Dos mujeres: 09

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Capítulo VIII
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Dos mujeres Gertrudis Gómez de Avellaneda


Carlos conoció que se había engañado al temer hallarse en incómoda sujeción en la casa de su prima política. Muchos días pasaban sin siquiera ver a Elvira sino a la hora de comer, ocupada enteramente como lo estaba en sus numerosas visitas y diversiones, y cuando era invitado por ella un rato de conversación por las mañanas, no hallaba tan insoportable como al principio la había juzgado, su voluble locuacidad.

Elvira era una persona tan dulce y complaciente, de trato tan franco y fácil que no imponía ninguna especie de sujeción, y cuando se la había conocido lo bastante para hacer justicia a su buen corazón, se perdonaba fácilmente la frivolidad y ligereza de su carácter. Carlos llegó hasta gustar de su insustancial y voluble cháchara, y no evitaba ya los momentos raros en que podía verla en su casa, pues, aunque ella le instase repetidas veces a acompañarla a los teatros y tertulias que frecuentaba, se negó siempre a complacerla, alegando sus muchas ocupaciones y el poco gusto que sacaba de diversiones en las que no había de encontrar amigos ni conocidos. Elvira se chanceaba alegremente, sin darse por ofendida de su poca complacencia. Carlos admiraba aquel género de vida disipada, tan distinto del que había encontrado establecido en casa de su suegra, y, aunque cada día fuese tomando más afecto a Elvira, juzgaba, en general, muy severamente a las mujeres que como ellas hacen de la vida una partida de placer. El orden inmutable, la sensata economía que había observado en casa de Leonor le parecían más dignos de elogio cuando los comparaba al desarreglo que reinaba en la de Elvira, que, por otra parte, sabía Carlos no era bastante rica para que su fortuna resistiese mucho tiempo a su abandono. Aquella ligereza con que una madre arruinaba alegremente a sus hijos, le parecía tan inconcebible como criminal. Carlos no quedó poco sorprendido cuando supo después que aquella mujer despilfarrada e imprevisora, en su concepto, había salvado la herencia de sus hijas a costa de grandes sacrificios y privaciones, que había satisfecho en pocos años deudas considerables que quedaron a la muerte de su marido, y que era tan activa y apta para hacer productivos sus bienes que sus dispendios siempre eran inferiores a sus rentas. Verdad es que quien dio a Carlos estos informes no olvidó indicar, vaga y confusamente, que nadie creía que doña Elvira por sí sola hubiese levantado en poco tiempo su decaída fortuna, y que era probable la hubiese auxiliado algún amigo poderoso. Mas esto no disminuyó, el buen efecto que hizo en Carlos la relación anterior, y, desde entonces, estimó sinceramente a su prima.

Procuraba, pues, un rato de conversación con el mismo empeño que tuvo antes para evitarla, y aquella distracción le era tanto más necesaria cuanto que apenas salía de su casa cuando lo exigía el interés del negocio que lo había conducido a Madrid. Solía por la mañana ir a encontrar a su amigo en la Puerta del Sol y pasearse con él un rato, y por las noches iba de vez en cuando a visitar a la esposa de don Eugenio de Castro, albacea de su difunto pariente, del cual eran herederos su padre y tía. A nadie más veía, con nadie trataba, y la ocupación de escribir a Luisa, por larga que fuese, le dejaba muchas horas libres que no sabía en qué emplear.

El día en que cumplía exactamente un mes de su salida de Sevilla hallose más triste que de costumbre, y pensó para distraerse en rogar a Elvira le permitiese estar con ella aquel día, pero, cuando iba a pasar a su habitación con este objeto, recibió una atenta esquela de la señora de Castro en la que le rogaba fuese a las cinco a comer a su casa, pues, con motivo de ser aquel día el de su cumpleaños, había convidado a muchos amigos. Carlos que deseaba cualquiera novedad que disipase un tanto su profunda tristeza, aceptó y fue exacto en acudir a casa de don Eugenio a la hora designada. Sin embargo, bien pronto conoció que la sociedad en vez de distraerle aumentaba su disgusto, y durante la comida se esforzó en vano para imitar la jovialidad y estudiado buen humor de los convidados. Servíanse los postres y Carlos anhelaba el momento de poder evadirse sin llamar la atención, cuando la señora de la casa le dirigió una pregunta que le puso en la precisión de disimular su impaciencia:

-¿Va Ud. esta noche al concierto que da en su casa la condesa de S.***?

-No tengo el honor de conocerla -respondió Carlos.

-¡Cómo así! ¿No conoce Ud. a la condesa siendo la amiga íntima de su rima de Ud., doña Elvira?

-¡Y la más hermosa y distinguida dama de la corte! -añadió con viveza uno de los caballeros de la reunión.

