Divertidas aventuras: 04

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Antes de los quince años había comenzado ya mi historia pasional -que así debe llamarse, libre como estaba de todo sentimentalismo-. Bajo la influencia del clima y las costumbres -ardiente el uno, libres las otras por su mismo carácter patriarcal-, en los pueblos de provincia y hasta en las capitales populosas, el hombre despertaba en el cuerpo del niño cuando en otros países apenas si apuntarían las primeras vislumbres de la adolescencia. La iniciación de los muchachos era siempre ancilar: las inmensas casas bonaerenses, y más aún las provincianas y campesinas, con tres grandes patios y a veces huerta, llenas de vericuetos, escondrijos y rincones no frecuentados por la gente mayor, hacían ineficaz la vigilancia paterna despertada por algún síntoma o indicio que aconsejara la represión, tanto más cuanto que los criados eran por lo común cómplices y encubridores, a cambio de reciprocidad. Poco a poco, este defecto de nuestra organización doméstica, tan contrario a los principios entonces imperantes, ha venido modificándose, no tanto por mayor disciplina moral, cuanto por la fuerza de las circunstancias que, dando enorme valor a la tierra, han empequeñecido las casas, facilitando la observación y agrupando más la familia. Véase cómo causas al parecer muy lejanas en la materialidad de las cosas producen en la conducta de los hombres los más inesperados efectos. En este caso, los instintos en libertad se han visto paulatinamente coartados por las exigencias de la vida, es decir, por las manifestaciones de ellos mismos, bajo otra forma.

Yo, por mi parte, en aquel tiempo, no podía estar menos vigilado ni gozar de mayores libertades; era dueño de mí mismo, y en esta independencia total realicé actos que no son para contarlos y a los que sólo me refiero por la influencia que tuvieron después sobre mi carácter. Mamita pasaba los días taciturna y casi inmóvil, cosiendo, tomando mate o rezando, presa de incurable melancolía, que sólo ahuyentaba un momento para abrazarme y besarme con transporte enfermizo. Tatita, siempre ocupado o entretenido fuera de casa, no tenía tiempo ni quizá interés de imponerme una moral medianamente rígida. No los critico ni hay para qué. Sin duda, ella, en su candor de mujer siempre aislada, no llegó nunca a sospechar que mi inocencia corriera peligro, y mi padre pensaba, probablemente, que no tenía por qué preocuparse de cosas que habían de suceder más tarde o más temprano, tratándose de un muchacho robusto, de salud de hierro, alegre, decidido, apasionado, que sólo se enfermaba, o mejor, enervaba, con la oposición a sus antojos y la restricción a su autonomía. ¿Qué quiere un padre, si no es que sus hijos resulten bien aptos para la vida y sepan manejarse por sí solos, en lo sentimental como en lo material, en lo intelectual como en lo físico?

A un buen padre, como yo lo entiendo, le basta, en suma, con que sus hijos sean inteligentes y no le falten al respeto. Era nuestro caso. Yo daba pruebas de no ser tonto y estaba muy lejos de no respetar a mi padre. Por el contrario, le admiraba y veneraba, porque era el caudillo indiscutible del pueblo, y todos le rendían pleito homenaje, porque siempre fue «muy hombre», es decir, capaz de ponérsele delante al más pintado y de arrostrar cualquier peligro, por grave que fuese; porque tenía una libertad de palabra demostrativa de la más plena confianza en sí mismo; porque montaba a caballo como un centauro y realizaba sin aparente esfuerzo los ejercicios camperos más difíciles, las hazañas gauchescas más brillantes, sea trabajando con el ganado en alguna estancia amiga, sea en las boleadas de avestruces, o en las carreras, en el juego de pato, en las domadas; porque se distinguía en la taba, el truco, la carambola, el casín, el choclón y la treinta y una, amén de otros juegos de azar y de destreza, y porque criaba los mejores gallos de riña del departamento en una serie de cajones puestos en fila, en el patio de casa, frente a mi cuarto; porque, gracias a él, con quien nadie se atrevió nunca, yo podía atreverme impunemente con cualquiera. En suma, era para mí un dechado de perfecciones, y yo me sentía demasiado orgulloso de él, demasiado satisfecho de su protección directa e indirecta para que este orgullo y esta satisfacción no se tradujeran en un gran cariño y en una veneración sui generis, semejante al efecto admirativo hacia el camarada más fuerte, más apto y más poderoso, que accede, sin embargo, bondadosamente a todos nuestros caprichos.

