Dos mujeres: 05

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Capítulo IV
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Dos mujeres Gertrudis Gómez de Avellaneda


Dos meses habían corrido desde que Carlos llegó a Sevilla, y don Francisco aún no había dicho ni una sola palabra relativa al enlace de los dos primos. Este silencio molestaba ya a doña Leonor, tanto más cuanto que por ciertas expresiones que se escapaban a su hermano tenían fundadas sospechas que aún no había desistido enteramente de su proyecto de enviar a Carlos a Madrid. Proyecto que, como ya hemos visto, desagradaba altamente a la buena señora, que temía que una ausencia, una larga dilación en el proyectado enlace, acarrease algún contratiempo que pudiera frustrarle: como, a pesar de su vida monástica, no estaba destituida de aquel conocimiento que se adquiere con los años, por poco que se frecuente la sociedad de los hombres, conocía doña Leonor que en la edad de su sobrino si muy bien vivas las impresiones, no son siempre las más profundas, y que no era cosa prudente poner a prueba su constancia, mayormente antes de haberle ligado con un vínculo indisoluble. Doña Leonor, cuya salud era cada día más delicada y, por consiguiente, más vivo el deseo de establecer a su hija, observaba cuidadosamente los rápidos progresos que hacía el amor en los dos jóvenes, y se los hacía notar a su hermano para provocar por este medio una resolución decisiva. Pero don Francisco no hablaba y doña Leonor comenzaba a enfadarse seriamente. Carlos no limitaba ya sus visitas a dos o tres horas de la noche: casi todo el día estaba en la casa de su tía, siempre junto a Luisa, mirando a Luisa, enajenado con Luisa. La niña, por su parte, descuidaba medianamente sus ocupaciones domésticas, y aunque siempre dulce, humilde y afectuosa, parecía melancólica y sin sosiego los momentos en que yo no veía a Carlos. Doña Leonor, cuya severidad y maternal vigilancia eran irrelajables, veíase obligada a descuidar también muchas de sus devociones para estar continuamente en guarda de los amantes, pues, a pesar de la conducta respetuosa del joven y el perfecto recato de la doncella, hubiera creído faltar a todas las leyes del decoro, y hacerse culpable del pecado de omisión, si no vigilaba todas sus acciones, movimientos y aun miradas. Cuando su histérico o su reumatismo la imposibilitaban de llenar exactamente sus deberes de madre cuidadosa y prudente, la reemplazaba la respetable viuda doña Serafina. Doña Beatriz no recibió nunca tan augusto cargo, pues, no obstante sus cincuenta años, su estado de doncella no la daba a los ojos de la escrupulosa madre un carácter bastante respetable. Cansábase ya doña Leonor de la sujeción en que la constituía el cuidado de vigilar a su hija, y un escrupulizaba de permitirla un trato tan frecuente con su novio cuando aún no sabía si efectuaría pronto aquel deseado consorcio. Estos motivos, por una parte, y por otro su temor de que volviese don Francisco a su tema de enviar a Carlos a la corte y de que pudiera sobrevenir algún obstáculo a la realización de sus deseos, la determinaron a tomar por fin un expediente formal que sacase de la inacción a su hermano. Antes de poner en ejecución su pensamiento, observó detenidamente a su sobrino, para confirmarse en el juicio que tenía ya formado de que estaba locamente enamorado.

En efecto, no podía dudarse que de día en día se aumentaba el cariño del joven. Era cosa digna de verse cómo pasaba horas tras horas sentado junto a su prima, embebecido en mirarla y como olvidado del mundo entero. Sus conversaciones que eran regularmente en presencia de un respetable auditorio, se reducían a naderías o palabras insignificantes en sí, pero en aquellas pláticas tan indiferentes, ¡había tantos medios de entenderse dos amantes! Una mirada tímida y furtiva, un suspiro ahogado, las inflexiones de la voz, más dulce, más lenta, más expresiva cuando se dirigían uno al otro la palabra... Todas las pequeñeces que son tan grandes en el amor, venían naturalmente al auxilio de nuestros héroes, y sin que jamás se hubiese pronunciado la palabra amor ni por uno ni por otro, ambos sabían que eran amados.