Sus palabras produjeron un movimiento simultáneo de las damas presentes, que se miraron unas a otras y se hablaron al oído con muestras de viva impaciencia, y algunas con sonrisa de desdén. La señora de Castro tomó la palabra y con tono irónico preguntó al caballero que había cometido aquel crimen de lesa galantería, en qué sentido usaba el adjetivo de distinguida aplicado a la condesa:

-En cuanto a su problemática hermosura -añadió sonriendo- no seré yo quien la analice.

-La llamo distinguida -contestó algo turbado el caballero- en atención a sus brillantes talentos, sobresaliente educación, exquisita elegancia y bellísimas cualidades, que por más que quieran denigrarla sus envidiosas rivales...

El orador fue interrumpido por el sordo murmullo de muchas vocecitas, trémulas de indignación, que repetían con fingido respeto: ¡Envidiosas! ¿Envidiosas de la condesa?

-Señoras -repuso más y más turbado el caballero- no ha sido mi ánimo ofender a nadie, y sólo he querido decir que llamaba distinguida a la condesa por su...

-¿Pasmosa coquetería? -dijo con viveza una solterona cincuentona, que sin duda en sus tiempos felices había sido buen juez en la materia.

Esta ingeniosa salida, pues por tal fue reputada, se celebró con estrepitosas risas que probaban las perfectas simpatías de la concurrencia femenina.

-No niego -repuso el caballero- que la condesa es algo coqueta...

-¡Algo, algo! -repitieron en coro las señoras- ¡Y no lo niega! ¡Oh, qué concesión tan meritoria no negar que la condesa es algo coqueta!

Y la risa y la burla se aumentaron en términos que el pobre caballero tuvo a bien abandonar el campo a sus contrarias, diciendo humildemente que su opinión no era infalible y que como amigo de la condesa no podía ser un juez imparcial.

-¡Amigo de la condesa! -dijo la dama que estaba a la derecha de Carlos, acercando su boca al oído de éste: ¿Sabe Ud. el origen de esa amistad? Pues no es otro que este caballero solicita un empleo, y la condesa tiene vara alta, según se dice, con el ministro-. ¿Y Ud., conde? -añadió volviéndose a un joven rubio que probablemente era su amante- ¡es Ud. también campeón del distinguido mérito de la condesa de S.***?

-Yo -contestó con aire de suficiencia el interpelado-, yo detesto a esas mujeres-hombres que de todo hablan, que de todo entienden, que de nadie necesitan...

-¡Oh! En cuanto a no necesitar de nadie -repuso maliciosamente una de las señoritas- Ud. se engaña, y no hace justicia a Catalina. ¿Cree Ud. que pudiera pasarse esa deidad sin el culto de sus numerosos admiradores? Ya ve Ud. que los busca con empeño.

-Y los encuentra -añadió una casada, cuyo noveno amante la había abandonado por la condesa, pero que, no obstante, merced a su gran prudencia y severas máximas, que sabía ostentar en las grandes ocasiones, pasaba por una virtud ejemplar. La condesa -prosiguió con refinada malignidad- es, digan lo que quieran, una mujer poco común. No hay en Madrid quien cante con tanto gusto y maestría como ella. La bailarina más aplaudida de nuestros teatros no la aventaja en esta habilidad: me consta que dibuja y pinta con primor, y se dice que es tan instruida que sostiene con los hombres más sabios cuestiones de moral, de religión y de política. Distinguida por todos los talentos no lo es menos por su carácter independiente, y yo dudo que exista en España mujer de opiniones tan libres. Confieso que no puedo sufrir que se interprete siniestramente lo que en ella pueda parecer equívoco: en tal caso yo me inclino siempre al lado favorable y, a veces, prescindo de mis propias convicciones para tomar su defensa.

No es extraña, señora -dijo con respetuosa y añeja galantería un septuagenario que aspiraba a consolar a la dama del abandono de su noveno infiel-; no es extraña en Ud. esa adorable indulgencia, muy propia de la acendrada virtud y caridad cristiana que a Ud. distingue.

-No ciertamente -repuso la dama con humildad tan hechicera que le valió generales elogios-: no creo que mi virtud sea tan rara en mi sexo que pueda distinguirme. Yo no soy en nada una mujer notable, cedo este honor sin pesar a la brillante condesa de S.*** y me doy por satisfecha con mi oscura medianía Ella no me permite el constituirme juez de la conducta ni de las opiniones de los otros, y sólo levantaré mi voz para predicar la indulgencia. En cuanto a la amistad que el caballero que ha promovido esta conversación profesa a la condesa, digo que es muy natural y muy digna de excusa. Yo no me admiro que la condesa tenga muchos amigos, aunque confieso no la elegiría para amiga de mis hijas.

