Don Alfonso y la hermosa Zaida

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Poesías religiosas, caballerescas, amatorias y orientales
Don Alfonso y la hermosa Zaida
 de Juan Arolas



 Con viento murmurador  
 La noche obscura cerraba  
 Cuando en busca de su amor  
 Don Alfonso cabalgaba  
 Con el Cid campeador.  
   
 Monta el rey un alazán  
 Cuyas crines prolongadas  
 Parece que a besar van  
 Las estriberas doradas  
 Do los regios pies están.  
   
 Lleva en la cuja la lanza  
 Y el escudo en el arzón  
 Y a medio galope avanza,  
 Que inquietan su corazón  
 El amor y la esperanza.   
   
 Gobierna un caballo el Cid  
 Tan veloz como el deseo,  
 Digno del noble adalid,  
 Tan galán en el paseo  
 Como feroz en la lid.  
   
 Por él Aliatár daría.  
 Para lucirse en el coso  
 No sólo su yegua pía,  
 Que es un animal brioso,  
 Sino también su alcaidía.  
   
 Lleva pretal de cadena  
 De malla los paramentos,  
 Su ferrado casco suena,  
 Bebe los helados vientos  
 Y ellos rizan su melena.  
   
 De una labor peregrina  
 Viste el gallardo jinete  
 Delicada jacerina  
 Y un airón sobre el almete  
 Con plumas gualdas se inclina.  
   
 Tiene la lanza enristrada,  
 Lanza de filos certeros,  
 Porque teme una celada,  
 Pues los moros son arteros  
 Y la noche va enlutada.   
   
 Junto a Ocaña, hermosa villa,  
 Dio la cita en un vergel  
 Al Rey noble de Castilla  
 La Zaida, que es hija fiel  
 Del rey moro de Sevilla.  
   
 Es muy garrida la mora,  
 Con los labios de coral,  
 De una tez que se colora,  
 De alto seno virginal  
 Que si suspira enamora.  
   
 Rodea sus sienes bellas  
 Un almaizar turquí  
 Sembrado todo de estrellas  
 Y en cada estrella un rubí  
 Que da brillo en medio de ellas.  
   
 Delicado faldellín  
 Se desprende hasta su pie  
 Prisionero de un chapín  
 Que guarnecido se ve  
 De perlas de Comorín.  
   
 La marlota es de brocado  
 Con galana pedrería 
 Y el apretador leonado  
 De costosa arjentería  
 Cada extremo recamado.   
   
 Con Rodrigo de Vivar  
 Llega el Monarca dichoso  
 Al encantado lugar  
 Y con ademán brioso  
 Descabalgan a la par.  
   
 Y mientras al tronco atados  
 Con rienda corta y segura  
 Los corceles regalados  
 Muerden la corteza dura  
 De dos sauces inclinados,  
   
 Conducidos de un doncel  
 Al retrete de la dama  
 Cruzan el ancho vergel  
 El Rey que en amor se inflama  
 Y el Cid que le sigue fiel.  
   
 Zayda recibe a su amado:  
 Sus ojos en tal momento  
 Viendo al Rey tan fatigado,  
 Llenos de agradecimiento  
 Con rubor se han humillado.  
   
 El retrete los jazmines  
 Respiraba y los amores,  
 Edén de los serafines  
 Con hermosos miradores  
 A los plácidos jardines.   
   
 Tiene marfiles labrados,  
 Alcatifas, otomanas,  
 Pebeteros delicados,  
 Sedas, muselinas, granas,  
 Ámbar, perlas y brocados.  
   
 ¡Cuánto amor allí escuchó  
 La noche que se acababa!  
 ¡Cuántos suspiros llevó  
 La brisa que refrescaba  
 Y en las rosas los dejó...!  
   
 Al despedirse dijera  
 Don Alfonso al Cid. -«Catad  
 »Que Zayda es muy hechicera,  
 »Yo la hago reina en verdad  
 »Como ser mi esposa quiera.»  
   
 Rodrigo le respondió:  
 -«¿Qué han de decir los prelados?  
 »Si Zayda mora nació  
 »Non podéis ser ayuntados  
 »Ca la ley lo prohibió.»  
   
 Repuso el Rey: -«Lo veremos;  
 »Todo lo puede el amor:  
 »Cristiana la tornaremos  
 »Y se llamará Leonor...;  
 »Pero es tarde, cabalguemos.»