Las lecciones de pintura que Carlos continuaba dando a su prima les proporcionaban algunos momentos de menos sujeción, porque entonces estaban algo más separados, aunque nunca fuera de la vista de la vigilante mamá. Pero sucedía que la mayor libertad los hacía más tímidos. Muchas veces, al verse espiado, por decirlo así, por las miradas inexorables de doña Leonor, imposibilitado de poder decir a su prima una palabra que ella sólo oyese, deseaba Carlos y promovía la lección de dibujo, pareciéndole que tenía mil y mil cosas apasionadas que decirla: pero luego que se veía en la posición deseada, intentaba en vano expresar lo que con tanta vehemencia sentía. Turbábase, templaba, la voz expiraba en sus labios, y algunas veces que se violentaba y hacía un esfuerzo para decir algo, sus palabras eran tan incoherentes que él mismo no podía darse razón de lo que había querido expresar. Si entonces Luisa volvía sus ojos hacia él, sus modestos ojos llenos de serenidad y de ternura, y dejaba de oír su voz tan dulce, tan musical, el joven la miraba y la escuchaba estático: su agitación se calmaba, su desconcierto desaparecía y embelesado, subyugado por el encanto de aquella hermosura tan apacible y tan pura, sólo tenía la necesidad de amarla como se ama a Dios: tributándole un culto silencioso. Entonces volvía a enajenarse, a ser feliz con sólo contemplarla, entonces su mirada fija en ella con una expresión de ternura mezclada de respeto, hacía sonreír alguna vez a los espectadores y sonrojar a la modesta doncella.

Doña Leonor, que en vista de todos estos síntomas no dudó ya de que Carlos amaba verdaderamente a su hija, resolvió dar un paso prudentemente meditado hacia el blanco de sus deseos, y cuando vio más enamorado a su sobrino le declaró seriamente que su decoro y el de su hija exigía que se hiciese menos largas y frecuentes sus visitas.

-No puedes figurarte -añadió- cuánto siento el verme en la precisión de hacerte esta súplica, mi querido sobrino, pero ha llegado a mis oídos que las gentes empiezan a murmurar la intimidad que te permito con Luisa, pues aunque nadie ignora la intención que hace muchos años tenemos ambos hermanos de estrechar más nuestros vínculos, por medio de un enlace entre nuestros dos hijos, todos extrañan, y con razón, el que sin ningún motivo conocido se retarde tanto la realización de este matrimonio. El honor de mi hija exige, pues, que se limite vuestro trato hasta que no haya obstáculo que se oponga a vuestra unión.

Carlos que hasta entonces no había sentido una gran impaciencia por ver llegar el día de aquella unión, porque la certeza de lla le quitaba toda inquietud, quedó dolorosamente sorprendido al oír aquel discurso de su tía, y, entonces, por primera vez, pensó en que ya podía estar casado y que no lo estaba. Turbose algún tanto y dijo después con bastante emoción:

-¡Dejar de verla todos los días, a todas las horas! ¡Oh! ¡Sería una crueldad! ¡Obstáculo dice Ud.! ¿Cuál es? ¿Qué puede impedir que se verifique muy pronto esa unión concertada hace tanto tiempo y en la que cifro yo la felicidad de mi vida?

-Estoy en ese punto tan ignorante como tú mismo -respondió la astuta devota-, por mi parte hoy mismo pudieras casarte.

-¿Quién es pues...?

-Tu padre tendrá acaso algún motivo para este retardo, que extraña toda Sevilla y que da margen a los ociosos para mil suposiciones y comentarios, poco honoríficos a la verdad para él y para mí. Pero Francisco no reflexiona en nada de esto y sospecho que su intención es enviarte a la corte y...

-¡Enviarme a la corte!... -interrumpió con impetuosidad el mancebo. ¡Separarme de Luisa! ¡Oh! ¡No! ¡No consentiré!

Trabajo le costó a doña Leonor disimular su gozo al oír esta declaración que disipaba todos sus temores: procuró hacerlo, sin embargo, y dijo con fingida severidad a su sobrino que un buen hijo no debía resistir a la voluntad de su padre, aun cuando esta voluntad fuese tiránica y caprichosa.

-No poco se murmura de esta resolución de mi hermano -añadió-, y no poco hará padecer a mi corazón que anhela darte el dulce nombre de hijo, pero no me corresponde a mí el empeñarme en apresurar ese día, como si me pesase mi hija y quisiera a toda costa descargarme de ella. A Dios gracias estoy muy lejos de este caso.

-¿Quién duda de ello? -exclamó Carlos con vehemencia: ¡Luisa es un ángel! ¡Querer descargarse de lla! ¡Oh! ¿Quién puede pensar semejante cosa? Pero Ud. dice bien, no es a Ud. a quien corresponde apresurar ese día que debe hacerme el más feliz de los hombres; si me lo permite Ud. yo seré quien hable con mi padre hoy mismo, quien le suplique de rodillas que no dilate más mi ventura. ¿Consiente Ud. en ello, tía mía?

Doña Leonor aparentó vacilar, y viendo la decisión del joven fue recogiendo velas hasta el punto de decir, que acaso convendría mejor que se tomasen más tiempo de meditar en ello, antes de echarse un yugo tan duro como el matrimonio.

-Pero continuaremos como hasta ahora -exclamó Carlos-, ¿no es verdad mi amada tía? Yo esperaré todo el tiempo que Ud. quiera: haré cuanto Ud. me ordene; pero permítame ver a Luisa todos los días.