-Pienso lo mismo que Ud. -dijo entonces una joven de aspecto sentimental-. La condesa es una persona de trato tan franco, tan fácil, tan ameno, que debe agradar infinito a los hombres. Lo único que en ella censuro amargamente es que no use de algún miramiento, de alguna prudencia... En mi juicio sólo es escándalo es imperdonable. ¡Oh! Yo respeto mucho la opinión.

Al oír estas palabras parece que algunos de los concurrentes se miraron sonriéndose con disimulo y con inteligencia, como si recordasen algún hecho que pudiera desmentir aquella aserción. Un caballero de los presentes se apresuró, sin embargo, a probar lo que acababa de decir la hermosa señorita. Era un afrancesado, acérrimo bonapartista en el año 1809, y legitimista y absolutista exaltado después de 1814. Levantó con afectación la cabeza, que hasta entonces mantuvo en la posición más propia para masticar cómodamente, y haciendo una imitación graciosísima del acento defectuoso de un extranjero que habla en castellano, dijo con decisión:

-¡Oh! Esta señora tiene sobradísima razón y yo soy de su aviso en todo. El decoro en la mujer y la consecuencia en el hombre: he aquí cualidades que yo aprecio en más. La condesa de S.*** no piensa y habla como debiera, y ésta es una falta remarcable, y a la verdad que en esto es una excepción de la regla general en la nación en que ha nacido, porque las francesas son modelos de prudencia y saben muy bien atender a las conveniencias sociales. Yo, que conozco a la Francia más que si hubiera nacido en su suelo, declaro que la condesa habrá sido en ello tan severamente juzgada como en España.

-Uds. hablan con demasiado rigor de la condesa -observó en este punto el dueño de la casa-, y creo que el señor de Silva tiene vínculos de parentesco con esa señora.

Todas las damas miraron a Carlos que había oído en silencio la conversación, y esperaron su respuesta con algún embarazo, como personas de buen tono que temen haber faltado a los miramientos sociales.

Pero Carlos había oído demasiado bien lo que se había dicho de la condesa para confesar su parentesco con ella, y poniéndose encendido contestó un no breve y claro.

-Pues ahora que no temo que se hiera a nadie -prosiguió el señor de Castro-, me permitirán uds. que les preguntes, señoras, qué gran falta, qué escandalosa aventura ha habido en la vida de la condesa que tanto la ha perjudicado en el concepto de uds.

Las damas vacilaron algún tanto, y se miraron como para consultarse la contestación que debían dar a esta inesperada interpelación. Por último, la más viva tomó la palabra:

-¡Gran falta! -repitió-: ¡Pues qué! ¿Las coquetas cometen grandes faltas? Tienen demasiado frío el corazón y demasiado ligero e inconstante el carácter para que puedan cometer grandes faltas.

-La condesa es una mujer muy sagaz -añadió otra-, sabe hacer las cosas con mucho talento.

-Creía -observó el señor de Castro-, que uds. habían condenado a la condesa por imprudente, y encuentro una manifiesta contradicción en...

-¡Basta! -interrumpió su señora, lanzando una mirada aterradora sobre su indiscreto cónyuge- No es necesario examinar los fundamentos de ninguna opinión. Siempre es justa cuando es general.

Carlos no pudo sufrir más: estaba avergonzado de que la mujer de quien se hablaba estuviese enlazada con su familia. Parecíale que si en aquel momento se le presentase la volvería la espalda con el más soberano desprecio, y, sin embargo, comenzaba a sentirse indignado contra sus detractores y más de una vez se contuvo con dificultad para no insultarlos.

Pretextó hallarse indispuesto y obtuvo el permiso de marcharse.

Cuando entró en su cuarto el ayuda de cámara le advirtió que doña Elvira le esperaba en su tocador, y que había encargado decirle que tenía que hablarle. Carlos se presentó de mal humor a su parienta, a la que encontró delante de un espejo, magníficamente ataviada y dando la última mano a su tocado de bale.

-Bienvenido, mi estimado primo -le dijo sin interrumpir su ocupación-, esperaba a Ud. con impaciencia.

-¿En qué puedo servir a Ud. amable prima?

-¡Oh! Eso lo veremos después, lo que ahora importa es que me dé Ud. su voto sobre mi traje: ¿qué tal, me halla Ud. bien?

-Entiendo poco de esto, querido prima, no obstante me parece Ud. muy hermosa.

-Es la primera vez que le he oído a Ud. galante con su querida prima: pero a propósito de parentescos, sin duda ignora Ud. que hay en Madrid otra persona ligada a Ud. como yo, por alianzas con su familia. Catalina, viuda del conde de S.***, ha extrañado el saber que un hijo de don Francisco de Silva se halla en esta corte, y que no tiene aún el placer de conocerle.

Esta alusión no podía ser más intempestiva. Carlos contestó disculpándose con excusas frívolas y casi insignificantes.