Como más de una vez, siendo yo muy niño aún, me llevó a las carreras, las riñas y otras diversiones públicas, y como nunca tomaba a mal mi presencia en aquellos sitios -ni a bien tampoco, porque siempre hizo como que no me veía-, pronto me aficioné y acostumbré a correr, también, la caravana, y no tardé en conocer todos los rincones más o menos misteriosos de Los Sunchos, trinquetes, casas de baile y demás. En cambio, me faltaba tiempo para frecuentar escuela, pese a mi cargo inamovible de monitor, pero esto no era un mal, porque, sabiendo ya leer, creo que don Lucas hubiera podido enseñarme bien poca cosa más -quizá la ortografía, que he ido aprendiendo luego, en el camino-. Pedro Vázquez no faltaba, y nunca quiso acompañarme en mis correrías a la hora de clase.

-¡Sos un sonso! ¡Para lo que se aprende en la escuela!

-Papá dice que eso es bueno, porque uno se acostumbra a la disciplina y al trabajo, y como me va a mandar a estudiar en la ciudad... -me contestaba Pedro, gravemente, muy cómico con su gran «chapona» crecedora, los pantalones por los tobillos y el chambergo de anchas alas.

-¡Se necesita ser pavo! -reía yo, encogiéndome de hombros y corriendo a mis diversiones con un gran desprecio en el alma hacia la parte tonta de la humanidad.

Entretanto mi educación se completaba en otros sentidos: iniciábame rápidamente en la vida bajo dos formas, al parecer antagónicas, pero que luego me han servido por igual: la fantástica, que me ofrecían los libros de imaginación, y la real, que aprendía en plena comedia humana. Esta última forma me parecía trivial y circunscrita, pero consideraba que su mezquino aspecto era una simple peculiaridad de nuestra aldea y que su campo de acción estrecho, embrionario, se ensancharía y agigantaría en las ciudades, hasta adquirir la maravillosa amplitud que me sugerían las novelas de aventuras. Pero aún no sentía el deseo de vivir la vida, para mí extraordinaria, de los grandes centros, y el mismo proyectado viaje de Vázquez no me causó la menor envidia; bastábame imaginarla y soñar con ella, porque estaba entonces harto absorbido por las personas y las cosas de mi ambiente, y me decía por instinto, sin reminiscencia histórica alguna: «Más vale ser el primero aquí que el segundo en Roma». Es que, en realidad, me divertía, satisfaciendo todos mis apetitos, en la forma que más arriba dejo anotada. Para no ser demasiado explícito, agregaré, tan sólo, que me había hecho asiduo lector de Paul de Kock, de Pigault-Lebrun, del abate Prévost, traducidos al castellano, pero que si bien estos autores me divertían no me contaban nada nuevo, aparte algunas inverosímiles intrigas. Me hacían, sí, soñar, en ocasiones, con aventuras imposibles o difíciles, más altas y envanecedoras que la resignada pasividad del estropajo o su servil provocación. Con las vulgares realizaciones de los libros humorísticos luchaba mi imaginación y el idealismo sensual de algunas novelas románticas, y estas dos fases de la sensación, conviviendo en mi cerebro, me hacían pensar ora en la mujer tal cual la conocía, con el simple atractivo del sexo, ora en esa entidad superior de la «gran dama», golosina exquisita y complicada.

Estos sueños, no me cabía duda, eran realizables y se realizarían después, cuando hubiera conquistado brillante posición, cuando hubiera hecho... ¿Hecho, qué? Lo ignoraba, pero debía ser alguna hazaña notable, algo dentro del género guerrero o político, una victoria decisiva sobre el enemigo -¿qué enemigo?- que me hiciera un nuevo Napoleón; o un triunfo colosal sobre mis adversarios -¿qué adversarios?- llave que me abriese de par en par las puertas del poder; o la adquisición de una fortuna inmensa -¿por qué herencia, lotería o hallazgo?- que me convirtiera en un Montecristo criollo. Todo esto era, naturalmente, nebuloso y variable, y mi ambiciosa voluntad estaba indecisa y como ciega, sin acertar a trazarse un camino, una norma de conducta que la llevara a las grandes realizaciones. Las circunstancias no eran propicias, y largo tiempo esperé en vano una oportunidad que me iluminara, invitándome a la acción.

Sin embargo, la princesa o su sucedáneo estaba muy cerca y en forma tangible: vivía frente a casa, en un bosque durmiente, aguardando que yo fuera a despertarla.

