Dos mujeres: 17

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Capítulo XVI
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Dos mujeres Gertrudis Gómez de Avellaneda


La diligencia entraba ya en Ocaña y los dos viajeros de la berlina, que se devoraban con los ojos, aún no habían acertado a explicarse mutuamente por qué casualidad se encontraban juntos. Las primeras palabras que se dirigieron uno a otro nada decían, nada aclaraban.

-¿Ud. aquí, Catalina?

-Carlos, ¿es Ud.?, ¿es Ud. realmente al que veo, o mi imaginación me engaña?

-¡Oh, Catalina! ¡Conque aún nos vemos, conque aún nos hablamos!

Y uno y otro callaron apretándose las manos con efusión. Hay sensaciones en la vida que ningún hombre puede comprender ni explicar en el momento en que las experimenta. Se gozan en silencio, se gozan sin examen: no se busca su origen, no se prevén sus consecuencias. Parece que al menor esfuerzo, al más leve contacto, por decirlo así, podemos destruir su encanto, y nos abandonamos a ellas sin intentar explicárnosla. La condesa y Carlos no se preguntaban nada, nada se decían. Se hallaban juntos, ren felices en aquel instante: poco les importaba conocer cómo y porqué.

Pero la diligencia se detenía delante del parador, y los viajeros se daban prisa a poner en libertad sus entumecidos miembros. Carlos bajó, tomó del brazo a la condesa y pidiendo una habitación sola entrose con ella, sin cuidar de lo que pensarían de aquella acción sus compañeros de viaje. Tenía una absoluta necesidad de estar solo con Catalina, de verla, de oírla, de saborear una dicha de la que media hora antes se creía para siempre privado.

Luego que estuvo solo con ella echose a sus pies.

-¡Catalina! ¡Catalina! ¿Es la casualidad, es el cielo o el infierno quien nos reúne? ¡Catalina! -repitió con arrebatos de placer y dolor, ¿me ha querido Ud. seguir?, ¿es su voluntad de Ud., es su corazón quien arroja en mis brazos cuando yo huía, cuando yo me inmolaba a un deber tiránico? ¡Catalina! ¡Hable Ud., hable Ud. por Dios!

-¡Ud. me huía! -exclamó ella con un gesto de sorpresa- ¡Pues qué!, ¿no se hallaba Ud. en la diligencia por frustrar mi cruel resolución?, ¿no se descubrió Ud. mi viaje y sus motivos? ¡Carlos! Explíqueme Ud. esto. Nada comprendo ya.

-¡Ah, Catalina!... ¡Yo sí, sí! Empiezo a comprender... Y en tal caso vea Ud. el poder de un destino irresistible... ¡Oh, Dios mío! Esto me hará caer en un ciego fatalismo. ¡Catalina! Yo he dejado Madrid para huir de Ud., ¡porque la amo!, ¡porque la amo locamente!, ¡y no tengo el derecho de ofrecer a Ud. mi corazón! Huía de Ud. porque era mi deber, y una carta que debían entregar a Ud. algunas horas después de mi marcha, la hubiera revelado la ejecución y la grandeza de mi sacrificio.

-Tiene Ud. razón -dijo ella después de un instante de silencio-, ¡hay un destino! Hay un poder de fatalidad más poderoso que la voluntad humana. ¡Carlos! Yo también he dejado en Madrid una carta para Ud. pero conservo su borrador... en esta cartera. Léala Ud.

Carlos tomó el papel que le presentaba y acercándose a una ventana le recorrió con ojos ansiosos, mientras la condesa reclinada en su sillón parecía rendida de cansancio o emoción. La carta contenía estas palabras:

«¡A Dios para siempre, Carlos! No puedo tener valor de destruir su felicidad de Ud. ni aun para conquistar la mía.

»Elvira ha pronunciado en este día una palabra que ha decidido de mi suerte. Al conocer que era amada todo lo olvidé, ¡todo! Hasta el obstáculo insuperable que nos divide. La voz de la amistad ha venido a despertarme de tan peligroso sueño gritándome: 'él es feliz y virtuoso, ¿quieres ser a la vez el asesino de su dicha y de su virtud?' ¡Ah, no! ¡Jamás! Carlos, quiero merecer su estimación de Ud., ya que no me es permitido merecer su amor.