-Aunque una persona severa y escrupulosa en punto a etiquetas -repuso sonriendo doña Elvira-, no se daría por satisfecha con tales disculpas. Yo que conozco a Catalina declaro que las estima suficientes, y en nombre suyo convido a Ud. para el concierto que tiene esta noche en su casa.

-Prima mía -respondió con viveza Carlos-, me es imposible aceptar ese honor. Agradezco a Ud. y a la condesa una atención tan poco merecida, pero Ud. no ignora que en Madrid me ocupa exclusivamente el asunto que me ha traído, y que soy además poco aficionado a reuniones.

-La de la condesa será de las más selectas: un día cada semana de conciertos en su casa, en la que reúne el círculo más brillante de Madrid.

-Ésa es una razón más para no ir -dijo fríamente el joven debiendo ser corta mi permanencia en Madrid no trato de adquirir conocimientos, ni introducirme en ese círculo tan brillante que no debe gustar mucho por otra parte de un pobre mozo de provincia, que suspira por volver a ella.

-Es Ud. original -dijo riendo doña Elvira-, y ya que me manifiesta con tan poco embarazo el deseo de dejarme, quiero vengarme obligándole a que confiese que no es Madrid una mansión tan insoportable como Ud. juzga ahora. Esta noche debo asistir a la reunión de nuestra parienta y le embargo a Ud. para que me acompañe.

-Prima...

-¡Chist! No valen excusas: si Ud. se negase a acompañarme me obligaría a no ir.

-Irá Ud., prima, la acompañaré, aunque será ciertamente un sacrificio.

-No hay modo de hacerle a Ud. galante, lo veo, pero, en fin, a pesar de esa brusca franqueza estoy cierta que agradará a Ud. infinito a Catalina: sólo de oírme referir algunos de rasgos del singular carácter de Ud. ha concebido una vivísima curiosidad de conocerle.

-¿Con que según eso Ud. me quiere llevar a esa reunión como un objeto raro, curioso, destinado a servir de diversión a la brillante condesa de S.***?

-Primo, es Ud. insufrible algunas veces: ¿de dónde ha sacado Ud. esa consecuencia...?

-No se enfade Ud. -dijo Carlos sonriéndose-, estoy muy pronto a ir con Ud. a donde guste conducirme, y no compraría caro el placer de darla esta prueba de mi obediencia, aun cuando hubiese de ser el objeto de la burla de veinte coquetas.

-Es Ud. severo con mi amiga, Carlos, y no conociéndola ignoro en qué se funda para creerla una coqueta.

-No he dicho tanto, señora, he hablado en general.

-Pero vamos, confiese Ud. que algo ha oído que le haya inducido a no formar de Catalina el concepto más ventajoso.

-Prima mía, hoy por la primera vez he oído hablar de la condesa, y las personas que sostuvieron esta conversación convenían todas en concederla el mérito de un talento brillante y de una finísima educación.

-Es poco.

-Se sabe generalmente, según creo, que la condesa cultiva todas las artes con éxito.

-También habrán dicho a Ud. que es hermosa.

-Así opinaron algunos.

-Que su trato es hechicero.

-Sí.

-Y en esa larga conversación, de que parece fue el objeto Catalina, no dejarían de atribuírsele defectos, poderosos a deslucir todo el mérito que no podían negarla.

-Veo, querida prima, que Ud. conoce perfectamente la sociedad en que vive.

-No, no tanto como Catalina, pero, en fin, veamos si adivino. ¿No han dicho que la condesa es ligera, inconsecuente, burlona y frívola?

-Se dijo algo más.

-¡Más! Veamos, pues.

-No quisiera creer que la mujer a quien un pariente de mi padre dio el título de esposa, fuese reputada la más fría y sagaz de las coquetas.

-¡Ah! ¿Es eso todo? -dijo riéndose Elvira- Y, bien, si así fuese mejor para su marido. Todo el mundo sabe que el conde nunca tuvo celos.

-¡No tuvo celos!

-No: la mujer que necesita los homenajes de todos no concede preferencia a ninguno.

-¿Y el conde veía fríamente a su mujer buscar y aceptar esos homenajes?

-El conde, mi querido Carlos, era un hombre de mundo.

-Confieso, señora, que no comprendo esa especie de hombres. En cuanto a la condesa, ya pudiera reunir a todos los talentos, todas las gracias de su sexo, que yo jamás podría querer ni estimar a semejante mujer.

-Severo por demás está Ud. -dijo Elvira-, y no quiero aumentar el mal humor que parece se ha posesionado de Ud. esta noche. Voy a la comedia: le dejo a Ud. para que se disponga. Dentro de tres horas vendré a buscarle para llevarle a casa de la condesa, y espero reconciliarle a Ud. con ella.

Carlos la llevó al coche y volviose a su habitación asaz disgustado del compromiso en que se veía de acompañar a Elvira.

