Divertidas aventuras: 07

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El viaje en la galera, muy agradable y divertido, en un principio, sobre todo a la hora de almorzar, que adelantamos bastante para entretenernos en algo, resultó a la larga interminable y molesto, aun para nosotros que no íbamos estibados entre bolsas y paquetes, como los infelices pasajeros del interior.

-¡Qué brutos hemos sido en no venirnos a caballo!- decía mi padre.

Él utilizaba muy poco la diligencia, prefiriendo los largos galopes, que lo dejaban tan fresco como una lechuga, y después de los cuales afirmaba con naturalidad no exenta de satisfacción:

-Veinte leguas en un día no me hacen «ni la cola», con un buen «montado» y otro de tiro.

Pero temía que la jornada fuese demasiado penosa para mí, y no era hombre de hacer noche en mitad del camino, pues consideraría menoscabada con ello su fama de eximio jinete o, más bien, de «buen gaucho». En cuanto a mí, doce leguas era el máximum que había alcanzado en mis excursiones, pero tampoco me asustaban las veinte, en mi petulancia juvenil.

Nuestra única diversión era mirar el campo que parecía ensancharse inacabablemente delante de la galera, lanzada a todo galope de sus doce caballos flacos y nerviosos, atados con sogas, ensillados con cueros que ya no tenían o nunca habían tenido la forma de un arnés, y tres de ellos, a la izquierda, montados por otros tantos postillones harapientos, de chiripá, bota de potro y vincha en la frente, sujetando las negras y rudas crines de su cabellera. Los tres gritaban alternativamente, haciendo girar sobre sus cabezas la larga trenza de su arriador, que caía implacable, ora sobre las ancas, ora sobre la cabeza de los pobres «mancarrones». Contreras, desde su alto pescante, con cuatro riendas en la izquierda, blandía con la derecha el látigo largo y sonoro, nunca quieto, azotando sin piedad los dos caballos de la lanza y los dos cadeneros, y la diligencia, envuelta en una nube de polvo, iba dando saltos en las asperezas del camino, como si quisiera hacerse pedazos para acabar con aquella tortura que la hacía gemir por todas sus tablas, por todos sus hierros, por todos sus vidrios a un tiempo.

Terminaba el verano. Las entonces escasas cosechas de aquella parte del país -hoy océano de trigo- estaban levantadas ya, los rastrojos tendían aquí y allí sus erizados felpudos, la hierba moría, reseca y terrosa, y el campo árido nos envolvía en densas polvaredas, mientras el sol nos achicharraba recalentando las agrietadas paredes del vehículo. En el paisaje ondulado y monótono, el camino se desarrollaba caprichosamente, más oscuro sobre el fondo amarillento del campo, descendiendo a los bañados en línea casi recta, como un triángulo isósceles de base inapreciable, o subiendo a las lomas en curvas serpentinas que desaparecían de pronto para reaparecer más lejos como una cinta estrecha y ennegrecida por el roce de cien manos pringosas. Pocos árboles, unos verdes y melenudos, como bañistas que salieran de zambullirse, otros, escasos de follaje, negros y retorcidos, como muertos de sed, salpicaban la campiña, cortada a veces por la faja caprichosa y fresca de la vegetación, siguiendo el curso de un arroyo, pero sin interés, con una majestad vaga, y mucho más para mí, que, medio adormecido, pensaba confusamente en mis compañeros, en Teresa, un poco en mi madre desconsolada y un mucho en la vida de desenfrenado holgorio que llevara durante tantos años en Los Sunchos. ¿Se había acabado la fiesta para siempre? ¿Me aguardaban otras mejores?

En las postas, mientras Contreras, los postillones y los peones «ociosos», lentos y malhumorados, reunían los caballos, siempre dispersos, aunque la galera tuviese días y horas fijos de «paso», los pasajeros todos bajábamos a estirar las piernas entumecidas en la inmovilidad. Como estas postas eran, generalmente, una esquina o pulpería -pongamos mesón, para hablar castellano y francés al mismo tiempo-, se explicará la inevitable ausencia del refresco hípico con la imperativa presencia del refresco alcohólico. Tatita pagaba la copa a todo el mundo, la caña con limonada, la ginebra o el suisé, daban nuevas fuerzas a nuestros compañeros de viaje para seguir desempeñando resignadamente el papel de sardinas. ¡Cómo lo adulaban, exteriorizando familiaridades que parecían excluir toda adulación! ¡Y cómo me sentía yo orgulloso de ser hijo de aquel dominador, tan servilmente acatado!...

