Discursos oficiales de Salvador Allende/1972/Centenario del Hospital del Salvador

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Centenario del Hospital del Salvador de Salvador Allende Gossens
7 de abril de 1972


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DISCURSO DEL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA,
COMPAÑERO SALVADOR ALLENDE GOSSENS, CON
MOTIVO DEL CENTENARIO DEL HOSPITAL DEL

SALVADOR.

SANTIAGO, 7 DE ABRIL DE 1972.

oficina de informaciones
       de la presidencia de chile.

 Trabajadores de la Salud, muy estimadas compañeras, y estimados compañeros:

 He venido una vez más a este hospital. He venido, fundamentalmente, como médico. He venido a una vieja casa con la cual he estado vinculado a lo largo de muchos años de mi vida de médico, como Senador de la República y Presidente de la comisión de Salud Pública del Senador, como Ministro de Pedro Aguirre Cerda y como Presidente del Colegio Médico de Chile, vine en repetidas oportunidades a este establecimiento.

 Además, vine tres veces —antes de la última— (porque he sido tres o cuatro veces candidato de la Presidencia, y siempre vine al hospital). (RISAS Y APLAUSOS).

 Quiero agradecer el cordial recibimiento que se me ha hecho y sé perfectamente que está destinado al compañero médico, que no olvida que es médico.

 En el año 1939 vine a exponer en el anfiteatro de este hospital que algunas líneas que yo creía debían dar vida y forma a la medicina chilena. Y tuve el agrado de dialogar —no sólo una sino muchas veces— de discutir —no sólo una sino muchas veces— con prestigiosos médicos chilenos, fundamentalmente, con prestigiosos médicos de este hospital; ya que ellos —como lo ha destacado el colega y amigo Dr. Oke France— constituían la pléyade de profesionales que, técnicamente sobresalían y que además tenían la conciencia que era indispensable innovar en la Medicina de nuestra Patria.

 Y, al volver aquí, qué grato ha sido para mí estrechar la mano de viejos auxiliares de servicios: hombres y mujeres que conocí hace tantos y tantos años: empleados enfermeras y médicos.
 Aquí hay compañeros míos del primer año de medicina, aquí hay hombres a quienes conozco y aprecio como el caso del cabo Maturana que ha trabajado 42 años en este hospital, y desde que lo conocí, hasta ahora, siempre lo siguen llamando igual a Maturana (RISAS Y APLAUSOS).

 Aquí hay profesores distinguidos, que son hijos de profesores que fueron mis maestros. Lo que prueba que tengo más años que los que represento (RISAS).

 Y a propósito de eso, en una oportunidad, y quizás para halagarme, una señora me dijo al encontrarme accidentalmente con ella en la calle: ¡Qué bien está Ud. Salvador! ¿Toma jalea real? No, le dije: tomo jalea proletaria (RISAS).

 Me ha tocado por vocación de médico actuar directamente en procesos significativos para la medicina chilena en el Estatuto del Médico Funcionario, la ampliación de los beneficios médicos para la familia del imponente, la modificación del Seguro de Enfermedad, la modificación de la Ley de Accidentes del Trabajo y de Enfermedades Profesionales, la creación del Servicio Nacional de Salud.

 Todo ello, lo he vivido y por ello he combatido. Y he combatido lealmente. Fui casi 5 años Presidente del Colegio Médico de Chile.

 Tengo la satisfacción de poder mirar a la cara a todos mis colegas porque discrepando —seguramente con muchos de ellos— en el pensamiento político o doctrinario que ha informado mi vida púbica, nunca dejé de ser médico en mi cargo de Presidente del Colegio Médico de Chile y defendí al gremio como tal y, fundamentalmente, el interés de la medicina chilena y la obligación de que ésta llegara a las grandes masas chilenas (APLAUSOS).

 Por eso estoy aquí con profunda tranquilidad de conciencia.
 Como Ministro de Salubridad Púbica, y contra la opinión del Fiscal de la Beneficencia de esa época, organicé el primer sindicato de los trabajadores de la Salud. Eran los viejos tiempos; no había jornadas de ocho horas. La inmensa mayoría del personal de Servicio vivía en el hospital. Diferencias de salario, de trato, de comida, de alojamiento, de descanso. Todo eso desapareció en una circular trascendente que firmara, como Director de Beneficencia, uno de los espíritus más amplios que he conocido, un profesor de gran prestancia: Javier Castro.

 Con él empezó a cambiar la vida, el trabajo, en los hospitales de Chile. Y también empezó a cambiar el sentido de lo que es el hospital, o sea, una empresa destinada a preservar lo que más vale: el capital humano. Pero, no sólo parir curar a los que obligadamente traspasan sus puertas sino que para atender la salud de la comunidad, haciendo entender a todos los que aquí trabajan o en los distintos establecimientos de atención médica, la interrelación fundamental que existe entre la salud, el proceso económico y el desarrollo de un país, al analizar lo que representa la hora y las horas y las miles de horas que no se trabaja por enfermedad.

