que tengo por constante que los que concurrieron a la aprobación de aquella solemnísima constitución son los aquí presentes. No hay quien no diga que las leyes se hicieron para observarse, y que no tienen estimación ni fuerza hasta que llega el caso de hacerlas valer y poner en práctica. Fuera a la verdad cosa digna de mofa, de risa, haber consentido con tanta reflexión en la expresada ley en tiempo en que estaban a las puertas de esta ciudad dos ejércitos, y que ahora, con oprobio de nuestra Nación, no sólo rompiésemos una constitución tan sagrada, mas consintiésemos también a perder de un golpe todas nuestras leyes, libertades y fueros. Esto no lo dicta la razón ni lo aconseja la justicia.

Defendamos nuestro derecho con resolución y brío, y hágase a su majestad memoria de nuestra forzosa obligación, como también del magnánimo espíritu con que los juramentos hechos en Cortes Generales, y por las promesas subsiguientes se determinó en el año 1706, contra el parecer y sentir de sus ministros y consejeros, a mantenerse dentro de esta ciudad para ser nuestro capitán, y en aquel formidable sitio, a imitación del rey D. Juan el II de Aragón, a quien debieron esta fineza heroica los perpiñaneses en el año 1443, poniendo a su majestad en consideración que el día de hoy militar para amparamos y protegernos iguales, y aún más poderosas razones por el sacrificio que de nuevo se expuso Cataluña, como también por el glorioso ejemplo y memorable prueba que dio esta ciudad de su contante fidelidad, no sólo consintiendo el embarco de la reina y emperatriz nuestra señora, sino también acompañándola esta Excelentísima ciudad, nobleza y pueblo hasta que puso sus reales pies en el mar, sirviéndola el amor y fidelidad de estos naturales, con las armas en las manos, de segura guardia en que se debe ponderar como punto digno de particular reflexión, poniendo la reina y nuestra señora una preciosa prenda que el rey nuestro señor nos dejó en empeño de que no desampararía Cataluña y que volvería a honrarla con su presencia. Antepuso Cataluña el amor y servicio de su majestad y la salud pública a la infatigable seguridad de ser mantenido en la posesión que goza de sus privilegios y leyes, conservando prenda de tanta estimación como en seguridad de su real promesa, porque pudo tanto en ella la reflexión y deseo de querer complacer al rey nuestro señor, y hacer patente el mayor acto de fidelidad, que todo lo venció la lealtad, la confianza y el amor.

Las infracciones de leyes y privilegios que ejecutaron los ministros del serenísimo duque de Anjou están comprobadas: las públicas ofensas e injusticias que en tantos años ha tolerado Cataluña del ministerio castellano, se han hecho notorias. ¿Qué esperamos? Si misericordioso el cielo favoreció a Cataluña guiando este Principado nuestro rey y glorioso emperador para que en su dulce y suave dominio renaciesen las glorias de Cataluña en restablecimiento de las insaculaciones de ciudad y diputación, en tantos como se hallan empleados en la guerra, en lo político y en la misma corte del rey nuestro señor, ¿querrá Cataluña volver a sujetarse a los agravios y ultrajes que tantos años ha sufrido de ver a sus naturales no sólo excluidos de todos los empleos, sino también en un solo día ni privilegios, ni leyes, ni honor?

Supongamos como sucedido el más lastimoso suceso de verse esta ciudad en quien reside hoy día, no sólo la libertad de la Corona de Aragón, sino la de muchos reinos y provincias, reducida a la necesidad de rendirse a la fuerza, ¿podrán por ventura ser más duras, peores, las condiciones, que de habernos de entregar a discreción, como quieren nuestros Enemigos?

Es cierto que no habrá quien diga que pueden ser más duras y peores. Pregunto: ¿no sería una fea acción elegir de nuestro espontáneo consentimiento la más funesta de todas las desgracias que es aquella misma a que el mayor infortunio no puede sujetar en el más triste y trágico contratiempo? Yo considero que no habrá quien no entienda ser el más bajo y vil abatimiento a que puede llegar el ánimo más desnudo de honor, de ley y de noble resolución. ¿Qué dirían las historias venideras de los que ejecutaran una tan torpe y fea acción?