Tengo algunas posesiones en un pueblo de La Mancha y voy a pasar en ellas todo el tiempo que Ud. permanezca en Madrid. Deseo la soledad y de ella espero un reposo de espíritu que en vano pediría a la vida de las grandes ciudades. He intentado aturdir mi corazón con las fiestas y placeres a que hace cuatro años vivo entregada. He conocido que mi mal se aumenta con los remedios que empleo para curarle.

A nadie he dicho mi determinación, pero la tengo tomada desde esta mañana. Son ahora las tres de la madrugada y aún estoy en traje de baile. He oído repetir en tormo mío: '¡Qué feliz es! '; ¡cuando yo bailaba con la sonrisa en los labios y la muerte en el corazón! Porque la muerte para mí es no ver a Ud. Es renunciar para siempre... ¡Carlos! ¡Carlos! ¡A Dios! Sea Ud. feliz y si algún día oye Ud. decir que yo lo soy no lo niegue Ud., pero conserve la convicción de que es imposible».

Acercose a ella cuando hubo leído esta carta y asiendo sus manos con una especie de desesperación:

-Ya Ud. lo ve -la dijo-, ambos hemos querido inmolarnos a la virtud y la virtud no ha aceptado nuestro sacrificio. Intentamos huir y nos hemos encontrado a pesar nuestro. ¡Catalina! Yo la amo a Ud. y aún estamos juntos. ¡La felicidad o la desgracia, la virtud o el crimen! Deme Ud. lo que quiera. Mi destino está en sus manos.

-¡Nos separaremos! -exclamó ella, haciendo sobre sí misma un doloroso esfuerzo- No podrá más que nosotros una casualidad caprichosa. Nos separaremos, Carlos, y no con el dolor de no habernos dicho un último y tierno adiós. Aún tendremos horas, dulces horas de intimidad y cariño. Viajaremos juntos como dos amigos, como dos hermanos.

-En La Mancha nos separaremos y el recuerdo de estos últimos momentos de dicha, debidos al acaso poblará por mucho tiempo mi soledad.

E inclinada hacia él, derramaba en sus manos abundantes lágrimas.

Carlos la contemplaba con la avidez de un amor comprimido. Había en su mirada como una mezcla extraña del delirio del amante y de la timidez del niño. Estaba hermoso en aquel combate interior que daba a su rostro una expresión particular, y en el cual cualquiera mujer hubiera leído que había aún para aquel corazón muchas sensaciones en la vida nuevas y desconocidas.

Si el dominio de un corazón fiero o experto lisonjea a una mujer, también se goza en la posesión de un alma joven y apasionada, que le arroja indiscretamente todos sus tesoros de ternura y de ilusiones. El amor de Carlos tenía estos dos atractivos, y debía lisonjear por ambas causas. Era un triunfo vencer a la vez su orgullo y su virtud, y aún se encontraba en su pasión ese encanto inexplicable, ese aroma divino de respeto, sumisión y pureza que con tanto dolor echan de menos las mujeres cuando son amadas de los que solemos llamar hombres de mundo.

Catalina respiraba con delicia aquel perfume de un amor tan puro, aunque culpable. Carlos estaba a su lado, la sostenía en sus brazos y no tocaba con sus labios ni aun las trenzas de sus cabellos que rozaban con su semblante. En aquel momento ella se sentía tan dichosa que no le pareció posible ser culpable.

-Carlos -le dijo fijándole de cerca con sus ojos fascinadores-, la virtud que condenase una felicidad tan pura sería una virtud feroz.

-¡Y bien! -respondió él con aquella resolución imprudente y apasionada de un corazón joven- ¡Si ella la condena castíguenos!, ¿no valen estos momentos toda una vida de expiación?