Mientras llegaba la hora señalada por ésta, ocupose escribiendo a su esposa una extensa carta, cuyo párrafo más notable era éste:

«Esta noche asistiré por primera vez a una reunión de Madrid, no habiendo podido excusarme de acompañar a nuestra prima Elvira. La reunión es en casa de la condesa viuda de S.***, mujer que inspira a nuestra amada madre una desafección instintiva, que creo veré justificada, pues por todo cuanto he oído respecto a su carácter, la condesa, Luisa mía, no se parece en nada a mi angelical compañera, ni a nuestra respetable mamá».

Cerró esta carta que terminaba con los juramentos de costumbre de amor eterno, inviolable felicidad, etc., etc.; mandola a la estafeta y se vistió de mala gana para esperar a Elvira. No tardó ésta en llegar: mandó llamar a Carlos sin bajar del coche, y apenas hubo éste entrado en él cuando empezó a inundarle con elogios de la condesa, pero debemos confesar que estos elogios no eran de naturaleza que pudieran recomendarla en el concepto de Carlos.

Numeró Elvira con su genial jovialidad todos los adoradores de su amiga, ponderó su influjo sobre varios personajes de la corte, influjo tanto más admirable cuanto que la condesa hacía profesión de opiniones contrarias al gobierno actual. Elevó a las nubes el talento, la amabilidad y discreción de Catalina, y refirió, como peregrinos rasgos de ingenio, algunas travesuras con las que se burlaba de sus adoradores.

-Es una mujer singular -dijo-, ha sabido inspirar violentas pasiones sin participarlas nunca: no ama sino a sus amigos, la amistad es su ídolo, su corazón es inaccesible al amor; y, por eso, juega con sus amantes como con las piezas del ajedrez. Nadie sabe como ella desconcertar a un temerario, humillar a un soberbio, hacer desatinar a un sabio y prestar mérito a un tonto. Ella se ríe de todos sin malquistarse con ninguno. Nadie tampoco se venga con tanto talento de una rival celosa, obligándola al mismo tiempo con devolverla, cargado de desdenes y de ridículo, al amante que le había robado. ¡Oh! Es una diversión seguirla en el océano de sus coqueterías, y ver con qué calma y serenidad presencia desde el puerto las tempestades que excita.

-Es decir -repuso Carlos con irónica sonrisa-, que es un verdugo insensible que se hace una fiesta de las convulsiones de sus víctimas.

-No, por cierto: Catalina tiene un bellísimo corazón, pero dice ella, y con razón, que es una habilidad útil y permitida la de saber volver contra nuestros enemigos las armas con que quieren herirnos. Pero nada tiene de cruel, ¡oh!, es una persona buena y caritativa. Su dinero y su amistad están a la disposición de todo el mundo, ¡y su trato es tan fácil, es tan franco!... Es tan poco irritable su amor propio que rarísima vez se consigue ofenderle. Su indulgencia es tan grande, se halla siempre tan dispuesta a perdonar, que muchas personas la creen muy humilde. Pero ¿no le parece a Ud., Carlos, que esta especie de indulgencia tan lata con los defectos de los hombres, es hija de un desmedido orgullo? Catalina tiene tan íntima convicción de su superioridad unida, tal vez, a una tan exagerada idea de la imperfección humana, que su bondad para con todos a veces me parece más bien desprecio que generosidad.

-No puedo ahora juzgar a la condesa -dijo Carlos con desdén-, ni creo que jamás me intimaré lo bastante con ella para conocerla a fondo.

Hablando así llegaron Elvira y Carlos a casa de la condesa, y, a pesar del disgusto con que aquél asistía a la fiesta, no pudo menos de sentir una grata impresión al entrar en la sala resplandeciente de luces y de hermosura. Todo en casa de la condesa llevaba el sello del buen gusto y de la más exquisita elegancia: todo lo que se veía, y aun el aire que se respiraba en aquel recinto, estaban como impregnados de perfumes. La sociedad que la condesa reunía en su casa era la más selecta y brillante de Madrid, y había introducido aquella especie de franqueza delicada y elegante sencillez que hace tan felices y amenas las tertulias de París.