Llegamos, por fin, a la ciudad, anquilosados por tan largas horas de traqueteo. La galera rodó por las calles toscamente empedradas, despertando ecos de las paredes taciturnas, y haciendo asomarse a las puertas las comadres, que nos seguían con la vista, curiosas, inmóviles y calladas, ladrar furiosos los perros alborotadores, correr tras el armatoste desvencijado la turba de chiquillos sucios y casi desnudos, cuyo entusiasmo tiene manifestaciones de odio, en la torpe confusión de los instintos y las sensaciones.

Y, al caer la tarde, entre resplandores rojizos, cálida y triste, la galera nos depositó frente a la casa de don Claudio Zapata, «la casa cristiana, donde no había malos ejemplos, perdición de los jóvenes», reclamada por Mamita. Don Claudio y su mujer nos aguardaban a la puerta.

Ambos hicieron grandes agasajos a Tatita, casi sin parar mientes en mí, lo que me lastimó mucho, pensando que estaban llamados a constituir provisoriamente toda mi familia. Con la indiferencia de mi padre y el apasionamiento de mi madre se llegaba a un término medio mucho más caluroso. Y esta primera impresión tuvo una fuerza incalculable: de semi-hombre que era en Los Sunchos, me sentí de pronto rebajado a niño, regresión que iba a seguir experimentando después, y que se manifestó de nuevo, en otras proporciones, cuando me estrené de lleno en la vida bonaerense, años más tarde...

La hembra de aquella pareja -¿era la hembra aquel sargentón de fornidos hombros, pecho como alforjas, porte militar, gran cabellera castaña (postiza, claro), bozo negro en el labio, mano de gañán, mirada imperativa, voz agria y fuerte, nariz de loro, pie de gigante? ¿Era el macho aquel pajarraco enclenque, delgado como una vaina de daga sobre la que se hubiese puesto una pasa de higo con bigote y perilla blancos (caricatura de Tatita), con dos cuentas de azabache en vez de ojos?- La hembra, digo, al verme inmóvil y cortado, dando vueltas al chambergo al borde de la acera, creyó llegado el momento de representar su papel femenino, mostrándose algo afectuosa, y se dirigió a mí, diciéndome las palabras más agradables y maternales que se le podían ocurrir. Pero su voz tenía inflexiones desapacibles y pese a sus melosos aspavientos, me produjo una sensación de antipatía, algo como una intuición de que todo aquello era falso y de que por su parte me aguardaban muchas desazones. Tan honda fue esta impresión que -vuelto a ser niño, como ya dije- los ojos se me llenaron de lágrimas que disimulé y me sorbí como pude por que nadie advirtiera una emoción de que nadie se preocupaba en realidad, pero que hubiera desconsolado a Mamita si la hubiese supuesto y que la hubiera desesperado si la hubiese visto.

Algunos amigos de mi padre, noticiosos de su llegada, acudieron a saludarlo, y poco a poco se llenó de gente la vasta sala desmantelada, de la que recuerdo, como decoración y mueblaje, una docena de sillas con asiento de paja -las de enea, o anea de los españoles- dos sillones «de hamaca», amarillos, montados sobre simples maderas encorvadas, paredes blanqueadas con cal, de las que pendían algunas groseras imágenes de vírgenes y santos, iluminadas con los colores primarios, como las de Épinal, o las aleluyas, una consola de jacarandá muy lustroso y muy negro, sosteniendo un niño Jesús de cera envuelto en oropeles y encajes de papel, el piso cubierto con una vieja estera cuyas quebrajas dibujaban el damero de los toscos ladrillos que pretendía disimular, y el techo de cilíndricos troncos de palma del Paraguay, blanqueados también y medio descascarados por la humedad, como si tuvieran lepra.

Dos chinitas descalzas, y vestidas con una especie de bolsas de zaraza floreada, atadas a la cintura formando buches irregulares y sin gracia, con las trenzas de crin, azul a fuerza de ser negro, pendientes a la espalda, la tez muy morena, las narices chatas, la mirada esquiva y recelosa como de animal perseguido, los ademanes bruscos e indecisos, como de semisalvajes, hacían circular entre las visitas el interminable mate siruposo, endulzado con grandes cucharadas de azúcar rubia de Tucumán, acaramelada con un hierro candente y perfumada con un poco de cáscara de naranja. Eran el acabado reflejo de las chinas de casa -que no he descrito-, pero menos resueltas, menos vivarachas, menos bonitas y más desarrapadas también.

Yo me aburría solemnemente, fuera del ancho círculo regular que formaban las visitas, sentado en un rincón oscuro, olvidado por todos, muerto de hambre, de cansancio y hasta de sueño, porque después de escuchar un rato la chismografía social y política a que se entregaban aquellos ciudadanos, hablando a ratos cuatro y cinco a la vez, mi atención se había relajado y me dejaba presa de un sonambulismo que sólo me permitía oír palabras sueltas, que no me sugerían sino imágenes borrosas e inconexas. Mi padre puso, por fin, término a esta situación, proponiendo un paso «para estirar las piernas», frase cuyo significado interpreté al momento: irían hasta el café o el club a jugar al billar o al truco y a beber el vermouth de la tarde. Fui el primero que se puso de pie lanzando un suspiro de liberación. De los visitantes, unos se excusaron, otros se dispusieron a acompañar a Tatita.