-¿Y por qué, por qué injuriar nuestros corazones creyéndoles incapaces de sentimientos nobles y santos? -dijo Catalina- ¿Qué es el amor?, ¿no es la más involuntaria y la más bella de las pasiones del hombre? El adulterio, dicen, es un crimen, pero no hay adulterio para el corazón. El hombre puede ser responsable de sus acciones, mas de no de sus sentimientos. ¿Por qué sería un crimen en Ud. el amarme?, ¿no podría sentir por mí sino un amor adúltero y criminal?, ¿no podría Ud. amarme como no se ama a una esposa, como no se ama a una querida, sino con aquel amor casto, intenso, purificado por los sacrificios, con aquel amor con que se deben amar las almas en el cielo?, ¿no podría Ud., Carlos?

-¡Ah, sí! -respondió él con entusiasmo-. Pasaría mi vida a sus pies de Ud. embriagándome de una mirada, de un acento, de una sonrisa. Velaría protegiendo su sueño cuando Ud. durmiese en mis brazos, y al despertarse en ellos estaría tan pura como la luz del día, que comenzase. Sí, Catalina, sí, deme Ud. sin crimen la felicidad de vivir a su lado y nada más pediré, y seré feliz. ¡Feliz con toda la felicidad posible en la tierra!

-¡Y yo lo sería también, Carlos! ¡Ah! No, nunca pediría a Ud. mi corazón el sacrificio de sus deberes. La felicidad que diese a su esposa aumentaría la mía, y cuanto más justa, más noble, más virtuosa fuese la conducta de Ud., más justificado creería mi cariño. Las virtudes de Ud., ¿le harían menos amable a mis ojos?

¡Ah! ¡Carlos! La más feliz, la más honrada con ellas, sería su mujer de Ud., pero no la más honrada con ellas, sería su mujer de Ud., pero no la más orgullosa. Su amiga de Ud. que no tendría el derecho de adornarse con esas virtudes, las adoraría en el secreto de su corazón, y le bastaría el placer de premiarlas con una mirada que sólo Ud. comprendiese, que sólo Ud. gozase.

-Calle, calle Ud., por Dios -exclamó él apretando sus manos contra su palpitante corazón-. Calle Ud. porque me vuelvo loco. ¡Catalina! ¡Mujer adorada! Sí, el amor que tú sientes, que tú inspiras, no es un amor sujeto a leyes generales. Tu alma sublime le engrandece y le purifica. ¡Pues bien! No hables de separarnos. ¡Sé, mi amiga, mi hermana!, pero no me dejes nunca.

Una ronca voz gritó a la puerta.

-¡A la diligencia! ¡Señores! A la diligencia.

-¡Catalina!

-¡Carlos!

-¿Consientes?

-Te amo.

-Yo haré que no te arrepientas nunca.

-¡Señores, a la diligencia! ¡A la diligencia! -repetía el mayoral.

Carlos abrió la puerta.

-Mayoral, los dos viajeros que ocupábamos la berlina la dejamos libre y a disposición de Ud. Haga Ud. bajar nuestras maletas.

-¡Carlos!..., ¿y ahora?

-Ahora a Madrid, a Madrid, porque ya que soy feliz no estoy triste, no tengo remordimientos ni inquietudes, ni celos... Ahora gozaré en tus placeres, seguiré tu caro de triunfo, me confundiré entre tus adoradores. Brilla, goza, sé adorada, pero guarda para tu amigo esa mirada, esa sonrisa que deben ser su única felicidad sobre la tierra.

-Pero -dijo ella- ¿no podríamos ambos en La Mancha...?

Carlos la miró con una expresión que la hizo comprender lo que no osaba decirla.

-Es verdad -dijo entonces apretándole la mano-, vale más estar en Madrid. Pero en cualquier parte, en la soledad más profunda, amigo mío, yo sabría responder de tu corazón y el mío.

-Yo responderé siempre de mi corazón -la contestó él oprimiéndola en sus brazos-, pero no de mi razón, Catalina. Te he jurado ser digno de tu amor sublime y casto, déjame los medios de cumplirlo.

-Haz lo que quieras -dijo ella-, mi vida es tuya.


FIN DEL TOMO SEGUNDO


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