Don Juan Manuel

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Bajó de la diligencia en San Miguel de la Guardia del Monte, uno de los pueblos más viejos de nuestra provincia.

Un peón le esperaba con caballo de tiro, como era convenido. Nicanor preguntó por los de las casas. Todos estaban bien y esperaban al señor con grandes preparativos de fiesta.

Regocijábase con la promesa de alegres días. En Buenos Aires, la Facultad absorbía sus ambiciones de estudioso. Poco se daba al placer. La política, la vida social, los clubs, las disipaciones juveniles eran cartas abiertas en las cuales leía escasos renglones.

Las vacaciones, en cambio, le impulsaban a desquitarse.

Miró al gaucho, cuyo chiripá chasqueba al viento sin que su fisonomía exteriorizara placer alguno por su libertad salvaje, y apoyó las rodillas sobre el cuero lanudo del recado, para sentir más presentes los movimientos del caballo, bajo cuyos cascos la tierra huía mareadora.

Oyeron, de atrás, aproximarse un galope; alguien los alcanzaba, y los caballos tranquearon, como obedeciendo a una voluntad superior y desconocida.

-Buenos días.

-Buenos días.

Llamó la atención de nuestro pueblero el flete, primorosamente aperado de plata tintiniante, cuyos reflejos intensificaban su pelo ya lustroso de colorao sangre e toro.

El hombre era un gaucho en su vestir, un patricio en su porte y maneras.

Con facilidad de encuentros camperos, se hizo relación. Sin nombrarse el recién llegado, preguntó a Nicanor quién era y adónde iba.

-Yo he sido amigo e su padre. Compañero 'e política también.

Y prosiguió afable:

-¿Va a lo de Z...? Es mi camino, y lo acompañaré; así conversaremos para acortar el galope.

-Es un honor que usted me hace.

El peón venía a distancia, respetuosamente. Nicanor le ordenó se adelantara a anunciar su llegada, y quedaron los nuevos amigos demasiado interesados en sus diálogos para pensar en el camino.

El hombre averiguaba mucho, y Nicanor respondía, halagado por las atenciones del que adivinaba personaje.

-¿Entonces viene a pacer una temporadita? Ya se divertirá. Aquí hay campos para correr todo el día y también avestruces para ejercitar el pulso, y vizcacheras pa probar los paradores, ¿no?

Nicanor no sé atrevía a interrumpirle. El temor de parecer un pobrecito pueblero incapaz de hazaña ecuestre alguna, le impedía protestar con decisión.

-Yo no soy de a caballo.

-¡Qué no ha'e ser! Lo mismo es si me dijera que es lerdo el zaino.

-Presumo que es sólo un mancarrón manso, elegido para un maturrango como yo.

-¡Bah!... Ya se desengañaría si hiciéramos una partidita. En sus ojos claros brillaban todas las malicias gauchas.

-Una partidita corta, aunque sea -insistía- como hasta aquel albardón, a la derecha de la vizcachera que blanquea...; dos cerradas, cuanto más... ¿Eh?

Nicanor, no sabiendo ya cómo negarse, objetó, mientras el deseo de ganar le golpeaba en las arterias.

-Como quiera, entonces. Pero estoy, desde ahora, seguro que el colorao me va a cortar a luz.

El semblante de su interlocutor había adquirido un singular poder de brillo. Las facciones parecían nítidas y los ojos reían, en la promesa de un intenso placer de chico travieso.

-Bueno, cuando diga ¡vamos! Ahora... Atráquese pie con pie... así... galopemos a la par hasta la voz de mando.

Achicábanse los caballos sobre sus garrones; temblorosos de empuje.

Veinte metros irían golpeando rodilla con rodilla, sujetando las monturas, que roncaban de impaciencia.

-Bueno... ahora... ¡Vamos!

-¡¡Vamos!!

Y el tropel de la carrera repiqueteó como agudo redoble de tambor. Tras los desacomodadores sacudones de la partida, corrían par a par. Los vasos crepitaban o se ensordecían en las variaciones de la cancha; redondeles de barro seco saltaban como pedradas del molde de los vasos.

Nicanor animaba al zaino y parecía ganar terreno, cuando el peso del colorado le chocó con vigor inexplicable. Pensó en una desbocada; pero al mismo tiempo, sin lógica alguna, su caballo, con un quejido y la cabeza abrazada entre las manos, corcoveó furiosamente. Se defendió como pudo. Sus dedos, al azar, arrancaban mechones del cojinillo.

-¡Cuidao! ¡Cuidao... la vizcachera! -le gritaron en una risotada.

Toda noción precisa desapareció para Nicanor. La tierra se le vino encima. Vio un pedazo de cielo, la mole del caballo que amenazó aplastarle, e, inseguro aún, se levantó con un pesado dolor en las espaldas.

Volvió a subir. A lo lejos, por un bañado, corría el compañero de hoy, y un hornero cantaba, o alguien reía.


Cuando llegó a destino, el atolondramiento había cesado. Casi sin contestar a la efervescente recepción, contó su aventura. Carlos, su amigo, le interrogó al fin:

-¿Cómo era el hombre? ¿Alto, rubio? ¿Muy buen mozo? ¿De ojos claros y sonriente como dama?

-Sí, sí -contestaba Nicanor viendo a su hombre.

-Ya sé quién es.

-¿Quién? -preguntó el mozo con secreta idea de venganza.

-Don Juan Manuel.