-¡No vuelvan tarde, que pronto va a estar la cena! -recomendó misia Gertrudis con una sonrisa avinagrada, la más dulce, sin embargo, de su corto repertorio.

Salimos, pues, y en el trayecto comencé a conocer la «maravillosa» ciudad de calles angostas y rectilíneas formadas por caserones a la antigua española, de un solo piso, algunas con portales anchos y bajos, pretendidamente dibujados a lo Miguel Ángel, sobre cuyo dintel solía verse, entre volutas, ya una imagen de bulto, ya el monograma I. H. S., flanqueados, algo más abajo, por series de ventanas con gruesas y toscas rejas de hierro forjado. A cada cien varas o menos se veía la fachada, el costado o el ábside de alguna iglesia o capilla, el largo paredón de un convento, y de algunas tapias desbordaban sobre la calle las ramas de las higueras, el follaje de las parras, el verdor grisáceo de durazneros y perales polvorientos. Por las ventanas abiertas solían entreverse, al pasar, las habitaciones interiores de las casas, análogas a la sala de don Claudio, con escasos muebles, piso de ladrillo o de baldosa, tirantes visibles, paredes encaladas e ingenuos adornos cuyo motivo principal eran las estampas de santos, las vírgenes de yeso, y a veces un retrato de familia groseramente pintado al óleo. Todo aquello era primitivo, casi rústico, de un mal gusto pronunciado y de una inarmonía chocante, pero debo confesar que esta impresión es muy posterior a mi primera visita, porque entonces, sin entusiasmarme desmedidamente, la ciudad me causó un efecto de lujo, de grandeza y de esplendor que nunca había experimentado en Los Sunchos. ¡Qué hacerle! ¡Nadie nace sabiendo!

Sin embargo, más que todo aquello me gustó la plaza pública, muy vasta y llena de árboles, con una gran calle circular de viejos paraísos cuyas redondas copas verde oscuro se unían entre sí formando una techumbre baja, una especie de claustro lleno de penumbra por el que se paseaban, en fila, dándose el brazo, grupos de niñas cruzados por otros de jóvenes que las devoraban con los ojos o las requebraban al pasar, mientras que los viejos -padres benévolos y madres ceñudas-, sentados en los escaños de piedra o de listones pintados de verde, mantenían con su presencia la disciplina y el decoro.

Apenas mi padre entró en el Café de la Paz con sus amigos, me hice perdiz y corrí a fumar un cigarrillo en el quiosco de madera que, para la música de las «retretas», se elevaba en mitad de la plaza, olvidado del hambre por el gusto de verme libre después de tan larga sujeción. Allí, entre nubes de humo, contemplé admirado aquel para mí enorme hormiguear de gente, y tras de los árboles, las casas y las pardas torres de las iglesias, allá lejos, las colinas que circundan la ciudad dejándola como en un pozo y que el sol poniente iluminaba con fulgores morados y rojizos. Y de repente, un hondo, un irresistible sentimiento de tristeza se apoderó de mí: encontrábame solo, abandonado -como si aquel cinturón de colinas me separara del mundo-, en medio de tanta gente y tantas cosas desconocidas, y me imaginé que así había de ser siempre, siempre, porque no existía ni existiría vínculo alguno entre aquella ciudad y yo. Ningún presentimiento profético me entreabrió el porvenir; todas mis ideas iban directamente hacia el pasado. Volvía a experimentar, más aguda, la sensación de hambre, pero aquella congoja del estómago, más que física, parecía producida por el miedo, por una expectativa temerosa, como cuando, muy niño aún, los cuentos de la costurera jorobada me sugerían la presencia virtual de algún espíritu maléfico o la aproximación de algún peligro desconocido. ¡Me sentí tan pequeño, tan débil, tan incapaz hasta de defenderme!... El mismo exceso de esta sensación hizo que la sacudiese, levantándome de pronto y corriendo hacia el Café de la Paz.

Cuando entré, las luces de petróleo, el rumor de las conversaciones, el chas-chas de las bolas en el inmenso billar, la presencia de mi padre y sus amigos me devolvieron la calma. Como todavía recuerdo el aspecto del cielo y de las cosas en aquella tarde memorable, creo que me había perturbado -ayudándola el cansancio y el trasplante- la intensa melancolía del crepúsculo.




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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