Es constante que, comparando una acción con otra, dirían tantos oprobios como refieren glorias las historias antiguas de nuestros honrados antepasados. De los pasados barceloneses se lee que en las conquistas de Mallorca, Valencia y Menorca obraron acciones dignas de eterno nombre; en las guerras de Sicilia y Cerdeña ejecutaron las mayores proezas; en Nápoles, el año 1442, la valerosa Coronela de esta ciudad, capitaneada por su consejero Galcerán Destorrens, supo ocupar y mantener las puertas de Santa Sofía, que en esta ciudad se guardan para memoria de esta proeza.

En la propia Patria han defendido con admiración tantas veces las libertades y privilegios de Cataluña, y en tantos sitios como ha padecido esta ciudad o ha capitulado con honor, o acabaron los habitantes la vida con inmortal gloria. Acuérdese la invicta Coronela que aún viven en esta ciudad hijos de aquellos que con tanto valor humillaron el orgullo del marqués de los Vélez en los repetidos asaltos que en 26 de enero de 1641 dio al fuerte de los reyes en Monjuich, ¿y hoy consentiría su honor ser desemejantes a los que con tantos esfuerzos supieron mantener generosamente la gloria de su Patria y la justicia? Para animar y persuadir la heroica resolución de tan noble empresa no me ha sido necesario recurrir a extranjeras historias.

Todos los ejemplos que he propuesto son casos que han ocurrido en nuestra Nación y en nuestra Patria, referidos por autores extranjeros, exentos siempre de adulación. Acuérdese Cataluña que el africano dominio la impuso 27 tributos, y que nuestros mayores, con la sangre que gloriosamente derramaron, sacudieron el yugo de la sarracena sujeción, la redimieron de dura esclavitud.

¿Quién, pues, podrá persuadirnos a que en un solo día queramos consentir que se entronice sobre los catalanes la vanidad y violencia castellana, para hacerles servir con la misma ignominia con que, según nos dicen las historias castellanas, hacían servir a los indios, después que les sujetaron y redujeron a su dominio; y ¿quién podría en tan triste caso ver sin dolor y lágrimas arrancar con violencia de un lado del padre el consuelo del querido hijo; y el amador marido de la compañía de su mujer, y llevarles atados por los caminos a modo de salvajes, para obligarles a ir a la guerra, por aquel inhumano orden que se llama quintas?

Acábese la Nación con gloria, pues vale más un glorioso fin que tolerar exhortaciones y violencias que no practicaron los moros.

Por todas estas razones, que desde luego se empuñen las armas y se alcen banderas, se alisten soldados, sin que se pierda un momento. Válganse los Excelentísimos y Fidelísimos brazos generales de la autoridad que el omnipotente Dios, justo y misericordioso, ha depositado en sus manos; manden desde luego hacer manifiestos para que conste a toda la Europa de nuestra justicia y la posteridad de nuestro proceder, quede desengañada la vana presunción de los ministros de Madrid, que, contra todas las reglas de la humanidad y de la justicia, quieren castigar por delito según imaginada fantasía, el afecto que juzgan tenemos de nuestros corazones a la sacra católica cesárea real persona del rey nuestro señor; constando por los actos públicos que no les asiste más razón que un supuesto y vano pretexto.

Pues ven nuestro valor y experimenten a su costa que no ha decaído en un punto ni el espíritu ni el honor de la Nación Catalana; y si por castigo de Dios su injusta envidia nos supera ayudada de la fuerza francesa, y acabara nuestra libertad y privilegios 190 y más años después que acabó la de Castilla con el honor de inmortal memoria, sacrificando generosamente nuestras vidas; y, en fin, ya que en estos gloriosos blasones, nuestros antiguos hicieron renacer en nuestra Patria la gótica libertad, acabara con igual distinción de eterno renombre o persevera, como esperamos, muchos siglos, para que se manifieste lo que en sí tiene reservado la alta Providencia, como en otro voto por una elocuente boca se ha dicho, para pasmo de los que se nos oponen, manifestación de su misericordia y exaltación de su santísimo nombre.

Manuel de Ferrer y Sitges. Barcelona y 6 de julio, 1713.

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