Carlos no pudo dejar de confesarse a sí mismo al verse en medio de aquel brillante círculo, que, a falta de felicidad real, la imaginación, y aun el corazón, debían necesitar de aquel embriagador perfume del lujo y de la armonía, de aquéllas fugaces impresiones que no dejan lugar al fastidio evitando la meditación. Elvira presentó a Carlos a la condesa, que se había adelantado algunos pasos para recibirlos, y, no obstante, los motivos de queja que Catalina debía encontrar en las desatenciones de Carlos para con ella, su acogida fue tan lisonjera y tan graciosa que se avergonzó él de aquella indulgencia que le hacía más culpable. Hallose embarazado y casi confuso, y el vivo carmín que tiñó por un momento su tez, dio a sus soberbios ojos más animación. Todas las damas que se hallaban cerca parecieron admiradas de su expresiva y varonil hermosura, y, aunque se advertía cierta timidez en sus maneras, era tan noble y majestuoso su aspecto que aquel defecto parecía contribuir a hacerle más amable. La condesa fijó en él por un momento su mirada, pero habiendo encontrado la suya desviola, y Carlos pudo entonces examinar por primera vez a aquella célebre extranjera. La estatura de la condesa apenas era mediana, y sus formas más notables por la delicadeza que por la perfección. No hubiera sido una hermosura entre los egipcios, ni debía agradar a aquellos hombres que gustan de un exterior robusto y exuberante de salud, por decirlo así. Era delgada, y, aunque su espalda y garganta eran muy bien formadas, y su talle extremadamente gracioso, se advertía a primera vista que carecía de aquella majestad voluptuosa que tienen comúnmente las mujeres corpulentas. No tenía tampoco una fisionomía pronunciada: la rapidez de sus sensaciones se pintaba en su semblante, cuya expresión era tan fugaz, tan variable, que en un momento la prestaba diferentes fisionomías. Sus grandes ojos pardos, centelleantes de ingenio, tenían naturalmente una mirada rápida y casi deslumbradora, pero cuando esta mirada se fijaba, era difícil defenderse de la impresión que producía su expresión, a la vez altiva y apasionada. Por lo demás, nada había en ella de sobresaliente, sus facciones no eran académicas, y sólo cuando se animaba en la conversación, se podía conocer el admirable efecto de su conjunto. Era de notar que, a pesar de la rara movilidad de aquel rostro y del gracioso desgarbo que había en toda su persona, la forma de su cara y la posición natural de sus labios, le daban, cuando estaba distraída, un gesto admirable de aristocracia, y que sin ninguna afectación había en sus maneras una como inesperada dignidad, mezclada con el más amable abandono. El traje que llevaba era a propósito para realzar aquel género de hermosura, pues consistía en un vestido de encaje sobre raso de un color de rosa caído, que convenía al de su tez blanca, pálida y casi transparente, y entre su profusa cabellera negra, se entrelazaban con aparente descuido gruesos hilos de perlas. Su pie, calzado con raso blanco, podía competir con el más pulido de una gaditana, y sus manos, cubiertas de un ligero y perfumado guante, eran pequeñas y lindas. Carlos se decía a sí mismo, al examinarla, que a no ser tan bella como Luisa, ninguna mujer podría parecer más seductora pero, sin embargo, no cometió la profanación, que tal hubiera sido en su concepto, de hacer ningún género de comparación entre la amable y elegante figura que estaba mirando y la imagen celestial que tenía grabada en su corazón. Acaso en el instante mismo que admiraba las gracias de la condesa, el recuerdo querido de su idolatrada compañera, vino a turbar su pasajera distracción, pues Elvira, que le seguía por los ojos, le vio apartarse hacia el extremo de la sala y sentarse en el paraje menos visible con aire melancólico y pensativo.

-Mira a nuestro sevillano -dijo entonces sonriendo a la condesa-, mira cómo va a buscarme una soledad en medio de un baile. No puedes formarte una idea de un carácter más esquivo y huraño, y es lástima a la verdad, pues convendrás conmigo en que es muy guapo.

-Sí -contestó con una especie de gracioso desdén-, no es desagradable.

-¡No es desagradable!... Muy parca eres en tu aprobación, prima -repuso Elvira fijando en Carlos los ojos-, y creo que serás la primera mujer que no le crea digno de una calificación más lisonjera. ¿Has visto en tu vida, amable descontentadiza, unos ojos más bellos, un cuerpo más airoso, unas formas más perfectas?

-No he reparado, en verdad -respondió la condesa, arrojando una rápida ojeada hacia el objeto de la conversación, y añadiendo enseguida-. ¡Pero qué insoportable impertinencia, querida mía! ¡Retirarse como fastidiado cuando aún no hace ni diez minutos que se halla en nuestra sociedad!

-¿No te había advertido que es un original, una mezcla de orgullo, de timidez y de extravagancia?

-¡Oh! Tu protegido, querida Elvira, me parece un fatuo de provincia solamente.

-Te engañas: de nada tiene menos que de fatuidad. Si le trataras ya verías que tiene talento, imaginación, y, sobre todo, modestia, aunque con bastante mérito para que pudiese perdonársele el carecer de ella. Pero veo que es ciertísima la ley de las simpatías y antipatías, pues tú, tan indulgente con todo el mundo, juzgas desventajosamente a primera vista a un joven que yo pensé te había de fascinar, y él, aun sin conocerle, te cobró una insuperable adversión.