Era la hija única de don Higinio Rivas (don Inginio para el pueblo), personaje que compartía con mi padre, muy secundariamente, la dirección política del departamento. Se llamaba Teresa y, según la ve ahora mi experiencia, no pasaba en aquel tiempo de ser una muchacha casi tan vulgar como su nombre (¿o es que el nombre me parece vulgar porque lo llevaba ella?). Sin embargo resultaba entonces para mí la flor de la maravilla, porque tenía el divino prestigio de la juventud, y porque en nuestra democracia campesina ocupaba en realidad un puesto análogo al de una princesa, así como yo podía parecer un príncipe sin corona. Morena, de cabellos y ojos negros, cara oval, nariz fina y recta, boca grande y roja, barbilla un tanto avanzada, sin rasgo alguno notable, tenía, no obstante, una tez aterciopelada de morocha, sonrosada en las redondas mejillas, que era un verdadero encanto e invitaba a besarla o a morderla como un fruto maduro; de estatura mediana, gruesa por falta de ejercicio y exceso de golosinas y mate dulce, parecía bajita y esto le afeaba un tanto el cuerpo que, más esbelto, hubiera resultado gracioso. En cambio, tenía el don de atraer con su mirada bondadosa y suave, como lejana o dormida, y con su palabra lenta y melosa a causa de un ligero ceceo y de las inflexiones largas y cantantes de la voz. Era, en suma, una criollita poco excepcional, pero en Los Sunchos hubiera obtenido el primer premio, a estilarse allí los concursos de belleza. Siempre a una ventana del viejo caserón que, rodeado de árboles, daba frente a casa en la calle de la Constitución, Teresa, que fue mi compañera en la primera infancia, me seguía infatigablemente con los ojos en mis continuas idas y venidas, sin que yo parara mientes en aquel interés ni tratara de investigar sus causas. Pero cuando sentí las iniciales aspiraciones amorosas y comencé a soñar en la mujer ideal, el instinto me llevó a fijar la vista en ella, como en la posible realización de mi deseo poético de conquistar el primer perfume de una flor de invernáculo, o por lo menos de jardín cultivado y custodiado. Aquel hortus conclusus llegó, en fin, a detener mi atención y a despertar en mí un sentimiento exteriormente parecido al amor; amor cerebral, apenas, primer despertamiento de la imaginación en consorcio con los sentidos, como lo prueba la forma en que me di cuenta de que lo experimentaba...

Era una noche, tarde ya, y mientras todos dormían en casa, yo leía con entusiasmo la Mademoiselle de Maupin, de Teófilo Gautier; como a Paolo y Francesca los amores de Lancelotto, aquel libro sensual me produjo extraordinario y repentino vértigo. La sugestión surgió, imperativa, y, como si se iluminara de golpe mi cerebro, vi rodeada de un nimbo la imagen de Teresa, tal como nunca se había presentado a mis ojos ni a mi imaginación, hermosa, provocativa, con un encanto nuevo y fascinador. Tan poderoso fue este choque recibido por mi espíritu, que -cual si se tratara de una cita convenida de antemano-, salté de la cama con arrebato infantil, me vestí a toda prisa, y sin pensar en la ridiculez y la inutilidad de mi acción, salí a la calle y, envuelto en la sombra de la noche, sola ánima viviente en el pueblo amodorrado, comencé a tirar piedrecitas a los vidrios de la que improvisamente llamaba ya «mi novia», con la esperanza de verla asomarse y de trabar con ella el primer coloquio sentimental, vibrante de pasión... Como ni ella ni nadie se movió en la casa, al cabo de una hora de salvas inútiles me volví desalentado, como quien acaba de sufrir un desengaño terrible, creándome toda una tragedia de indiferencia, infidelidades y perfidias, en que no faltaban ni el rival, ni el perjurio, ni el arma homicida con sus consiguientes lagos de sangre.

¡Oh imaginación desenfrenada! ¿Quién podrá admitir que, sin otra causa que el propio demente arrebato, aquella noche pensé en el suicidio, lloré, mordí las almohadas y representé para mí solo toda una larga escena de violencias románticas...? Hoy quizá me explique aquel estado de ánimo. De ahí podía decirse, seguramente, que por la edad y el temperamento, amén de las lecturas especiadas, me hallaba en el punto en que no se ama una mujer, ni la mujer en general, sino sencillamente en que se comienza a amar el amor; situación difícil y peligrosa, a poco que falten los derivativos.

Pero, con toda mi desesperación, después de divagar, algo febril, acabé por dormirme tan tranquilo como si nada hubiese pasado. La pesadilla en vigilia cedió su lugar al sueño sin ensueños de la adolescencia que se fatiga hasta caer rendida con el esfuerzo físico de largas horas.




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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