Doña Leonor que no esperaba tanta resignación, se guardó bien de consentir en lo que su sobrino le pedí, y como éste por su parte no suscribiese a ver con menos frecuencia a Luisa, fue preciso, por fin, acceder a su primera proposición; pero supo hacerlo doña Leonor de un modo tan decoroso, con tanta maestría, que su sobrino la dejó persuadido de que cedía casi a pesar suyo, y ella quedó muy segura de que no había comprometido en nada su dignidad, ni rebajado ni un ápice su orgullo.

Carlos habló aquel mismo día a su padre, manifestándole su deseo de que se realizase cuanto antes el casamiento. En vano el anciano le dio las razones buenas o malas que le movían a no querer casarle tan joven. El apasionado amante las refutó victoriosamente. ¡Se tiene tanta elocuencia para defender la causa del corazón! En tales casos el hombre más limitado encuentra recursos estupendos. El papá, que sin ser muy prudente era, por fin, un papá, que había tenido veinte años y tenía ya cincuenta y cuatro, no dejó de hablar mucho de la solemnidad del empeño que iba a contraer, de la necesidad de reflexionarlo maduramente, de conocer un poco el mundo antes de querer ocupar en él el augusto rango de esposo y padre, de lo horrible que sería un arrepentimiento tardío..., pero todo esto no hizo mella alguna en su hijo. ¡Arrepentimiento! ¡Cuando se tienen veinte años no se concibe nunca el arrepentimiento! ¿Se prevé cuando se ama la posibilidad de cesar de amar?

¡La juventud! ¡El amor! Si tuvieran por compañeras a la prudencia y a la previsión no producirían tantos errores, tantos arrepentimientos, tantos dolores: pero, ¡ah!, ¿tendrían entonces tantos encantos?

Don Francisco racionaba: Carlos sentía, Carlos debía triunfar y triunfó.

Quince días después de las siete de la mañana se celebró en la catedral la ceremonia que unía a dos personas hasta la muerte. Ceremonia solemne y patética en el culto católico, y que jamás he presenciado sin un enternecimiento profundo mezclado de terror.

Al salir de la iglesia Carlos que daba el brazo a su joven esposa estaba radiante de alegría: Luisa tenía los ojos bajos, la frente y las mejillas bañadas de rubor, y en toda su persona se advertía una especie de vaga inquietud y dulce melancolía; pero solamente cuando de vuelta a su casa fue conducida con Carlos por los padrinos al sillón en que estaba su madre (cuyo mal estado de salud no le permitió aquel día acompañarla a la iglesia), sólo entonces se vio una cristalina lágrima deslizarse lentamente por su mejilla. Doña Leonor, cuyo rostro descarnado y amarillo contrastaba de una manera singular con el semblante puro y hermoso de su hija, tendió sus brazos enflaquecidos hacia los dos jóvenes, que doblaron las rodillas delante de ella para recibir su bendición. Las facciones enfermizas y adustas de la anciana, se suavizaron y reanimaron en aquel momento, y poniendo sus manos trémulas sobre las cabezas de ambos jóvenes, levantó al cielo una mirada que jamás hasta entonces se había visto en sus ojos: la mirada de una madre que pide al cielo la felicidad de su hija, ¡mirada elocuente, indescribible, sublime. Luego con voz débil, pero con acento solemne y profundo, dirigió a los recién casados un largo discurso sobre las obligaciones que acababan de contraer. Su tono grave y severo fue suavizándose gradualmente, y al terminar aquel discurso con estas palabras que dirigió a su yerno:

-Consérvala pura y piadosa como te la entrego: ha sido buena hija, prémiala tú haciéndola una feliz esposa.

Su fisionomía tomó un carácter verdaderamente patético.

Carlos, conmovido, tomó una de sus manos enflaquecidas, y, uniéndola entre las suyas con las de Luisa, las apretó sobre su corazón exclamando.

-¡Yo lo juro!

-Tú, hija mía -prosiguió Leonor-, no olvides nunca que después de Dios tu primer amor debe ser tu marido: ámale, obedécele en todo aquello que no se oponga a la salvación de tu alma.

Luisa levantó a hacia su esposo una mirada de inefable ternura: Carlos, enajenado, la estrechó entre sus brazos; y ella, reclinando lánguidamente su cabeza sobre el pecho de su marido, pronunció con voz tan dulce que sólo él pudo oírla

-Sí, siempre te amaré: ¡Dios y tú!

Era la primera palabra de amor que pronunciaban aquellos labios tan puros. Carlos fuera de sí imprimió un beso de fuego en su frente virginal: era la primera vez que el joven veía en sus brazos a una mujer amada.

-Ahora -exclamó doña Leonor con tono solemne-, yo os bendigo hijos míos, que Dios os haga virtuosos y felices, y que vuestros hijos sean para vosotros lo que habéis sido vosotros para vuestros padres.

Y los circunstantes respondieron a coro:

-Amén.

El ángel de los castos amores debió desde su asiento de nubes palpitar de placer en aquel momento.


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