 A pesar, profundamente, lo que representa la permanencia de un enfermo en la sala de un hospital, con un costo diario que debe alcanzar hoy a 180 escudos, por cama. Al comprender, entonces, que muchas y muchas veces —sobre todo los niños— el esfuerzo de los médicos, las enfermeras, del personal auxiliar se quiebra cuando el muchachito o el niño recuperado en el establecimiento la salud y vuelve al medio hostil de su casa, sin agua, sin alcantarillado, con alimentación insuficiente.

 Pero, más que nada y es importante señalarlo a pesar de plantear estos aspectos diferentes a la concepción tradicional que caracterizó nuestra medicina, nunca —y por suerte— se perdió el sentido humano que ella debe tener. Son los trabajadores de la Salud cualquiera que sea el nivel de desempeño, los que deben tener conciencia —y la tienen en la inmensa mayoría— cuándo es lo que necesita de humano, el humano que enfermo llega y que reclama, a veces, antes que el medicamento, la palabra tibia, de la comprensión de aquellos que deben atenderlo.

 De la misma manera que se ha comprendido cabalmente el concepto de una Medicina como la actual, el trabajo en equipo, la interrelación, la complementación de técnicas y conocimientos, es algo especial, esencial y fundamental que se comprenda que ya no cabe el médico solitario y aislado, por muy sapiente que sea.

 La Medicina es una disciplina y un arte que cada vez reclama más el trabajo de conjunto, la cooperación, la ayuda, la discusión y la utilización el empleo de verdaderas máquinas que requieren un alto nivel de especialización.

 Ya no hay médico, por muy hábil que sea con su bisturí, que no sepa que lo que él hace está en relación con lo que hiciera la enfermera que esteriliza el instrumental, la que lo ayuda en el momento de la intervención o la modesta compañera que atiende en el puesto de auxiliar de servicio al enfermo operado por el gran cirujano. (APLAUSOS).

 Esto es una realidad, como es una realidad el hecho de que el pueblo ha elevado, en el conocimiento de sus derechos y también, en el de sus deberes, reclamos de atención médica, preventiva y curativa.

 Lógicamente hay que entender que un país en vía de desarrollo como el nuestro, limitado en sus posibilidades, en los recursos humanos con que se cuenta, con las dificultades casi insalvables no pueda atender, por ejemplo, las zonas precordilleranas y aún las vastas zonas rurales del país. Todavía, y lo he constatado hace un mes y 15 días quizás, en la Pampa Salitrera, ahí donde fue el imperio de las riquezas foráneas, ahí hay un médico para 16 mil personas.
 ¿Cuántos son, los lugares de Chile donde no ha llegado aún, una matrona? ¿Cuántos son los que reclaman una enfermera? ¿Cuántos son los que centenariamente están pidiendo la presencia de un médico?

 ¡Qué dramático es constatar, como lo hiciera presente ante los compañeros jóvenes, colegas de mañana, con quienes conversé horas y horas, hace tres meses atrás, cómo se ha producido el éxodo de profesionales de la salud atraídos algunos por una explicable inquietud de investigación científica, llevados los más, por desgracia, por las expectativas materiales de un mayor ingreso!

 Exodo que implica que la inteligencia nuestra, en parte, se va. Inteligencia preparada con el esfuerzo de tantos, heredera de tradiciones de tantos que más que nunca necesita hoy el país para defender —repito— la vida, el presente y el futuro de nuestro pueblo.

 Por eso, al terminar mis palabras, después de pesar los conceptos profundos con que el Director de este Hospital se ha referido a su Centenario, y después de escuchar al compañero Ministro de Salud Pública delineando frente a Uds. los grandes parámetros con los cuales creemos nosotros debe desarrollarse la medicina del mañana, quiero tan sólo, ahora, para despedirme de Uds., decir que pesen, mediten y sientan el pasado que está presente aquí.

 ¡Cuántas mujeres, cuántos jóvenes, cuántas modestas enfermeras, cuántas mujeres de servicio, cuántas que no tenían, trabajando en un hospital, derecho a atención médica ellas y ellos! ¡Cuántos entregaron su vida enseñando, creando, elevando los conocimientos!

 Aquí hay una tradición que hay que mantener y acrecentar. Aquí hay un espíritu que tiene que proyectarse. Aquí está latente —y con gran contenido— una medicina científica y que por ser científica nunca dejó de ser tibia y humana.

 En Uds., rindo el homenaje a aquellos que entregaron su vida, por darle el prestigio que tiene, al hospital de El Salvador y con tranquilidad, mía y del país, como Presidente, puedo decir que tengo la certeza de que serán dignos herederos de esa tradición al servicio del pueblo y de la Patria. (APLAUSOS).


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