-¡Cómo! -dijo la condesa volviéndose con viveza hacia su interlocutora- ¡A mí! ¡Insuperable adversión!

-Quiero decir, que lo que había oído de tu carácter, le previno tan fuertemente en contra tuya que no te perdonaba el atrevidillo, ni aun a favor de tus talentos y gracias, y no me ha costado poco trabajo el obligarle a que me acompañase a tu casa.

-¡Es posible! -dijo la condesa, volviendo a mirar a Carlos, que aún permanecía en su actitud pensativa, y desviando lentamente su mirada en torno a fijarla en Elvira, con una expresión de interés.

-¡Pues qué! ¿Tan peligrosa me juzgaba?

-¿Peligrosa? Nada de eso. ¡Si te he dicho que es un original! ¿Sabes lo que me decía hablando de ti esta noche?

-¿Qué te decía? -preguntó con viveza la condesa.

-Que jamás podría amar ni estimar a semejante mujer.

La tez de la condesa se encendió ligeramente y su fisionomía en aquel momento trasparentó, por decirlo así, un mal reprimido, despecho.

-¿Tan mal le han hablado de mí? Pues, ¿qué le han dicho?

-Necedades. Pero él parece enemigo declarado de la coquetería. ¡Oh! Es un hombre que tiene poblado el cerebro de sueños de entusiasmos, y que habla sin cesar de amor, de felicidad, de virtud.

-¡Ah! -dijo la condesa sonriendo con tristeza-. ¡Cree en el amor, en la virtud, en la felicidad!... ¡Qué feliz es!

-Cree en todo, menos en que haya algo grande y bueno en el alma de una coqueta. Es severo, muy severo en sus juicios, aunque tiene, naturalmente, un fondo de bondad que me encanta.

-¡Tiene entusiasmos! -repitió con distracción la condesa- ¡Cree en el amor y en la felicidad!... Hace bien, entonces, en despreciar a los corazones desgastados o fríos, hace bien.

Y su mirada, que volvió a dirigir a Carlos, se mantuvo fija en él, mientras decía Elvira con su natural volubilidad:

-Es triste, además. Siempre está pensativo, auque nunca de tan mal humor: y te aseguro que tiene un bellísimo corazón. Excepto de ti de nadie le he oído hablar mal. Cualquier cosa le conmueve. Y, en medio de esa aparente esquivez y hurañería, es en el trato íntimo la persona más dulce y complaciente. En fin...

Catalina no le dejó acabar la comenzada frase.

-Elvira -la dijo-, pasado mañana es tu día, si mal no me acuerdo, y te ofrezco ir a comer conmigo. Quisiera que no tuvieras convidados, que pudiéramos estar solas. Él podrá estar, sin embargo; vive contigo y es forzoso: pero nadie más. ¿Me darás ese placer?

-Con mil amores, prima mía, pero temo que tendréis ambos, quiero decir, tú y Carlos, un mal rato, sino podéis vencer la recíproca antipatía que parece os divide.

En aquel momento comenzó el concierto, y la condesa, desentendiéndose de las últimas palabras de su amiga, pareció prestar toda su atención a la música. Carlos, empero, permanecía en la misma actitud y como enteramente extraño a cuanto le rodeaba. ¡Oh! En aquellos momentos su imaginación estaba en Sevilla. Cantaron sucesivamente algunas señoras y caballeros de la reunión, y Carlos apenas daba las señales de aprobación que exigía la urbanidad, volviendo enseguida a su primera distracción. Por último, vinieron a rogar a la condesa que cantase, y se dejó conducir al piano sin apartar los ojos del rincón en que se había sentado Carlos, y colocándose de modo junto al piano que pudiese continuar mirándola. Eligió una aria de Rossini, y su voz, tan entera y armoniosa, fue un poco débil e insegura al principiar el canto. Mas venció pronto tan inexplicable emoción, y su admiración talento y sus grandes facultades, recobraron su indisputable superioridad. A los ecos deliciosos de su canto levantó Carlos los ojos hacia ella y no pudo ya apartarlos. El rostro de la condesa era divino mientras cantaba. Jamás facciones tan expresivas acompañaron a una música deliciosa. Mientras cantó Catalina, Carlos no respiraba, subyugado completamente por el poder de la armonía. La música que ejecutaba no tenía nada de patética, y más bien podía llamarse brillante que apasionada: pero hay aún en la alegría expresada por el canto, una indefinible expresión de melancolía. Aquella dicha fugaz, como todas las dichas de la tierra, deja en el alma una impresión de tristeza, y como que quisiera el oído detener en el aire los sonidos halagüeños, que semejantes a las ilusiones de la esperanza, se desvanecen en el momento en que creemos gozarlos.

Cuando cesó de cantar Catalina rodeáronla sus numerosos adoradores, cuyos estrepitosos aplausos parecieron a Carlos una muy vulgar y mezquina manifestación del entusiasmo que debía sentirse oyéndola. Por un movimiento involuntario, acercose algunos pasos, auque sin ánimo deliberado de hablar a la condesa. Ésta, que, auque ocupada en corresponder a las galanterías de sus admiradores, no perdía uno solo de los movimientos de Carlos, se volvió hacia él como para animarle de su mirada, pero aquella mirada produjo un efecto precisamente contrario al que se proponía. Carlos que vio se había notado en él volviose inmediatamente a su puesto, y Catalina pudo reprimir un movimiento de despecho.

Las damas quisieron valsar y Catalina, que deseaba ostentar delante de Carlos su admirable habilidad, condescendió gustosa. Eligió por su pareja al joven marqués de ***, que, según se decía, era entonces su predilecto adorador, y ambos llamaron la atención por su superioridad en el baile. Catalina se detuvo al pasar delante del sitio en que había visto a Carlos al comenzar el vals, pero al buscarle sus ojos vieron vacía la silla que había ocupado.

Carlos se había marchado del salón, y un observador hubiera fácilmente conocido que la condesa bailó desde aquel momento con menos animación. Concluido el vals, salió ella también fuera de la sala y encontró a Carlos en una galería apoyado en el antepecho de una ventana, y al parecer bien ajeno de todo lo que pasaba a pocos pasos de él. Acercose lentamente Catalina, y al llegar junto a él díjole con una voz tan dulce que renovó la impresión que había producido con su canto.

-Parece que el señor de Silva no es aficionado al baile: ¿querrá po ventura darnos el placer de servirnos de tercio en una partida de tresillo?

Volviose Carlos y, entonces, por la vez primera oyó su voz la condesa.

-Estoy tan ignorante de toda clase de juego, señora -la dijo-, que no puedo aceptar ese honor.

La condesa tomó una silla que colocó junto a la ventana, y sentándose en ella invitó a Carlos con la mano a ocupar otra que estaba a su lado.

-Creo que hace algunas semanas que está Ud. en Madrid, y sin embargo no recuerdo haberle visto en un paseo ni en teatros. ¿Mi amada Elvira se descuida en proporcionar a Ud. distracciones? En ese caso yo celebraría poder enmendar su falta. Tengo palco en el teatro del Príncipe y me sería de mucha satisfacción que Ud. aceptase un asiento en él.

Carlos dio gracias con bastante sequedad, y manifestó que se hallaba demasiado ocupado del asunto que le había conducido a la corte para poder pensar en distracciones. La condesa le preguntó por su familia, a la que dijo se envanecía de pertenecer; y Carlos pudo conocer, sin embargo, que estaba muy poco enterada en todo lo concerniente a ella. Contestó lacónicamente a sus preguntas, y como si se hallase embarazado con la conversación de Catalina, aunque ésta fuese la más sencilla y fácil, manifestó enseguida que deseaba volver junto a Elvira para saber de ella, si quería ya retirarse.

Catalina le dejó entonces y volvió al salón a tiempo que Carlos y Elvira salían de él.

-Me marcho, amiga mía -dijo ésta-, porque mi compañero empieza a fastidiarse grandemente en tu brillante tertulia, pero para compensarme del disgusto de dejarte tan temprano, ya sabes que te espero a comer pasado mañana.

La condesa despidió afectuosamente a Elvira, pero su saludo a Carlos fue más frío y seco de lo que debía esperar a éste, en vista de la amabilidad que había usado con él durante la reciente conversación. Como estaba presente el marqués de ***, atribuyó la reserva de la condesa al temor de disgustarle, pero cuando comunicó su observación a Elvira, ésta se rió a carcajadas.

-¿Catalina guardar consideraciones a su amante? ¡Qué locura, querido Carlos! Ella es reina despótica, que no tiene que dar cuenta de sus acciones a nadie, y cuyos caprichos son leyes para la humilde grey de sus adoradores. Además, el marqués es un amable calavera, que no aspira a más que a poder adornarse en salones con el título de amante de la condesa de S.*** ¿Piensa Ud. que la ama? ¡Qué necedad!

Carlos creía soñar: una mujer que permitía se llamase su amante un hombre a quien no respetaba, un hombre que tomaba por gala la caprichosa preferencia de una coqueta a quien no amaba, otra mujer que no hablaba de tan inconcebibles relaciones, como de una cosa naturalísima... Todo esto le parecía tan raro y escandaloso, que durante el camino guardó un obstinado silencio, como si temiese el ser iniciado en los secretos mezquinos de aquella brillante vida de la corte.

Sin embargo, no fueron estos pensamientos los que desvelaron aquella noche. Pensó en su esposa, en su padre, en su apacible e inocente felicidad doméstica, y se prometió a sí mismo dejar cuanto antes a Madrid y sus corruptores placeres.


FIN DEL TOMO I


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